jueves, 25 de agosto de 2016

Cañón del Río Lobos: festividad de San Bartolomé y romería de la Virgen de la Salud


Madrugada y salida de Madrid. El canto de los gallos resuena en los oídos, animando la salida de un sol que comienza a vislumbrarse sobre el horizonte, si bien todavía somnoliento. Estamos a miércoles, veinticuatro de agosto y tal vez en la India, el país de los templos, de la espiritualidad y del Bollywood, se acuerden -que ciertamente lo dudo- de aquél apóstol cristiano, que cimitarra en mano siniestra y la fuerza de Dios en la diestra -como mandan los cánones, pues siempre se ha dicho aquello de que Dios no tiene mano izquierda-, mantiene firmemente sujeto a un demonio a sus pies. Bartolomé, se llama nuestro héroe. O mejor dicho, San Bartolomé -que no hay por qué quitar laureles a aquél al que la tradición se los otorga y al César hemos de suponer que no le importa, puesto que no rechista-, fue quien, según La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, dominó al demonio Astaroth, al que se encontró en un templo de aquél inmenso país, (que también es casualidad), derrotándolo también en el noble arte de la sanación. Y tal vez fuera en parte por esto, o quizás porque en su nombre, de origen sirio -bartholosmois-, también nos refiere el de la Vorágine, ciertas referencias al agua, y por lo tanto, al lado femenino de Dios -non nobis Domine, non nobis sed nomini Tuo da gloriam-, que en el fondo, no deja de ser la Diosa, si hemos de creer en la realidad de las preferencias santorales templarias, este personaje, evidentemente, ocupa un lugar especial, junto a la Virgen de la Salud.


Especial, como puede apreciarse en los vídeos, resulta, cuando menos, la espectacular caverna que, a falta de mejor denominación, se conoce como Cueva Grande. Evidentemente, todo el que va saca la foto o el vídeo típico -como me hubiera recordado oportunamente mi amigo y glorioso caminante, Don Jesús García y Jiménez, si no se encontrara ya recorriendo esos infinitos caminos de la Vía Láctea-, y yo siempre que voy, pues no quiero ser más, pero tampoco quiero ser menos que nadie. De cualquier manera, no deja de ser cierto el detalle de que ver la imponente ermita desde el interior de esta gigantesca matriz natural, no deja de ser una invitación, o una tentación, según se mire, para compararla, metafóricamente hablando, por supuesto, con todo un parto cuando menos artístico. Pero como no siento ninguna necesidad de ofender a nadie, propongo olvidarnos de este aspecto de la cuestión, por muy metafórico que pretendamos presentarlo, y compararlo, quizás de manera más oportuna, con ese viejo mito platónico de la caverna, donde el mundo de la idea se ve satisfecho al otro lado del umbral, convertido en realidad en el mundo de la forma.


A ese mundo de la forma pertenecen, sin duda, esas cuestionables esculturas que adornan una ermita que, después de todo, ha dejado de pertenecer al mundo del misterio, una vez descubierta por el tsunami incontenible del turismo. Otra cosa, desde luego, es la interpretación que cada uno se regale a sí mismo, de ese espectacular conjunto de arquetipos, algunos jocosamente burlescos, que parecen decir, desde la infinita plenitud del granito: ¡atrápame si puedes!. Ahí están los rostros serios, individuados, como diría Jung, de los caballeros; y junto a ellos, más o menos a mitad del pórtico de entrada, la cabeza obscenamente burlona de ese Loco que se ríe de la vida, quizás con la inocencia de un niño chico; y no muy lejos de éste, cristianamente mutilados sus genitales, tal vez el viejo Pan, que alguna vez debió de recorrer estas soledades umbrías, nos invita a bailar con desenfreno las antiguas danzas, al son de su flauta o caramillo. Pero sin duda, genial en su diseño, la consumación sexual encuentra su cénit en ese canecillo que por su forma parece un andador, comparativamente hablando, y que, bien mirado, y nunca mejor dicho, muestra los atributos masculino y femenino como Dios manda; es decir, a punto de unirse o bien, consumado el acto de apareamiento, milagrosamente salvados de ese cierzo inclemente que para algunos constituye el elemento ejecutor de la censura pura y dura: el martillo pilón. En fin, C.G.Jung hubiera estado encantado si hubiera tenido la oportunidad de visitar este lugar. Me pregunto, si fue en un lugar como éste -aparte de en sus sueños- donde concibió la idea para sus Septem Sermones ad Mortuos; o lo que es lo mismo, sus gnósticos Siete Sermones a los Muertos, donde el primero de ellos comenzaba diciendo aquello de: Venimos de Jerusalén, donde no encontramos lo que buscábamos... La pregunta, llegados a este punto, es: ¿encontraron los templarios lo que andaban buscando?. Y de ser así, ¿lo depositaron aquí, en el Cañón del Río Lobos?. Y aún, rizando hasta lo imposible el rizo, cabría preguntarse, en definitiva: ¿lo tenemos, quizás ante los ojos y ocurre tan sólo que somos incapaces de verlo?. Por algo dice el refrán que no es oro todo lo que reluce.


Tradición y modernidad, son detalles que, inevitablemente, van de la mano, por mucho que intenten repelerse mutuamente. De puertas para adentro de la ermita, la tradición, incluida la puja por tener el honor de levantar el transportín de la Virgen; en el entorno, sobresaltados los alimoches y los buitres, el mundo de la industria pone sonrisa de Mefistófeles, cargando el ambiente con aromas de bareto ambulante, churros, porras y gofres incluidos; pulseras de acero antialérgicas; recuerdos templarios a tutiplén del plén; y todo a módicos precios de turismo made in spain. Es decir, con un cien, un ciento cincuenta o un doscientos por ciento de beneficio. Al menos, eso podría pensarse de los dos euros del bote de cerveza Amstel, con limón: ¡ego os absolvo, porque tenía una sed que me moría!. La nota brillante, mágica, decorosa y con un agradable sabor a Camino, fue, qué duda cabe, la aparición de una joven pastora con su bandada de ocas. Genial. Maravilloso. Sublime. Que se repita el próximo año, aun a pesar del pobre perrito, al que casi se comen cuando se acercó al río a presentarles sus respetos. El amor tiene esas cosas, amigo, no lo olvides nunca y si no puedes con una, mucho menos con una docena.  



El momento cumbre, la apoteosis del acto: fin de la segunda misa -el párroco anterior, ya había recordado, expresivamente, a todo el mundo, que no eran los templarios, ni la popular piedra de la salud quienes tenían el poder para sanar, sino la Virgen-, subasta del privilegio de sacar a la Virgen de la Salud a cuestas -treinta euros, creo que fue lo que tuvo que soltar cada afortunado ganador- y lores y dolores a la Madre en su vuelta de honor alrededor de la ermita. Un año más, la festividad de San Bartolomé y la romería de la Virgen de la Salud, dejan eco en un lugar cuya soledad debería de considerarse sagrada por Decreto Ley. Por fortuna, cuando me marchaba y recordando las bestialidades en otros puntos de la Iberia Mágica, como Galicia, me congratulé de cruzarme, aparte de con la tradicional pareja de la guardia civil, con un oportuno retén de bomberos.