martes, 3 de noviembre de 2015

Ginés de Lara: el último templario de Santo Polo


Fue unos días antes de la Noche de Difuntos, cuando recibí un correo de mi estimado amigo Cándido Heras, en el que me comentaba y de hecho, me confirmaba con unas fotografías, que se estaba procediendo a retirar la venerable piel de hiedra que desde el alba de mis recuerdos –de hecho, no recuerdo haberlo visto de otra manera- cubre lo que en la actualidad es una propiedad privada, pero que en tiempos constituyó el monasterio, se dice que templario, de San Polo o Santo Polo, lugar de paso obligado para acceder a la ermita de planta octogonal y elevada sobre una cueva –a la manera de los antiguos santuarios dedicados a Apolo, que a su vez, muchos de ellos hacían bueno el adagio hermestino de que lo que está arriba es igual a lo está abajo, pues estaban considerados como entradas al inframundo, donde reinaba Hades-Plutón-Saturno y su esposa Perséfone-, del Santo Patrón de Soria: San Saturio. Y también recuerdo que, palabra más palabra menos, le comentaba que aquello –fuera quien fuera el inductor: si el Ayuntamiento, la Diputación o el propio dueño del lugar-, me parecía un auténtico atentado contra ese otro complemento romántico que hace del antiguo cenobio –que al decir de las viejas crónicas, poseía las mejores huertas de la ciudad-, un lugar con un encanto muy especial. Y reconozco, lo digo como lo siento –como sentí encontrarme el año pasado las pezuñas atilanas de la repugnante barbarie mancillando otro lugar no menos interesante y sí seguramente más carismático que éste, como es la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos-, que sentí una tristeza infinita pensando en cómo nos gusta alterar aquello que debería mimarse como algo propio del espíritu del lugar. Pensé, también, en la caótica posibilidad de que a alguien se le ocurriera, de paso, descortezar los álamos dorados asentados junto a la ribera del Duero, en aquél paseo de los enamorados de Machado que conduce a la ermita, reduciendo a polvo y olvido unas cortezas que tienen grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas. Y recordé el lugar y a los grandes poetas y escritores que se habían rendido, sin duda alguna, cautivos de su hechizo. Pero no, no diré que fueron los de siempre –que por supuesto, me fascinan-, los que acudieron a mi herida memoria, sino otro, menos conocido e injustamente olvidado, gran intelectual y nacido, para más señas en Logrosán, pueblo de Cáceres. Me refiero a aquél que, otorgándole el merecido calificativo de mago, reunía, cuando menos, una de las cualidades principales de su homólogo del Tarot: su creatividad sobrehumana. Me refiero, naturalmente, a Don Mario Roso de Luna. Y recordarle a él, es acordarse, a la vez, de aquél entrañable personaje de su novela ocultista La demanda del Santo Grial, Ginés de Lara y Montalbán, del que se nos cuenta, precisamente, que fue el último templario de Santo Polo. Hijo primogénito de don Nuño de Lara y de doña Mencía de Montalbán –he de suponer, que de ese singular pueblo toledano, con su imponente castillo del que salieron buena parte de las fuerzas cristianas y templarias que participaron en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa y en cuyas cercanías se yergue todavía un imponente conjunto visigodo, el de Santa María de Melque-, por cuya sangre corría el más rancio abolengo burgalés, que se remontaba hasta los condes Laín Calvo, Nuño Rasura y el propio Fernán González. Aquél –y cito textualmente a Don Mario-, viejo héroe castellano, oriundo de Nájera, nacido en Soria y desaparecido sin dejar rastro tras de sí, en esas Sierras de la Demanda -¡de la demanda del Santo Grial!, ¿desaparecido, tal vez, en el perdido monasterio de Alveinte, aquél lugar del que se decía aquello de templario, ¿qué hiciste, que Alveinte viniste?- que al este de Burgos, en la zona más misteriosa y menos visitada de toda España, sirve de divisoria al Arlanza y al Arlanzón, afluentes del Duero, al Oca y al Tirón, tributarios del Ebro, al sur de los montes Idúbedos y al norte de los de Neila, Cebollera y Urbión, en ese valle weáldico de Lara… Y además me pregunté, si quizás tan afamado héroe no desapareció en esa mistérica Sierra de la Demanda, sino que yace todavía ahí, bajo una de las tres estelas funerarias que todavía sobreviven del viejo cementerio del cenobio, aquélla, quizás, en cuyo anverso se grabó un pie de druida o una estrella de cinco puntas. Y de ser así –finita speculae-, ¿no se sentiría extraño su espíritu, al deambular por un lugar del que ha desaparecido la magia de la hiedra del familiar monasterio que en vida habitó?.

Dicho sea todo, sin ánimo de molestar.

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