viernes, 1 de enero de 2010

Berzosa


'...la portada puede fecharse a finales del siglo XI mientras que la galería no debió ser anterior a la mitad del siglo XII. Se trata pues, de uno de los primeros monumentos del románico soriano...'.
[Cayetano Enríquez de Salamanca: 'Rutas del Románico en la provincia de Soria (1)]
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Situado al oeste de la provincia, a una distancia de siete kilómetros de otro pequeño núcleo urbano reseñable, Fuentearmegil, y a tan sólo 11 kilómetros de una ciudad de relativa importancia, como es el Burgo de Osma, los vecinos de Berzosa apenas se sorprenden cuando ven a un forastero rondando las lindes amuralladas de su venerable parroquial, que se encuentra consagrada bajo la figura de San Martín, es de suponer que de Tours.
Asentado sobre una colina en su parte principal, las calles se escalonan conformando, de manera comparativa y por lo tanto imaginariamente hablando, por supuesto, un pequeño zigurat, en cuya parte más alta sobresale este arcano templo, cuyo románico sobreviviente -básicamente, la galería porticada y la portada principal de acceso- ofrece un curioso e importante testimonio del románico más antiguo de la provincia, fechados, tal y como asevera Cayetano Enríquez de Salamanca, en los siglos XI y XII.
A decir de Ángel Almazán de Gracia (1), Berzosa perteneció, en tiempos, a la Orden de Calatrava. Sorprende, sin embargo, observar -en el único de los poyetes esféricos labrados, que cual enormes globos de granito custodian a trechos el perímetro amurallado de la parroquial- una cruz templaria, que otros investigadores, de la talla y calidad humana de Rafael Alarcón Herrera no vieron hace años cuando estuvieron estudiado el lugar. Podría tratarse, pues, de un adorno moderno, añadido posiblemente en la última restauración. O quizás, también, de un descubrimiento posterior, pues a nadie debe extrañar, siendo Soria, como es, una tierra de sorpresas.
Pero, independientemene del detalle de quién ocupara entonces el lugar -sin desmerecer, en absoluto, los datos aportados por Ángel Almazán-, calatravos o templarios, llama poderosamente la atención el mensaje simbólico, así como subliminal que subyace en las intenciones del cantero o del gremio de canteros que trabajó en la parroquial de San Martín.
A este respecto, se puede comentar que, si bien en un primer vistazo se puede calificar -como, de hecho, así ha sucedido con algunos autores- la labor como simplista, en cuanto a la forma, ésta apreciación difiere, y mucho, con respecto al contenido.
Lo más siginifcativo de este mensaje, por otra parte, lo encontramos, esencialmente, en los canecillos que ilustran la parte superior del pórtico de entrada, de cuyo mensaje cabe pensar una oculta crítica social, disimulada, no0 obstante, con ciertas dosis de humor. Buen ejemplo de ello, sería el desharrapado de un lado y el fraile rubicundo del otro, dejando en el medio a personajes cuyo lustro sugiere cierto estado y posición dentro de la pirámide social de la época, bastante alejada, por cierto, de las penurias del escalafón más bajo; es decir, el pueblo llano.
Precisamente, lo más interesante y a la vez desconcertante de simbolismo desarrollado por el cantero de Berzosa, se encuentra localizado, también, en el pórtico de entrada. Me refiero a la extraña simbología de los dos capiteles del lado derecho -observados según se encuentra uno situado enfrente de éste- no observados en otras iglesias de la provincia.
Claramente diferenciados, su interpretación se presta a multitud de sugerencias, sobre todo en lo referido al segundo capitel, en cuyos lados muestra sendas parejas cogidas de las manos, en lo que parece ser una curiosa y extraña danza.
Ahora bien, ¿se trata de una curiosa danza, como se puede pensar a priori, o podemos encntrar un precedente sexual -como opinan algunos autores- referido a un canecillo de similar factura, que se encuentra encima del pórtico de entrada de la iglesia de Nª Sª de la Concepción, en Omeñaca?. He aquí, pues, un posible nexo de unión, en el que cabe especular, también, si se trata del mismo cantero o de la misma escuela de cantería, la que trabajó en Berzosa y Omeñaca.
Pero si éste es un capitel que inmediatamente destaca, llamando la atención por su temática, junto a él aparece otro, no menos curioso e interesante.
(1) [Ángel Almazán de Gracia: 'Templarios, sanjuanistas y calatravos en Soria', Editorial Sotabur, 1ª Edición, Marzo de 2005]
[En preparación]

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domingo, 27 de diciembre de 2009

Adradas


Esta podría ser una crónica de la Soria Feliz; de esa Soria, rural y entrañable, formada por cientos de pueblecitos de peculiar y autóctona idiosincracia. Pueblecitos, como Adradas, que persisten en su resistencia a dejarse llevar por el espejismo de la suerte urbana a la que han sucumbido tantos otros, estando, otros muchos, a punto de claudicar.

