sábado, 28 de febrero de 2009

En la Ruta de los Dinosaurios: Villar del Río

Villar del Río es uno de esos pueblos tranquilos, afables, donde parece que nunca pasa nada. Asentado a la vera del río Cidacos, que se desliza sinuosa y tranquilamente a su paso por el pueblo, el limo milenario de sus riberas aún conserva, sin embargo, testimonios impresos de un pasado lejano y convulso, cuyo atractivo explotó un auténtico mago del Séptimo Arte -Steven Spielberg- en una saga inolvidable de películas, que llevan por título Parque Jurásico.
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viernes, 27 de febrero de 2009

Más allá de San Pedro Manrique: Yanguas

A mitad de la empinada cuesta que, una vez atravesado el arco medieval de la Puerta de la Aduana, conduce hasta la parte más alta de Yanguas -donde se encuentran el Ayuntamiento, la iglesia de San Lorenzo y el castillo, antigua residencia de los Señores de la Villa- varios perros me asaltan, lamiéndome los bajos de los pantalones y dedicándome, de paso, algún que otro ladrido. Detrás de ellos, una pareja de ancianos sale de su casa, buscando la parte soleada de la estrecha cajelluela, caminando lentamente, apoyándose en sendas varas de avellano.

Los perros se refugian detrás de ellos, cuando el hombre les llama. Es una imagen idílica, pienso, mientras les veo sentarse, muy juntitos, en la baranda de la fuente. No lo puedo evitar. Me acerco a ellos con la bolsa colgada al hombro y una cámara en la mano, y comento:


- Verdaderamente, tienen ustedes un bonito pueblo...


La pareja de ancianos sonríe. No obstante, en el fondo de sus ojos creo ver, fugaz como una estrella, el destello de la nostalgia.


- Se está quedando despoblado -dice él, la vista fija en el horizonte lejano del recuerdo-. La juventud ya no quiere el pueblo...


Triste destino el que afecta a las pequeñas comunidades rurales.
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jueves, 26 de febrero de 2009

