domingo, 14 de septiembre de 2014

La Cuenca, un pueblo con encanto y una iglesia con misterio


De La Cuenca, me llamó la atención ese aspecto, posiblemente más propio de un pueblo serrano -macizo, henchido de tosca piedra, quizás como aquellos que el tiempo ha ido machacando en el mortero de las olvidadas soledades pelendonas cercanas a San Pedro Manrique, Magaña o Castilfrío-, que no el de un feliz asentamiento en un valle más o menos profundo, acariciado con nostalgia por vientos decididamente más cálidos y favorables. Cercana a la capital, de la que dista apenas una insignificante distancia de una decena de kilómetros, su ámbito situacional queda dentro de la influencia de una virgen de la leche, sambernardina, posiblemente tostada por el sol en origen y sin duda oficiosa en el antiguo arte de la alquimia, que no dejando que la movieran de su sitio -de ahí su nombre, según refiere la leyenda, Hinodejo-, consintió, no obstante hay que suponer que de buen grado, ser expuesta en la concatedral de San Pedro -no lejos de donde se custodia el cráneo bafomético de San Saturio-, durante la celebración de las pasadas Edades del Hombre. Hace ya algunos meses que visité el lugar -¿como un árbol que da las flores de la melancolía, aplicando la definición de Álvaro Cunqueiro en relación a ese accidente de la Creación, que es el hombre?-, y quizás mis recuerdos sufran esa artrosis con la que las Musas suelen castigar a los imprudentes que no siguen sus sabios consejos en los escasos momentos en los que, veletas como cinta al viento, revolotean casualmente cerca del corazón para susurrar lecciones magistrales en unos oídos generalmente sordos a los consejos; pero aplicando al recuerdo la técnica del buen cubero, creo recordar que después de la tormenta que me sorprendió desnudando canecillos en la sanmiguelina y románica iglesia de Nódalo, el Sol se confabuló triunfante -quizás no luciendo los treinta y dos rayos que, según las malas lenguas masónicas, representaría el emblema del Rey Pescador-, pero sí los suficientes, como para engañar a los sentidos, proporcionando unos tonos dorados y rosas que, recurriendo de nuevo al Maestro Cunqueiro, no son otra cosa que el polvillo que se desprende cuando Dios se sacude sus manos creadoras.
Humanas, pero sin duda creadoras también, las manos canteras que elevaron casas, casonas y casucas utilizando el método babilonio escalonado de los zigurats para burlar la aspereza obstinada de la viga maestra del insalvable promontorio, pusieron en su empeño artesanía y tradición; hasta el punto de que, si bien la forma de sus picudas chimeneas recuerda esa inolvidable herencia celtíbera, el malicioso gato negro que súbitamente se cuela de rondón hasta en los más sanos pensamientos, me seduce con dardos envenenados de superstición, y pienso en ese remedio, quizás bárbaro pero seguramente eficaz, dispuesto como un ariete contra el trasero de las brujas pertinaces que utilizaban ese aparente punto débil para colarse subrepticiamente en los hogares cristianos. Espantado el gato, que no por negro ha de ser siempre necesariamente malo, no es de extrañar que tal detalle, unido a ese color bermellón de unas tejas de arcilla cocida al amor de un horno de los de siempre; la cal en las paredes, que inmacula las bellezas del tiempo pasado, a las que el poeta Villon llamaba nieves; los cercados habilidosos, donde hasta el chinarro más pequeño tiene sitio y razón; las estrechas callejuelas, especialmente diseñadas para que las comadres cuchicheen de ventana en ventana; las luces mortecinas de los farolillos por los que antaño paseaba esa gente de paz haciendo la ronda; los cables del tendido eléctrico, combados hacia abajo por el peso inevitable de ligúricos grajos invisibles o el perro descansando en el umbral, fueran motivos suficientes para que Roberto Lázaro, director de cine, rodara en tan inmejorable escenario, según exponen con orgullo los vecinos de La Cuenca, una película que fue galardonada como el mejor cortometraje de ficción en la IX Edición de los Premios Goya, celebrada en 1997: 'La Viga'.


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Por otra parte, y como no podía ser de otra forma, la iglesuca, silenciosas sus campanas en vísperas de misa, domina el pueblo desde las alturas, que por algo Iglesia y Estado ocuparon siempre -de hecho, por derecho y cohecho-, los domos más elevados de la miserable pirámide social. De tiempos gloriosos y hazañas de conquista y reconquista en las fronteras del Duero, conserva buena parte de su carácter románico original, añadido su robusto aspecto de iglesia-fortaleza, tipo y detalle de los que la provincia conserva no pocos e interesantes ejemplares. Una valla encalada de blanco y vigas de madera soportando el porche, rodea un recinto al que se accede por una pequeña scala Dei conformada por siete escalones de piedra y forma semicircular. De las referencias ornamentales de su portada, cabe destacar la inclusión de aros olímpicos, flores de lis y esas mitológicas, colquianas arpías, acreedoras en su fealdad a los vicios y pecados, que parecen esculpidas por las manos del mismo Jasón que ejerció su actividad por los pueblos de alrededor. No hay marcas canteriles que reseñar, salvo un intento tímido de emular un símbolo del infinito, allá, en la jamba derecha o quizás una intención frustrada de acusar de participación al sastre cofrade o aludir a los caminos con el símil de los famosos zapatitos.
Llama la atención la presencia allí, en el ábside o cabecera, de uno de los farolillos a los que se aludía anteriormente al hablar de las calles del pueblo. Pero sin duda, el factor más reseñable, aquél que envuelve el alma de congoja y melancolía, es la inclusión de varios canecillos utilizados como relleno sin sentido ni discreción. Como se preguntaba Villon: ¿dónde están las nieves de antaño?.

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