miércoles, 24 de junio de 2009

San Pedro Manrique: crónica de una noche mágica




La Magia del Fuego


El Fuego, uno de los cuatro elementos primordiales de la Alquimia. Algo vivo y poderoso, cuyo descubrimiento supuso uno de los mayores hitos en la Historia de la Evolución humana. Un poder que hechiza, y al que se ha venerado desde el alba de los tiempos como a un dios. El Fuego, como un camaleón, adopta formas que actúan sobre el intelecto, dando lugar a mitos y leyendas. En definitiva, un elemento subyugador que protege, conforta y también devora y mata, según sea su estado de ánimo.



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El Paso del Fuego

Se acerca el ocaso, y en las Tierras Altas sorianas, la población de San Pedro Manrique se prepara para vivir, un año más, la nohe de San Juan. Hablar de la noche de San Juan, es hablar -que a nadie le quepa la menor duda- de Tradición, y por supuesto, de Magia; no en vano, cuando nos referimos a ella, la describimos como la noche más mágica del año. Y desde luego, la magia se deja sentir. Basta echar un vistazo a las calles del pueblo, engalanadas con banderolas y guirnaldas, que inmediatamente atraen a la memoria esa entrañable canción de Serrat, que lleva por título Fiesta. Y es que esto, constituye una auténtica fiesta, aunque, a diferencia de la canción, en San Pedro Manrique no hay villanos ni prohombres, sino una variada y rica mezcolanza de gentes de diferentes puntos de España, a los que se unen gran número de extranjeros, sin duda atraídos por una tradición, cuya fama ha dado la vuelta al mundo, como quinientos años antes lo hiciera Juan Sebastián Elcano.

No obstante lo dicho, no hemos de olvidar, en absoluto, que nos encontramos en una tierra que bien podríamos considerar como parte importante del corazón de la Celtiberia soriana. Esa misma tierra, cuyos pueblos dotaron de guerreros a la sitiada Numancia -situada en Garray, a apenas una treintena de kilómetros- y aún en su derrota, conservaron más o menos vigentes sus tradiciones, sus ritos y fundamentalmente, sus costumbres.

Con referencia a ello, se puede añadir, que hay quien opina que lo que en la actualidad conocemos como el Paso del Fuego y origen de una festividad que atrae multitud de miras, no es, si no, una reminiscencia de los antiguos ritos celtíberos en honor de Beltane, dios del Fuego. Ritos que tienen su origen en cosmogonías de muerte y resurrección; de purificación y fertilidad, que se celebran a la sombra de uno de los dos principales solsticios: el de verano.

Ritos que, aunque nos asombre, no son exclusivos de los antiguos pueblos de Occidente, sino que, a poco que nos fijemos, encontraremos numerosas similitudes con los ritos y celebraciones de otros pueblos y culturas oriundas de países lejanos, como algunas tribus africanas, o aquéllas otras tribus norteamericanas, o, si vamos más lejos aún, de países asiáticos como Tailandia, donde los thai o pasadores del fuego, reproducen en sus celebraciones, una imagen desconcertantemente similar a la de los pasadores del fuego de San Pedro Manrique.

En el caso de San Pedro Manrique, hay que añadir, así mismo, la ya cristianizada tradición que une al rito purificador del fuego, el concepto medieval de las Móndidas, así como el milagro atribuído a una Virgen de connotaciones originalmente negras: la Virgen de la Peña. De hecho, el acontecimiento se repite, año tras año, en un graderío -denominado Recinto del Fuego- especialmente habilitado, que se encuentra situado al pie mismo de la antigua ermita románica -apenas sobrevive el pórtico y poco más, de ésta época- que lleva su nombre.

En ésta versión cristianizada, las Móndidas serían las doncellas que el pueblo debía de pagar como tributo al caudillo sarraceno que gobernaba la comarca. Según esto, y cansados de cumplir con un tributo tan deshonesto, los hombres de San Pedro Manrique se encomendaron a la Virgen, prometiendo atravesar descalzos las brasas ardientes si ésta intercedía por ellos, poniendo fin a dicha situación. Por supuesto, el caudillo sarraceno asistió a la prueba e impresionado por tan singular prodigio -es de notar el carácter supersticioso que en este tipo de relatos se concede siempre al sarraceno- aquél, impresionado, desiste de sus pretensiones, y en honor a la Virgen, comienza una tradición que se perpetúa a través de los siglos en la siempre mágica noche de San Juan.

