viernes, 17 de febrero de 2012

Persiguiendo fantasmas por Alentisque

'En la torre

amarilla,

dobla una campana.

Sobre el viento

amarillo,

se abren las campanadas.

En la torre

amarilla,

cesa la campana.

El viento con el polvo,

hace proras de plata...' (1)




- ¡Cuánto trabajaron!, -dijo la anciana, vestida de arriba abajo con un traje tintado de sombra.

- ¡Cuánto trabajaron!, -volvió a repetir, señalando con su dedo huesudo hacia las interminables filas de sillares de la imponente parroquial. Después, elevando unos ojos tristes hacia la torre, cuya altura y robustez semejaban el brazo de un gigante intentando atrapar las nubes, añadió: es una bonita torre, ¿verdad?.

Asentí. Era una bonita torre, desde luego, sobre todo ahora, que los primeros rayos del sol apenas comenzaban a acariciar la sólida estructura de su campanario. Pero hacía frío; un frío condenado, intenso, astral; un frío capaz de herir mortalmente el pecho, como la punta de un afilado ariete abriéndose camino a través del anorak, del jersey y de la camiseta. Un frío en extremo duro. Un frío celtíbero. Un frío soriano...


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Evidentemente, la historia no comienza aquí. Su génesis se produjo una aburrida tarde de enero en Madrid, aproximadamente a esas horas somnolientas en que los atascos colman las arterias de la ciudad y la desesperación irrita a los esclavos del volante. Una tarde en la que, después de la eterna brega para encontrar aparcamiento, el que suscribe intentaba matar una bucólica y repentina enfermedad anímica, a golpes de Facebook e Internet. Hubiérase dicho que el Demonio Meridiano -quizás similar a aquél que cabalga los lomos de un caballo marino en el tímpano de la iglesia de Nª Sª de la Peña, en la segoviana Sepúlveda- rondaba, invisible, furtivo e ilegal, por la reducida cuadrícula de un piso de protección oficial, anciano en edad, pero reacio a jubilarse, que ha sido siempre mi hogar.


Una semana después del retiro voluntario y anual de los Magos a Oriente, las noticias sobre la crisis, convertidas en irritante cierzo, colmaban un universo interactivo, incendiando de ira y desesperación las ondas, mientras el fantasma del insumergible Titanic amenazaba con volver a tropezar -no en vano, fue construido por hombres- con el mismo iceberg que lo mandó a pique en 1912...¿o fue en 1929, con la Gran Depresión?; tanto dá; ahora bien, por supuesto, las rebajas, como era de esperar, habían adelantado la primavera en El Corte Inglés, poniendo la lombriz en el anzuelo del plato preferido de una trucha voraz, llamada Visa Electrón. Facebook continuaba siendo ese sucedáneo de la fraternidad, donde lobos y corderos confraternizaban por las parcelas acotadas del enlace, definiéndose a golpe de ratón, con la mediática sinceridad que conlleva un ocasional pero cortés a mí también me gusta. Recuerdo, con meridiana claridad, así mismo, unos golpes que hicieron tambalearse el techo, pero ETA había declarado el fin de la lucha armada, luego el terrorista no podía ser otro que mi vecino, embarcado en una de sus interminables chapuzas caseras. Horror de los horrores, en el reproductor MP3 el fantasma de Mozart se cachondeaba de la mediocridad de Farinelli y la Sinfonía 40 en G menor parecía un canto del loco cortejando a una Luna que, no por casualidad sino más bien por milagro, se dejaba ver, asomada a su balcón del infinito, por encima de unos tejados que comenzaban a albergar peligrosas capas de palomina.


¿Dónde encajaría la imaginación mosquetera de Alejandro Dumas, a un hábil espadachín celtíbero de la talla de Ángel Almazán? -me pregunté, observando aquél guantelete que acababa de lanzar en Facebook, en forma de unas extraordinarias fotografías que mostraban varias estelas funerarias procedentes de Alentisque. Sicario arrogante del cardenal Richelieu, acepté el reto, sin duda sopesando la posibilidad de iniciar una nueva aventura en los caminos, persiguiendo, lejos de la comodidad infame del sillón y el latrocinio gratuito e impune de la Red, la sombra de unos caballeros medievales, interesantes como pocos, pero terriblemente escurridizos: los caballeros templarios.



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Salir de casa cuando el resto del mundo está soñando al compás de la lira de Morfeo y el lucero del alba cuelga como un farol en esa relativa paradoja que es el Universo, conlleva una curiosa sensación de placer e irrealidad, difícil de describir. Es en ese instante, prácticamente imperceptible normalmente, cuando el hombre se convierte en cazador de sueños, internándose en caminos apenas iluminados por la mortecina luz de las farolas que le escoltan, como una guardia armada, fuera de la ciudad. Pasada ésta, la carretera se convierte en un bosque sombrío, de lobos feroces cuyas fauces se abaten sobre la luz de unos faros, que en ocasiones resulta insuficiente para amedrentarlos. Hay gasolineras fantasma, cuyo armazón abandonado deja en evidencia quimeras millonarias procedentes de lejanos imperios comerciales orientales, que intuyen a pensar que las taifas del petróleo están perdiendo parte de sus privilegios. Y más adelante, en el sempiterno kilómetro 103, la boca destila humores almendrados con el primer café de la mañana, mientras la Guardia Civil bosteza de aburrimiento frente a una tostada con mermelada de naranja, sin prestar atención a los cuentos de la abuela de los cazadores del alba. Ecos de la vieja Hispania visigoda, que nos acercan sin remisión a la Extremadura castellana.


