miércoles, 15 de abril de 2009

Descubriendo el Valle del Jalón: Chaorna

No se equivoca aquél que, recurriendo a la poesía -con o sin machadiana, gerardiana o becqueriana intención-, califica a este pueblo del sudeste soriano, como 'típico pueblecito de postal'. Tampoco se equivocó el amigo panadero que conocí en Montuenga, cuando me recomendó -incluída exposición panorámica en la pantalla del teléfono móvil- una visita al lugar. Un lugar hermoso y sorprendente, por añadidura.
Hay quien opina que el topónimo Chaorna, hace referencia a pobladores de origen vasco, que se asentaron en el lugar en los lejanos tiempos de la Reconquista. Precisamente de ese periodo histórico -caracterizado por el sempiterno toma y daca entre cristianos y moros, avanzando y repoblando unos; amoldándose, ¡qué remedio!, y retrocediendo otros-, Chaorna aún conserva un torreón de origen islámico, que durante siglos perteneció -al igual que el pueblo- al ducado de Medinaceli, así como también una iglesia -la de San Miguel, que por algo es el Arcángel paladín de la Cristiandad, y por añadidura santo predilecto de los caballeros de la cruz paté- que conserva su planta en forma de Tau -dato facilitado, entre otros autores, por Angel Almazán- como posible pista acerca de la filosofía y las concepciones esotéricas y místicas de sus constructores.
El torreón, se ubica por encima de la denominada Cueva de la Mora -y aunque desconozco la referencia, pondría la mano en el fuego al imaginar una trágica y a la vez encantadora leyenda con ella asociada- no muy lejos de la mencionada iglesia de San Miguel, cuya curiosa estructura encuentra cobijo, también, en el mismo promontorio rocoso.
En realidad, prácticamente todo el pueblo encuentra cobijo entre las hoces formadas en este punto de la Sierra de Solorio, aunque hasta el día de la fecha no ha llegado a mi conocimiento leyenda alguna que, al igual que en las Hoces del Duratón (Segovia), mencione el bastón milagrosa de algún respetable y venerado santo como artífice del prodigio.
Además de los lugares mencionados, y de la extraordinaria panorámica que se puede contemplar, en Chaorna también se puede visitar el denominado barranco de la cascada y su peculiar fuente, situada al final del pueblo, cuyos caños, distribuídos también en pequeñas cascadas, además de belleza, traen a la mente multitud de sensaciones, despertando, así mismo, recuerdos atávicos de pueblos que, como los celtas, veneraban este tipo de lugares, situando en ellos seres de fantástica idiosincracia.

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martes, 14 de abril de 2009

Naturaleza indómita: por el Valle del Jalón

Su orografía recuerda, en buena parte, a aquélla otra, impresionante, que constituye uno de los lugares más atractivos de la provincia de Soria: el Parque Natural del Río Lobos. Y sin embargo, menos conocido, quizás, la belleza intrínseca al denominado Valle del Jalón, pasa poco menos que desapercibida a extraños, que no a propios, como tuve ocasión de comprobar en Montuenga. Resulta más que posible, que la historia hubiera cambiado, estoy seguro de ello, si los siempre fascinantes caballeros templarios hubieran elegido ésta, y no otra ubicación, para crear una auténtica maravilla como es la ermita de San Bartolomé.
Fomento sí tuvo en cuenta, por desgracia, ésta peculiar zona (1), primero en el trazado de la Nacional II, la popularmente denominada como 'carretera de Barcelona', y después, tal y como se puede apreciar en el vídeo, con el trazado de la línea de Alta Velocidad. Son las notas discordantes; el precio a pagar por el progreso, que no entiende de belleza y conservación, tanto del patrimonio artístico, como del medio ambiente.
Aún así, en el transcurso de mi pequeña excursión de ayer, tuve oportunidad de disfrutar de un entorno verdaderamente cautivador. Entorno que, dicho sea de paso, me propongo ir descubriendo pacientemente en un futuro próximo.
Mientras tanto, vaya, pues, este pequeño souvenir, que espero que os agrade y os anime a descubrir una región realmente hermosa y digna de tener en cuenta.