Sea como sea, no es cuestión de restar mérito al paso del fuego, pues aunque la Ciencia ha intentado racionalizar el prodigio desde un punto de vista exclusivamente natural y medible, también es cierto que todavía no ha dicho la última palabra acerca del por qué los pasadores atraviesan las brasas descalzos, sin sufrir quemadura alguna.

Por último, añadir un detalle significativo: la madera que se utiliza para hacer la pira, es de roble. Y como todos sabemos, el roble era el árbol sagrado por excelencia de los celtas.



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El Recuerdo de una Noche Mágica

Pasan algunos minutos de las siete de la tarde, cuando subo por las empinadas y estrechas callejuelas con sabor medieval que, cual metafóricos meandros, desembocan en la plazoleta donde se levanta el Ayuntamiento de San Pedro Manrique, con su fachada blanca, renacentista y las banderas a merced de la suave brisa. En el entarimado del escenario, situado enfrente del Ayuntamiento aunque ligeramente ladeado y al comienzo de una bocacalle, los músicos desarrollan su frenética actividad: en la noche de San Juan no puede haber fallos; todo ha de ser minuciosamente revisado para que ambas magias -la musical y la del solsticio o magia de los equinoccios- procuren a propios y extraños un acontecimiento inolvidable. Como inolvidable es, por cierto, ver las terrazas de los bares rebosantes de gente, que brindan con entusiasmo augurándose una feliz noche. Otros, tan numerosos o quizás en mayoría a aquéllos otros que están cómodamente sentados, permanecen de puerta de bareto para afuera con los vasos de plástico en la mano. Los abuelos pasean lentamente por el rústico empedrado, llevando de la mano a sus nietos pequeños, esos mismos que, a buen seguro, en el futuro y pelo en pecho, cargarán con la moza en sus espaldas, desafiando el embrujo de las brasas.

No lo puedo evitar: soy un nostálgico. Y en mi añoranza de pasado, encamino mis pasos hacia el cementerio con la intención de volver a echar un vistazo a las abandonadas y misteriosas ruinas de San Miguel. Para penetrar en su interior, es necesario empujar y atravesar la verja del camposanto y enfrentarse a esa faceta tenebrosa que es la muerte. En las sepulturas, solitarias a esta hora de la tarde, ángeles, cruces y madonas reciben la mortecina luz de un sol que va perdiendo intensidad a marchas forzadas, anunciando la proximidad del ocaso. Será entonces, a partir de medianoche -si hemos de hacer caso a las leyendas- cuando se liberará, hasta la próxima alborada, una auténtica legión de seres fantásticos, entre los que, desde luego, no han de faltar espíritus inquietos y demonios agazapados en los cruces de caminos o en las esquinas mal alumbradas de las callejas, dispuestos a avalanzarse sobre el confiado incauto. Por si acaso, y recordando la experiencia del año pasado en el Cañón del Río Lobos -donde un auténtico diluvio estuvo a punto de convertirlo en una nueva Atlántida- miro con desconfianza al cielo. Hay algunas nubes, sí, pero su aspecto no parece amenazador y respiro aliviado.

Sin embargo, los rayos solares apenas penetran en el interior de un lugar que, por sus características góticas, así como por otros pequeños detalles, me induce a sospechar que existe una sombra mucho más espesa que aquélla otra proporcionada por una jungla vegetal, que se extiende a su antojo por un suelo que hace años, muchos años, perdió para siempre su primigenio enlosado. Me refiero a esa peculiar sombra, chinesca y espesa como ninguna otra, que se remonta al periodo comprendido entre 1118 y 1307: la sombra de los templarios.

Afortunadamente para mí, no estamos en vísperas de todos los Santos y en San Pedro Manrique, que yo sepa, no existe, tampoco, ningún Monte de las Ánimas que albergue unos huesos descarnados, envueltos en sudarios, pero dispuestos a continuar una disputa que tiene visos de ser eterna. Aunque nunca se sabe, pues, como he dicho anteriormente, la noche es especial y cualquier cosa, por increíble que parezca, puede suceder.

Después de tomar varias instantáneas, desando el camino y vuelvo a cerrar la verja detrás de mí. No tengo que andar mucho hasta el Recinto del Fuego, pues se encuentra situado en el mismo camino, justo enfrente del cementerio y de la malograda iglesia de San Miguel. Cierto es el refrán que dice que no por mucho madrugar amanece más temprano; en contra de lo que esperaba, ya hay gente ocupando los graderíos, extranjeros en su mayor parte. A pie de pista, veo la leña amontonada a un lado, y sin poder evitarlo, me estremezco involuntariamente, pensando en el momento en que esos enormes leños se conviertan en brasas ardientes esperando el desafío de unos pies anónimos.