Una vez dejada atrás la inmutable serenidad de Almazán, el viaje hacia Alentisque supone atravesar históricos terruños, barros elementales que ambientaron arcanas glorias, las cuales aún sobreviven entremezcladas con el exótico perfume azafranado de las leyendas. Neguillas, con su flamante Ayuntamiento a la entrada del pueblo y ese recuerdo de sumisión norteafricana en la palmera o árbol de los justos, que milagrosamente sobrevive no muy lejos de donde se ubica éste, a la vera de una parroquia -la de San Juan Bautista-, en cuyo tejado y campanario los gorjeos de las palomas parecen reivindicar los privilegios perdidos de los antiguos palomares que, cual chalets adosados, aún perviven en otros lugares de la provincia, no excesivamente lejanos, como Yelo. La noble y hermética Morón, la del gallo enhiesto cuyo cacareo se convierte en heraldo que precede la salida del astro rey, cuya espada flamígera -cual San Miguel in excelsis- triunfa sobre los velos del crepúsculo luciferino, ilumina los griales de su iglesia-colegiata y libera los humores alquímicos del marqués de Camarasa en la fachada de su antigua mansión, hoy día reconvertida en sucursal -al César lo que es del César- de Caja Duero.




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A la izquierda, anclada cual nave corsaria en ensenada amiga, el pueblo de Señuela duerme el sueño de los justos a la sombra de la torre medieval de su iglesia de Santo Domingo de Silos, su fragua y su horno comunal recién restaurados, mientras la escarcha se aferra, blanco sudario, a unos campos heridos de soledad. Al menos, son cinco los siglos de ventaja que ocultan el rastro de las herraduras de sus caballos. Si alguna vez hubo templarios en Alentisque -quizás dependiendo de la encomienda de Novillas- el pésimo maridaje entre tiempo e historia ha conseguido hacer de ellos el mal remedio de un recuerdo prácticamente inexistente. La parroquial de San Martín de Tours es imponente, no cabe duda; sin un estilo definido, y sí, por el contrario, receptora de un barroquismo neoclásico desprovisto de los interesantes currículums simbólicos propios del románico y del gótico. Pero basta un solo vistazo a su planta -se accede a su pórtico, a través de unas escaleras de piedra situadas en el muro que la circunda y la primera tierra que se pisa es la del que fuera su antiguo cementerio- resulta más que suficiente para no tener duda acerca de lo mucho que trabajaron los hombres de este pueblo para levantarla. De las estelas no queda rastro en el lugar; pero sí medio kilómetro más allá, en campo abierto, en ese preciso, específico lugar donde los cipreses creen en Dios y el polvo regresa al polvo esperando renacer de sus cenizas.


De la primitiva ermita sobrevive, reformado su tejado, un pequeño ábside, en cuyos canecillos se balancean, aguantando con mayor o menor fortuna los embites del tiempo, algunos de esos monstruos cuya ridiculez causaba desagrado en San Bernardo, pero que recordaba a los monjes, en todo momento, la cercanía del pecado, atrapando sus mentes con la sempiterna lucha entre el Bien y el Mal. Vistos desde la distancia, el cementerio y la malograda ermita, forman un conjunto indivisible, tal vez el armazón de una cuna ancestral que ha ido cobijando a su sombra a generaciones de sorianos. Clásicos, quizás en exceso, incluso para su hornada románica, exceptuando aquél que, cual red de pescador, denota una hábil cualidad del talista para con los nudos o entrelazados, sin que éstos lleguen a resultar salomónicos en ningún momento. La sencillez, cuando no la austeridad, pues, se acentúa al traspasar un umbral al infinito, que muestra una planta rectangular, que tal vez tenga un sosias en alguna constelación del inmenso cielo bajo el que se cobija. A escaso medio metro de la verja que custodia el acceso a la sacra reafirmación del altar, una antigua estela funeraria permanece anclada al suelo, semejando el brazo poderoso de un enhiesto menhir sobre el que convergen energías terrenales y celestes. Anverso y reverso, están grabados, sobresaliendo, en ambos casos, la familiar y patada cruz que, no obstante ajena al don de la exclusividad, sí puede, quizás, ser antorcha donde prenda, siquiera sea de manera fugaz, la llama de la sospecha. Salvo ésta y la losa funeraria romana que sirve como parte de relleno del cóncavo ábside, todo rastro de las demás estelas, parece haberse perdido. Y no obstante, el viaje -lejos de ser a ninguna parte- continúa tres kilómetros más adelante, en un lugar de cuyo nombre sí quiero acordarme: Momblona.


(1) Federico García Lorca: 'Poemas de cante jondo. Canciones', RBA Editores, S.A., 1998, página 25.