jueves, 12 de julio de 2012

Visiones retrospectivas. Un emblema soriano: la iglesia de la Virgen del Mirón


'Porque ha dicho que no hay mejor Virgen que la de Hinodejo, cuando aquí tenemos la del Mirón. La cual no tendrá tantos devotos como San Saturio, pero cuenta con una capilla hermosa, dorada y reluciente. Y cada cierto número de años, la sacan en procesión, y...
LABRADOR. (Con sorna). ¡Je!, ¡je!, la sacan en procesión. (Al peregrino): ¿Y sabe usté lo que cantan?, que yo acerté a estar en una de esas procesiones.
PEREGRINO: Himnos hermosísimos, sin duda...
Yo. No son himnos, sino coplas, pero no hay agravio ni deshonra en ello. Una copla que se canta a las mozas de las ventanas y balcones, que dice:

Vosotras, las del balcón,
ya sus podíais bajar
y dir en la procesión
como vamos los demás.

Es copla inocente y graciosa, y ningún mal veo en ella.
LABRADOR: Bueno, pues cante la otra, que tiene más miga, y ya verá el señor peregrino cómo son estos sorianos, que no tienen respeto a nada. O, si no, la cantaré yo, no le vaya a dar vergüenza.
Yo. (Muy gallo). ¡Qué ha de darme vegüenza!. Aún tiene más salero que la otra. Es así:

Virgen, Virgen, Virgen, Virgen,
Virgen Santa del Mirón:
Tú eres la única doncella
que vas en la procesión.

LABRADOR: ¡Eh!, ¿qué tal le parece, señor caminante?.
PEREGRINO: ¿Nos tomamos otro vasito?.
Yo. No, que se me hace tarde y tengo que ir hacia la ermita. Bueno, ¿qué nos dice?.
PEREGRINO: Que yo me marcho. No me ha gustado nada lo de la Virgen de Hinodejo, ni las coplas de la del Mirón. Son ustedes muy especiales y tienen muy poco respeto. Vaya, señores, poquito a poquito, me voy hacia Madrid. (Vase)' (1)

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De su primitiva fábrica, no conserva nada, a excepción de algunas leyendas marianas medievales, que explican la aparición milagrosa de la talle y el origen del santuario en el que se la venera, así como también alguna coplilla maliciosa -como la consignada por Gaya Nuño- que viene a demostrar que no sólo Calatayud tiene a su felón y a su Dolores. Pero aún así, no obstante aceptando de antemano su excesivo barroquismo -en la línea churrigueresca, que tanto criticaba Gustavo Adolfo Bécquer-, la iglesia-santuario de Nª Sª del Mirón expone una serie de curiosidades, no exentas de interés para todo aquél que busque el misterio que, aparente e inocentemente se esconde en el Arte, sin importar la época ni tampoco el origen de unos artistas, de señas de identidad generalmente anónimas.
Dejados a un lado, pues, los escrúpulos culturales -que miden y clasifican con su frío racionalismo científico el mundo de las Musas- y las maliciosas jocosidades -que muchas veces ofenden sin necesidad- tal vez haya quien se sorprenda al observar, por encima de su masónico pórtico de entrada, una imagen virginal protegida por una gran concha marina. Seguramente, la imagen, en su conjunto, le resulte familiar, y no tarde mucho en echar mano de esa tabla salvavidas, que es el mundo de las comparaciones, y pensar en uno de los más grandes artistas del Renacimiento italiano y en una de sus obras más genuinas y universales: el Nacimiento de Venus. ¿Nos encontramos ante una referencia pagana, piadosa y cristianamente enmascarada, a cuyos pies, en la actualidad, se refugian y en ocasiones hasta anidan palomas y gorriones?.
Partiendo de esta base, de que el Arte generalmente es un gran cómplica de todo tipo de ideas y filosofías heterodoxas, la aventura comienza apenas se traspasa el umbral. Porque el Mirón, como muchos otros templos, es un pequeño museo en potencia, que amontona piezas de valor y rareza singulares, en todos y cada uno de los recovecos que conforman su geométrica estructura. La primera prueba de ello, la tenemos en los laterales de la nave, sobre cuyas paredes, envueltas en halos de penumbra, se vislumbra la flor y nata del santoral hispano, quedando recogida con concienzudas muestras de selección: Juan el Bautista, San Francisco de Asís, la extraordinaria mística del Siglo de Oro, Santa Teresa de Jesús, y María Magdalena, entre otros, comparten protagonismo y atributos simbólicos con escenas mitraicas como la adoración de los pastores, allá, en aquél inocente pesebre del Belén del siglo I, y el gran mito hispano por antonomasia, que hizo de Santiago el general Matamoros que comandaba las vanguardias cristianas embebidas de gloria y Reconquista. Esta escena, sin duda choca con la curiosa imagen de un arcangel San Miguel, doblegando con saña a un vencido diablo. Pero si nos fijamos en el arma que porta -no pequeña, precisamente- y que levanta amenazadoramente sobre la cabeza de éste, seguramente nos preguntemos por qué el artista cambió la tizona cidiana por la cimitarra árabe, precisamente aquél tipo de arma empuñada por los infieles para decapitar cabezas cristianas. Algo más allá, San Antonio sostiene en brazos a un Niño Jesús que, a diferencia del halo santífico del célebre abad, tiene su cabeza coronada por un nimbo crucífero que guarda en su interior una curiosa cruz de color rojo y brazos patados.
Más grata, quizás, por su extraordinaria rareza y también porque de paso acalla otras tantas lenguas viperinas dispuestas siempre al chiste fácil, resulta la visión, de cuerpo entero, de maestro y discípulo que, generalmente, suelen ser representados de cintura para arriba: San Saturio y San Prudencio. Se hallan éstos, próximos al altar, emparedado por un rocambolesco Retablo Mayor, barroco, por supuesto, en cuyo centro impera la figura, probablemente gótica, de los siglos XIII-XIV, de la milagrosa Virgen del Mirón. ¿Cómo se explica, entonces, la presencia, en un discreto lateral, de una auténtica Virgen Negra, como es la extraprovincial Virgen de la Soterraña? (2).

