viernes, 20 de febrero de 2009

Enigmas de San Pedro Manrique: las ruinas de San Miguel

Alargada y escurridiza, como en Magaña, la sombra de los templarios planea con cierta persistencia sobre ésta auténtica flor de las Tierras Altas que es San Pedro Manrique. Inadvertido durante prácticamente todo el año, consigue, sin embargo, que los fuegos que anuncian la llegada del solsticio de verano sean seguidos y venerados en buena parte del mundo, reuniendo a su alrededor a cientos de curiosos y visitantes.
En efecto, es durante esa noche mágica, cuando la sangre celtíbera que corre por las venas de los sampedreños recuerda antiguos, que no olvidados, ritos en honor de Beltane y aunque adaptados -que no adoptados- por la carismática Iglesia Católica, hacen -tendré oportunidad de comprobarlo dentro de unos meses- que el antiguo, orgulloso grito de guerra que un día surgió desde la vecina Numancia se refleje en los ojos de esos audaces que caminan descalzos sobre las brasas, bien en solitario o bien con una mujer sobre las espaldas.
¿Cómo hubiera sido posible -me pregunto- que un lugar así hubiera pasado desapercibido para unos auténticos devotos de la Tradición?. De hecho, como iremos viendo a lo largo de ésta y las próximas entradas, no lo hizo.
Como referencia para acceder a las ruinas de San Miguel, basta con preguntar por el cementerio, o tomar como referencia la parte más alta de la ciudad: aquella sobre la que se aprecian, aún en la distancia, como una señal de identidad, dos enhiestos incisivos mellados, que señalan lo que otrora fuera un orgulloso castillo que protegía a una ciudad amurallada, cuyos restos aún se pueden apreciar en determinadas partes.
También se puede utilizar como referencia el obelisco de la torre de la propia iglesia de San Miguel; torre que denota unos orígenes románicos sobre los que posteriormente -y utilizando las revolucionarias técnicas de un estilo nuevo o 'goético', como lo definiría Fulcanelli en su obra maestra, 'El misterio de las catedrales'- se levantó una auténtica obra de Arte que, incomprensiblemente, vecinos y Junta de Castilla y León han permitido que se echara a perder, cuando tendría que haber sido declarado, con todo merecimiento, Monumento Histórico Artístico.
Para acceder a la malograda iglesia de San Miguel, como digo, es necesario cruzar la verja del cementerio y adentrarse en el interior del camposanto.
Una hilera de sepulturas se extiende a todo lo largo de la fachada, delimitando el contorno del templo, como si de los setos de un jardín se tratara. La puerta principal, de triple arquivolta y desprovista por completo de motivos decorativos y capiteles, se encuentra completamente tapiada. También se da idéntica circunstancia en algunas de sus ventanas de forma ojival. Sin embargo, a través del vacío de otras, se puede apreciar, según sea la perspectiva desde donde se mire, un cielo azul celeste -precioso, a esas horas de la tarde- o por el contrario, vigas hace tiempo vencidas hacia el suelo y lentamente devoradas por la humedad y la carcoma.
El único acceso al templo, se encuentra en la parte lateral, recién doblada la esquina, como suele decirse. En ese lugar, con toda probabilidad, y a juzgar por los restos de hollín que se pueden apreciar en paredes y techo, resulta lícito suponer que se hallaban las cocinas. En realidad, se trata de uno de los puntos más interesantes del recinto interior, así como el comienzo de lo que podríamos denominar, con toda justicia, el laberinto simbólico de San Miguel.
En efecto, como si fueran los puntos de unión de las nervaduras que soportan el peso de la bóveda del techo en este lugar, resulta imposible no encontrarse con esa especie de metopas circulares en las que destaca, en contraste con la pintura blanca de su fondo, una variada simbología de índole geométrico, la cuál -y seguramente realizada con posterioridad a la disolución de la Orden del Temple, que no del Císter, que pudiera ser una pista a seguir- no es ajena a lo que algunos autores consideran como probable 'simbología templaria'.
De hecho, algunos de los símbolos que se pueden distinguir, como la llamada 'flor de la vida', además de localizarse en numerosos lugares, templarios o no, sí destaca, sin embargo, en una losa de la ermita templaria de San Bartolomé de Ucero, situada enfrente de la capilla de la Virgen de la Salud.
Y resulta este un detalle interesante, sin duda, porque dicha losa está asociada a una tradición de curaciones milagrosas, que se remonta en el tiempo hasta nuestros días, aunque ya no quede rastro alguno de los exvotos que, como muestra de agradecimiento, se amontonaban en la ermita. Tampoco queda rastro de la primigenia Virgen de la Salud, una talla románica, pequeña y de hecho -según testimonios de personas que la conocieron- con características de auténtica virgen negra que, según se comenta en el entorno de Ucero, fue vendida por el párroco a principios del siglo XX.
También la cromática juega un papel preponderante a la hora de intentar desvelar los diferentes significados de los símbolos, sugiriendo -como acertadamente me comenta mi inestimable amiga Teresa Hernández Benito- ciertas alusiones a la ciencia hermética, donde tampoco se descarta, en absoluto, la 'transmutación simbólica' de la rosa en la rueda de los rosetones góticos.
Pero quizás, el símbolo más impresionante de todos cuantos se pueden observar en el interior de esta singular iglesia, sea aquél que, profundamente arraigadas en la tierra sus raíces, extiende hacia lo alto sus ramas para dar cobijo a la cúpula: me refiero, obviamente, a la palmera.
La referencia más significativa con respecto a la utilización de columnas-palmera, y que de hecho constituye un inexcusable ejemplo a seguir, dentro del ámbito de la provincia, la encontramos en la espectacular ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, situada a mitad de camino de las poblaciones de Casillas y Contójar. San Baudelio será, a partir del próximo mes de mayo, una de las sedes de las Edades del Hombre.
La particularidad en San Miguel, es que el Magister Muri o Maestro Constructor, se valió de tres columnas-palmera que soportan todo el peso de las bóvedas. Y aquí interviene otra vez el simbolismo, aludiendo -en cuanto a la simbología cristiana se refiere- el concepto indivisible de la Sagrada Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El acceso a la torre se halla cegado por un auténtico río de arena; es de lamentar, porque a falta de marcas de cantería que pudieran ofrecer alguna clave, por regla general el interior de torres y campanarios suelen aportar datos en forma de marcas, inscripciones e incluso mensajes dejados hace siglos, que bien pueden ser utilizados como pistas o referencias a seguir.

