miércoles, 28 de octubre de 2009

Alrededores de San Baudelio (un vistazo interior)


Mi última visión de ese increíble lugar que, según Jacques Fontaine -una autoridad en Antigüedad Tardía y la Edad Media- encierra las fantasías barroquizantes del último mozárabe en Castilla, la ermita de San Baudelio, fue una visión surrealista, apocalíptica incluso, si tenemos en cuenta la invasión desenfrenada de que está siendo objeto, una vez convertido en parte mediática de ese gran acontecimiento cultural; de ese gran paseo histórico, denominado las Edades del Hombre.
El puente del Pilar, atípico como pocos, había sustituido la cara melancólica y lacrimosa de años anteriores, por una sonrisa tan radiante, que inducía a pensar que el eje de la Tierra hubiera invertido voluntariamente su rotación, ofreciéndonos una primavera esplendorosa, en lugar de ese misterioso y en ocasiones gélido otoño a que últimamente nos tenía acostumbrados y que, en el caso del año anterior, había sido especialmente desapacible.
En el mapa estelar de la región, Ciruela, Casillas, Caltojar y Bordecorex, parecían diminutas Pléyades, que se desvanecían en la distancia como estrellas fugaces. Más allá de éstas y de las ruinas de aspecto siniestro del antiguo convento franciscano de Piedras Albas, se hallaba la señorial Berlanga, la gran Osa Mayor, tiraba del Carro de todas ellas, aunque cobijada felizmente detrás de su castillo y de sus murallas, entre las que sobreviven -según se cuenta en las tascas, y sólo a partir de medianoche- los fantasmas de sus antiguos inquilinos, entre ellos, tan audaz como lo fuera en vida, don Rodrigo Díaz de Vivar.
Al pie de la ermita, la gente, a empellones en algunos casos, asistía a las Edades del Hombre, guardando largas colas frente a la puerta de entrada con forma de herradura. Hubo quienes, sin embargo, se retiraron al pie del desvío y, seguramente influidos por la sublime soledad del lugar, asistieron, de motu propio, a otro tipo muy diferente de edad: la Edad del Tiempo.
En los campos situados al otro lado de la carretera, en esa frontera natural señalada como un faro por una milenaria colina con inequívoca forma de palangana invertida, un olvido persa había terminado por derrotar la espartana resistencia del pequeño ejército de girasoles, que un mes antes resplandecían abriéndose a los rayos del sol. Aún haciéndose de rogar, y tomando prestada la personalidad de San Martín, por eso del veranillo, el otoño, cual tentador Mefistófeles, rondaba las ramas de álamos y chopos, transmutando el verde de sus hojas por el color marrón y amarillento de la despedida.
En la cúspide de un montículo cercano, tan inmóvil que daba la impresión de haber echado raíces en el suelo, Rafael, cámara en mano, esperaba el momento en el que el sol, liberándose de las nubes que lo ocultaban, le ofreciera una pista de ese mágico momento que implica un atisbo de eternidad; un primigenio Big-Bang, donde a un guiño de Dios, el más preciso de los mecanismos se abrió y expandió, dando lugar al Universo.
Mientras tanto, vehículos y autocares no dejaban de acudir. Sin embargo, algunos seguíamos soñando por los alrededores de San Baudelio...


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martes, 27 de octubre de 2009

Bordecorex

¿Tiene la Historia una deuda con Bordecorex?. Si así fuera, cabe en la imaginación suponer lo que sería el descubrimiento arqueológico más importante, después del hallazgo de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes: el descubrimiento de la tumba de Almanzor.
No cabe duda, de que geográficamente hablando, no hay comparación posible, si se exceptúa, como adjetivo de referencia, la extrema -que no exenta de belleza- dureza del lugar. Como Caltojar, Casillas, Ciruela o Fuentegelmes, Bordecorex constituye otra de las piedras preciosas que conforman un regio cinturón imaginario, cuya hebilla, de oro puro, no sería, si no, la aparentemente humilde y no obstante excepcional, ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga.
La muerte oficial del que fuera considerado, con toda justicia, como el azote de los reinos cristianos -de sus cincuenta y dos razias o campañas militares, las más importantes fueron aquellas emprendidas contra Barcelona, Pamplona, Santiago de Compostela y San Millán de la Cogolla- se sitúa en Medinaceli, el día 11 de agosto de 1002. Demasiada precisión, en mi opinión, para no saberse con certeza dónde murió en realidad, después de la escaramuza de Calatañazor -a donde ya llegó enfermo de su última campaña por tierras de la Rioja, y que la propaganda cristiana aireó como una gran batalla- y, lo más importante, dónde fue finalmente enterrado.
Se puede decir, entonces, que con respecto a este fascinante enigma, existe una disputa, histórica y legendaria, entre la señorial Medinat al Salim y la medieval Horcecorex -con tal nombre la menciona la Crónica Silense en la época en que fue reconquistada por Fernando I- aunque personajes de la talla y relevancia de Ximénez de Rada -arzobispo de Toledo y uno de los promotores de la llamada batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa, acaecida en julio de 1212- apostaban por la primera.
Si Medinaceli nos ha dejado testimonio de esa pluralidad cultural formada por judíos, sarracenos y cristianos, Bordecorex ha conservado -no obstante como un legado a punto de desaparecer- esa primigenia esencia medieval, que encuentra en la iglesia románica de San Miguel, su pieza más destacada.