Algo más tarde, no deja de impresionarme la rapidez con que se monta la pira en el centro de la pista -en ese mismo lugar, donde todavía se pueden apreciar los efectos de la hoguera del año anterior- entrecruzando los maderos hasta conformar una especie de montículo de forma rectangular. Por los huecos dejados en la parte baja de éste, los montadores han dejado, ex-profeso, huecos más que suficientes para introducir en ellos papel de periódico, que servirá como agente detonante para la combustión. En pocos segundos, una espesa humareda blanca se extiende hacia lo alto, desplegándose por los cuatro costados de la pira, mientras las llamas comienzan a devorar la dura carne del roble sacrificado. Todo está calculado milimétricamente, a pesar de que aún faltan varias horas para las doce de la noche. Hipnotiza ver la danza de las llamas y el cambio en la tonalidad de sus colores, que las confiere características camaleónicas.

¿Son imaginaciones mías, o en el ambiente se está desplegando cierto tufillo a azufre?. No importa, lo cierto es que, en cuestión de segundos se despliega un calor tan intenso, que acercarse para tomar fotografías constituye, si no una hazaña, al menos un deseo que conlleva cierto riesgo. Pero estamos en la noche de los deseos; esa noche especial que se repite cada trescientos sesenta y cinco días y en la que éstos, aún maquillando el ritual, conllevan siempre la intención de purificar en las llamas todo lo negativo y atraer la buena suerte para el nuevo periodo.

Noche cerrada. Se acerca el gran momento. Los pasadores todavía no han hecho acto de presencia, y en las gradas, a rebosar, no cabe un alma, literalmente hablando. De la grada de enfrente a aquella en la que me encuentro situado, se eleva una fuerte ovación cuando hacen acto de presencia las autoridades, acompañadas de Don Jaime de Marichalar. Hay una nueva ovación cuando éste, sentado en el graderío central, se coloca al cuello el pañuelo rojo de los sanjuanes.

La expectación aumenta, aunque los minutos pasen lentamente; quizás, anormalmente lentos, o al menos, así lo parece. A pesar de que no cabe un alma más en el recinto, la gente continúa acudiendo. Durante unos segundos -a lo mejor la eternidad tan sólo se reduce a eso, a unos segundos- tengo la impresión de estar en un circo romano, rodeado de gente entusiasmada que espera impaciente un espectáculo que se las promete de lo más subyugador. Las largas trompas imperiales se ven sustituídas, sin embargo, por las jaraneras notas de las trompetas, las dulzainas y los tamboriles. Así, marcando el ritmo al son de las tradicionales sanjuaneras, la banda entra en el Recinto del Fuego. Y por fin, tras ella, los pasadores y acompañantes que, entre aplausos y ovaciones, dan varias vueltas bailando en círculo alrededor de las brasas, bastante más que vivas todavía, pues de atizarlas se han encargado, cuidadosamente, varias personas.

El hombre tiene espaldas de leñador. Tal vez por ese detalle de fortaleza, apenas sienta como una pluma el peso de la mujer que acaba de colgarse, abrazándose a él como una lapa. Me refiero al primer pasador, que gira con su pareja a cuestas, saludando al público y obteniendo un fuerte aplauso desde las gradas. Lo dicho, ovación y aplausos; aplausos y ovación. En cuestión de segundos, suena, semejante a un floreo taurino, el conocido ta-chán y la consiguiente cuenta de los pasos: uno...dos...tres...nueve. El paso del fuego ha sido impecable, pisando con fuerza, manteniendo las pisadas acordes con un elegante movimiento de piernas de noventa grados. La segunda pareja, notablemente más bajo y menos corpulento el hombre, no les va a la zaga y realizan el paso de las brasas de manera espectacular también. Detrás de estos, me llama la atención lo que, a priori, parece un hombre con su hijo de seis o siete años, y sobre todo, el comentario que hacen mis vecinos de grada:

- Ese niño no olvidará nunca la experiencia...

Pero, desde luego, lo que yo no olvidaré jamás, fue el paso valiente, decidido, confiado y sin vacilar, de la última participante: una guapa jovencita rubia, por completo vestida de blanco, a la que tuve ocasión de volver a ver al día siguiente, en una entrevista para la televisión:

- Lo hice en memoria de mi abuelo, que falleció hace un año.