{}

video

jueves, 19 de febrero de 2009

Hacia San Pedro Manrique por la Ruta de los Torreones: Magaña, iglesia de San Martín de Tours

Nacido en Hungría y soldado de las legiones del emperador romano Juliano 'el Apóstata', la vida de San Martín de Tours constituye un auténtico compendio de milagros y leyendas que han llegado hasta nosotros acompañando a una figura que, si la juzgamos en base a las numerosas iglesias a ella consagradas, enseguida comprenderemos que goza de un auténtico fervor popular. Dicho fervor, no se centra sólo en España, sino también en Italia y Francia -donde existe, quizás, un número excesivo de iglesias bajo su advocación- y por supuesto, también en Hungría, donde es uno de los Santos Patrones.
Sí sorprende, sin embargo -y esto es una apreciación meramente personal- dicho fervor en una tierra habitada por celtíberos (pelendones), a los que combatió con dureza en Germania y las Galias antes de convertirse definitivamente al cristianismo y perseguir al paganismo en todas sus facetas.
Pero se trata, tan sólo, de uno de los numerosos enigmas que cualquier curioso o investigador puede encontrarse en un lugar como la iglesia de San Martín de Tours, en Magaña. En efecto, junto al misterio y al simbolismo que acompaña la vida de este santo, tanto dentro como fuera de los muros, podemos encontrar la sombra de unos no menos intrigantes personajes cuya fama, secretismo y final, han hecho correr verdaderos ríos de tinta, alimentando hipótesis tan verosímiles como fantásticas: los templarios.
No voy a decir que la huella del Temple sea visible en la distancia con sólo observar el ábside de la iglesia, alimentando la eterna hipótesis que se formulan muchos investigadores acerca de si hubo una arquitectura templaria. Pero sí es cierto, que este tipo de iglesia-fortaleza de ábside poligonal, es muy corriente en la zona; como corriente resulta, así mismo, la presencia de los freires milites en una comarca cuya sombra se va haciendo más evidente a medida que uno se va acercando hacia San Pedro Manrique.
Posiblemente, la huella más clara de su presencia -y que, por poner un símil, cumple el mismo objetivo que la huella de pertenencia que se pone en el ganado- sean las cruces patadas -el tipo más común de la variada gama de cruces utilizadas por el Temple- que se pueden observar en su fachada. A este respecto, pude observar hasta tres, y eso que apenas tuve tiempo de echar un vistazo subliminal.
Casualidad o causalidad -que cada uno lo juzgue como mejor le parezca, aunque, por el momento, prefiero reservarme mi opinión- cuando llegué a Magaña y aparqué el coche cerca del ábside, la puerta de la iglesia estaba abierta y había unos visitantes en su interior. Dado que era una hora avanzada -poco menos, las tres de la tarde- y a la guía -denominaremos así a la persona que tenía la llave- la estaban esperando para comer, apenas tuve tiempo de echar un vistazo detallado. Pero agradezco la amabilidad de permitirme sacar la escasa media docena de fotos que se muestran en el vídeo y que, por el momento, resultan suficientes para ilustrar la serie de conjeturas que deseo aventurar a continuación.
