jueves, 20 de enero de 2011

Vidas Mágicas e Inquisición (1): el Marqués de Camarasa


'El Fausto de Goethe puede considerarse como el drama simbólico más importante de Occidente; constituye la tragedia del racionalista que agoniza en la celda polvorienta de su conciencia personal, atrapado en el círculo vicioso del aburrimiento y la futilidad; hundido cada vez más en uno y otra. El anhelo que siente Fausto por establecer contacto con lo "oculto" supone el deseo instintivo de creer en fuerzas secretas, en significados más profundos capaces de romper ese círculo...'.
[Colin Wilson: 'Lo Oculto', Editorial Noguer, S.A., 1ª edición, mayo de 1974]

Tal vez no sea una cuestión baladí, suponer que ese círculo vicioso del aburrimiento y la futilidad de la existencia humana, como afirma Colin Wilson en los prolegómenos de su magnífico ensayo, constituyan, simbólicamente hablando, la mordedura mortal de la Serpiente de la Sabiduría, cuyo veneno, que en mi opinión no es otro que el de la curiosidad, haya empujado a algunos hombres, a través de los diferentes ciclos de la evolución, a intentar siempre ir más allá de lo estrictamente consignado, aún a riesgo de perder su vida en ello. Generalmente, la Historia no ha sido todo lo honesta que cabría esperar con ellos, y en actos de inaudita prepotencia y partidismo, los ha tildado de locos, de poseídos o, en un contexto quizá menos hiriente pero en el fondo igual de despectivo, de visionarios o de iluminados.
Y sin embargo, con la falsa modestia con que la Historia recubre con tinta dorada sus laureadas cuando no glorificadas páginas, en un pretendido ejercicio de veracidad y de rigurosidad incuestionables, existen multitud de lagunas sobre las que, por ignorancia o quizás por interés, hace la vista gorda y mira para otro lado, lavándose las manos como Poncio Pilatos.
Si de vidas mágicas hablamos, entendiendo como mágico la cualidad o el derecho de una persona a ser diferente, o cuando menos a buscar alternativas a unas verdades impuestas que no terminan de satisfacerle, no deja de tener su vertiente discriminatoria y evidentemente partidista, cuando en unos casos se tacha y condena por brujería, y en otros, se alaba y encumbra por misticismo, como pudiera ser, sin ir más lejos, el célebre caso de Sor Mª Jesús de Ágreda y la historia de sus extraordinarias bilocaciones.
Contrario a éste, puede ser el caso que nos ocupa, donde su protagonista, uno de los poderosos marqueses de Camarasa, dejó, como legado para futuras elucubraciones, un auténtico cubo de Rubik con forma de casona y unos símbolos grabados en la piedra de su fachada que constituyen, sin lugar a dudas, toda una atracción mediática, no sólo para los amantes de los enigmas, sino para los turistas en general. Resulta difícil, por tanto, llegar a un pueblo ya de por sí emblemático, como es Morón de Almazán, y no dejarse llevar por el impulso prioritario de visitar dicho lugar, al que algunos, de manera romántica y haciendo posiblemente alusión al título de una de las famosas obras de un introvertido y enigmático personaje, que pasó también a engrosar las líneas no menos doradas de la Leyenda por el misterio que rodeó siempre su misma existencia -Fulcanelli- denominan como Morada Filosofal.
En la actualidad, la Morada Filosofal del marqués de Camarasa -me tomo, a partir de este momento, la libertad también de denominarla así- que perteneciera en tiempos a un no menos introvertido personaje, constituye una sucursal bancaria de Caja Duero, habiendo sido una farmacia con anterioridad.
Puede resultar o no significativo, que la mencionada casa se encuentre situada en una calle que lleva por nombre Medina, y que próxima a ella y transversal, la Avenida de la Comunidad ofrezca al paladar del curioso otro ejemplar de raza y antigüedad, en cuyo pórtico de piedra con forma de arco de medio punto, una cruz paté parece descansar sobre el pomo de una espada. Es evidente, que hablamos de épocas distintas, pero no deja de tener cierta sospecha que en muchas ocasiones los templarios solían asentarse cerca de las aljamas judías o los barrios musulmanes, en lo que parece ser una eterna búsqueda de otro tipo de sincretismo y filosofía.