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Por el contrario, por el otro lateral se accede a la sacristía, y también a una pequeña sala donde reposa, colgada en la pared, una auténtica joya cultural, como es esa historia muda, conformada por símbolos -no olvidemos su carácter ancestral, ni tampoco el alto nivel de alfabetismo que nos ha caracterizado hasta tiempos relativamente recientes- que describe las circunstancias históricas y milagrosas del lugar. También cabe destacar un pequeño cuadro, de época, que expone uno de los milagros atribuídos a la Virgen del Mirón: la caída del andamio de uno de los albañiles. Símbolos y albañiles, una antigua, antiquísima asociación.
Pero llegados a lo que fue en tiempos el hogar del párroco, tal vez nos llame poderosamente la atención la auténtica reliquia conformada por esa impresionante chimenea de hierro repujado, fabricada en 1791, que puede que nos recuerde -acudamos otra vez al oportuno mundo de la asociación- por sus dimensiones y los rostros infantiles esculpidos en ella, a aquélla otra no hace muchos años utilizada por el director Jan de Bont como parte del mobiliario embrujado de terrorífica película The Haunting (La Guarida).
Estos son sólo algunos de los interesantes detalles que pueden deparar que una visita a la iglesia de la Virgen del Mirón, se convierta en un agradable paseo cultural. Otros, que los hay, conviene no revelarlos en honor a la prudencia. Y además, ¿qué gracia tendría acudir a tiro fijo, sin dejar un pequeño margen para la sorpresa?. Y no obstante, aún queda un pequeño detalle, que quizás pueda interesar:

En primera persona: ¿un milagro moderno en el Mirón?

Nunca se sabe. ¿Milagros?, ¿casualidades?, ¿orden en el caos?. ¿Existe una inteligencia derás de hechos, aparentemente fortuítos, o todo se reduce a ese incierto universo de las casualidades?. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero lo que sí puedo decir, es que en la vida de Iluminada Mozas, pocas cosas, a su juicio, están amparadas por el azar.

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(1) Juan Antonio Gaya Nuño: 'El Santero de San Saturio', Editorial Espasa Calpe, S.A., Colección Austral, 4ª edición, 3-XI-1999, páginas 123-124.
(2) Esta Virgen de la Soterraña, tiene su santuario en el monasterio de Santa María la Real, en Nieva, Segovia. Como dato anecdótico, añadir que también se la venera en la iglesia de Santiago, en Puente la Reina, Navarra, existiendo a través de su culto, un hermanamiento entre ambas ciudades.