El Retablo Mayor es barroco y los expertos observan en él influencias de origen riojano que, evidentemente, yo, a fecha de hoy, no sabría identificar. Pero sí puedo decir, que preside éste una imagen de San Martín, con alegorías pictóricas referentes a su vida, así como otras que hacen referencia a pasajes del Antiguo Testamento, entre las que cuenta aquella que muestra a Juan el Bautista (he aquí uno de los santos predilectos del Temple) bautizando a Cristo en las aguas del Jordán. Más arriba de la imagen de San Martín, hay otra imagen, que posiblemente represente a un santo bastante desprestigiado por la Iglesia, pero que durante muchisimo tiempo acompañó a los automovilistas por todos los caminos del mundo: San Cristóbal. Y si se tratara de éste santo, quizás tuviera cierta concordancia con la presencia de otro santo muy venerado en la provincia, que se puede apreciar en un pequeño retablo situado a uno de los lados del altar: San Roque.
Como ya aventuraba en la primera de las entradas dedicada a Magaña, el desconocido artista que talló a este San Roque, sustituyó la figura del tradicional perrillo que suele acompañarle, por un niño. Ambos, infante y santo, señalan con un dedo de su mano hacia la herida abierta en el muslo izquierdo. Curiosamente, y he aquí la importancia del detalle, la mano del niño es completamente desproporcionada al resto del cuerpo. ¿Una torpeza del artista o se trata de un detalle dejado a propósito?.
Pero las sorpresas no acaban aquí. Hay también, cerca del altar y colgado de la pared, un curioso cuadro de artista desconocido, que parece mostrar en varias de sus escenas, a monjes templarios o cistercienses, en base a los colores blanco y negro de sus hábitos. La escena de la izquierda, muestra, probablemente, una de las visiones legendarias de San Martín, pues muestra a un personaje coronado y de rostro indefinido en el que sólo destacan los ojos, y que podría corresponder con el Diablo que, según la tradición, se le apareció pretendiendo hacerle creer que se trataba de Cristo. A los pies de esta figura, dos monjes oran; el de la izquierda, probablemente Martín, mantiene la cabeza ligeramente gacha, como rechazando el origen divino de la aparición, mientras el monje de la derecha ora observándola. Lo curioso del tema, es que la figura supuestamente del Diablo mantiene los brazos extendidos, dejando entrever la casucha negra de su pecho que, -¿casualidad de casualidades?- tiene una forma inequívoca de Tau. ¿Se trata, quizás, de una alegoría templaria?. Recordemos la losa sepulcral que se conserva en la iglesia templaria de San Pedro, en Caracena, y que hace referencia a 'un caballero de la mala secta'.
Para más inri, la siguiente escena del cuadro, la escena del centro, no deja de ser tremendamente alegórica y trata, en mi opinión, con otro de los símbolos asociados a la Orden del Temple: el Santo Grial.
Pues bien, en esta escena, son dos los ángeles que, arrodillados, portan el sagrado cáliz, frente a lo que parece ser un altar. Las alas de los ángeles, parecen también tener cierta peculiaridad, pues una señala hacia arriba y la otra hacia abajo. Divagar por divagar: ¿estamos ante una alegoría de un símbolo solar por excelencia, la esvástica?.
Y por último, la tercera escena, no menos interesante que las anteriores, que muestra una figura solitaria que parece una mujer: ¿María Magdalena?. Por cierto, otra curiosidad que añadir: el lazo que une la capa al cuello parece, también, recordarnos un importante símbolo matemático: el número pi.
Los enigmas, pues, en Magaña, no han hecho más que comenzar.