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domingo, 25 de octubre de 2009

Villasayas: románico y amabilidad

Cuesta creer que en las estepas que rodean en la actualidad Villasayas, hubiera antaño hermosos montes de pino, aunque estos fueran replantados parcialmente a mediados del siglo XX. A duras penas, y a pesar de los sucesivos añadidos que desvirtúan su verdadera esencia, sobrevive, también, buena parte del románico original de su iglesia parroquial, que se encuentra bajo la advocación de la Asunción de la Virgen.

El pueblo, que en su época de esplendor llegó a contar con más de seiscientos vecinos, se encuentra plácidamente situado a diecisiete kilómetros de Almazán; a unos ocho kilómetros de Barahona -fuera, no me cabe duda, del influjo hechicero de sus famosas brujas, y sus misteriosos, y de hecho, peligrosos pozos airones- y a apenas una treintena escasa de kilómetros de la vecina provincia de Guadalajara y dos de sus principales, cercanos e históricos referentes: Atienza y Sigüenza. De hecho, la iglesia de Villasayas dependió durante siglos del obispado de ésta última población, si bien en la actualidad, lo hace de la Diócesis de Osma.

Cualquier buscador de datos puede averigüar, simplemente tecleando el nombre y apretando un botón en su ordenador, que esos campos de variopinto color -semejantes a pecas en un terreno que alterna llanos, cuestas y barranqueras- producen, como resultado de la paciencia, el mimo y el sudor de los agricultores del pueblo, granos, legumbres y pastos de excelente calidad.

Ahora bien, exceptuando ese detalle, así como aquél otro referente a las peculiaridades del románico subyacente en su iglesia -peculiaridades, sin duda importantes, al menos en lo referido a su pórtico- escasas referencias se encuentran, no obstante, que mencionen, siquiera de pasada, el que en mi opinión es el mejor producto de ésta tierra: sus gentes.

Hay algunos autores -como es el caso de Alejandro Jodorowsky, a la sazón, escritor y psicomago- que, refiriéndose a ese singular universo simbólico constituido por los nombres, opinan que el nombre que se pronuncia, sólo manifiesta la individualidad ilusoria de la persona, siendo de especial relevancia, ese otro nombre, individual y secreto, que acompaña al espíritu en el mismo momento de nacer y determina el valor y las cualidades de la persona durante toda su vida. Superstición o psicomagia, no deja de ser un hecho verídico, que tal creencia hizo mella en numerosas culturas de la antigüedad, sobreviviendo en la actualidad en algunas etnias y sociedades. Por ejemplo, en algunas tribus animistas africanas, donde se considera un completo tabú, pues conocer el nombre oculto de la persona, otorga poderes sobrenaturales sobre él.

¿Existía una forma de pensamiento similar en nuestros abuelos y tatarabuelos, cuando bautizaban a sus hijos con nombres que en la actualidad nos pueden parecer feos, raros o incomprensibles?. Es posible. Ahora bien, se supone que, de origen griego -algunos dicen que germano, y es que, en el fondo internet no deja de ser en gran medida otra pequeña Babel- Edelia significa, textualmente, la agradable, la dulce. En el caso que nos ocupa, y referido a la guía, o mejor dicho, a la persona bajo cuya responsabilidad descansa la lleve y el consentimiento de apertura y visita a la iglesia, nombre y personalidad coinciden, hasta tal punto, que no deja de ser paradójico, comprobar ésta disparidad de caracteres en pueblos situados tan cerca. Me refiero -generalizadon, única y exclusivamente a las personas responsables de la iglesia- a Caltojar y tomo como referencia mi anterior entrada.

