lunes, 28 de abril de 2014

Fantasmas de Soria: Escobosa de Calatañazor


En su Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce definía a la ausencia como lo que hace que el corazón eche de menos, añadiendo a continuación unos puntos suspensivos, seguramente con la intención de desafiar los sentimientos del lector y permitir que su imaginación, o cuando menos su estado de ánimo en un momento determinado, añadieran el resto. Desde este punto de vista, hablar de fantasmas y de despoblados, viene a convertirse, no obstante, en un ejercicio anímico donde la nostalgia se convierte en una diva que languidece entre los ocasos de cualquier tiempo pasado, que seguramente fue mejor. Otro escritor, de nombre Heine y también citado por Bierce, mantenía la extravagante teoría de que los fantasmas nos tienen tanto miedo a los vivos, como nosotros a ellos. Quizás por eso, cuando uno se aventura a entrar en un lugar donde las ausencias y los fantasmas vienen a ser sinónimos, no puede, por menos, que entonar un réquiem interior capaz de envarar, como juncos ateridos por un viento boreal, todos los vellos del cuerpo.
Escobosa de Calatañazor, es actualmente un despoblado que se encuentra a una distancia equidistante -unos cinco kilómetros, más o menos- de dos lugares que todavía, afortunadamente, gozan de buena salud: Rioseco de Soria y Torreandaluz. El camino comarcal que une ambas poblaciones, todavía mantiene, señalando hacia la derecha, un cartel que señala la dirección del pueblo y cuyo perfecto estado, oculta, como si en realidad se tratara de una broma del destino, un lugar que, por las circunstancias, debería llamarse ya simplemente desolación. Junto a él, y en perfecto estado también, llama la atención una prodigiosa señal de stop de la que, una vez franqueado el umbral de la aventura, deja la incierta sensación de pensar que sólo sirve ya para delimitar ese crepúsculo fronterizo que delimita esos dos mundos, opuestos pero sin embargo complementarios, que no son otros que el de acá y el de más allá; es decir, el de los que permanecen y el de los que se marcharon para nunca más volver.

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Porque el que entra en Escobosa de Calatañazor, siente inmediatamente que las ausencias son tan pesadas como el silencio. Y si bien en algunas ocasiones, dicen por ahí que el silencio es oro, en otras, mal que me pese decirlo, se convierte en lingotes de plomo que lastran el alma con un peso muerto. Enseguida se echan de menos los ladridos de los perros que corren detrás de las ruedas del coche; o el canto machote del gallo, desafiando a la cazuela y proclamando a los cuatro vientos su placentera posición de rey en el corral. El balido de las ovejas, tañendo el campanín que cuelga de sus mullidos cuellos, mientras regresan de pastar, azuzadas y vigiladas de cerca por el sabio perro del pastor. De tañidos ausentes, las campanas de la espadaña de la parroquial apuntan hacia el suelo una y hacia la señal de stop la otra, como cañones abatidos por un fuego enemigo, mientras que la nave y la sacristía son un espejo abierto a las estrellas. Como abierto queda, descabalada la losa del altar, el agujero cuadrangular que posiblemente un día albergó las reliquias sagradas de un santo anónimo. Permanece, no obstante luciendo sus pinturas de guerra en la clave de bóveda que se alza sobre el altar e inmersa en su triple recinto circular, la hexapétala que ya figuraba entre los motivos ctónicos de numerosas lápidas romanas y celtas, considerada como amuleto y llamada por la vox populi espantabrujas, que nos puede inducir a pensar que, después de todo, los viejos dioses, o si se prefiere, la vieja y paciente Mater vuelve a acoger en su regazo aquello que una vez fue suyo.
Escobosa de Calatañazor: breve crónica de un despoblado.  
 
 
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