domingo, 14 de febrero de 2010

Almenar: castillo y Santuario de la Virgen de la Llana

'En la provincia de Soria, país en el que por todas partes destacan las más escabrosas sierras, se ofrece también a la vista un dilatado cuadro de llanuras verdes y frondosas, conocidas con el nombre de los campos de Gómara...'.
[Manuel Ibo Alfaro: 'La Virgen de la Llana y el Cautivo de Peroniel', Imprenta Las Heras, 1980]

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Resulta difícil desplazarse a Almenar y no dejarse influenciar por dos de sus lugares más entrañables y emblemáticos: el castillo y el Santuario de la Virgen de la Llana. El castillo, desde luego, llama poderosamente la atención en la distancia. No en vano -es de suponer, que gracias a las inversiones y a la restauración llevada a cabo por sus propietarios, una familia del norte, según me comentaron- se trata de uno de los más bellos y mejor conservados de toda la provincia. Además, posee una larga, longeva historia que lo equipara, en grandeza, con otros ejemplares que, sufriendo peor suerte, languidecen en ruinas a todo lo largo y ancho de la serranía soriana.
Posiblemente, el detalle que más atraiga la atención de los nostálgicos, no sea otro que el de saber que en esos muros históricos nació Leonor, la que fuera musa y primera esposa de Antonio Machado, y a quien éste, desesperado por la fatalidad de la previsible pérdida, dedicó uno de sus poemas más excelsos y dolientes, que sería, con el correr de los años, un auténtico hito musical en la voz del cantautor Joan Manuel Serrat: A un olmo herido.
De alguna manera, olmo y poema aún sobreviven. El primero, cadáver, sin duda, junto a la iglesia de la Virgen del Espino y el cementerio donde descansa Leonor; el segundo, con mucha más fortuna, en un lugar de honor de la gran cantidad de obras de Arte, que englosan y glorifican las páginas doradas de la Literatura Universal.
Y no obstante todo lo anterior, el verdadero foco de atención; el núcleo que hace especial a ésta población soriana, adormecida en esas infinitas tierras que se extienden hasta Ágreda y sueñan melancólicas a la vera del Moncayo y sus fabulosas leyendas, es, no me cabe duda, el Santuario de la Virgen de la Llana.
Se levanta éste, a escasa distancia del castillo, hundiendo sus antiguos cimientos en una pradera donde la tradición sobrevive, año tras año y generación tras generación, hermanando a los habitantes de Almenar y de Peroniel del Campo.
Digo bien, generación tras generación, pues aunque no lo parezca en la actualidad, tenemos en este Santuario de la Virgen de la Llana, un importante lugar de culto mariano y milagrero, que fue clave en tiempos, hallándose en el denominado Camino de Santiago Soriano o, como también se le conoce, Camino de Santiago Castellano-Aragonés.
Afirma Manuel Ibo Alfaro, también en el libro referenciado al principio de la presente entrada, que la talla de la Virgen de la Llana, que corona como una auténtica reina el retablo mayor situado detrás del altar, procedía, en realidad, de un pueblecito llamado Ándaba, parte de cuyas ruinas pueden verse todavía a un lado de esa carretera nacional 234, que se extiende hacia Burgos por un lado y hacia tierras aragonesas por el otro.
Este pueblo, por las razones que fueran, parece ser que quedó despoblado hacia 1596, trasladándose la imagen de la Virgen -siempre según la leyenda- al lugar hacia el que miraba. Evidentemente, ese lugar es Almenar.
Cercano a las ruinas de Ándaba y a Almenar, se encuentra otro pueblecito -Peroniel del Campo- que fue de las más grandes poblaciones de la comarca en la Alta Edad Media y participa, en la figura de su vecino -Manuel o Miguel Martínez, según las fuentes- en un misterio que se remonta, cuando menos, al sitio de Almería, dando origen a la conocida leyenda del Cautivo de Peroniel y la Virgen de la Llana.
El dato resulta interesante, porque precisamente en las cercanías de Peroniel, en un lugar conocido como el cerro de San Juan, algunos autores sitúan, en realidad, la ubicación del controvertido convento templario de San Juan de Otero, existiendo leyendas similares en las que los cautivos liberados por intercesión de la Virgen, fueron milites Christi o soldados de Cristo pertenecientes a ésta orden religioso-militar.
Históricamente hablando, habría que remontarse, entonces, al año 1147 cuando se constata la presencia del Temple en el mencionado sitio, constituyendo, junto con los genoveses, parte de las fuerzas que ayudaron al rey Alfonso a conquistar la ciudad. Y curiosamente, también, de este sitio y lugar parte la historia de ese otro Grial conservado en Génova -vaso de piedra de esmeralda del tamaño de una escudilla, posiblemente tan famoso como el que se conserva en la catedral de Valencia, procedente, entre otros lugares, de San Juan de la Peña- que el rey ofreció a los genoveses en agradecimiento por su ayuda (1).
Cabe preguntarse, llegados a este punto, si estamos hablando de la misma leyenda y si nuestro famoso cautivo de Peroniel, hijo de noble familia, al parecer, formaba parte de la Orden del Temple -detalle que no sería tan extraño, por otra parte- pues aquí se pueden encontrar algunos de los elementos comunes a zonas que en su día contaron con la presencia y cercanía de esta singular Orden religioso-militar: apariciones marianas, prodigiosos milagros y un sin fin de mitos y leyendas.
Hablando precisamente de éstas últimas, la del cautivo de Peroniel y la Virgen de la Llana se puede resumir, en el fondo, de una manera más o menos sencilla: nuestro protagonista parte a combatir al infiel, cumpliendo así con una de sus obligaciones nobiliarias, cuando no de vasallaje con el rey. Ferviente devoto de la Virgen de la Llana, cae prisionero y es trasladado a Argel. Durante los años que permanece cautivo, no deja de rezarle a la Virgen, hasta el punto de que su captor moro, suspicaz, lo encadena todas las noches y lo encierra dentro de un arcón, durmiendo él encima. Una noche, sin embargo, y por intercesión de la Virgen, arcón, cautivo y moro son transportados por los cielos por los ángeles, amaneciendo en Almenar, enfrente de la puerta del Santuario.
Fantástico o no, lo cierto es que tanto el arcón como las cadenas, se conservan todavía en el pequeño museo del Santuario. Y como si se tratara de un lignum crucis, los peregrinos que antiguamente hacían el Camino Soriano y se detenían en Almenar, tenían la costumbre de llevarse, como una reliquia sagrada, una astilla de dicho arcón.
Por otra parte, resulta extraordinario -sobre todo, porque la tradición se va perdiendo-comprobar que en dicho museo aún se conservan numerosos exvotos, de diferentes épocas y pertenecientes a hombres, mujeres y niños, que hablan por sí mismos de la devoción por ésta Virgen que, aunque gótica en apariencia y siglo -probablemente XIV-XV- aún conserva, bajo mi punto de vista, cierta herencia románica, como puede ser la bola y una mano -precisamente aquélla que sostiene dicho objeto- ligeramente desproporcionada.
(1) Información aportada amablemente por Manuel Gila.

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