La amabilidad, no obstante, vista como un símbolo que no me es desconocido en la provincia -sería muy injusto, si no hiciera esta pequeña aclaración- adquiere en ésta sencilla mujer, en Edelia, características poco menos que mesiánicas, pues da la sensación, al verla, de encontrarse uno frente a una persona feliz, que atrae la simpatía irremisiblemente, primero con una sonrisa, que se eterniza durante toda la visita, y después, con esa mezcla de placidez y orgullo con la que muestra sin reparo todos los rincones del templo, incluido el campanario.

No deja de ser toda una aventura, tener la oportunidad de acceder a un lugar privilegiado y contemplar, en toda su extensión, un pueblo y el entorno que lo rodea. A falta de castillo, la torre de la iglesia constituye un auténtico balcón panorámico donde, si no a vista de águila, sí al menos a vista de paloma -afortunadamente, los excrementos adheridos a los escalones estaban secos como costras- se tiene la oportunidad de echar un somero vistazo a un mundo en cuyas soledades, la Historia quiso dejar episodios de épica magnitud.

En la distancia, una colina con forma de palangana invertida, sirve como punto de referencia para situar un lugar majestuoso y humilde; un lugar, remedo de iglesia y mezquita, que indica que incluso en época de extrema violencia, hubo gente que creyó en esa utópica alianza de civilizaciones: San Baudelio de Berlanga.
Aprovechando dicha referencia, y teniendo siempre presente que esas soledades continúan siendo Caminos del Cid, no es difícil situar mentalmente las poblaciones más emblemáticas: Berlanga de Duero, Casillas, Caltojar, Fuentegelmes, Bordecorex...
Precisamente, de la parte de atrás del pueblo, una pista conduce hasta Bordecorex, atravesando primero el corazón de otro pequeño, pacífico y solitario pueblecito, a cuyos álamos, situados en la frontera que conforman los campos de sembrado y de barbecho, el otoño va pintando canas: Fuentegelmes.
La congoja también constituye un precio a pagar a todo aquél que se atreve a mirar más de cerca, cuando se observan numerosas melladuras que a duras penas disimulan el rojo abrasado por el sol, de los tejados de aquellos villasayeses cuya bendita obstinación hace que el pueblo aún sobreviva con cierta amplitud de habitantes. Son hogares abandonados, cuyas intimidades, una vez hundidas las vigas y amontonados en el suelo los tejados, miran silenciosamente a las estrellas, posiblemente en un intento baldío por localizar aquellas en las duermen el sueño de los justos los que otrora fueran sus moradores.
Pero, sin duda, y en este detalle se puede entender perfectamente el orgullo de Edelia, una estrella más cercana sobrevive con obstinada determinación también, luciendo, cuál enigma, una seña de identidad procedente, con toda probabilidad, de un lugar que metafóricamente, aparte de su nombre real, es conocida como la verde Erín. No se haya en los atlantes que, severamente dañados por el martillo bárbaro de algún Sansón, pleno de músculo pero carente de sensibilidad y de cerebro, vigilan con irreversible mutismo el alfa y el omega de la galería porticada, en cuyo centro, y de cara al exterior, en la denominada clave del arco, tres bajorrelieves representan la Anunciación y el sueño de San José. Ni en los motivos, variados y donde tampoco faltan referencias gráficas a las terribles arpías, que decoran sus capiteles.
Me refiero a ese testimonio, notable y primorosamente labrado que, aguantando milagrosamente los embites del tiempo y la barbarie nos presenta, desde el arte desarrollado en su bifolios, sus grifos y en la enigmática dama que cabalga uno de ellos con una porra en la mano -¿la reina Boadicea?- una posible pista acerca del origen irlandés de sus constructores: la portada.
Una vez franqueado el umbral, y aún deslumbrado por la maravilla que representa la mencionada portada, viene a resultar poco menos que una costumbre, encontrarse con habituales compañeros de las iglesias del Camino -San Roque, San Sebastián y San Miguel- que recuerdan que, a pesar del placer, el tiempo es oro y hay mucho trecho todavía por recorrer.
Próxima parada: Bordecorex.

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