lunes, 7 de febrero de 2011

Serón de Nágima

El encanto peculiar de este viejo palacio de fantasía radica en la facultad de despertar vagos ensueños y evocar el pasado, revistiendo así las desnudas realidades con las ilusiones de la memoria y la imaginación.
[Washington Irving (1)]
Afirmaba Paul Elouard, filósofo francés, que hay otros mundos, pero están en éste. Una frase que, como se diría vulgarmente, viene al pelo cuando se visita un lugar como la pinturesca población soriana de Serón de Nágima, distante, aproximadamente, once kilómetros de Fuentelmonje y seis kilómetros de Morón de Almazán.
Por otra parte, e ineludible para un viajero, debe ser la cuestión de intentar describir, al menos en parte y de una manera notoriamente romántica -las apreciaciones de Irving, pueden resultar una excelente reseña para comenzar a hacerlo- la genuina sensación que se experimenta de rondar las puertas de otro mundo, a medida que te vas acercando a un lugar en el que predomina, con un cromatismo desde luego especial, el color sanguino de la tierra; un color similar, comparativamente hablando, al líquido vital que brota de la herida abierta en el muslo de aquél enigmático santo peregrino que tienen por Patrón: San Roque.

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Hubo un tiempo en el que al nombre del pueblo, Serón a secas -según algunos, tendría un posible origen latino, derivando de las palabras serione o serone- se le añadió de Nágima, pues, circunstancias, supongo, del incontenible nomadismo humano, solía confundirse con aquéllos otros serones que, al parecer, también existen en las soleadas provincias de Sevilla y Almería. Y por añadidura, una vez llegados a éste punto, tal vez no fuera descabellado mencionar el extraordinario parecido fonético que existe entre Nágima y el nombre propio de aquélla emblemática sierra jienense, famosa, entre otras cosas, por la excelente calidad de su aceite y también por constituir el hogar, según las leyendas, del fantástico y a la vez peligroso juancaballo: la Sierra de Mágina.

Como en el caso de la cercana población de Morón de Almazán, los avatares históricos son amplios y variados, haciendo que también Serón de Nágima tuviera cierta relevancia a lo largo de diferentes épocas. El mejor ejemplo de ello, lo constituyen, no me cabe duda, los escasos lienzos de piedra y arenisca que conforman los restos de su peculiar castillo. Un castillo, que ilustra uno de los escasos ejemplos -hubiera sido impresionante su visión, si no lo hubieran dinamitado los franceses en la Guerra de la Independencia- que actualmente subsisten de arquitectura militar de origen mudéjar-beréber, y que recuerda, no bien se visualizan desde la carretera o ascendiendo la desnuda colina sobre la que se asientan, esas típicas construcciones del norte de África cuya visión, valga la redundancia, parece la prolongación de esa zona desértica donde se ubican.

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Observándolas, no puedo por menos que recordar aquélla otra frase de Washington Irving, quien, refiriéndose a los habitantes de la Alhambra, dejó escrito: he observado con frecuencia que cuanto más opulentos han sido los habitantes de una mansión en los días de su prosperidad, más humildes son en los de su decadencia, y que a menudo el palacio de un rey termina siendo asilo de un mendigo (2).

En este imaginario asilo de mendigos, y desde ésta posición eternamente batida por el viento, se advierte una impresionante panorámica del pueblo en su conjunto. Un conjunto que se apiña celosamente alrededor del respetable armazón de su iglesia gótica constituída al amparo o advocación de Nª Sª del Mercado, al igual que la colegiata de Berlanga de Duero. Como no pude entrar en su interior, ignoro, en realidad, si áun queda alguna huella de la antigua mezquita árabe, sobre la que se asientan sus cimientos, tras la conquista de la plaza por las tropas del rey aragonés Alfonso el Batallador, acaecida entre 1120 y 1125. Y no obstante, en las calles adyacentes, aún se deja sentir parte de ese espíritu multicultural, que consiguió que durante un tiempo convivieran, en una paz relativa, cristianos, árabes y judíos.

(1) Washington Irving: Cuentos de la Alhambra: 'El Patio de los Leones', Miguel Sánchez Editor, Granada, 1991, página 116.

(2) Op. citada: 'Los habitantes de la Alhambra', página 78.