martes, 15 de abril de 2014

Expolios nacionales


Con buenas o malas artes, pero de seguro asistido por ese inquebrantable derecho de pernada estatal, el feudalismo aplicable a los grandes museos, consigue que en determinadas ocasiones, recordemos con cierta amargura ese antiguo refrán, surgido de la anónima pero brillante mente popular, que afirma con categórica rotundidad que siempre el pez grande termina comiéndose al chico. Hay muchos peces chicos que nutren a ese gran tiburón blanco que es, después de todo aunque no el único, desde luego, el Museo Arqueológico Nacional. Recientemente abiertas de nuevo sus puertas, después de seis largos y costosos años de inversión y reforma, resulta -no obstante el placer de contemplar las innumerables joyas que contiene- de un intenso dramatismo el contemplar como las escamas más vistosas de numerosos peces chicos, languidecen en los rincones, huérfanas para siempre de ese entorno al que pertenecieron, para el que fueron concebidas y en el que tenían su espacio a medida.


Uno de esos peces chicos, metafóricamente hablando y sin ningún género de dudas, es una provincia, Soria, que ha visto como parte de lo más florido de su Patrimonio Histórico-Artístico -fruto no de la casualidad, sino de la rica variedad cultural que la caracterizó en el pasado, donde multitud de pueblos dejaron constancia de su variopinta diversidad e idiosincrasia-, cogió un día las de Villadiego, como el emigrante de cruzaba el Charco con su chaqueta remendada y su maletilla de cartón, exiliándose en tierra extraña para nunca más volver. Obviando las irreemplazables pinturas de San Baudelio de Berlanga, donde un día intervino la mano larga, huesuda y calculadora del Judío Errante, así como esa otra mano, larga, quizás no tan huesuda pero igualmente fría, calculadora y enfundada en guante blanco del famoso ladrón Erik el Belga, da pena ver como otras piezas de incalculable valor y belleza, pasan desapercibidas entre un público que apenas se detiene a leer unos carteles explicativos que, en el fondo, y en la mayoría de los casos, se abstienen de ofrecer más detalles de la cuenta, quizás sea por no fomentar los malos hábitos -léase con idéntica ironía a como se escribe- que está haciendo que gobiernos cansados del expolio, como el egipcio, comiencen a reclamar ese inmenso Patrimonio, desperdigado sobre todo por Occidente cuando las fronteras estaban abiertas a la impunidad de los poderosos Sahibs, que sin duda les pertenece.
Sea cual sea la opinión de cada uno -que Dios la dé, y San Juan se la bendiga-, y a falta de saber cuál de las Vírgenes románicas es la que un día se veneraba en la iglesia de San Juan Bautista de Tozalmoro, quedan, entre otras, dos extraordinarias piezas, que cuando menos, si no una misa como París, sí merecen un toque de atención y respeto: una, el fabuloso mosaico de Cuevas de Soria, y la otra, parte de un magnífico sepulcro medieval de Calatañazor.

video
 
La falta absoluta de referencias, hace que sea poco menos que imposible discernir a cuál de las numerosas iglesias y ermitas que como luciérnagas rodeaban esta hermosa villa medieval de Calatañazor -donde Almanzor perdiera su atambor, o mejor dicho, su buena estrella-, pertenecía este curioso fragmento de sarcófago que, curiosamente, y a juzgar por los motivos que luce, hace honor a una Adoración un tanto peculiar, donde las figuras de Pastores y Magos, parece que fueron sustituidas por ángeles surgidos de la imaginación del artista anónimo. Por el contrario, el caso del mosaico encontrado en lo que fuera una antigua villa romana, en las cercanías de la población de Cuevas de Soria, y que lleva por título algo tan simple como 'mosaico geométrico con anagrama', es algo que, sin pretenderlo, me obliga a hurgar en ese universo con olor a podrido, en el que ningún hombre, en su sano juicio, debería jamás penetrar: la política. No consigo entender, por qué se levantó, teóricamente para salvaguardar y exponer tan maravilloso hallazgo, un edificio moderno, vanguardista, costoso, para terminar cerrado a cal y canto y acumulando abandono y tormentas de arena en sus acorazadas cristaleras. O quizás sí que lo entiendo, pero por prudencia, me la callo. Al menos de una cosa creo estar completamente seguro: y es del por qué me lo he encontrado siempre cerrado cada vez que he acudido al lugar.
Sea como sea, y con el fin de que lo contemplen y disfruten con nostalgia aquellos que no puedan, o no quieran -lo cual es comprensible-, acudir a los viejos Madriles para reencontrarse con parte de su historia, dejo aquí constancia del detalle y que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero, por más que me fascine contemplar tanta maravilla, siempre, siempre estaré a favor de que las cosas se valoren y se contemplen en el lugar al que pertenecen.