miércoles, 22 de junio de 2011

Viaje al corazón de San Saturio

'...abrí una ventana y respiré muchas veces. El Duero venía de la Sierra de Urbión con una transparencia y una paz verdaderamente mitológicas, y en él se reflejaban, con su exacto matiz de plata, los hitos de la chopera. No se veía un alma, no se oía un rumor. Pasó rato hasta que graznó una corneja y culebreó un barbo, deshaciendo por dos segundos la lámina del río. Me fijaba en las aguas, que luego viajarían por tierras de Burgos, Valladolid y Zamora, hasta acabar en la Lusitania, proporcionando la más bella de las disyuntivas: o dejarlas correr, acompañándolas en su periplo, o quedar quieto, bebiendo siempre el agua de San Saturio, que es la del río Razón y la del recodo de Numancia...'.


[Juan Antonio Gaya Nuño (1)]



Desde que lo leí por primera vez, hace ya algunos años, siempre he sentido una especial devoción por este capítulo del famoso Santero de Gaya Nuño, así como por otro párrafo, que le precede, en el que éste, reflexionando mientras se prepara para pasar su primera noche en la ermita, define al Santo Patrón como el primer santo surrealista, con busto cortado como en un college de Max Ernst. Creo que esto define muy bien lo que es el personaje en sí, así como el entorno en el que se ubica su ermita: misterio, belleza y surrealismo a raudales, regado por el mejor de los espirituosos naturales: el Duero. Quizás por eso, aún a riesgo de parecer pedante, sí que me gustaría hacer una pequeña recomendación a todos aquellos que estén interesados en conocer Soria: en primer lugar, les recomendaría leer el libro de Juan Antonio Gaya Nuño; y después, por supuesto, visitar San Saturio.

No es una recomendación baladí, desde luego, si tenemos en cuenta que el libro describe, con absoluta maestría y todo lujo de entrañables detalles, la idiosincrasia de una provincia en la que, aún a pesar de los pesares y de ese olvido gubernamental que la emparentan muchas veces con Teruel, se puede encontrar una riqueza cultural tan impresionante, que sería poco menos que un pecado no intentar siquiera concederse el beneplácito de conocer, al menos, algunos de sus lugares más emblemáticos e inolvidables. Sin duda, San Saturio lo es. Hasta el punto, de que una visita deja huella en lo más profundo del ser.

Un viaje, sin duda interesante, instructivo y reparador para el espíritu, a la vez que iniciático, que comienza dejando a ambos lados los fructíferos huertos que una vez, hace siglos, pertenecieron a los templarios y atravesando la puerta ojival que parte en dos lo que antaño fuera su impenetrable monasterio: San Polo. Hoy es propiedad privada, pero, si una vez atravesado el arco, nos situamos a la izquierda y con disimulo nos asomamos por encima de una pequeña verja de hierro, veremos, algunos metros más allá, y a ambos lados de un pequeño puente de madera, varias estelas funerarias que un día indicaron el lugar de reposo de algunos de los belicosos frailes-soldado que poseyeron y custodiaron con celo este lado de la ribera del Duero. Algunos metros más adelante, aunque situados ahora a la derecha, no obstante también en propiedad privada, veremos una cruz de piedra, escalonada, como si fuera una auténtica mont-joie que señala, según la tradición, el lugar donde el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, situó una de sus leyendas más conocidas: El rayo de luna.



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Precisamente en algún lugar entre ésta cruz y el comienzo del paseo que Machado describió como de colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas y álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña, un tal Alkaest y una tal Polvorilla dejaron grabado, como cientos de parejas antes que ellos, un corazón con sus nombres: nombres de enamorados, cifras que son fechas.

El viaje continúa por este pequeño universo poético, sin perder nunca la perspectiva de una ermita colgada como un farol en la ladera del Monte de Santa Ana -téngase siempre presente, que la prolongación de este monte se convierte, una vez al otro lado del viejo puente medieval, velando esa incomparable obra maestra que es el monasterio de San Juan de Duero, en el famoso Monte de las Ánimas- unos doscientos metros más allá, donde el solitario Duero de Gerardo Diego traza, no obstante, según el pensamiento machadiano, una curva de ballesta en torno a Soria.

En la orilla, antes de llegar a ese arco de ballesta y muy cerca de donde el terreno se ensancha lo suficiente como para formar una pequeña playa, los esqueletos descarnados de algunos álamos asoman por encima de unas aguas apenas agitadas por un viento en calma, tan dulce y suave como una canción de cuna, que apenas mece las hojas de otros álamos que, aunque peligrosamente inclinados, hacen un esfuerzo titánico para no terminar vencidos, dejándose llevar por la corriente río abajo. Ese apego a la vida de éstos álamos de la ribera, me recuerdan el apego a la Tradición. Y la Tradición se empeña en hacer de la cueva esa primigenia escuela donde es preciso acudir para alcanzar un conocimiento superior.


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La ladera sobre la que se asienta la cueva, es un auténtico útero materno que conserva, en el imaginario líquido amniótico de la memoria, una sabiduría milenaria que se transmitía de forma oral. Acceder a ella, es despojarse de los convencionalismos y dejarse llevar por esa humildad con la que las buenas gentes acuden a honrar a su viejo Patrón, recorriendo un viaje interior, que asciende desde lo más profundo hasta alcanzar lo más alto, saliendo otra vez a la luz del sol. Una renovación espiritual que conduce al neófito por un reducido universo de sombras, hasta alcanzar otra vez la gloria de la luz. En el camino, destellos de viejos cultos, que comienzan en esa emblemática sala que el pueblo heredó, la Sala de los Heros -o de los Héroes, tal vez un recuerdo olvidado de aquéllos mistéricos caballeros que un día guardaron el camino y la tradición trovadoresca quiso convertirlos en custodios del Grial- continúan por el lugar del hallazgo de aquél cuerpo santo, que pudiera ser el de San Saturio -la losa del sepulcro del Glorioso situada enfrente del altar de San Miguel, y ambos custodiados por el óculo que, localizado en lo alto de la pared de enfrente, atrae hacia el lugar las influencias del sol y de la luna- y finaliza más arriba, dentro del cuerpo principal de la ermita, de planta sagrada y octogonal, donde el Santo Patrón despide a los fieles, otorgándoles su bendición.


Quien se acerque a Soria y no realice esta visita, no entenderá nunca al Santero de Gaya, ni podrá decir, tampoco, que conoce Soria y a los sorianos.