martes, 25 de agosto de 2009

Cañón del Río Lobos: romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud

Un año más, la festividad de San Bartolomé ha atraído al Cañón del Río Lobos a una multitud de visitantes que, congregados en el interior y en el exterior del antiguo recinto templario, la iglesia de San Bartolomé, acuden a festejar al santo y sacar en romería a la no menos emblemática Virgen de la Salud.
Como en años anteriores, la romería comienza con la santa misa, oficiada pasadas las diez de la mañana, con el recinto gótico de la milenaria iglesia lleno a rebosar. También, como en años anteriores, la Virgen de la Salud espera en su palanquín el momento de ser sacada a hombros y paseada por la pradera adyacente a la iglesia, utilizándose, a modo de confesionario, la capilla del Santo Cristo de la Agonía.
A pesar de que en ambas capillas ya no hay rastro alguno de la gran cantidad de exvotos dejados por los fieles como señal de gratitud por curaciones consideradas milagrosas, es un hecho cierto la gran devoción profesada a la Virgen de la Salud -que, si hemos de creer en las crónicas, en tiempos fue románica y negra- y al Cristo de la Agonía, como así lo demuestra la enorme cantidad de personas que desfilan por el interior del recinto, para el besar el manto de una y encender una vela y dedicar una plegaria al otro.

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Pero no son sólo debotos romeros sorianos los que acuden en tropel a una romería que, a juzgar por la afluencia de gente que pude apreciar ayer, parece que cada año bate récords de asistencia, sino también gente que acude de muchas y variadas provincias españolas, como Barcelona, Burgos, Bilbao y Madrid. Gente que, aparte de la devoción y fe que puedan profesar a estas dos emblemáticas figuras, acuden, también, aprovechando este periodo vacacional, a un entorno realmente privilegiado, atraídos por su extraordinaria belleza unos; por las innumerables leyendas relacionadas con la Orden del Temple otros, y por la oportunidad de pasar un agradable día de romería y festividad, los más.

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Y como en toda romería que se precie, desde luego que en ésta no faltan las anécdotas. Como aquellos que, a pie o a caballo, deciden poner una nota de colorido y costumbrismo al acontecimiento. O -¿por qué no decirlo, si fue un detalle simpático?- como el párroco, convertido en ocasional fotógrafo de un grupo de peregrinas. O la pareja de abuelillos, avanzando renqueantes por la pradera, cogidos del brazo y ayudándose de los bastones. Esa pareja de buitres, encaramada en la roca más alta de un risco, contemplando atónitos la invasión de su entorno. Y también -y esto sea quizás la nota que entristece un poco un día de alegría y de paz- el típico patoso que confunde romería y botellón y tiene que ser amonestado a las puertas del templo.

Pero de cualquier manera, lo que sí que puedo decir, con la más sincera de las afirmaciones, es que fue todo un placer asistir, por segundo año consecutivo, al Cañón del Río Lobos y la romería de San Bartolomé.