sábado, 3 de octubre de 2009

Misterios burguenses

La Catedral

Posiblemente los orígenes de lo que actualmente conocemos como la catedral de El Burgo de Osma, haya que buscarlos entre el polvo y la tierra que cubre una de las ciudades de origen romano, más florecientes de la época: Uxama.
Al menos, ciertos documentos de época tardía ya comentan la existencia de una Diócesis en el lugar, refiriéndose al primer obispo como discípulo de San Pedro. Se sabe, también, que la primera iglesia fue destruída por los sarracenos y vuelta a construir tras ser reconquistada por el rey Alfonso, presumiblemente el octavo, quien repobló la región.

Los orígenes de la catedral, levantada sobre una primera etapa de índole románica, datan, aproximadamente, de 1131, y a lo largo de su historia -aunque sus efectos apenas se aprecien en la actualidad- sufrió varios incendios de importancia, fechados en los siglos XVI y XVII, además de los expolios cometidos por la soldadesca francesa en 1808.

Pero después de todo, son los detalles, ese lenguaje goético o mágico -como lo definió en su día un enigmático personaje conocido como Fulcanelli- los que consiguen que todo visitante que se acerca a tan emblemático enclave, regrese a su lugar de origen, haciéndose innumerables preguntas.

Gárgolas y demonios son sus genios guardianes -tradición, en el fondo, mantenida por prácticamente la totalidad de civilizaciones que se han ido sucediendo y asentado sobre el planeta- extendiendo su mirada y sus híbridas alas a todo lo largo y ancho de este baluarte pétreo, que ocupa el corazón de una ciudad que bien pudiera ser considerada como punto neurálgico del que parten rutas hacia lugares de añeja tradición, no exentos, en absoluto, de belleza, magia y misterio, como puede ser el caso del cercano Cañón del Río Lobos.

Docenas de figuras, con un desafío en su mirada inmortal, gritándole a la cara al visitante si es capaz de desentrañar la historia que se esconde en el atributo u objeto que portan en sus manos. Porque en ellos, sin duda, se esconde una historia, un misterio encubierto digno de descubrir.

Y he aquí que, hablando de misterios encubiertos -y nunca mejor aprovechada la denominación- sería una formidable aventura tener la oportunidad de visitar ese otro mundo oculto y subterráneo, que se extiende debajo de sus cimientos. Un mundo de túneles y pasadizos, de los que apenas se conocen detalles, a excepción de algún que otro comentario robado a la vox populi con los que a veces, de manera absolutamente fortuita, se encuentra uno en su deambular.

De esa manera, se puede llegar a conocer, que algunas losas del alcantarillado de la ciudad señalan, también, lugares predeterminados en los que se encuentran dichos túneles; que algunos están inundados de agua, y que en otros, algunos operarios han encontrado ciertos indicios de habitalidad, como huesos de jamón y otros objetos.

Sin duda, he aquí un fascinante misterio, tan digno, en mi opinión, como aquellos otros con los que Alejandro Dumas nos hizo soñar, cuando, allá por el siglo XIX relatara al mundo los misterios de Paris.


La antigua ermita de la Magdalena

Desde su posición, se domina una impresionante vista de la capital burguense y de su entorno. Situadas muy cerca del cementerio municipal, a mitad de una empinada ladera cuya cima está señalada por varias cruces -la más conocida, aquélla que se denomina como la Cruz del Siglo- las ruinas de lo que en tiempos fuera la ermita de la Magdalena, suponen todo un fascinante enigma por descubrir.

Visto lo que actualmente queda de ella, es difícil identificar esos restos mellados con una ermita. Pero sí resulta interesante comprobar, que en su momento, debió de constituir un templo-eremitorio, siguiendo la tradición gruteril que se fue extendiendo por la Península, en tiempos anteriores y posteriores a la dominación musulmana. Aún pueden identificarse, talladas en la roca, ciertas depresiones, que en su momento, posiblemente cumplieran las funciones de altar y alacenas donde almacenar útiles relativos al culto.

En el exterior, se pueden observar, también, numerosas huellas o graffitis realizadas en la pared, aunque denotan un origen contemporáneo, ocultando y deteriorando -para el caso, lo mismo da- cualquier indicio o huella de cantería primitiva.

Curiosamente, y como anécdota, los habitantes de El Burgo de Osma que aún recuerdan esta ermita, se refieren a ella como 'las Magdalenas'. Y dentro del escaso margen que dejaba su reducido, escueto espacio interior, parece ser que había un retablo, que actualmente se conserva en una sala de la catedral.

Para quien desee profundizar un poco más en este tema, se recomienda la visita al siguiente blog: http://diariodeunburgense.blogspot.com/



Las Vírgenes Hermanas

Si hemos de hacer caso a la Tradición, las dos Vírgenes del Espino -la de Barcebal y la que tiene capilla propia en la catedral de El Burgo de Osma- fueron hechas con la misma madera de espino. No ha de resultar extraño, por tanto, que se consideren hermanas y que se saquen en procesión, sobre todo aquellos años en los que la sequía hace imperiosa la necesidad de una rogativa y un milagro.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Vientos de Otoño


Alguien dijo una vez: un mundo soñó mientras caían las hojas. Eso es el otoño, una estación para soñar, para reivindicar recuerdos; para desempolvar los viejos libros de poesía, hacer planes, meditar...y soñar.
Demos, pues, la bienvenida al otoño, y si es posible, soñémoslo en Soria, con las hojas cubriendo el paseo de los enamorados que asciende hasta la ermita de San Saturio, siguiendo el curso melancólico del Duero; soñémoslo entre la magia y el misterio de los Arcos de San Juan, mirando la proximidad del Monte de las Ánimas y la noche de difuntos; soñémoslo allá lejos, en lo más recóndito de los Picos de Urbión, esperando ver surgir esa ninfa legendaria que dicen que mora en lo más profundo e inaccesible de la Laguna Negra; soñémoslo también allá, en la inmensa soledad de Valonsadero; buscando el espíritu del Santero de Gaya Nuño entre las ruinas cargadas de poesía de Numancia; o busquemos los colores de la tierra más allá de Berlanga de Duero, entre las desnudas soledades que cercan San Baudelio; entre las brumas que ocultan Medinaceli y se extienden como sudarios por esas colinas donde quizás algún día un fuego fatuo nos indique el lugar donde se oculta la tumba de Almanzor...
Soñémoslo en esas parameras, donde el viento susurra secretos y la tierra libera sus ancestrales sortilegios; soñémoslo allí, en todos aquellos lugares donde los poetas encontraron un día su inspiración...