(1) Se destruyeron varios e importantes yacimientos arqueológicos.




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Descubriendo el Valle del Jalón: Montuenga de Soria

A veces ocurre, y además de sorprender, agrada. Llegas a un pueblo que no conoces y un alma extrovertida, afable y orgullosa del lugar que habita, se convierte durante un tiempo en inesperado pero providencial cicerone. Las dimensiones del pueblo en cuestión, Montuenga de Soria, pueden confundir en un primer momento -sobre todo, si no se ha visto el pueblo desde lo alto de su milenario castillo en ruinas- pero, desde luego, no confunden sus habitantes. El trabajo del cicerone en cuestión, uno de los oficios más antiguos del mundo es, desde cualquier punto de vista, imperiosamente vital: recorre diariamente con su furgoneta los pueblos de la zona, llevando el pan. Aparca ésta, pongamos que en el sitio de costumbre -enfrente de la inconmensurable mole amurallada de la parroquial- y sin necesidad de megáfonos ni bocinas que anuncien su llegada, los foráneos acuden y entre barras de pan -cuya cantidad suele ser siempre la misma, excepto cuando un imprevisto les obliga a pedir una barra de más para agasajar a algún invitado- y conversaciones de esas, de toda la vida, no tarda en verse rodeado por un corrillo de comadres y compadres. Así nos conocimos, y después de esperar pacientemente a que echara un vistazo en el interior de la iglesia -acababa de celebrarse la misa y el párroco, con gran amabilidad, no puso objeciones a que sacara algunas fotografías- se brindó a mostrarme algunos sitios del pueblo que, como curiosidad y más que nada, por antigüedad, este turista de Madrid no debía perderse.
Así, por ejemplo, una vez contemplado el interior de un templo que aún conserva algún rastro de primigenio románico, así como también -y ahí me pica, sobre todo, la curiosidad- algunos 'enigmas pendientes de reconsideración' -como ese Cristo negro, en cuyo retablo resulta difícil no fijarse en los numerosos e inequívocos símbolos masónicos que lo adornan- me encontré siguiendo como una sabueso la furgoneta blanca del amigo panadero.
El objetivo, una casa situada dos o tres calles más allá de la plazuela de la iglesia. La casa en cuestión, seguramente el exponente más antiguo del pueblo con ciento cincuenta años o más de antigüedad, constituía un interesante ejemplar de la arquitectura rural de la zona, realizada a base de piedra y barro, así como de un porche cuyas vigas, después de tan heróico y centenario esfuerzo, comenzaban a doblegarse, tristemente sometidas por ese mal endémico llamado vejez.
Enredaderas, musgo y rastrojos ganaban también terreno al medieval abrevadero de piedra, situado más allá de la ermita de Santa Bárbara, a las afueras del pueblo, junto a la carretera que se dirige hacia Arcos de Jalón y Aguilar de Montuenga.
Pasada esta última población, y a una distancia aproximada de 12 kilómetros, se encontraba Chaorna, 'ese pueblecito muy bonito, de casas de piedra, situado al abrigo de impresionantes farallones'.
Hacia allí, pues, me encaminé, y como veremos en próximas entradas, seguí con acierto la recomendación del amigo panadero. Como siempre -y ésta es una cuestión que comienza a preocuparme- olvidé preguntarle el nombre, aunque, desde luego, no olvido expresarle desde estás líneas, mi más sincera gratitud.
Para más referencias sobre el pueblo, alento al amigo lector a repasar los comentarios.

