miércoles, 27 de octubre de 2010

Tera

No deja de ser una curiosidad fonética interesante, que tanto ésta pequeña población, cercana a la frontera con Logroño, como el río que la cruza y que, de hecho, se une fraternalmente con el Duero en Garray, a apenas una decena de kilómetros más allá, lleven idéntico nombre que la mítica isla situada a 110 kilómetros al norte de Creta. Una isla, cuyo nombre significa miedo, pero a la que sus habitantes, desde la hace nada despreciable cantidad de 4.000 años, califican como kalliste, la muy hermosa.
En ningún momento sentí miedo, durante mi visita a ésta Tera soriana, acaecida el pasado domingo; y sin embargo, sí que me deslumbró gratamente la belleza del entorno, y sobre todo, la inesperada y a la vez amable disposición de su párroco, quien, además de permitirme fotografiar a mis anchas los interiores de la iglesia de Nª Sª del Carmen, tuvo el tiempo y la gentileza suficientes, mientras esperaba la llegada de los fieles, de comentarme algunos detalles no sólo referidos al ámbito de la parroquia -una de las varias que regenta por la zona- sino también antropológicos y arqueológicos que, bajo mi punto de vista, contienen un acicate extraordinario para el amante de la Historia y sus misterios.
La parroquia en cuestión, actualmente bajo la advocación de la Virgen del Carmen, como he dicho, es un remedo de varios estilos artisticos entremezclados, que van desde un románico original -del que todavía sobrevive la portada, sencilla, y su ábside, con aproximadamente veinte canecillos de temática variada-, pasando por un gótico posterior -la ventana ojival es, por ejemplo, buena prueba de ello- hasta estilos posteriores a los siglos XV y XVI que le restan -es sólo mi opinión- buena parte de su primordial atractivo.
Hay dos pilas bautismales, ambas románicas, con la particularidad de que la pila original de la parroquia la tienen como motivo de exposición en un pequeño cuarto situado debajo del coro -se puede ver desde fuera a través de un cristal- sirviendo la otra, que pertenecía a la parroquia del cercano despoblado de Estepas de Tera, como base improvisada para sustentar la mesa del altar.
A ambos lados de éste, se pueden observar restos de sendos capiteles, cuyos motivos son las piñas, en uno de ellos, mostrando el otro detalles foliáceos o vegetales, de los que surge alguna cara. Destaca, en el caso de la pila original, la planta octogonal que la confiere todo el aspecto de una copa. Una copa griálica, simbólicamente hablando, siendo arcos sustentados por pilares sus motivos decorativos. Singularmente, la pila que perteneció a la iglesia del despoblado de Estepas, reprocude la forma conocida de algunos de los arcos del cercano monasterio de San Juan de Duero.
En el suelo, frente al altar, se puede apreciar una lápida de mármol blanco, en la que se lee la siguiente inscripción: 'Aquí yace la inocente Castejón', así como una fecha, 1793. A la derecha, justamente señalada por la ventana gótica ojival, se encuentra la pequeña capilla de los condes de Tera, donde se conserva -no en muy buenas condiciones- un antiguo retablo, cuya figura central está representada por San Miguel y que, al decir de labios del propio párroco, no quiso la hija restauradora de la familia Marichalar que se efectuaran trabajos de rehabilitación y recuperación en el mismo, por temor a que fuera robado.
Es, sin embargo, en la pared izquierda de la nave del templo, donde se localizan varios elementos de cierta importancia y ajenos a la iglesia, como son los restos de una cruz de aspecto prerrománico, que se advierte justamente por encima de la cabeza de una figura moderna de la Virgen, y algo más allá, en dirección al coro y debajo también de varias figuras, un bloque de piedra con una lasca que, según cree el párroco, provenía de un antiguo menhir.
Llegados a este punto, surge aquí, de los labios del párroco -ambos nos encontramos debajo del porche de entrada, fumando un cigarrillo mientras comienzan a acudir los vecinos- un antiguo misterio, que suscitó el interés, allá por los años 50, de algunos investigadores, los cuales sospechaban la existencia de un antiquisimo monasterio prerrománico del siglo IX ubicado en algún punto de las inmediaciones: el monasterio de Santa María de Tera.
Desde luego, no queda rastro alguno de él, si por rastro entendemos ruinas, arcos o columnas, por poner un ejemplo, sobre los que basar una posible hipótesis; no obstante, sí hay algunos pequeños restos dispersos, que podrían haber guardado alguna posible relación. Uno de ellos, como ya he comentado, estaría localizado en el muro izquierdo de la iglesia, unos centímetros por encima de la cabeza de la Virgen. Los demás -al menos los que yo, siguiendo las indicaciones del párroco, pude descubrir-, consistirían, a priori, en cinco medallones de piedra con motivos crucíferos similares -dos de ellos, parcialmente cubiertos por los cables del tendido eléctrico-, así como también parte de un capitel en el que se aprecian dos cabezas humanas, que actualmente son bien visibles en la fachada de una vivienda particular cercana a la iglesia.
Históricamente hablando, se sabe que la región fue reconquistada en el año 926, por el rey navarro García Sánchez. Que sufrió, como gran parte de la provincia y provincias adyacentes, las terribles razzias de Almanzor, y que volvió a ser recuperada por el rey Alfonso VI, al cabo de casi cincuenta años, quien, posteriormente, la cede al monasterio de San Millán de la Cogolla.
Un lugar, desde luego, rico en Historia y misterios que, situado en pleno corazón de la celtiberia soriana cuenta, además, con el atractivo añadido de ubicarse en un entorno decididamente espectacular.

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