Historias de Reliquias: La Cuesta y el misterio de la Sábana Santa

Por dos veces la causalidad -lo siento, pero prefiero creer en 'la conspiración del Universo, parafraseando a Paulo Coelho, en detrimento de la simpleza del azar- quiso que se cruzara en mi camino este curioso pueblecito despoblado, situado tan sólo a 13 kilómetros de San Pedro Manrique. Poco o nada hubiera sabido, como digo, de La Cuesta y de la misteriosa historia que voy a intentar describir a continuación, si cierto día, hace ya algunos meses, un curioso libro -'La España extraña'- escrito por Javier Sierra y Jesús Callejo no hubiera caído en mis manos -por 'causalidad', también- mientras deambulaba por la librería de un establecimiento Alcampo -la publicidad es gratuíta- cercano a mi casa. No voy a negar a estas alturas, que siempre me han fascinado los misterios, los enigmas, esa Historia Oculta pero real, que nunca veremos consignada en los libros de Historia ortodoxa; esa Historia, pues, maldita y absurdamente relegada al olvido y que a veces, investigadores como los anteriormente mencionados sacan a la luz para deleite de unos y preocupación de otros, que ven tambalearse los cimientos de lo social y moralmente establecido.
En el fondo, todos sabemos, o al menos intuimos, que la Historia -o una buena parte de ella- no deja de ser una gran mentira. Una mentira consentida, pero mentira al fin y al cabo. Porque la Historia la escriben siempre los vencedores y la moldean y maquillan a su antojo y conveniencia, restándole siempre puntos a la objetividad.
En la zona donde se encuentra este pueblecito, la Historia la han ido escribiendo siempre aquellos que, llegados más tarde, se impusieron a los autóctonos. De tal forma, que los romanos sojuzgaron a los celtíberos; posteriormente, y con la caída del Imperio Romano, los godos tomaron las riendas de una Roma decadente, hasta que fueron vapuleados por los árabes en el año 708 después de Cristo, siendo éstos, a su vez, expulsados de la Península muchos, muchisimos siglos después, cuando los Reyes Católicos conquistaron Granada, poniendo punto y final al periodo conocido históricamente como la Reconquista.
El gran enigma de La Cuesta empieza ahí. O, para ser más exactos, durante las Cruzadas. ¿En cuál de ellas?. Se ignora. Pudo ser en la Primera, donde la fiebre de reliquias generó un mercado tan fructífero -sobre todo para los comerciantes árabes y judíos, que llegaban incluso a profanar los cementerios y mutilar los cadáveres para presentarlos como auténticas reliquias-, que éstas no tardaron en extenderse por toda Europa, traídas por peregrinos, por cruzados o por Ordenes Militares de Caballería que regresaban de Tierra Santa. Entre ellos, evidentemente, templarios y hospitalarios, cuya presencia fue notable en la provincia y destacada particularmente en esta zona.
La referencia acerca de la Sábana Santa que se custodiaba en la iglesia de la Asunción -actualmente en ruinas, como se puede apreciar en el vídeo- aunque escueta, detalla lo siguiente: 'se decía que tenía auténticas manchas de sangre de Jesucristo', añadiendo que 'desapareció cuando el pueblo se quedó despoblado'.
Con el tema de las Sábanas Santas, ocurre un fenómeno similar al de los Lignum Crucis o trozos de la cruz donde Cristo fue crucificado: existen tantos -y todos pretendidamente auténticos- que más de un investigador a apuntado la posibilidad de que si se juntaran todos ellos, se podrían reconstruir innumerables cruces. A este respecto, conviene señalar que el trozo más grande de Lignum Crucis que hay en España, se conserva en el monasterio cántabro de Santo Toribio de Liébana, siendo particularmente célebres, también, los que se custodiaban en la iglesia de la Vera Cruz y en la ermita de igual nombre, que se encuentra en el pueblecito segoviano de Maderuelo.
El despoblado de La Cuesta -en realidad, lo es hasta cierto punto, pues existe una casa rural con todas las comodidades, que lleva por nombre 'El Pajar del Búho' y me consta, también, que se están realizando reformas en varias casas, así como también que algún rumano tiene alli su hábitat permanente- depende, administrativamente hablando, del Ayuntamiento de Villar del Río, donde sería oportuno indagar para recopilar más datos y bucear, dentro de lo posible, en su historia.
Sí pude averigüar, sin embargo, que en La Cuesta hubo, hace algunos años, un centro de rehabilitación de drogodependientes. Y este detalle no deja de ser curioso, por cuanto que, si observamos la simbología que hay en el interior de la iglesia, descubriremos, sobre fondo rojo -color del hábito hospitalario- una cruz de ocho beatitudes utilizada por la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalém -el Temple también las utilizó, aunque la más conocida fue la cruz redonda o cruz patada- cuya principal función era, aparte de la acción de defensa de los Santos Lugares -junto con el Temple, la Orden rival-, ofrecer servicio al enfermo y asilo al peregrino.
El entorno, desde luego, resulta privilegiado, pues el pueblo de La Cuesta se encuentra situado en pleno corazón de las Tierras Altas, junto a la Sierra del Alba y el Hayedo de Diustes. Lugar de nacimiento del río Milanos, forma parte de dos rutas de interés histórico y cultura: la Ruta de las Icnitas y la Ruta de la Trashumancia. Y desde luego, a pesar de su aparente soledad, no se trata de un lugar aislado, pues apenas a 2 ó 3 kilómetros, se encuentran las poblaciones de Villar del Río y Yanguas.
Prácticamente imposible de seguir el rastro del Santo Rostro de La Cuesta -es conveniente señalar, que la foto que se ve al final del vídeo corresponde a un antiguo grabado, enmarcado, que se conserva en la ermita conquezuelense de la Virgen de la Santa Cruz- no puede uno por menos que preguntarse si fue robado -cosa bastante probable, habida cuenta de los numerosos expolios cometidos a lo largo de los años en la provincia- o, por el contrario -otra posibilidad a tener en cuenta- el paño (como en la película 'En busca del Arca perdida'), reposa en el olvido en algún ignoto y polvoriento archivo diocesano.
De cualquier manera, la historia no deja de ser fascinante y anecdótica.
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miércoles, 25 de febrero de 2009

