sábado, 17 de octubre de 2009

Anoche soñe que volvía a los Arcos de San Juan

Anoche soñé que volvía a los Arcos de San Juan. Recuerdo que en mi sueño, creí escuchar una sinfonía fantástica compuesta de latiguillos, campanillas y cascabeles cuando pisé la grabilla al comienzo de la senda arbolada que conduce al arcano recinto hospitalario. Era el viento, que al colarse entre las ramas de los árboles, hacía que las hojas cantaran como frágiles divas. Me resultó extraño no ver gatos junto a la verja de entrada. Tampoco se veía ninguno solazándose marrullero contra el lomo malherido de un chopo centenario, del que siempre he creído que albergaba duendes junto a su colapsado corazón. Más tarde averigüé el por qué de ésta inusitada deserción felina: estaban todos en un rincón del claustro, dormitando plácidamente al sol. No obstante, creí percibir que algo había cambiado en su estricta, desapegada educación. Si por regla general, siempre eludían cualquier contacto humano que no fuera con el guarda del recinto, aquél que precisamente los mimaba y les echaba de comer, ahora simplemente se limitaban a ignorar a todos aquellos que, caminando como autómatas entre los mágicos arcos del claustro, pasaban por su lado, bloqueando con su sombra los benéficos rayos del sol. Alguno, incluso, se dejaba acariciar el lomo blanquinegro, aunque supuse que sería porque estaba profundamente dormido, entregado a sueños con sabor a ratón y eróticas galanterías a la luz de la luna.

Frente a mi, al otro extremo de la carretera que se dirige a Almajano, y más allá, hacia las misteriosas merindades de Narros, Suellacabras y El Espino -pueblo envías de extinción y receloso de los forasteros-, la visión del Monte de las Ánimas, me sobrecogió. No lo puedo evitar: los lugares asociados a historias sobrenaturales me atraen, a la vez que me estremecen. Como admirador de Gustavo Adolfo Bécquer, he de reconocerlo: siempre que acudo al monasterio de San Juan de Duero -sea en persona o a través del cuerno de marfil de los sueños- no puedo evitar mirar hacia el muñón maldito del Monte de las Ánimas y pensar en las almas condenadas de aquéllos belicosos frailes con espuelas, tal y como Bécquer denominaba a los templarios.


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Apenas el otoño había hecho acto de presencia, y la festividad de Todos los Santos estaba a la vuelta de la esquina:

'¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana,
¡tan bella! bajo la luna...

Recordando esos versos de Machado, no pude por menos que preguntarme cómo estaría la luna en esa noche tenebrosa, llena de presagios, rogativas y lamentos. 'La campana de la Audiencia da la una'... ¡Crack!, me sobresalté, cuando, inesperadamente, una ramilla seca crujió bajo mis pies. Sin darme cuenta, estaba vagando por la hierba agonizante del edículo central del claustro. Una lápida anónima, cuya cabecera posiblemente estuviera orientada hacia el este en su día, mirando hacia Jerusalén, aparte de sobresaltarme, me recordó que incluso el frío aliento de la muerte era lo suficientemente poderoso como para colarse e instalarse en un lugar sagrado.
Frente a la sepultura, y en la columna de uno de los capiteles, un cantero anónimo y piadoso había dibujado una rosa con su cincel. Una rosa de piedra, una rosa eterna: el único tributo floral dedicado para siempre al recuerdo de unos monjes-guerreros olvidados hacía centurias.
Luego eché un vistazo a los motivos de los capiteles situados del lado de la iglesia. Entre la inconmensurable botica medieval que la mayoría de ellos lucía como motivo, varias arpías clavaban su gélida mirada, en algún caso desfigurada, sobre mí, mientras que otras bestias de lomos enfermos, leprosos de tiempo, intemperie y descuido, intentaban alzar un vuelo imposible, ofreciendo a la imaginación un mensaje indeterminado y surrealista. Goya hablaba de los monstruos de la Razón; por aquél entonces, y motivado por las circunstancias, yo sólo pensaba en los monstruos del Románico: ¿están ahí para asustarnos, o para decirnos lo que podemos llegar a ser?.
Perfección, peso, medida...palabras que, procedentes de un documental que se proyectaba en el interior de la iglesia, me hicieron recordar aquella famosa frase de Salvador Dalí: 'Pintores, no temáis la perfección, no la lograréis nunca'. Contemplando la perfecta belleza de los Arcos, me pregunté qué hubiera pensado Dalí de aquéllos maestros canteros de origen mudéjar, que cuando terminaron una obra perfecta, poco podían imaginarse que la ignorancia la convirtiera en redil de ganado primero, y espejismo de turistas después.
Desperté cuando ya los rayos del sol entraban generosos por mi ventana, segundos o una eternidad antes de que, declinando, estos mismos rayos dotaran de silencio y tintura africana a unos arcos que, en paz de turistas, se preparaban para recibir, a la luz de la luna, los susurros familiares de sus fantasmales inquilinos. Ahora bien, ¿fue un sueño, o como diría Carlos Castaneda, fui víctima consciente de una mágica ensoñación?.