Creo que su abuelo estará orgulloso desde esa estrella particular a la que los antiguos cristianos pensaban que iban las almas de los fallecidos, como creo que lo estuvimos todos los que lo presenciamos. Vaya, pues, desde aquí, mi más sincera admiración y enhorabuena por tan gallarda valentía.

Cuarenta minutos de Magia, que estoy seguro de que en cualquier otra crónica darán para mucho más. ¿Quién fue el estúpido que dijo una vez que el valor es sólo cosa de hombres?.

San Pedro Manrique, 23 a 24 de Junio de 2009



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domingo, 21 de junio de 2009

Viaje a Izana

Iniciar un viaje, por corto que sea, conlleva siempre riesgos. A los riesgos físicos de sufrir mil y un percances por el camino, se suma, también, otro riesgo que ha de tener en cuenta todo espíritu inquieto y aventurero: el de lo desconocido. Es en este tipo de riesgo, donde yo particularmente incluyo ese factor misterio que, bien por cuenta propia o bien en oscura alianza con el fatum o destino de las tragi-comedias griegas, te lleva por otros derroteros muy alejados de aquéllos que tenías en mente al salir de casa.
Entonces, a medida que uno varía el rumbo y pisa por primera vez lugares nuevos, surgen los enigmas y con ellos, previsiblemente, las preguntas. Y es que éstas, como bien cantaba Bob Dylan allá por los años setenta, quizás se encuentren en el viento. Aunque, particularmente, me siento más atraído -por cuanto a relación con el tema- con ese consejo que en la novela Peregrinatio -esa maravillosa continuación de Iacobus, de Matilde Asensi- el caballero Galcerán de Born, le da a su descarriado hijo, Jonás: '...en el camino, Jonás, todo es mágico y simbólico; múltiple y ambiguo; cada pormenor o circunstancia puede significar mil cosas posibles y cada cosa posible se relaciona secretamente con sitios, conocimientos, sucesos o fechas infinitamente lejanos en el espacio o el tiempo...'.
Durante mi viaje, encontré los suficientes enigmas, desde luego, como para escribir un pequeño libro. El misterio, como no podía ser menos, comenzó en Andaluz, y más concretamente en su espectacular iglesia románica del siglo XII, consagrada a San Miguel Arcángel. Pero la aventura de Andaluz será parte de otra entrada, pues contiene los suficientes elementos mistéricos como para concederla la licencia de una descripción particular. Baste saber, que antes de llegar a Izana y Cuevas de Soria, la aventura transcurrió por lugares como Centenera de Andaluz, pasando por Matamala de Almazán, Tardelcuende -un pueblo que en la actualidad no reconocería ni Juan Antonio Gaya Nuño, su hijo y vecino predilecto, a juzgar por el gran número de construcciones modernas que pude observar mientras lo atravesaba- hasta desembocar en Quintana Redonda, nueve kilómetros más allá, y en la iglesia de Nª Sª de la Asunción, que también, como en el caso de Andaluz, se merece una entrada aparte.
Bien, a las afueras de Quintana Redonda -pongamos a unos trescientos metros, aproximadamete, y a ojos de buen cubero- hay dos carteles indicadores: uno con el color rosa oscuro de los monumentos histórico-artísticos, que informa de una villa tardorromana, y otro que, señalando en la misma dirección, localiza las poblaciones de Izana y Cuevas de Soria
La villa tardorromana queda, aproximadamente, a mitad de ambas poblaciones; pero absteneros de vistarla, porque seguramente os daréis con la puerta en las narices, tal y como me sucedió a mi. Si aún así, desoyendo el consejo, pasáis por allí, dejándoos llevar por la curiosidad, os encontraréis con un edificio moderno que alberga la susodicha villa y que, por el aspecto de sus encristaladas puertas de acceso, así como por la ausencia de cualquier tipo de cartel o aviso, no parece haberse abierto nunca al público.

De Quintana Redonda a Izana, discurre una carretera comarcal, en condiciones bastante más que aceptables. Dicha carretera, serpentea a través de un variopinto paisaje, formado, alternativamente, por bosques, montes y valles, en los que se alternan tierras de labranza. Conforman un cromatismo interesante, muy digno de admirar y de tener en cuenta.

De éste, os sorprenderá el pronunciado color amarronado-rojizo de la tierra -que parece despedir fuego a horas tardías del mediodía- que os hará comprender, de paso, que una de las principales y más conocidas actividades de la zona esté basada en la cerámica, y también el por qué a ésta, se la denomina 'cerámica negra'.