Callejeando por San Pedro Manrique

No sería justo terminar -al menos momentáneamente- este pequeño monográfico dedicado a San Pedro Manrique, sin hablar, aunque sólo sea a grosso modo, del propio San Pedro Manrique. Seguramente nos encontramos ante el lugar más popular e interesante de las denominadas Tierras Altas sorianas. A esta popularidad, sin duda, ha contribuído, y mucho, su inigualable Fiesta del Fuego que consigue hacer de la mágica noche de San Juan un acontecimiento único y comentado en el mundo entero.
Pero a veces, lo más evidente no es, sino, una cortina de humo -nunca mejor utilizada la expresión- que puede hacer que no veamos otros lugares; que no paladeemos otros sabores, o que no experimentemos otras experiencias -valga la redundancia- dignas siempre de tener en cuenta.
La historia de San Pedro Manrique se remonta hasta el Neolítico; más allá, incluso, hacia ese periodo jurásico en el que los dinosaurios campaban a sus anchas por un mundo que parecía demasiado pequeño para albergar eternamente a unos seres verdaderamente titánicos.
En el siglo VI después de Cristo, las invasiones celtas de la Península trajeron a la zona unos pueblos y una cultura, cuyas raíces han sobrevivido hasta nuestros días, aunque convenientemente maquilladas por la ortodoxia eclesiástica, pudiéndose rastrear su huella en las numerosas fiestas y tradiciones que, con mayor o menor intensidad, han llegado hasta nosotros. Entre ellas, lógicamente, la ya mencionada del paso del fuego en la noche de San Juan, que recuerda las ancestrales celebraciones celtas en honor de Beltane o, ¿por qué no?, los rituales de purificación de los nativos norteamericanos danzando alrededor del fuego antes de entrar en combate.
No hemos de olvidar, tampoco, que de San Pedro Manrique y los pueblos de alrededor -pongamos un sencillo ejemplo, mencionando algunos como Yanguas, Villar del Río o La Cuesta- se nutrían las reservas de guerreros celtíberos -en su mayoría pelendones- que acudían a defender la vecina población de Numancia -situada en Garray, a apenas 26 kilómetros de distancia- haciendo que su épica resistencia -'la resistencia numantina', inmortalizada, entre otros, por uno de nuestros escritores del Siglo de Oro más universal, Miguel de Cervantes- fuera más tarde hábilmente utilizada como arma política, contribuyendo a despertar en el pueblo el comienzo de un sentimiento nacional que haría posible -no importa donde prendiera la chispa- la Reconquista.
Después del pequeño paseo virtual por las ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo; por los interiores de los enigmáticos restos de la iglesia de San Miguel -hoy convertidos prácticamente en una pequeña amazonia- y, naturalmente, de la visita a la ermita de la Virgen de la Peña y el Recinto del Fuego, nada más lejos de la realidad que suponer que, 'agotada la inspiración, el poeta rompió la pluma'.
Bien es cierto, que cuando se lleva un rato paseando por el pueblo, la inspiración -casquivana, como la musa que suele concederla- va y viene a medida que ese tren imaginario que es la Historia se detiene en los apeaderos ocasionales que son sus calles. Porque en San Pedro Manrique, como en otros muchos pueblos, como en las grandes ciudades hace tiempo condenadas por el exceso de población, la avidez urbanística -mal presentada como 'desarrollo'- va acelerando el proceso de eliminación de esa arquitectura tradicional, autóctona y rústica que conforma la auténtica alma de los pueblos.
Por eso, cuando uno encamina sus pasos hacia la parte alta del pueblo, subiendo por calles empinadas y angostas, flanqueadas a uno y otro lado por robustas casonas de piedra -algunas luciendo aún con orgullo los antiguos blasones de sus inmemoriales habitantes- siente una curiosa sensación de bilocación temporal difícil de describir.
Estrechos callejones, recuerdo de una época feudal; encrucijadas inmersas en mortecinas candilejas donde a veces se dirimían los destinos de una persona bajo el devenir de espadas y cuchillos.
La ropa colgada de ventanas y balcones, que recuerda las propias carencias de un patio interior en la barriada natal, pero donde los vecinos, de una forma sencilla y callada se confiaban mutuamente sus intimidades. Ancianos sentados al sol, en el escalón de su puerta con un cigarrillo entre los labios y el perro tumbado a sus pies...
A veces los nombres de las calles esconden enigmas. Una de las calles más antiguas de San Pedro Manrique, es la calle Rochela. Durante la Edad Media, esa calle debía de tener cierta importancia, pues aún sobrevive, tal cuál, la puerta abovedada así como algún resto de la muralla que hacía de protección y salvaguarda.
Resulta imposible conocer la presencia en la zona de órdenes militares como el Temple y no asociar el nombre de Rochela con La Rochelle, el puerto templario más importante de Francia, utilizado por los alemanes siglos después, durante la II Guerra Mundial, como base de submarinos en el Atlántico.
Desde la puerta medieval que comunica la calle Rochela con el casco urbano de San Pedro Manrique, se puede ver, aún enhiesta, la torre de la iglesia de San Miguel; a poca distancia de ésta, y hacia la derecha, la ermita de la Virgen de la Peña -construcción románica en tiempos, a la que se le fueron añadiendo elementos de origen barroco-renancentista que la hacen semejar una pagoda- unida indivisiblemente con el anfiteatro poligonal que constituye el Recinto del Fuego.
Entre ambas, y a cierta distancia asentados en lo más alto de la colina, los muñones de castillo que permanecen todavía en pie, dan testimonio de la importancia que tuvo en tiempos un lugar que, a pesar de todo, ni siquiera el tiempo ha conseguido doblegar: la flor de las Tierras Altas sorianas. San Pedro Manrique.