video

miércoles, 18 de febrero de 2009

Hacia San Pedro Manrique por la Ruta de los Torreones: Magaña, castillo

El castillo de Magaña, situado sobre un cerro sobre el valle del río Alhama, es uno de los más importantes de la provincia de Soria, y aunque parcialmente conservado -recordemos que el tiempo no pasa en balde y la acción del hombre tampoco- aún conserva una estética digna de respeto y admiración. La pista sobre sus orígenes, la encontramos en su torreón, de origen beréber y como, por ejemplo, el de la cercana población de Trébago, su primitiva función resulta inequívoca, remontándose su antigüedad al periodo comprendido entre los siglos IX y XI. Sus muros, pues, conocieron, según parece, el paso de los ejércitos de uno de los más grandes y respetados caudillos árabes de aquéllos tiempos, y de hecho, no en balde considerado como el azote de los reinos cristianos: Almanzor.
Aunque datado en el siglo XV, parece evidente que los dos recintos amurallados, así como los torreones defensivos fueron añadiéndose con el tiempo, conociendo moradores ilustres. Por ejemplo, se sabe que Alfonso VIII estuvo allí en junio de 1181, y que en el siglo XV -siglo oficial de datación- tanto el castillo como el Señorío de la Tierra y Villa de Magaña -agrupaba a numerosos pueblos de los alrededores- perteneció a una de las figuras más enigmáticas y legendarias de dicho periodo de la Historia de España: el condestable de Castilla, Don Álvaro de Luna, valido del rey Juan II. Otros dueños ilustres, fueron los Duques de Alba y el Marqués de Vadillo.


video

martes, 17 de febrero de 2009

Hacia San Pedro Manrique por la Ruta de los Torreones: Magaña, introducción

Desde la plácida quietud de las góticas piedras de su castillo del siglo XV, y quizás de una forma curiosamente ensoñadora -puede que provocada por la magia de San Valentín, que a veces nos hace volver la vista atrás y mirarnos en el espejo de los recuerdos, o puede que a consecuencia de la belleza del paisaje que tengo frente a mí- me viene a la mente una entrañable melodía de Marianne Faithfull, que lleva por título 'viviendo mis sueños'. En efecto, desde esa altura, y contemplando el pueblo de Magaña, comienzo a vivir ese sueño de Historia repleto de glorias y claroscuros, de misterios y enigmas aún pendientes de resolver.
Observo, desde mi posición, casi perfectas en su redondez, dos colinas que bien podrían compararse con los pechos de la Madre Tierra; y algo más abajo, como saliendo de lo más profundo de su fértil intimidad, un pueblecito de casas apiñadas y tejados de roja arcilla, que contempla indiferente el paso del tiempo en un mundo que, para sus habitantes, parece haberse detenido fronteras para dentro.
Más abajo aún, en la ribera, muy cerca de la carretera que continúa internándose en las tierras altas y en dirección a San Pedro Manrique, las aguas del río Alhama se mueven sinuosas -cuál cadera de hembra- deslizándose en pronunciada curva por debajo de un puente de antigua mampostería medieval y que, por su forma, recuerda aquellos otros famosos por encontrarse en pleno Camino de Santiago.
En la iglesia, consagrada a San Martín, la imagen peregrina de San Roque ha cambiado el perrillo tradicional por la figura de un niño. Ambos, santo e infante, señalan obstinadamente a la herida abierta que se aprecia en el muslo izquierdo del beatificado, descubierto de los faldones, como es costumbre. Llama la atención, sin embargo, la desproporcionada mano del niño. ¿Se trata -me pregunto- de una torpeza del autor, o por el contrario, de un detalle notorio dejado a propósito?. Recuerdo, como dato anecdótico, que las leyendas sobre gigantes abundan en estas tierras.
Porque, en Magaña, los detalles abundan, como iremos viendo en sucesivas entradas. Y es que, si la leyenda de la mora encantada de Trébago ya me puso sobreaviso de una ruta inequívoca de magia y tradición, posiblemente la histórica sensualidad de Magaña, sencillamente, me cautivó.



