domingo, 31 de octubre de 2010

Sotillo del Rincón y la rebelión de Lucifer


'De pronto, sin saber cómo, Nietihw y Sinuhé descubrieron que se hallaban en la plaza de la Lastra, en la recóndita aldea soriana de Sotillo del Rincón, caminando sin prisas hacia la Casa Azul. Un sol radiante hacía brillar dulce y discretamente el bronce de la Diana Cazadora, mientras el caño seguía manando en silencio, como si nada hubiese ocurrido...'
[Juan José Benítez, 'La rebelión de Lucifer', Editorial Planeta, 1988]
Hacía tiempo que tenía deseos de visitar este pequeño pueblecito de Soria, motivado por la curiosidad que me produjo en su momento la lectura de esta conocida novela del periodista de origen navarro, aunque afincado en Bilbao, Juan José Benítez. Feliz por mi anterior experiencia en Tera y con la mente todavía dándole vueltas a los descubrimientos narrados en mi anterior entrada, me esperaba cualquier cosa, salvo que el primer ser viviente con el que me topé en Sotillo, fuera un gato negro que, circunstancialmente, se encontraba tomando el sol debajo del dintel de una casa deshabitada, cuyo numero, para gloria de las triquiñuelas del destino, no era otro que el siempre fatídico número trece.
Si hubiera sido, digamos que excesivamente supersticioso, tal infeliz entuerto, me hubiera amargado un día en el que, como digo, estaba disfrutando no sólo del otoño y sus colores, sino también de una zona de la provincia prácticamente virgen para este solitario caminante. Cuando de supersticiones se trata, procuro ser prudente; y como en el fondo no cuesta nada, alejé de mi pensamiento cualquier atención al mal fario y sus inoportunos emisarios, y cruzando los dedos, salí del coche dispuesto a disfrutar de un agradable paseo por el pueblo.
Como en la novela de Benítez -casualidad o causalidad, vayan ustedes a saber- el sol que por la mañana había ahuyentado los jirones de niebla al poco de dejar atrás Garray, hacía que el bronce de la Diana Cazadora refulgiera como recién bruñido, siendo apenas perceptible el chorrillo de agua que manaba del caño de la fuente que la Diosa, brazo en alto y politiqueos aparte, gobernaba desde vaya usted a saber cuándo, aunque creo que Benítez menciona en su novela, que fue un regalo que se le hizo al pueblo en 1907.
Algo por encima del dintel del, en teoría, fatídico portal con el número 13, y a la derecha desde mi posición -había aparcado el coche justo enfrente de la puerta- una curiosa inscripción labrada en el marco inferior de una ventana tapiada, me llamó poderosamente la atención: 'quien no procura subir, vive para no vivir'. Recuerdo que pensé en la curiosa idiosincracia de tal consejo, no pudiendo evitar preguntarme si al propietario de aquélla casa, habitada hoy día por los fantasmas del recuerdo, las telarañas y quizás también por el dichoso gato negro, había conseguido vivir, viviendo -y perdonenmé por la redundancia- más y mejor por esos mundos de Dios en los que, ya de por sí vivir, bajo mi punto de vista, constituye la mejor y más apreciable de las loterías.
El Ayuntamiento, se encuentra situado a apenas unos metros frente a la Casa Azul -casona que parece un antiguo palacete- que, supongo, es a la que se refiere Benítez en su novela, y que, localizándose al otro lado de la fuente de Diana, apenas conserva como recuerdo del azul original, los marcos de las ventanas. Es un edificio que, por su aspecto, semeja una pequeña ermita, de cuyo centro surge, como una veta tamizada en blanca cal, una torre de piedra que en los últimos metros adquiere la forma de diminuta espadaña donde encaja ese voluminoso ojo de Saturno, que es su enorme reloj. Hace esquina, continúo refieriéndome a la Casa Consistorial, con una carreterilla que, saliendo del pueblo, se pierde sinuosamente por las infinidades desconocidas, al menos para mí, de la Sierra de Cebollera. Cebollera, precisamente, es el nombre de la calle donde, enfrente de una de las dos fábricas de embutidos que pude observar durante mi paseo por ésta parte del pueblo, sendos caballos se observaban mutuamente, mientras retozaban en la fresca hierba, como turistas tostándose al sol en una plácida playa de Levante.
Una de las partes fundamentales de la novela de Benítez, se basa, precisamente, en el reloj, de la parte superior de cuya espadaña, se eleva hacia el cielo una delgada estructura metálica con forma de obelisco, en cuyo centro se aprecia una campana. Pero el reloj, para sorpresa mía, que cuando lo observaba, casual y escrupulosamente dio las once en punto de la mañana, lucía unos números, 1993, que no coincidían con la época en que el escritor navarro escribió su delirante historia de ficción extraterrestre: 1985.
El reloj que menciona -y para probar su supuesta autenticidad, aporta un recorte de periódico, aunque sin fecha y con la referencia de Canarias, donde en una fotografía, se aprecia la fachada del Ayuntamiento, donde figura un reloj, sino igual, al menos muy similar- llevaba años sin funcionar; hasta que, siguiendo el hilo de la novela, de manera milagrosa y en la madrugada del 1 al 2 de abril de 1984, despertó a los doscientos habitantes de Sotillo, con la nada despreciable cantidad de 66 campanadas, que dejó escapar a su libre albedrío, movidos sus mecanismos por una misteriosa fuerza ultraterrena.

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