domingo, 25 de mayo de 2014

Guijosa: ermita románica


'El lugar no está en sí mismo, sino en la sustancia...'
[Ramón Llull (1)]

Supongo que dejaría de honrar a la verdad, si no dijera desde un principio, que este lugar no sólo me fascinó cuando lo vi, sino que además, me proporcionó una idea, siquiera aproximada, de lo que debió de ser el espíritu, en tiempos, de la humilde cuna de un estilo artístico cuya filosofía habría de constituir un modo de vida durante siglos: el románico. Si lo hermoso es sinónimo también de humildad, pocos lugares lo definen de una manera tan perfecta como esta pequeña ermita y el entorno en el que está situada: apartada, a poco más de un kilómetro de distancia de un pueblo, cuyo nombre también tiene un precedente en la vecina provincia de Guadalajara: Guijosa. Es más, si trazáramos una línea recta visual que partiera de su ábside o cabecera buscando ese punto por el que nace el sol, es decir, el este, nos encontraríamos, casi de frente, con la única parte que todavía queda en pie de lo que en tiempos fuera el convento de monjes jerónimos de Santa María, que tuvimos ocasión de ver en una entrada anterior. De hecho, visto desde aquí, no parece una ruina, en absoluto, sino que la vista, sin duda dejándose llevar por ese ángel tentador que hay siempre detrás de todo espejismo, sugiere equívocas interpretaciones, que hace que desde esa cpu o centro neurálgico de materia gris que es el cerebro humano, los electrones que activan la consciencia del observador se disparen, consiguiendo que éste se embelese con la idea romántica de que posiblemente esté viendo, bien un solitario torreón medieval bien una atalaya islámica, que después de todo, no hacen si no recordarle esa augusta epopeya marcada por un choque de civilizaciones, donde precisamente Soria marcaba, con su frontera del Duero, dos Españas muy diferentes, siglos antes de que naciera Antonio Machado: la España cristiana y la España musulmana.



Pero esto sólo son palabras, artificios literarios que florecen o se marchitan según sean asimilados e interpretados. Lo importante, después de todo, es el impacto. O como decía Ramón Llull, nuestro inmortal Doctor Mirabilis, la sustancia. Poco importa, si ya un ilustre soriano -Gaya Nuño, padre del inmortal santero de San Saturio-, lanzara estocadas de academicismo comparativo y en su interpretación del románico soriano aplicado a esta ermita, no sólo dejara señalada la proximidad a esa provincia de Burgos, cuya silense influencia se distribuyó como la tela de una araña por las provincias limítrofes y posiblemente, ese hilo evangélico-cultural supuso, en particular a este lado del terruño, la proliferación casi obsesiva de símbolos característicos, como las arpías y los centauros-sagitarios amenazando a los fieles desde los capiteles de los pórticos principales, sino también, la existencia generalizada de dos advocaciones determinadas: Santo Domingo de Silos y Santo Domingo de Guzmán, pontífice uno, pirómano de herejes el otro. Cierto que, aunque las comparaciones son odiosas, Gaya, supongo que de una forma eminentemente generalizada, puso como ejemplo la ermita del Santo Cristo de San Sebastián, situada en la cercana localidad burgalesa de Coruña del Conde, aunque aquí, en Guijosa, por fortuna no hubiera una devastada cantera llamada Clunia -los monjes jerónimos, se establecieron después-, para hacer un pequeño monstruo de Frankenstein romano-románico. Tome nota el que quiera, y apunte, como dato técnico, un siglo, el XII, si con relación a la ermita de Guijosa quiere actuar de amanuense anticuario. Ahora bien, el que desee congratularse con la aventura y gozar del placer de la sustancia del lugar, siga el consejo del Doctor Mirabilis y tome la carretera que, partiendo de San Esteban de Gormaz continúa en línea recta en dirección a Santa María de las Hoyas, el despoblado de Arganza, San Leonardo de Yagüe y un lugar donde la Sustancia no puede uno -llámenme soñador, si quieren-, por menos que escribirla con mayúscula: el Cañón del Río Lobos. Y después, me cuentan. Y un consejo: no interpreten aquí, simplemente déjense llevar por la magia del entorno.

 
(1) Ramón Llull: 'Proverbis de Ramon (Liber Proverbiorum)', Editora Nacional, Madrid, 1978, página 245.