viernes, 26 de junio de 2015

Carrascosa de la Sierra


Dejamos atrás las místicas soledades de ese antiguo lugar de culto megalítico que se conoce con el nombre de Alto del Casar, y salvando una breve distancia, llegamos a un pueblo, que ya en la propia raíz de su nombre, no sólo nos indica la condición del terreno sobre el que se asentaron los antiguos arévacos, sino que además, nos recuerda la veneración a la figura primordial de una Virgen Negra, la de la Encina o de la Carrasca, y su más que casual vinculación con la orden medieval de los caballeros templarios: Carrascosa de la Sierra. Obviando este tema para más adelante, cuando los pormenores de nuestra ruta nos obliguen a detenernos en Castilfrío -de la Sierra, también-, el viajero curioso podrá comprobar, apenas se adentre en el íntimo entorno municipal, que Carrascosa es un pueblo que contiene numerosos detalles, a cuál de ellos más significativo e interesante. No encontrará, por ejemplo, la proliferación de escudos nobiliarios que otorga esa rancia condición de poder y señorío a poblaciones vecinas -como la mencionada Castilfrío o, algo más lejana, la propia Oncala, colgada prácticamente del puerto que lleva su nombre-, pero en compensación, sí observará, apenas se dé una vuelta por la plaza, un objeto que quizás éstas también tuvieran en el pasado, pero que, por circunstancias, no se ha preservado para el futuro: su rollo jurisdiccional o picota, que tiene una fecha histórica difícil de olvidar, como es la de 1789. Localizase ésta, pegada a la pared -como antiguamente se castigaba en los colegios a los alumnos díscolos-, a escasos metros de un pequeño edificio, cuya curiosidad histórica bien merece una mención y una recomendación de visita para el recuerdo: la cárcel. Por su forma -y termino ya con la picota-, no sería ilícito pensar que quizás el escultor tuviera en mente aquellos otros modelos, netamente fálicos, a cuyo alrededor los pueblos pre-cristianos ejecutaran sus rituales en honor de la fertilidad, de los que todavía se puede encontrar algún interesante ejemplar, milagrosamente indultado del martillo pilón de la Santa Inquisición, en la vecina y peculiar Sierra de la Demanda burgalesa. Pero lejos de especulaciones comparativas y gratuitas, hechas, créase, con el más absoluto de los respetos, tener la oportunidad de ver la cárcel, tal y como era hasta tiempos relativamente modernos, impone cierta sensación de sentido respeto, sobre todo observando, perfectamente conservados, los bancos-cepo donde permanecían recluidos los reos en un espacio, como se ha dicho, tan pequeño y limitado. La conservación del Patrimonio -y aprovecho la cuestión para agradecer a Gema, la alcaldesa de Carrascosa, su magnífica disposición para enseñarnos, con todo el orgullo, claro que sí, los edificios más relevantes del pueblo, aunque, como veremos en una próxima entrada, no se llegara a tiempo de salvar la que presumo fue en su día una magnífica iglesia románica dedicada a la figura de San Juan Bautista-, y su recuperación, es una grata sorpresa que uno no se encuentra, desafortunadamente, todos los días en su camino. En Carrascosa, como en Señuela, supongo que no sin sacrificio y también con mucho cariño, los vecinos han optado -bendita decisión- por recuperar los edificios más emblemáticos, con cuya visión, por poca imaginación que se tenga, no sería difícil imaginar parte de ese universo rural, en el que, aun soportando una vida dura, de campo, sol, nieve y sudor, nuestros ancestros disfrutaban también de esa placentera solidaridad establecida en estrecha vecindad. Por ello, quizás, de todos los edificios históricos recuperados, el que más soliviantara mi corazón de poeta -que creo que en el fondo, a todos nos corresponde al menos una venilla-, fue aquél -que me perdonen, pero las notas me han fallado como para recordar ahora su nombre-, en el que, alrededor de una insuperable chimenea, los vecinos se reunían en feliz comunidad, para tratar sus asuntos, para revivir en comandita esos, los tan ibéricos filandones, y no puedo por menos de imaginarme cómo serían estas magníficas sesiones en mitad de los crudos inviernos característicos de la zona, narrando las viejas, misteriosas y quizás terroríficas historias al calor de un buen fuego, calentados los paladares por ese insuperable vinillo que corre a raudales en los sanjuanes y hace que, pasada la noche más mágica del año, el sol baile para los modernos celtíberos que acuden a venerarlo al Monte de las Ánimas. Recuperados felizmente, están también la fuente -en cuyo armazón de piedra y cemento, alguien grabó, a modo de graffiti de peregrino, una cruz- y el lavadero. Y también, algo más allá, cerca de una pequeña ermita -puede que dedicada a la familiar figura de San Roque, el santo patrón caminero, segundo error imperdonable de no anotarlo a tiempo en la libreta-, uno de los lugares más mágicos por excelencia del mundo antiguo: la fragua, donde el herrero adquiría, simbólicamente hablando, la calidad de semi-dios, tal era su poder en dominar el fuego y conocer los secretos de los metales.

Sin salir de Carrascosa, próxima parada: la iglesia de San Juan Bautista. 

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