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martes, 24 de febrero de 2009

Enigmas de San Pedro Manrique: ermita de la Virgen de la Peña y Recinto del Fuego

Uno simplemente se estremece cuando cruza el umbral y plantado en la misma base del anfiteatro, observa las huellas que las hogueras de años anteriores han dejado sobre la tierra. Y piensa; frente así ve una película que su mente ha ido amoldando a lo largo de los años, cortando aquí y añadiendo allí como un director de cine, puliendo imágenes en las que se observa la determinación en los ojos de un pasador segundos antes de enfrentarse con unas brasas al rojo vivo, que desprenden un calor abrasador.
En realidad, aunque es la segunda vez que piso San Pedro Manrique, 'conozco' San Pedro Manrique desde hace mucho tiempo.
Resulta imposible no recordar esos artículos; esos documentales escritos y realizados por auténticas instituciones del Misterio, como fue, entre otros muchos, el fallecido doctor Fernando Jiménez del Oso.
Es cierto; siento otro leve estremecimiento cuando la imagen del pasador del fuego se aleja con la moza todavía sobre sus espaldas y aparece el rostro severo, incipientemente despoblado de cabello en la base del cráneo, con los ojos penetrantes bajo los que la lectura y la fatiga posiblemente han dado lugar a unas peremnes ojeras, que señalan el camino de una barba poblada, de la siempre pensé que le conferían un aspecto de sabio loco, que no despistado.
Creo oir, desde ese más allá que tan afanosamente presintió en vida, una voz grave, convenientemente modulada, que nunca dejó de preguntarse por qué extraños mecanismos los sampedreños se enfrentan al fuego, año tras año, durante la Noche de San Juan, sin sufrir un sólo rasguño.
'¿Milagro?', me pregunto a mí mismo -aunque quisiera, no podría preguntárselo a nadie más, pues no se ve un alma por los alrededores- mientras observo con atención la curiosa estructura poligonal de lo que un día fue un sencillo templo románico: la ermita de la Virgen de la Peña.
Aunque floridamente adaptada a los pormenores de la ortodoxia católica, en la leyenda subyacen ritos cuyo origen, muy posiblemente, se remonten a aquellos tiempos anteriores a los siglos I y II antes de Cristo, en los que la región estuvo habitada por pueblos de origen celtíbero -entre ellos los pelendones- que basaban en el fuego ritos de purificación y muerte.


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lunes, 23 de febrero de 2009

Enigmas de San Pedro Manrique: ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo


Segunda Parte

El vídeo

Siendo una de mis principales intenciones presentar los lugares que visito lo más acorde con la realidad y características del momento vivido, creo que po podía faltar la presentación en vídeo de un lugar como San Pedro el Viejo: su entorno, su belleza truncada, su terrible soledad...y ese cierzo malicioso, que a veces acaricia y otras arremete contra las orgullosas piedras que aún, obstinadamente, a pesar del tiempo y el olvido, permanecen en pie.