Lo primero que se contempla al entrar en Izana, es su ruda y sencilla iglesiata de mediados del siglo XII, tal y como la define Cayetano Enríquez de Salamanca en su obra Rutas del románico en la provincia de Soria. Añade Cayetano -y lo incluyo como dato complementario- que la cabecera, realzada, no ofrece más motivo decorativo que una cornisa sobre modillones lisos y de tres rollos. Análogos son los del paramento meridional en el que, dentro de un cuerpo resaltado, se abre la portada. Está formada ésta por seis rudas y mal trazadas archivoltas decoradas, de fuera a dentro, con puntas de diamante, bezanges, baquetones, ajedrezado y retícula de rombos. Apean sobre tres parejas de columnas con capiteles desproporcionadamente grandes en relación con los respectivos frustes y de labra sumamente bárbara que apenas permiten adivinar las historas representadas.

A este respecto, me gustaría añadir que el capitel de la izquierda, según me comentó un anciano que acudía a misa y que seguramente lo conoció en mejores condiciones de las que se encuentra actualmente, representa a Adán y Eva. Y en efecto, a pesar, repito, del mal estado del referido capitel, aún pueden distinguirse dos figuras humanas, y en medio de ellas, un árbol, que sugieren esa posibilidad.

Un dato curioso a añadir, es que la parroquial de Izana se encuentra bajo la advocación de los santos Gervasio y Protasio, hermanos gemelos de ascendencia romana -patricios, al parecer- cuya vida, envuelta en leyendas, se remonta al siglo I después de Cristo. Poco, como digo, se sabe de la vida real de estos primeros mártires cristianos, a excepción de que sus padres -Vital y Valeria, santificados también- fueron mártires antes que ellos y que a ellos -perdón por la redundancia- se les decapitó por orden de Nerón.

Lo significativo del hecho, común, por otra parte, a la vida legendaria de numerosos santos, es que incluso después de muertos, sus cuerpos -o parte de ellos, reliquias- son capaces de obrar toda clase de prodigios por sí mismos; prodigios que, naturalmente, desembocan en la consiguiente veneración y culto. Y de todos es conocido, el increíble tráfico de reliquias que comenzó durante las Cruzadas y se incrementó y generalizó durante la Edad Media. En el caso de los santos Gervasio y Protasio, la leyenda comienza cuando sus restos fueron encontrados, mediante una visión divina y los milagros obrados durante su recuperación y posterior traslado. A saber: devolver la vista a un ciego y liberar de la influencia del demonio a varios poseídos, entre otros.

Del interior de la iglesia, y aparte de un sencillo artesonado de origen mudéjar, destaca una pila románica que, supuestamente, se remontaría, también, a ese mediado siglo XII en que aquélla se construyó. El estado general de la nave, no es, desde luego, de los mejores. Debido a ello, y seguramente por la humedad que se ceba en la zona del ábside, el artesonado de madera -de posible origen barroco- del Retablo Mayor, se encuentra prácticamente desprovisto de motivos decorativos. Debe de ser por dicho detalle, que la preciosa imagen románica de la Virgen no se encuentre en el centro de éste, como correspondería, sino en un pedestal improvisado situado en la nave del templo. Junto a ella, y ocupando el centro de otro retablo más pequeño, una figura -misteriosa y enigmática, como pocas- llama poderosamente la atención: San Antón.

Si hemos de hacer caso a las recomendaciones reflejadas por Matilde Asensi en su libro ya citado, Peregrinatio, los seguidores de este extraño santo -los antonianos, que se caracterizaban por lucir una gran tau de color azul, que destacaba en su hábito negro- serían los hermanos menores de los otrora templarios y ahora caballeros de Cristo, y que comparten con ellos los conocimientos fundamentales de los secretos herméticos.

La figura de San Antón que se puede contemplar en la iglesia de Izana, contiene algunos detalles que, en mi opinión, son dignos de tenerse en cuenta. Posiblemente, el más significativo, sea el número de taus que se pueden localizar en ella -tres- y que, tal vez, constituyan un mensaje dejado ex-profeso por el artista. Éstas se localizan de la siguiente manera: la primera en el pecho; la segunda en la capa que cubre su hombro izquierdo y la tercera, coronando el elemento que le distingue como maestro e iniciado: su báculo o bastón.