El marqués al que aquí se hace referencia, no fue contemporáneo de la Orden del Temple, sino que vivió alrededor de trescientos años después de su desaparición, y entre los pocos datos que, a priori, se pueden recuperar acerca de su persona, se sabe -y es de suponer, que aquí comienza la leyenda negra- que en 1623 estuvo preso en Compostela, acusado de practicar artes oscuras o brujería.
Hay autores, como el periodista y escritor Piers Paul Read -conocido, entre otras obras, por ser el autor de ¡Viven!, la tragedia de los Andes, cuyo guión fue más tarde llevado al cine- que opinan que fue con posterioridad al proceso realizado contra los templarios, cuando se desató una auténtica fiebre a nivel europeo por atajar la influencia del diablo -que comenzó a tener una especial relevancia a raiz del descubrimiento, durante el proceso, del enigmático ídolo Baphomet- donde tuvo un destacado, triste y a la vez bestial protagonismo, ese brazo secular de la Iglesia que, formado por dominicos, ha pasado a la Historia como el Santo Oficio o la Santa Inquisición. Sin ir más lejos, el monasterio de San Juan de Duero fue en tiempos cuartel de inquisidores en la provincia.
Sea o no certero éste dato, lo cierto es que, a posteriori de la desaparición del Temple, los procesos por brujería y demonolatría se sucedieron, llegando incluso algunos a ser tan sonados, como para constituir auténticos mitos de índole nacional. Tal sería el caso, por ejemplo, de las brujas de Zugarramurdi, en Navarra; las brujas de Trasmoz, en Aragón y las populares brujas sorianas de Barahona, aunque en el caso de éstas últimas, existen ciertas reservas históricas entre los historiadores, mal que me pese decirlo.
Es de suponer, por otra parte, que dada la relevancia nobiliaria del marqués, el castigo, a pesar de todo, no fuera excesivamente duro y se limitara, tan sólo, a un periodo de internamiento. Un detalle de la mencionada relevancia de la familia, podemos hallarlo en la provincia de Jaén, de donde los Marqueses de Camarasa ostentaban el título, y ejercían en consecuencia, de Señores de Jimena, teniéndose constancia de su presencia al menos desde 1684, según reza una inscripción localizada en el castillo de dicha localidad, debajo de su escudo de armas, conmemorando la construcción del Molino de Pan. Molino que, dicho sea de paso, como reza una segunda inscripción, de 1699, porque nadie en Jimena podía hacer un horno ni molino sino él, porque suyo era el privilegio (2).
No sería descabellado pensar, llegados a éste punto, que en gracia y aprovechamiento de tales privilegios, el marqués dejara evidencia de sus aficiones, de manera que, aunque a la vista de todos, tan sólo los iniciados tuvieran acceso al auténtico significado del simbolismo inherente a unas figuras a las que la gran mayoría de investigadores tienden a situar dentro del amplio abanico conceptual contenido en disciplinas alternativas, como son la Alquimia y la Astrología, pseudo-ciencias que gozaron de un gran fervor en algunos círculos de la Edad Media, hasta el punto de despertar también el interés de muchos gobernantes. Tal sería, por ejemplo, el caso de la reina Isabel I de Inglaterra y su astrólogo particular, el doctor John Dee (3); o la corte de Federico II, foco de astrólogos y alquimistas -incluido también Dee- e incluso Felipe II, y uno de los legados más esotéricos que se conocen: el Monasterio de El Escorial.
[continúa]

(1) Con el permiso de D. Julio Caro Baroja.

(2) Para mayor información, se recomienda la lectura del libro de Adela Casado Labrador, con prólogo de Manuel Gila Puertas, 'El cementerio de propiedad particular de la Villa de Jimena', Documentos Históricos Andaluces, Año 2000.

(3) Aparte del famoso espejo negro, que se conserva en el Museo Británico, el doctor John Dee trabajaba también con un complicado sistema de adivinación que, supuestamente dictado por los ángeles en sesiones mediúmnicas llevadas a cabo con su colaborador, un granuja y aventurero conocido como Edward Kelley, implicaba el uso del denominado lenguaje enoquiano, o la lengua utilizada por Adán y Eva en el Paraíso.