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domingo, 22 de febrero de 2009

Enigmas de San Pedro Manrique: ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo

Primera Parte

Son visibles en la distancia, tanto si se viene desde Magaña -siguiendo la Ruta de los Torreones-, como si se accede a San Pedro Manrique atravesando el Puerto de Oncala, en lo que bien podría denominarse como los orígenes de otra interesante ruta: la de las icnitas o -¿por qué no?- la 'ruta del jurásico soriano'. Llegar hasta ellas, sin embargo, no es tarea fácil como pudiera pensarse a priori. Pero para el investigador interesado en los misterios de la provincia, y sobre todo para el buscador de indicios templarios en el lugar, los desafíos físicos son apenas intranscendentes. Lo duro, en realidad, viene después, cuando intenta aportar una visión más o menos coherente de las experiencias recibidas a través de lo que sus ojos previamente le han mostrado. Aquí, y dos kilómetros más adelante, en San Pedro Manrique, no se da la fortuna que se puede encontrar en la iglesia de San Lorenzo, en Yanguas, donde se custodian, conservados en un arca de hierro, un buen número de documentos relativos a la historia de la villa. No, en la cima de la empinada colina donde todavía, y acaso milagrosamente sobreviven los restos desahuciados de este asentamiento templario cuyos orígenes se remontan al siglo XII, la soledad, el olvido y el fuerte viento son celosos guardianes del secreto.
A mitad de colina, aproximadamente, un cercado de alambre hace pensar al osado investigador, que en ese punto termina su aventura. Nada más lejos de la realidad, si previamente ha solicitado la ayuda e información de los vecinos y éstos le han dicho, tal cuál, que 'hay una valla, pero puedes retirarla'.
Liberado provisionalmente de este obstáculo, y llegado a lo alto de la colina, uno se enfrenta, cara a cara, con un entorno infinito formado por sierras, llanos y quebradas, que se extiende, cuál barricadas naturales, a su alrededor.
El viento interviene entonces, azotando con saña los malheridos muros que aún quedan en pie del medieval cenobio, y durante un momento, sin duda influenciado por la aparente soledad del lugar, su sonido conlleva la singular propiedad de metamorfosearse hasta convertirse en el golpe seco sobre la dura superficie del terreno de los cascos de los caballos de unos monjes-guerreros que -si hemos de hacer caso a la tradición- dominaban el contorno desde tan estratégica posición.
No hay ningún rastro visible; ninguna cruz paté grabada en la piedra de los muros que aún permanecen en pie -como en el caso de la iglesia de San Martín de Tours, en la cercana población de Magaña- que denote, al menos de una forma más evidente, su presencia en el lugar.
Posiblemente, la mejor pista se encontrase en las pinturas que antaño decoraban el ábside; pinturas, por otra parte, que se han perdido irremediablemente, aunque todavía, no sin cierto esfuerzo, aún pueden distinguirse, en trazos de color rojo, los contornos de dos caballeros enfrentados, así como otros trazos de índole geométrica indeterminada.
Llama la atención, y mucho, constatar allí, perfectamente delimitado, la presencia de un oscuro, interesante símbolo, cuyos orígenes se remontan al Neolítico: el Indalo.
Por supuesto, y aunque pintado con esmero, se trata de un añadido; como los numerosos graffitis que, lejos de representar las entrañables 'iniciales que son nombres' de la poesía machadiana referente a los álamos del paseo que conduce a la ermita de San Saturio, denotan actos de cruel salvajismo, ni siquiera superado por el mejor aliado del abandono y el olvido: el tiempo.
Tampoco se puede decir que el lugar esté irremediablemente abandonado, pues como ocurrió en su momento con el extraordinario recinto del Monasterio de San Juan de Duero -de tal guisa lo conoció Gustavo Adolfo Bécquer-, los numerosos excrementos que se advierten en el suelo del ábside de San Pedro el Viejo -algunos recientes- denotan que el lugar es utilizado, con cierta asiduidad, para refugio del ganado.
De haber tenido gárgolas de terrible, demoniaco aspecto, la torre hubiera recordado -admito que se trata tan sólo de una impresión comparativa que tuve- la del homenaje del castillo de Ucero, emplazado, como no podía ser menos, también en un lugar vital y evidentemente estratégico: la entrada al Cañón del Río Lobos y, por consiguiente, a la ermita de San Bartolomé.
Fuera de lo que es el recinto del templo, se observan los restos de otra estructura, que bien hubiera podido servir como refectorio y dormitorio a los freires allí destinados. Pero de lo que no cabe duda, es de que el más absoluto de los misterios se cierne, pues, sobre estas ruinas que, posiblemente, y hasta hace algunos años, tuvieran todavía numerosas cosas que contar.

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