jueves, 10 de junio de 2010

Muriel de la Fuente: ermita de la Virgen del Valle

Resulta más que probable que muchos de los cuerpos que se extrajeron del cementerio medieval que se localiza en una de las laderas sobre las que se asienta esta pequeña ermita rural, que aún conserva algunos rasgos de sus orígenes románicos, pertenecieran a peregrinos que, procedentes de la capital de la provincia, siguieran esta ruta, que se encuadra dentro del denominado Camino Soriano de Santiago o Camino Castellano-Aragonés, siendo el cercano pueblo de Calatañazor uno de los destinos principales.

Situada a apenas una distancia de 5 kilómetros de Calatañazor, y perteneciente al término municipal de Muriel de la Fuente, esta pequeña ermita se ubica fuera del pueblo, pero, no obstante, al comienzo del sendero o camino que lleva directamente a uno de los lugares más hermosos y fascinantes de la provincia: el nacimiento del río Abión; o, lo que viene a ser lo mismo, aunque popularmente hablando: el Ojo de la Fuentona.

De la Fuentona, su extraordinaria composición y su magia sin igual, mucho se ha comentado, hasta el punto de constituir uno de los focos peninsulares más atrayentes para todo tipo de investigaciones científicas, entre las que cabe destacar la llevada a cabo por el equipo de Al filo de lo imposible durante los años 2002-2003, en la espectacular y apenas explorada red de cuevas y galerías submarinas, cuyo fin lejos está todavía de haber podido determinarse.


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domingo, 6 de junio de 2010

Abioncillo


Resulta más que probable, que su nombre haga referencia a aquél lejano génesis y a una pequeña comunidad rural asentada en las cercanías del río Abión, a medio camino de distancia, aproximadamente, de Calatañazor y Muriel de la Fuente. Una comunidad que, desde luego, continúa siendo pequeña en la actualidad, pero que mantiene hasta cierto punto su independencia o seña de identidad arquitectónica, siquiera sea en la forma y estructura de sus típicas casas serranas. Es este un dato significativo, si consideramos que ésta seña de identidad se está perdiendo progresivamente en los pueblos, saturados de construcciones híbridas que, en su aparente modernidad, restan, por lo general, atractivo y encanto a lo tradicional.
Ignoro si la parroquia nació bajos auspicios románicos, pues la zona produjo, en tiempos, una excelente cosecha de ese arte que algunos autores definen como el arte de la peregrinación. Si así fue, todo vestigio, desde luego, se ha perdido, como se perdieron todas aquellas ermitas que, cuál luminarias, giraban alrededor de Calatañazor, de las que apenas sobreviven la ermita de la Virgen de la Soledad y los muñones de la ermita de San Juan.
Durante mi visita, breve pero interesante, sufrí ese típico vacío rural, en el que parece que los habitantes de los pueblos desarrollan su vida única y exclusivamente de puertas para adentro. Y no obstante, paseando por sus calles, silenciosas y solitarias -a excepción del ladrido de algún perro-, fue recurso suficiente, para hacerme algunas cábalas que, espero, no anden demasiado alejadas de la realidad, o al menos, resulten lo más objetivas posible.
A este respecto, reconozco que me llamó poderosamente la atención, una casona, de extraordinaria, sólida constitución, situada detrás de la iglesia, formando parte de una pequeña plazuela -donde un enorme mastín negro dormitaba entre bostezos a pie de puerta, y en el único árbol, una diminuta casita de madera esperaba ansiosa la llegada de su volátil inquilino- cuya fachada principal lucía un cartel que, entre otras sensaciones, me hizo sentir esperanza en el futuro: 25 años de innovación educativa, 1984-2009. Imagino, que el modelo responde al tipo de escuela taller, instalado en algunos lugares -como en Navapalos, donde tengo entendido que se pretendía rehabilitar el pueblo, utilizando los medios tradicionales de construcción-, con el objetivo de fomentar los oficios, conservando, a la vez, las técnicas tradicionales.
Otra de las características que llaman la atención, es observar las típicas chimeneas cónicas, de probable origen celtíbero, conocidas popularmente como espantabrujas; toda una reminiscencia antropológica de antiguas creencias y tradiciones.
Bajo la denominación de Asociación de Amigos de Abioncillo -un avión de madera con dicha denominación, cuelga en la fachada, balanceándose al viento- se puede encontrar lo que a priori parece ser el único bar del pueblo. En el cristal de la ventana, una grata referencia a Madrid y a uno de sus barrios más emblemáticos: Vallecas, o el Valle del Kas, como gustamos denominarlo también.

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