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jueves, 15 de octubre de 2009

Regreso a Termancia




Han transcurrido más de dos mil años desde aquellos idus de marzo del año 141 antes de Cristo, cuando los termestinos empujaron al general romano Quinto Pompeyo y a su ejército contra un precipicio, obligándole a desistir de su empeño de conquistar la ciudad, haciendo que se retirara a las proximidades de Numancia.

Posteriormente, ya en el siglo XII, un auténtico mito nacional, el Cid Campeador, pasa por Tiermes, segun queda reflejado en el Cantar:


Assiniestro dexan Agriza

que Álamos pobló.

Allí (son) los cannos

do a Elpha encerró...


Según afirman Alberto Bescós Corral, Santiago Martínez Caballero y Arturo Aldecoa Ruiz en el monográfico Gentes de Tiermes, editado por la Consejería de Cultura y Turismo y la Junta de Castilla y León, 'Álamos sería un alter ego de Hércules, explicación del origen de la ciudad, y Elpha (Elfa) una suerte de ser maligno o mujer-serpiente similar a las Lamias, tan comunes en la mitología española, ligadas a pantanos, bosques oscuros, cuevas o antros'.


Mitos que, aunque conocidos en la época por caballeros y juglares, se ha perdido la memoria de muchos de ellos hoy en día. Aún así, muchos de los que han sobrevivido a este olvido, como el mencionado de la pérfida Elfa, no dejan de ser percibidos, o mejor dicho, intuídos, cuando uno pisa Tiermes y su fantástico entorno.


La Naturaleza, tan sabia como extraña e incluso excéntrica a veces, juega aquí un papel esencial. Hace, en la misteriosa alquimia de sus estaciones, la Gran Obra Filosófica, jugando con las sombras, los matices, y por supuesto, con la luz.


De la belleza que se desprende de este monumental atanor, da fe la emoción, no sólo del visitante que acude por primera vez a contemplar esta increíble ciudad troglodita, sino también, la de aquél otro que, aún habiéndolo hecho en más ocasiones, sabe que siempre hay motivo y lugar para dejarse sorprender.


Poco importa ver desiertos los graderíos de su circo, allá, en las extremidades de la Puerta del Sol; o las olvidadas cañerías pétreas que ya no llevan agua a las termas donde sus antiguos habitantes se abandonaban al placer del baño y la conversación; tampoco importa si de los abandonados hogares ya no sale humo, ni olores a cocina y condimento; tampoco, si el agua no discurre ya alegremente por el acueducto ni sus galerías subterráneas...Importa saber, que por poco que se agudice el oído, uno puede sentir, latente, como su corazón de piedra, a los antiguos lares protectores del hogar. Es cierto que no los ve, pero sabe que están ahí, atrapados en una remota dimensión del tiempo. Que sus susurros se mezclan con el viento que se cuela entre los recovecos de la roca, llevándose lejos arcanos recuerdos, oscuras magias y olvidados secretos, algunos de los cuales se entretienen allá lejos, meciéndose lastimeramente entre las hojas de una hilera de árboles que ya comienzan a amarillear, vistiéndose de otoño. Otros se pierden aún más allá, junto a unas rocas cuyo color parece transmutarse en fuego vivo a medida que reciben el beso ígneo de los últimos rayos del sol.


Las sombras son un borrón de tinta que conforma extrañas, inquietantes siluetas, cuando los últimos visitantes abandonan el lugar, dejando descansar a los fantasmas, mientras en el horizonte, por las cercanías de la Sierra de Pela, las aspas siniestras de los molinos eólicos parecen agitarse bravuconamente, quizás desafiando a un hidalgo caballero de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...


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