domingo, 17 de octubre de 2010

San Polo: memento de templarios


- ¿Eran monjes?. ¿Eran soldados?. ¿O eran, quizás, magos?. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Tan sólo estamos seguros -tan seguros como que Dios existe- que nobles y templarios se enfrentaron un aciago día. La sangre se derramó a raudales por ese monte que queda enfrente de las ruinas del viejo monasterio de San Juan, y que a partir de entonces, maldito ya, en Soria conocemos como el Monte de las Ánimas. Los cadáveres de los monjes fueron enterrados al otro lado del Duero, en los terrenos donde se asentaba su monasterio, lugar que se conoce como San Polo. Lo creáis o no, aún siguen allí las viejas estelas sepulcrales que indican el sitio donde yacen sus restos y que, si os fijáis, contienen, aparte de la cruz, extraños símbolos más propios de endemoniadas brujerías que de verdaderos devotos de Dios, -dijo el viejo Anselmo, después de apurar el culillo de anís de su copa, mientras afuera, seguramente amplificado por el viento, nos llegó el sonido del reloj del Ayuntamiento, que anunciaba las diez de la noche.
El joven redactor de El Contemporáneo dio un respingo, dejando escapar la pluma de su mano, la cuál, al caer, derramó una gota de tinta que, curiosamente, emborronó la hoja del cuaderno donde tomaba notas justo unos milímetros por debajo de una línea de fina y cuidada escritura, cuyas últimas palabras decían, simplemente, fue de templarios.
Valeriano miró a su hermano, y advirtiendo la palidez de su rostro -no achacable, desde luego, a la terrible enfermedad que le consumía- sacudió tristemente la cabeza. Por algo era el hermano mayor y sabía que hacía falta muy poco para espolear la imaginación de su hermano Gustavo Adolfo. Máxime sabiendo que apenas faltaban unos días para la fatídica Noche de Difuntos y que, una vez despertado ese súcubo que a veces son las Musas, éste se dedicaría a una febril actividad que en nada mejoraría su delicado estado de salud.
- Si no creéis lo que os digo, -continuó hablando Anselmo- podéis comprobarlo vosotros mismos, dejándoos caer por allí. Veréis que, aunque por un lado figura la cruz de puntas redondas que utilizaban los templarios, por el otro lado, sin embargo, se os helará el corazón al ver extraños grabados de soles y de estrellas de cinco puntas...Por eso, amigos, por estas tierras creemos que eran magos. Hechiceros que habían aprendido oscuras ciencias allende los mares, en tierras de moros. ¿Cómo, si no, explicar esos símbolos entre gentes cristianas y temerosas de Dios?. ¿Por qué sus tierras eran más fructíferas que las demás?. ¿De dónde provenía su extraordinaria riqueza, si se decían pobres caballeros de Cristo?. Creedme, todo lo que se relaciona con ellos, huele a azufre...¡Id, pues, amigos!. ¡Id a San Polo y lo veréis!.
Era poco más o menos medianoche, cuando nos despedimos de Anselmo y sus cuentos. De camino al hotel, Gustavo Adolfo, cogiéndome repentinamente del brazo, gritó nervioso mirando hacia el viejo puente de piedra:
- ¡Los veo, Valeriano!. ¡Veo a esos monjes con espuelas preparándose para continuar la batalla en la Noche de Difuntos!. ¡Mira!. ¡Mira!. ¿No ves los fuegos fatuos en el Monte de las Ánimas?. ¿No escuchas el canto lastimero de un miserere en la distancia?. ¡Ah, hermano mío, qué gran historia!. ¡Ah, Soria, Soria!. ¡Qué gran Madre de cuentos y leyendas eres!.

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