martes, 27 de septiembre de 2011

Viana de Duero



-Y el nombre -me pregunto yo-, ¿no será una desvirtuada referencia a la antigua diosa Diana?.


Aún hoy, al cabo de un mes de mi visita a Viana de Duero, todavía continúo preguntándome si la reflexión de mi amigo, el Magister Alkaest, obedece a una realidad ancestral, quizás en la línea de esa historia mágica heredera de Gárgoris y Habidis, tan elocuentemente descrita por Sánchez Dragó. De hecho, puede que sea una Diana la que, precisamente, corona y embellece la fuente con forma de trébol de cuatro hojas, que se localiza en un jardincillo anexo a la iglesia de San Bartolomé. Una iglesia muy modificada, es cierto, como la gran mayoría de los templos cuyos torreones campean en los pueblitos de Almazán y Gómara, pero que, a diferencia de algunos de éstos, todavía conserva interesantes elementos de esa arquitectura, la románica, en la que la poesía del cantero sembraba estrofas en la piedra. Una piedra, en cuyo ábside, y de manera sorprendente, aún puede verse el carnet de identidad, o su me fecit fundacional, que avalan una longevidad no dejada perder del todo, al fin y al cabo. Porque de perdidos, y más en lo que a este tipo de Arte se refiere, el río de los refranes más que turbio, está a rebosar.

Bien es cierto, por otra parte, que observando alguno de los símbolos, se tiene la sensación -no ya de pensar en su exclusividad en la provincia, o al menos, en lo referente a románico de la provincia que conozco a día de hoy- de que el cantero, por los motivos que fuera, evitó a propósito la magia asociativa, que juega con la imaginación, para entrar a saco en el esto es lo que ves, esto es lo que hay, con el símbolo fálico que, cual los despojos de un toro recién lidiado, campea entre dos piñas, de similar manera a como muchos siglos después, el gamberro o el reprimido de turno lo grafiteaba sin ninguna gracia en los servicios de los bares. Y es que observándolo, y comparándolo con la perfección de las piñas que, como digo, lo flanquean, todavía dudo de su románica exclusividad, y me planteo la diferencia que existe, por ejemplo, con aquélla otra referencia, disimulada pero perfecta en la conjunción de sexos, de la ermita homónima de Río Lobos.

Pero dejando a un lado una aparente frivolidad, cuyo sentido real, se crea o no, probablemente en la mente e intenciones del cantero distaba mucho de reducirse a una simple cuestión de promiscuidad sexual, no deja de llamar la atención el detalle, sin duda no provocado, de que la iglesia en sí constituye un pequeño e imaginario no man's land o tierra de nadie, que divide en dos a un pueblo en el que los fantasmas del pasado y del futuro, parecen mantener un pulso épico por una hegemonía vital. A un lado, allá donde las paredes del Ayuntamiento se pavonean con un decoroso y puede que reciente lavado de cara y los cables del tendido eléctrico soportan inmunes guirnaldas de fiesta, edificios de colores llamativos atraen la atención de propios y extraños desde los cimientos de su arquitectura novísima. Una arquitectura que, posiblemente tendente a una comodidad cuyo precio (entre comillas) es el aislamiento, tira el guante a esa otra arquitectura, más cercana, rural y tradicional, que hacía de nuestros pueblos, lugares hermosamente pinturescos y eran el non plus ultra de experimentados albañiles, cuyas técnicas, hoy en día, prácticamente se han perdido.

Es precisamente en ellas, donde uno todavía encuentra detalles con sabor a recuerdo; recuerdos, quizás, de la propia infancia, donde la colada, lejos de constituir un tabú entre los vecinos, era una cosa tan natural como ir a la compra todos los días o ponerse a hacer calceta en la puerta del portal. Juro que no hay morbo alguno en ésta observación, sino respeto; y quizás, también, ¿por qué no decirlo?, un agridulce deje de nostalgia. No voy a cometer el error de decir, ni convencido ni con la boca chica, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ni siquiera lo pienso. Pero sí es cierto que estos detalles, a veces me hacen pensar que todavía hay esperanza para un mundo enloquecido, que parece que cada día oposita más a convertirse en una sociedad fría, estéril y anodina -tipo Blade Runner- donde lo único que no está prohibido es prohibir, y donde conceptos como vecino, equivalen a ser confundido con un replicante y ser perseguido y exterminado sin piedad. Ahora pregunto, sobre todo a los que vivimos en grandes capitales: una vez perdidos los vecinos de toda la vida, ¿conocemos a nuestros nuevos vecinos?.

Pero, en fin, yo sólo quería hablar de un pueblo y es posible que al final, sin pretenderlo, me haya dejado influenciar por los humores de la cercana depuradora de purines.




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