viernes, 2 de diciembre de 2011

Bocigas de Perales: encanto natural

Regresábamos de una interesante excursión por tierras burgalesas, después de visitar, entre otros lugares, la curiosa ermita del Cristo de San Sebastián, en Coruña del Conde (1) y bien yantar, como se diría por esos lares, en Peñaranda de Duero. Buscábamos una iglesia románica, la de San Pedro, pero descubrimos también -una imagen vale más que mil palabras- un paisaje rocoso espectacular.

La iglesia de San Pedro, sigue ahí, al principio del pueblo; enfrente de la moderna fuente de forma hexagonal, que hace las veces de rotonda. Tiene una bonita portada, en una de cuyas arquivoltas, los nudos entrelazados recuerdan al forastero las profundas raíces celtíberas de la provincia. Como se aprecia en las alucinantes formaciones rocosas a cuya vera se asienta el pueblo, en los capiteles y canecillos del viejo templo, el tiempo también ha conspirado, valiéndose como brazo ejecutor de esos fantásticos canteros que son los vientos, para ejercer a su antojo la censura de la erosión.

Y no obstante, como desafiando una condena inmerecida, aún se percibe la prerrogativa de un mensaje simbólico harto conocido en la provincia: el jinete de aspecto árabe, similar, en esencia, a aquél que también hoy, a duras penas, se vislumbro en otro de los ancestrales capiteles de la iglesia de San Miguel, en la decana población de San Esteban de Gormaz; las piñas, símbolo de inmortalidad, pero también refencia a la unión del pueblo cristiano, y las bestias afrontadas, motivo común en el románico pero que, curiosamente, es una representación particularmente abundante en esas tierras de Gómara, que miran siempre en dirección del sacrosanto Moncayo.

Hay una plácida languidez, como esos versos de Verlaine que presagiaban el desembarco Aliado en Normandía, en esas casitas rurales mimadas por un sol que se mira en el espejo de la piedra y el adobe, o en esas silentes oscuridades de las pequeñas cuevas que, bodegas al uso ancestral, maceran un caldo sanguíneo inmemorial, herencia de aquél primer Noé, cuya memoria alimenta las leyendas de numerosos pueblos. Y más allá, en esa diminuta isla donde el llano centraliza campos de labor y dura estepa, unos obstinados álamos ven encanecer sus hojas, esperando la llegada de un otoño que todavía, reacio a su cambio de guardia con el verano, se presenta con parsimoniosa lentitud.






(1) Digo curiosa, porque en su estructura se adivinan muchos restos ornamentales pertenecientes a las ruinas de la vecina ciudad romana de Clunia.