lunes, 12 de noviembre de 2012

Soledades burgenses


'El camino de Soria a Burgo de Osma, 58 kilómetros de buena carretera, se hace rápidamente. En el primer tramo, a la derecha, corre la alta meseta de la sierra de Frentes, que desde su ceja desciende suavamente por la solana, así como por el lado Norte se hunde desde ella en abrupto corte; y por la izquierda se levantan las sierras cretáceas también de San Marcos y de Hinodejo...' (1)

Dormida alrededor de su catedral, situada a la diestra o a la siniestra, según se mire, de un río de nombre Ucero, que apenas semeja, por su caudal, un arroyo en estado de crecimiento a una quincena aproximada de kilómetros de su nacedero natural, en las estribaciones del Cañón del Río Lobos, El Burgo de Osma permanece en duermevela, temeroso, quizás, de una deesapacible mañana de domingo, que anuncia, cual profética sibila, los rigores de un invierno impaciente por llegar. En lontananza, no lejos de la solitaria Cruz del Siglo, así como de una remodelada ermita de la Magdalena, la antigua fortaleza califal de Gormaz reina sobre la cima de un monte con forma de pirámide, guardando celosamente sus fantasmas entre telarañas, restos de nidos y sombras, mientras el viento, que amenaza con convertirse en desabrido Cierzo, gime lastimero por las ruinas heridas de olvido de la milenaria ciudad de Uxama.
Bajo los desiertos soportales de la plaza, los silencios son rumores de antiguas glorias; recuerdos enmudecidos de gestas infinitas, consignadas en manuscritos y legajos que duermen un sueño eterno, arropados por el polvo gris de los archivos diocesanos y el carisma campeador de los antiguos escudos de armas, que recuerdan señores y linajes hace tiempo sepultados.
Las campanas de la torre de la catedral, solidarias con el silencio inmaculado a hora tan temprana, desesperan impacientes por oír un canto del gallo que no llega, mientras en las puertas de algún bar -el dueño bostezando y fría la cafetera- prende todavía, no obstante descolorido por los intensos rayos de sol de un verano que ya pasó a la historia, un cartel anunciador de las pasadas fiestas en honor a San Roque, el misterioso santo de los caminos, guardián y compañero impenitente de arcángeles dorados y Vírgenes Negras.
Precisamente a San Roque, le tienen dedicada una pequeña y solitaria ermita, allá, en la ribera macerada de otoño en la que se mece melancólico el viejo Duero a su paso por la antigua Castromoros; o lo que es lo mismo, a su paso por la decana San Esteban de Gormaz, fácil de alcanzar para aquellos que, habitual o circunstancialmente comienzan su ruta por el extremo opuesto al sugerido por Taracena y Tudela, permitiéndose el lujo de vagar por tierras segovianas que despiertan al día envueltas en jirones de niebla antes de llegar, e incluso aún después de dejar atrás lugares como la monumental Ayllón. Fantasmas de espíritus de castellanos, que echan en falta el fragor de las batallas y la agonía de los gritos comuneros.
Aún con la torre cubierta de andamios y dispuesta a recibir, gitana carita de luna, los honores de un merecido maquillaje, la catedral, qué duda cabe, es el polo magnético que acapara todas las miradas y se cuclea, orgullosa, henchida al recibir todos los piropos. No parece serlo, sin embargo, lo que demuestra que no hay regla sin excepción, para unos madrugadores turistas, que apenas prestan atención a los numerosos misterios y acertijos dejados por los canteros, a lo largo de los siglos, a base de sudor y golpe artístico de escoplo. No desmerece, en absoluto, la Puerta de San Miguel, donde buey y león -Marcos y Lucas- parecen aunar fuerza y determinación para alertar al visitante de que se ande con cuidado, y una vez dentro, recuerde que está en un lugar que ya era sagrado incluso antes de que los robles de los druidas fueran sustituídos por los bosques de columnas de un gótico en expansión.

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Lo reconozco, y así lo pongo de manifiesto: mi debilidad, después de todo, está unos metros más allá, en esa sensacional Portada Principal. En ese pequeño paraíso pétreo donde, aún al cabo de los siglos, un enamorado Salomón continúa cantándole a la Reina de Saba:

- Que me bese con besos de su boca. Mejores son que el vino tus amores, más suave el olor de tus perfumes, tu nombre como bálsamo fragante...

Y una arrobada Reina de Saba, repitiendo incansable a una sorda multitud:

- Soy un narciso del Sarón, una azucena de los valles. Como lino entre espinos...(2).

Quizás la pátina del tiempo, que no la de las velas, haya hecho algo de justicia; o quizás, después de todo, el cantero quiso darle un aspecto moreno, pero hermoso, pues incluso en su pensamiento, el sol también la bronceó...Entienda el que tenga oídos.
Hay un eterno Don Juan, burlón e impredecible, que se llama Tiempo. Una última mirada a la calle Mayor, y a la portada de la residencia episcopal, donde el cantero trocó los cuellos entrelazados de las ocas por un entrelazo de cuellos de dragón, y servidor piensa con los pies, apenas comienzan a adivinarse los primeros síntomas de agua-nieve. El termómetro hace que la ensoñación también se congele. Y pensando con los pies, o mejor dicho, aplicando la definición que Ambrose Bierce hizo del cobarde en su Diccionario del Diablo (3), me despido, una vez más, de El Burgo de Osma.


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(1) Blas Taracena y José Tudela: 'Guía de Soria y su provincia', EOSGRAF, S.A., Madrid, tercera edición aumentada, 1968, página 147.
(2) El Cantar de los Cantares, 1,2 y 2,1.
(3) Ambrose Bierce, 'El Diccionario del Diablo', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, octubre de 2007, página 127.