martes, 11 de enero de 2011

Por la soriana llanura: Morón de Almazán

Allá por los años setenta, un joven cantautor de origen catalán, Joan Manuel Serrat, ponía música a una pequeña selección de poemas de un poeta sevillano, cuyo apego a Soria ha quedado inmortalizado en letras de oro consignadas en lo más granado de nuestra Literatura: Antonio Machado. Parece ser, y lo digo, no con amargura pero sí con cierta pena, que el más noble de nuestros caballeros, don Alonso Quijano, nunca cabalgó por ésta soriana llanura. Al menos, no me consta que lo hiciera por estos llanos y campos que, situados, aproximadamente, a una decena de kilómetros de Almazán, encaminan al viajero, entre otros lugares, al pinturesco pueblo de Morón.
Si bien el destino imaginado por Miguel de Cervantes, negó ese privilegio a nuestro hidalgo caballero Don Quijote de la Mancha, la Historia, veleta donde las haya, se resarció en parte, haciendo que una larga lista de caballeros dejaran una impronta que, incluso a pesar del tiempo transcurrido, aún puede vislumbrarse, siquiera formando las piezas de un puzzle original, cuyo formato, por desgracia, se ha perdido.
Dejando aparte la Prehistoria -de la que se tienen extraordinarias referencias en Ambrona y los alrededores de Conquezuela, por poner dos ejemplos de interés- aún pervive el recuerdo de aquéllos orgullosos equites romanos que sojuzgaron a los pueblos autóctonos de arraigambre netamente celtíbera; o reminiscencias de un finiquitado imperio visigodo a manos de los invasores árabes, en cuya Reconquista colaboraron jinetes de especial arraigambre, que conformaron orgullosas órdenes de caballería al servicio de Cristo y de Dios, como los templarios; sin olvidar a otros famosos caballeros, como Bertrand du Guesclin -mercenario al servicio del rey Enrique II de Trastámara, en la lucha fratricida contra su hermano, Pedro I de Castilla- al frente de sus famosas Compañías Blancas.
El Arte, zaherido aquí, no obstante, en lo referente a ese estilo de la peregrinación, como han calificado algunos autores al románico, introduce, con su iglesia del siglo XV dedicada a la Asunción, los elementos superlativos de un simbolismo aún más críptico, si cabe, marcando las pautas de otro estilo revolucionario, el gótico, común, por añadidura, a varios pueblos de las cercanías, como Serón de Nágima o Monteagudo de las Vicarías. Dentro de ese simbolismo argótico y críptico, algunos elementos de su fachada llaman poderosamente la atención, creando en la imaginación del observador ilusiones provenzales, basadas en un mensaje que, de forma repetitiva y consignado a modo de cenefa que se ciñe a su hercúlea torre, muestran parejas de animales mitológicos custudiando un no menos mítico y supuesto cáliz: el Santo Grial. Lejos de aquéllas otras representaciones asexuadas afines al románico, ésta especie de leones alados muestran unos atributos de género que, hipotéticamente hablando, podrían hacer referencia a los custodios del Grial, descritos en las obras de Chretien de Troyes, Robert de Boron o Wolfram von Eschenbach, a los que, por cierto, éste último calificaba de templeisen.
Como de templeisen o de templarios, sin duda, parece esa cruz paté, que se localiza en el frontis de una vieja casona, montada sobre el pomo de una espada, que el viajero avizor puede encontrar mientras ejerce el derecho, cuando no el privilegio, de vagar a su antojo por unas calles que a pesar de la injerencia moderna, todavía conservan una dosis aceptable de esa tradicional arquitectura rural, que cautiva los sentidos -al menos, los de alguien como yo, hastiado de lo ordinario y gris de una gran ciudad- con visiones de alquimia natural. Piedra, madera y barro cocido conforman esos elementos que, mezclados en la proporción adecuada, se han mantenido en pie a lo largo de generaciones, sirviendo de parapeto al fuego del hogar de unas gentes que aún conservan en sus genes una parte importante de esa celtiberia nuclear -término acuñado por el periodista y escritor, Jesús Ávila Granados- que hizo de la épica todo un ejemplo de valor, siglos antes del nacimiento de nuestro más afamado campeón: el Cid Campeador. Un buen ejemplo de ello, podría ser esa flor de seis pétalos que, cual rehén entre toneladas de piedra moderna, sobresale en la fachada de la Casa Rural, situada algunas manzanas más allá, en la calle Soria, la cuál, a su vez, desemboca en esa Roma imaginaria a la que van a parar todas las calles principales, que no es otra que su hermosa plaza de factura renacentista o plateresca, con rollo o picota incluido.
Transversal a la Travesía de la Comunidad, en esa pequeña y arrinconada arteria con evocaciones de Al-Andalus que es la calle Medina, Caja Duero ha reconvertido en sucursal bancaria una antigua casona, uno de cuyos arcanos propietarios, marqués de raza y privilegio, para más señas, flirteó peligrosamente, o eso dicen, con el fruto prohibido de la Alquimia y el Ocultismo. Algo de cierto debió de acontecer al respecto, como veremos en una próxima entrada, hasta el punto de que parte de ese misterio insondable permanece aún, simbólicamente petrificado, en la robusta fachada, esperando a un Champollion moderno que sepa descifrarlo, pues son tan crípticos como en tiempos lo fueron los jeroglíficos.
De vuelta hacia la plaza, algún escudo de torres almenadas -nobleza castellana- recalca, de alguna manera, las antiguas disputas con el Reino de Aragón, mientras que un águila bicéfala recuerda, seguramente, otro periodo, el imperialismo, que adormeció los sueños de emancipación en el regazo de un aya común: el Estado.
Difícil resulta, por otra parte, despedirse de Morón sin echar un último vistazo a la plaza y mirar con ojos de infancia a esa Dama de los Sueños que es la Biblioteca Municipal, sobre cuyo tejado, enhiesto y orgulloso en su férrea constitución, el gallo de Morón apunta con su pico en una dirección que cualquiera, aunque sea a ojo de buen cubero, podría identificar con la Ciudad de Salomón. O quién sabe, quizás, después de todo, tan sólo vigile la colina donde, según la tradición, reposa eternamente Almanzor, el azote de los reinos cristianos, en una tumba aún por descubrir, pero rodeado de tesoros.