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lunes, 13 de abril de 2009

Viejos centinelas de piedra: castillo de Montuenga de Soria

Aún siendo ruinoso su estado y la dificultad que conlleva en la mayoría de los casos acceder a ellos, siempre resulta una aventura fascinante deambular entre sus muros y contemplar el entorno alrededor. No en vano, como medida de vigilancia y sobre todo defensiva, estos auténticos centinelas de piedra se levantaban en los puntos más elevados e inaccesibles.
Descansando sobre una bancada rocosa, el castillo de Montuenga de Soria calla una historia milenaria e indómita; una historia escrita en sangre, que sugiere tiempos difíciles. Tiempos de conquistas y reconquistas; de invasores árabes y reinos cristianos que comenzaban a reunificarse para expulsar de España al sarraceno.
No me consta que, como en el caso de su homónimo y no demasiado lejano castillo de la Riba de Santiuste, el castillo de Montuenga albergue el fantasma de alguna doncella encantada. El viento, que en ocasiones se cuela entre sus muros desguarnecidos con mayor o menor furor, sugiere lamentos, cuando no sollozos, que bien pudieran confundirse con las cuitas del fantasma de alguno de sus antiguos moradores. Pero salvo eso, el ladrido de los perros en el pueblo y el canto ocasional de las aves que lo sobrevuelan, el silencio y la soledad son los únicos validos de la morada que reciben al visitante.
Por otra parte, éste no deja de sentirse, peroyativamente hablando, dueño y señor; águila y vigía cuando se asoma a cualquiera de los numerosos huecos que el tiempo y el abandono han dejado entre sus muros y contempla pueblo y terreno sin fin a su alrededor. La vista, excepcional, lleva a un límite en que le produce vértigo, mientras, lo que a priori tomaba por un pequeño pueblo, parece haberse multiplicado por dos. Pero si esto le fascina, no menos fascinante le resulta contemplar la pequeña lagunilla, abajo, en el valle, sobre cuya forma circular los muñones del castillo se contemplan como si lo hicieran en la pulidad superficie de un espejo. Lejos de pensar en una leyenda asociada con una estrella caída; o quizás en un pequeño meteorito que dejara un cráter vaya Vd. a saber cuándo, la curiosidad induce a preguntarse si quizás eso no sea otro engañoso y peligroso pozo airón, de los muchos que hay en la provincia.
Sea como sea, poco importa; basta saber que contribuye a aumentar más la belleza, aún si cabe, a este marchito exponente que, junto con los castillos de Santa María de Huerta, Somaén, Aguilar y Jubera, formaba parte en el pasado de la llamada Línea Defensiva del Jalón.


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domingo, 12 de abril de 2009

Maneras neolíticas de vivir: las cuevas de Ventosa

Ahora se utilizan para albergar al ganado -ovejas, prácticamente- y depositar fanegas de alpaca y aperos. Pero, aunque parezca mentira, constituyeron la vivienda de personas hasta tiempos relativamente recientes.
Las cuevas de Ventosa representan un crudo testimonio de esa otra España, ajena al Plan Marshall en los años cincuenta y ajena, también, a las expectativas actuales de los países integrados en la Comunidad Económica Europea.
Más aún, constituyen un caso más de la España negra, humilde y troglodita que todos deberíamos conocer al menos una vez en la vida, para aprender a valorar lo que tenemos y mejor aún, para darnos cuenta, en realidad, de lo afortunados que somos por no tener que vivir en esas condiciones.


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Peregrinando hacia el Misterio: Ventosa

