jueves, 30 de abril de 2015

Magaña: San Martín de Tours


De Cerbón a Magaña, habrá escasamente una quincena de kilómetros de distancia, tal vez menos, continuando una ruta no en vano denominada de los Torreones, como evidencia la pequeña población de Trébago –en la distancia, han quedado otras como Aldealpozo-, que se encuentra algunos kilómetros antes, pero donde todavía se puede admirar el torreón, anexo a la parroquial, que está considerado como el más septentrional de los que se localizan en la zona, y que antiguamente estaba comunicado visualmente con los de Matalebreras y Montenegro de Ágreda. Asociado a Trébago y a su torreón, el viajero podrá escuchar, además, una de las muchas leyendas tradicionales que circulan por estas paraméricas tierras repletas de incógnitas y de misterio, que tanto y tan bien surtieron de feroces guerreros pelendones los orgullosos focos de resistencia numantinos: la de la mora encantada. Una leyenda, en cuya épica historia, algunas fuentes pretenden situar el origen de la ermita de la Virgen de un río cuyo nombre, Manzano, ya debería llamarnos la atención por la formidable carga simbólica que arrastra. Dejándonos llevar, no obstante, más adelante, pronto veremos, encaramado en lo más alto del pueblo, uno de los formidables recintos militares, desde cuyas históricas almenas moros y cristianos controlaban los pasos de acceso hacia el interior de la sierra y las tierras aún más altas, siendo uno de los núcleos de población más importantes San Pedro Manrique, población famosa por su espectacular paso del fuego, así como por la supervivencia, en sus Móndidas, del mito medieval del tributo de las cien doncellas, que se remonta a los tiempos del rey Mauregato y las primeras monarquías asturianas: el castillo de Magaña.

Si bien es cierto que la iglesia de Magaña, dedicada a la figura de San Martín, hunde sus primitivos cimientos en los idus tempranos y más que tenebrosos del siglo XII, su aspecto actual dista mucho de recordarnos el verdadero templo que fue en aquellos tiempos. Y no obstante el detalle, aún mantiene, siquiera sea en las numerosas estelas sepulcrales reutilizadas como vulgar mampostería en diferentes lugares de sus muros, recuerdos o alusiones a esa época oscura, sí, pero también rica en matices históricos, en leyendas y en tradiciones. Es por ello que tal vez, si nos atrevemos a examinarla, aunque someramente, pero con una visión global de su conjunto histórico-artístico, sin importar estilos ni edades, observemos, después de todo, y en sus diferentes objetos, elementos de una herencia cultural que, a la postre y a pesar de su grado de deterioro, no están exentos de interés. Buena parte de ellos, se encuentran recogidos en su Retablo Mayor. Un Retablo Mayor, también es cierto, que falto de rehabilitación y deslucido en muchos de los cuadros que lo componen, debió de ser generosamente excepcional en sus orígenes, y en el que, a poco que el observador se fije, descubrirá detalles cuando menos interesantes. Sobre todo, si éste dirige su atención hacia el pie del referido retablo, y la fija en esas pequeñas, deslucidas y agrietadas representaciones testamentarias, entre otras consideraciones, tomando nota del singular simbolismo que contienen. Quizás por su rareza, destaque aquella que hace referencia,  de una manera muy poco conocida y con escasísimas representaciones, por su gnosticismo, a la siempre fascinante figura del Evangelista, mostrándolo con la pluma en la mano, escribiendo probablemente su Apocalipsis, pero a la vez, rememorando esa versión gnóstica o heterodoxa a la que aludía anteriormente, recogida, entre otros, por Tertuliano, uno de los primeros Padres de la Iglesia y referida al supuesto martirio sufrido por éste durante el reinado de Domiciano, acaecido entre los años 81 y 96 después de Cristo. Según esta versión de los últimos días del Evangelista, Juan fue capturado durante la persecución de los cristianos y sometido a tortura. Considerada generalmente como una leyenda, se cuenta que durante su cautiverio, fue enviado a Roma cargado de cadenas –que no sólo las arrebatadas al Miramamolín en la batalla de las Navas de Tolosa y actualmente conservadas en la Colegiata de Roncesvalles fueron importantes y simbólicas- y ante la Puerta Latina, sobrevivió milagrosamente cuando lo sumergieron en un caldero -¿alusión, también, a la tradición celta?- con aceite hirviendo. No muy lejos de éste, y también manteniendo un sobresaliente interés en cuanto a simbolismo, un Árbol de la Vida o Árbol de Jesé se muestra coronado por la figura de la Virgen con el Niño en el regazo –habría que suponer, que la figura femenina que se observa al pie del árbol, es Eva- mostrando en sus ramas –con ramas en lugar de capítulos se desarrolla también el medieval Perlesvaus o el Alto Libro del Graal-, además, a diferentes personajes del Linaje Divino, y nunca mejor dicho. Hay otra escena, así mismo, que nos muestra a Cristo en el Huerto de los Olivos, aceptando el Cáliz Amargo y la Cruz del Martirio ofrecidos por un ángel. Pero otro detalle sorprendente, es observar que en la parte más alta del Retablo, aquélla generalmente ocupada por alguna de las figuras que componen la Santa Trinidad –cuando no por las tres, o más común todavía, el Padre y el Hijo coronando a la Virgen- o cuando menos, por el santo o la santa titular de la parroquia, un cuadro igualmente deslucido por el polvo y el tiempo, nos ofrece la visión de otra figura de rico simbolismo –a la que no pocos autores identifican con la de Magdala, interprételo quien quiera y como quiera- célebre Patrona, entre otras agrupaciones, de los mineros: Santa Bárbara.

Posiblemente gótica también –como el animal (¿perro o cordero?) y el personajillo que se localizan en ambos extremos de la balaustrada del coro-, es la magnífica pila bautismal, con forma de copa o cáliz, que se haya recogida en un pequeño cuarto situado al final de la nave, debajo del coro. También resultan interesantes varias imágenes marianas, como son la Virgen de la Barrusa, procedente de una ermita cercana y la Virgen de Monasterio, llamada así, porque procede del pueblo que lleva su nombre.

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