lunes, 7 de noviembre de 2011

Otoño en la Laguna Negra de los Picos de Urbión




'El día ha terminado,


mis ojos se cierran,


pero largo es el viaje


que me espera...' (1)



Yo también me otorgo a mí mismo el derecho a fantasear...

Dicen las comadres, que por las noches la luna se mira en ella, coqueta y muy pagada de sí misma, como la madrastra del cuento de Blancanieves, preguntándole quién es la más bella. La Laguna Negra sonríe, pero, no obstante, calla. Hay quien puede llegar a pensar que con su silencio otorga; pero yo creo que, en realidad, callando aleja de su entorno al terrorífico fantasma de la vanidad. La luna suspira entonces, y como todas las noches desde que el mundo es mundo, dándose por vencida se despoja de su capa de armiño y se sumerge lentamente en el agua. Poetas hubo, Dios mediante, que la confundieron con una mujer de carne y hueso y la inmortalizaron así en lo más florido de nuestras leyendas. El rayo de luna, la llamaron.
Los lobos, ocultos en lo más impenetrable de los bosques que la circundan, aúllan lastimeramente, disponiéndose, si no a la caza, sí al cortejo. Más allá, en los roquedales de las cimas más altas de los Picos de Urbión, águilas, buitres y alimoches cabecean inquietos; en su duermevela sueñan, quizás, con esas inalcanzables estrellas que los hombres codician; como se codicia todo aquello que es imposible; todo aquello, en definitiva, que pertenece al mundo de los sueños. Búhos y lechuzas, encaramadas en las ramas más altas de los árboles, custodian los senderos forestales que el otoño ha llenado de hojas, mientras ciervos y revecos retozan en silencio en su cama de helechos, esperando impacientes un alba que aún tardará algún tiempo en dejarse ver por encima de los riscos.





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Hacia el centro de la Laguna, allí donde la luna bracea con la elegancia de un batir de alas de mariposa, las burbujas que estallan al contacto con el aire, delatan los suspiros que la soledad provoca en la ninfa inmortal que habita desde tiempo inmemorial en lo más desconocido de sus profundidades. En el óvalo perfecto, protegido por crómlechs y menhires naturales que la erosión ha trabajado con artística meticulosidad, las riberas reciben el abrazo fantasmal de una niebla cargada de evocaciones del pasado. Los espíritus afloran a la superficie, arrastrando penosamente unas cadenas injuriosas que nunca debieron cargar: justicia o desquite. Hay quien a falta de nombre propio, les pone apellido. Realidad o ficción, lo cierto es que en ésta tierra de pinares, difícil es hallar a alguien que no conozca al machadiano personaje de Alvargonzález.

También resulta difícil, por otra parte, que quien se haya acercado por estos lares un atardecer, en vísperas o casi, de la Noche de Difuntos, pensará ver fuegos fatuos en el color de la floresta de los tupidos bosques; o en los espinos y aliagas que se aferran a la roca en lo más abrupto e inaccesible de los farallones; aquéllos donde el águila vigila y sólo el rebeco y la cabra se atreven a subir. Reflejados en el agua, le parecerán hogueras de un campamento de trasgos a punto de avalanzarse sobre la tierra media que se extiende más allá de las lindes de los hombres, eones después de que su mejor valedor, J.R.R. Tolkien zarpara en la nave que no ha de tornar.





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Verá una explosión de colores; una supernova que explotará para convertirse en un nuevo sol, y se postrará ante el Dios Otoño. Comprenderá que éste, cuál Ave Fénix, no pregunta. Simplemente llega, se instala y despliega su exhuberante cabellera sobre la tierra para después fenecer fundido con ella y renacer dos estaciones más tarde.


La Laguna Negra se mira en él. Calla también, como cuando la pregunta la Luna; pero, sin embargo, a diferencia de su mutismo con ésta, suspira y sueña con aquél. Y soñando, recostada feliz en su propia inmortalidad, piensa: tú, Otoño, tú eres lo más hermoso del mundo.


(1) J.R.R.Tolkien: 'La última canción de Bilbo', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, octubre de 2010.


[Bruja: mejórate]