Si no fuera por dos casonas totalmente reformadas, la furgoneta aparcada en uno de los laterales de la sólida mole de la parroquial y el ladrido intempestivo de los perros sueltos, la primera impresión del visitante al poner los pies en Ventosa, sería, no me cabe duda, la de estar en otro de los numerosos despoblados que, tristemente, jalonan la provincia. Y en realidad, no andaría muy desencaminado en sus apreciaciones, pues, como mucho, los habitantes de este lugar -que lleva el apelativo 'del Ducado' en referencia a los duques de Medinaceli, señores en tiempos de la zona- no pasan de tres. A lo sumo, cuatro.
Situado en lo más alto de un risco, Ventosa hace honor, desde luego, a su nombre. El paisaje, no obstante, que se contempla desde allí, es realmente impresionante: al frente y a la derecha, Miño de Medinaceli; a la izquierda, Conquezuela. Por la parte de atrás, hacia la izquierda, ya en tierras de Guadalajara y en dirección a Sigüenza, Olmedillo y sus famosas cuevas; a la derecha, la impresionante depresión que marca el valle de Ambrona. Impresionante, también, es el viento, que allí sopla con fuerza, batiendo al pueblo por los cuatro costados.
La mayoría de las casas denotan un total estado de abandono que acentúa, aún más si cabe, la sensación de aislamiento y soledad. Llaman la atención, los curiosos símbolos grabados en las fachadas de algunos edificios, similares, cuando no idénticos, a los que se pueden observar en el vecino pueblo de Conquezuela, y que inducen a pensar en una especie de ritual o, cuando menos, en una arcana tradición. Entre ellos cabe mencionar -por ser un símbolo demasiado generalizado en la provincia- la flor de seis pétalos, también conocida como 'flor de la vida', hábilmente talladas, por regla general, y de las que se puede obtener algo bastante peculiar: la cruz patada o cruz templaria. Que nadie se espante; se trata sólo de la constatación de un dato pero que, a fuerza de observación y repetitividad, como digo, pueden llegar a constituir -¿por qué no?- todo un enigma relacionado con la presencia en la zona de tan carismáticos caballeros medievales.
Las cuevas, otro de los puntos de interés de Ventosa, se localizan en la parte más alta y escarpada del risco, debajo, justo, de un repetidor de televisión. En las inmediaciones, aunque en la zona llana del valle, José Luis B.M., vecino de Conquezuela, se encontró de niño con un extraño animal; según su relato, el animal, completamente negro y parecido a una salamandra, le llamó mucho la atención porque nunca hasta entonces habían visto animal siquiera parecido. Sin embargo, este no fue el único encuentro que José Luis y sus amigos tuvieron de pequeños, hasta el punto de que uno de ellos conservó en alcohol durante algún tiempo, un extraño ser parecido a un lagarto, que tenía la piel verde y fosforescente. Curiosamente, esta fosforescencia verde se ha podido observar en la Cueva de Santa Cruz y es bastante corriente cuando tiene agua, motivada, al parecer, por la variada gama de microorganismos que habitan en el agua y también por los hongos que recubren buena parte de sus paredes.
Algunas de las cuevas de Ventosa, están actualmente tapiadas, y aunque parezca mentira, constituyeron el hábitat poco más que neolítico de muchas familias hasta tiempos relativamente recientes. En la actualidad, albergan ganado ovino y aperos de labranza.
Desde este lugar, como ya he comentado anteriormente, se pueden apreciar los pueblos de alrededor. Según José Luis, en un cerro intermedio entre la Cueva de la Santa Cruz y Conquezuela, las leyendas sitúan el desaparecido pueblo de Viana, del que no queda rastro alguno y cuyos habitantes murieron por beber agua envenenada. Inusitadamente, y de igual manera a como ocurre con el símbolo de la flor de seis pétalos, la leyenda del pueblo perdido y sus habitantes envenenados, se repite en numerosos puntos de la provincia, entre ellos, el Cañón del Río Lobos y el pueblo de Valdecea.
Otro dato singular a añadir, es que en los alrededores, y a pesar de haber sido expoliado el terreno durante años, aún se pueden encontrar numerosos fósiles, constituídos, en su gran mayoría, por conchas y erizos marinos.
La zona pues, constituye un foco de interés histórico y cultural extraordinario, aunque en la actualidad se está viendo afectada por los trabajos realizados por Iberdrola y los proyectos de relleno de la antigua laguna, aprobado en Consejo de Ministros, que conllevarán la expropiación de cierta parte del terreno, aunque este tema afecta más a los vecinos de Conquezuela.

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