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domingo, 9 de enero de 2011

De vuelta al Camino

Comienza un nuevo año; un círculo que se cierra y otro que recién acaba de abrirse. Otro año por delante, para poner en marcha la imaginación, lo cuál no es difícil, si tenemos en cuenta la gran cantidad de sorpresas y maravillas que el Camino reserva a todo aquél que se lanza sin miedo a recorrerlo. El miedo no existe, pero sí la impaciencia por ponerse en marcha y reencontrarse con uno mismo en mil y un lugares diferentes. Nuevos lugares, pues, que visitar, y otros que, aunque ya visitados, nos obligan a volver sobre nuestros pasos porque siempre hay algo que se nos escapa; algo que nos pasó desapercibido la primera vez, pero que tiene el suficiente interés como para hacernos volver y observar con más atención.
Es así como he comenzado el año, volviendo sobre mis pasos, yendo incluso más allá. De retorno a un lugar cargado de Historia; un lugar, no obstante, en el que también tienen cabida los enigmas y los misterios, y donde, aún hoy día, sobrevive el lugar donde habitó uno de esos curiosos personajes que, bajo mi punto de vista, no hubiera desmerecido, en absoluto, figurar con todos los honores en las páginas de esa magistral obra de Julio Caro Baroja, titulada Vidas Mágicas e Inquisición.
Tal lugar, y tal personaje, formarán las dos primeras entradas de este blog en el presente año, constituyendo los mejores teloneros para la introducción de otros lugares, cuyo suelo he pisado por primera vez.
Próximas paradas: Morón de Almazán y el Marqués de Camarasa.

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