No recuerdo exactamente las docenas, por no decir las centenas de veces que he circulado arriba y abajo por esta carretera N-111 que une Medinaceli con Soria capital. La he recorrido con lluvia, con nieve, con niebla y también con un calor de mil demonios -por no decir perseguido por mil danzarines boteros, por referencia al famoso Pepe y sus Calderas- y siempre, desde que comenzara a patearme esta entrañable provincia, he mirado hacia Adradas con la curiosa sensación de contemplar, en la distancia, un pueblecito de postal en el que Cronos, inexorable Señor del Tiempo, ha decidido claudicar en su imparable carrera hacia el futuro, para echarse una breve siesta en el presente, por no decir un breve, brevisimo garbeo por el pasado.

Desde luego la sensación es otra, naturalmente, una vez que se toma, con toda conciencia, la pequeña arteria que la separa de una carretera nacional en proceso de transformarse en una hidalga y distinguida autovía. Se trata de una arteria aquejada de un mal endémico que afecta a muchas, quizás demasiadas arterias de la provincia, necesitadas de la inmediata atención de los cardiólogos del MOPU. Pero seguramente, eso ya lo sepan en las urgencias vasculares gobernadas por la Junta de Castilla y León.

Una vez se alcanza el corazón de Adradas, uno no tarda en darse cuenta de que, aparte de pueblecito de postal, el Señor Cronos, viajero infatigable, después de todo, apenas ha tomado hospedaje en el pueblo; y si lo ha hecho, ha sido para dejar simple testimonio de al menos un símbolo arquitéctonico rural semiderruído a la entrada del lugar, así como algún rastrillo en la mole, inconmensurable y secular, de su amurallada parroquial. Del árbol genealógico de ésta, o en referencia a su románica añada, apenas sobreviven un pórtico de entrada, circunvalado por motivos diamantinos y un par de tristes capiteles, de los que sólo se puede conjeturar que uno de ellos -el de la derecha- debió de rendir tributo un día a la Señora Naturaleza, mostrando motivos de inequívoca procedencia vegetal. Con el capitel de la izquierda, no obstante, ocurre algo similar a lo que consta en millones de cartillas militares, en cuanto al valor se refiere: se le supone, aunque realmente, se ignora. Lo que sí destaca por encima del mencionado pórtico, sobre todo por su inmaculado colorido, es la heráldica eclesial, que muestra una mitra de obispo con una cruz patriarcal a la que escoltan -sólidas, de buena cerradura- las simbólicas llaves de Pedro, con el añadido implícito, y es de imaginar que intencionado, de mostrar hacia arriba los extremos inferiores, como si quisieran hacer bueno el concepto hermestino de que lo que está arriba es igual a lo que está abajo.
Junto a la iglesia, y a falta de arpías, dragones, serpientes, quimeras o sirenas cuya siniestra mirada distraiga la atención del ocio deportivo de los jugadores, un frontón observa con inmutable pasividad el pilón vecinal que en la actualidad posiblemente espere nostálgico un ganado que antaño acudía en tropel a saciar su sed, acuciado por la vara del pastor.
No lejos de allí, separado de la iglesia y el frontón por una enorme casona de piedra, que hace -es de buena ley añadir que sin pretenderlo- las veces de frontera urbanística, un pequeño y cuidado parque infantil, pone de manifiesto lo que a mi juicio el adradense considera su mayor y más preciado tesoro: esos niños que, en el fondo, saben que constituyen su única esperanza de continuidad y de futuro, pues a pesar de las naves industriales, los almacenes e incluso algún caminón de gran tonelaje que se pueden contemplar en las inmediaciones, su principal fuente de recursos, la agricultura, necesita, imperiosamente, sabia nueva.
Quizás sean estos detalles, así como el hecho de ser un enclave situado en las cercanías de dos núcleos poblaciones de cierta importancia -Medinaceli y Almazán- los que ayuden a mantener una imagen de pueblecito feliz y de cierto estatus, que lo diferencian, en mi opinión, de otros pequeños núcleos que se pueden encontrar por las inmediaciones.
No me crucé con nadie en Adradas, aunque sí me pareció atisbar un rostro observando a través de las cortinas de una de las ventanas de la gran casona situada enfrente de la iglesia, cuando regresaba hacia mi coche, dejando atrás el pequeño parque infantil envuelto en jirones de niebla. Tentado estuve de llamar a la puerta e intentar recabar más información del pueblo. Pero el día había amanecido intempestivo, y aunque satisfecha a medias mi curiosidad, aún tenía un largo camino por delante.

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