Quiero resaltar, y es un hecho cierto, que a pesar de llevar recorridos por la provincia la nada despreciable cantidad de cien mil kilómetros, no son muchas las figuras de San Antón con las que me he topado en mis aventuras. Es más, tan sólo recuerdo otra, situada, también, en la parroquial de una pequeña comunidad rural: Ventosilla de San Juan. Puede ser un referente interesante añadir que este pueblecito se encuentra situado a escasa distancia de Renieblas; y en Renieblas, aparte de localizarse un importante campamento romano -uno de los que participó en el asedio a la ciudad arévaca de Numancia- se constata, así mismo, una apreciable presencia de la Orden del Temple.

La figura del San Antón de Ventosilla tiene, a su vez, interesantes connotaciones, aunque, de entrada, éstas difieren con las de la figura sanantoniana de Izana. Por ejemplo, en el número de taus: dos, una en el pecho y la segunda formada por el báculo sobre el que se apoya su mano derecha. La tau del pecho, tiene una interesante peculiaridad: es bicolor. En efecto, el dintel o palo superior es de color azul y el palo inferior, de color rojo. El hábito es de color negro -en el caso de la figura de Izana, el hábito es de color dorado o amarillo, cosa inhabitual- aunque el color negro y la claridad en la pata izquierda del animal, coinciden en ambos casos. Únicamente difiere la posición del animal, pues en el caso de la figura de Izana el cerdo se encuentra junto al pie derecho del santo, y en el caso de la figura de Ventosilla, lo hallamos junto a su pie izquierdo.

Por otra parte, la Virgen románica de Izana no deja de tener, también, detalles interesantes, y sobre todo, mistéricos. El misterio, en parte, radica en que cumple, básicamente, una de las acepciones comunes a éste tipo de imágenes: no se sabe absolutamente nada de ella. Ni siquiera el párroco -un hombre afable donde los haya, y al que expreso mi gratitud desde estas líneas por su amabilidad- conoce su nombre: la Asunción o la Virgen del Rosario, fue su contestación, cuando le pregunté al respecto. De manera que, ante tal inseguridad onomástica, me referiré a ella como Santa María de Izana.

Hace tiempo que pienso, observando estas imágenes, que el cromatismo de que hacen gala, puede llegar a constituir una especie de código o clave, siendo los colores más utilizados por los misteriosos talladores, el azul, el verde, el rojo y ocasionalmente, el dorado (polvo de oro). En el caso de nuestra Santa María de Izana, es este último, junto con el azul, los colores que destacan. Desde mi punto de vista, la utilización del color dorado, denota cierta importancia, puesta de manifiesto por el desconocido tallador.

Es muy posible que su edad se remonte a mediados o finales del siglo XIII; inluso al XIV, si nos atenemos, por ejemplo, a que su expresión, aunque hierática -otra de las cualidades afines a estas imágenes- parece estar dulcificada en parte. Al contrario que la iglesia en la que se encuentra, un sólo vistazo basta para apreciar una reciente restauración. Como un sólo vistazo basta, para darse cuenta, así mismo, de que el brazo derecho del Niño está amputado. Resulta ésta una práctica habitual, que entiendo que se quiere disfrazar como de necesaria para la colocación del manto, pero que, en el fondo, encubre un desesperado intento por ocultar detalles compometedores, que puedan dar lugar a cierto tipo de interpretación agnóstica.

La mano izquierda de la Virgen sujeta una pequeña esfera, elemento tradicional que puede contener un concepto herético en la época: la esfericidad de la Tierra. Este motivo, a veces se ve sustituido por frutos, siendo los más comunes, el melocotón o la manzana. La mano izquierda del Niño, muestra otro elemento común: el libro. Estas imágenes, suelen mostrar el elemento libro de dos formas determinadas, según sea el mensaje que quiera poner de manifiesto el tallador: libro abierto, libro cerrado; mensaje a la vista, mensaje oculto. En el caso que nos ocupa, el libro cerrado que mantiene en su mano el Niño, podría denotar la existencia de un mensaje oculto; en definitiva, un secreto.

Por si estos no fueran elementos suficientes para los amantes del misterio, se puede añadir que en la nave de la iglesia de Izana, se pueden encontrar otros santos que, por sus peculiaridades, inducen a pensar en connotaciones esotéricas de primer orden: como el asaeteado San Sebastián o San Antonio de Padua, con el Niño en brazo y arrastrando la leyend de las famosas tentaciones a que fue sometido por el Diablo. Lugar donde la presencia celtíbera fue notable, no defraudará, tampoco, al amante de la naturaleza y de la tranquilidad.

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