video

lunes, 16 de febrero de 2009

Hacia San Pedro Manrique por la Ruta de los Torreones: Trébago

Abandoné la magia del Moncayo, los encantos inconclusos de Vozmediano, como el nacedero del río Queiles y atravesé Ágreda pasando al lado del Convento de las Hermanas Concepcionistas donde reposa otra de las grandes leyendas no sólo de Soria y de España, sino del mundo entero: Sor María Jesús de Ágreda. A las afueras de tan importante ciudad multicultural, enlacé con la nacional 122 en dirección a Soria. Aparte del Moncayo -cuya cima, nevada, no dejó de aparecer en el retrovisor del coche durante una considerable cantidad de kilómetros-, mis objetivos para ese día se centraban en San Pedro Manrique y esa sombra templaria que, en forma de ruinas y rastros difusos ha dejado eco en numerosas tradiciones y leyendas de la comarca.
Una vez llegado a Matalebreras, accedí encantado a la llamada Ruta de los Torreones, pasando por lugares como Castilruiz, Trébago o Magaña.
Pasaban algunos minutos de las dos de la tarde, cuando en las cercanías de Trébago apareció, enhiesto cuál falo pétreo, la forma inconfundible de un impresionante torreón medieval. En efecto, sobresaliendo de la iglesia cuál si fuera el tridente del todopoderoso Poseidón elevándose por encima del Oceáno, su longitud (50 codos, como diría Madoz) haría palidecer a cualquiera de los torreones de las iglesias de los alrededores. De hecho, la iglesia gótica de Nª Sª de la Asunción fue erigida siglos después, utilizando dicha construcción como torre.
Suele ser habitual, que a dichas horas no se vea un alma en un pueblo pequeño. De manera que no encontré a nadie a quien poder preguntar por las numerosas leyendas asociadas al lugar; leyendas, como muestra el cartel situado a escasos metros del torreón, que hablan de la mora enamorada de un prisionero cristiano, en cuyo trasfondo, algunos investigadores sitúan los orígenes de la curiosa Virgen del Manzano, cuya ermita se encuentra en los alrededores. Leyendas, también, de gigantes. Y cómo no, numerosas, en definitiva, de esos escurridizos y malogrados freires milites a quiénes Bécquer, despectivamente, denominaba 'frailes con espuelas'.
Pero también hubiera sido interesante, poder conseguir de primera mano esos infalibles remedios caseros que, según comentan las hermanas Goig, son tan aficionados a confiar los habitantes de Trébago.
De la iglesia, sin la oportunidad de estudiar detenidamente su interior, sólo se puede comentar su extraordinaria sensación de fortaleza. Porque de eso, precisamente, se trataba: de una iglesia-fortaleza, cuyo patrón de construcción parece ser muy común en las iglesias de la zona. A la derecha del pórtico de entrada, por encima de la ventana, se puede apreciar, también, una fecha: AÑO 1731, y debajo, curiosamente para tratarse de una iglesia cristiana, una estrella de David.
Por la parte de atrás, y reutilizada como piedra mural, aparece una estela funeraria con una cruz latina, que hace pensar en la posibilidad de enterramientos medievales en las cercanías. Sin olvidar, por supuesto, que estas sierras, estas tierras altas, una vez pertenecieron a los orgullosos pelendones y parece mucho más que probable, que aún oculten numerosos tesoros que habrá que descubrir, y la mejor manera de hacerlo, es rastreando en sus antiquisimas costumbres y tradiciones. Porque en eso consiste, en mi opinión, el más importante y mayor de los tesoros: nuestro legado cultural.

video

domingo, 15 de febrero de 2009

Cercanías del Moncayo: Vozmediano

He de reconocerlo: me topé con Vozmediano de casualidad. Podía haber aprovechado para estar más tiempo en las cumbres del Moncayo, disfrutando de esas impresionantes vistas que, en un día soleado como el de ayer, y desde una posición privilegiada como el Santuario de la Virgen del Moncayo, situado a 1.620 metros de altitud permiten al intrépido aventurero que osa subir hasta allí sentirse cuál águila en pleno vuelo. El Santuario ya no es tal, si como Santuario entendemos un lugar especialmente sagrado, que por una serie determinada de características permiten una mayor intimidad con la Divinidad. Pero sería injusto si dijera que lo que ayer vieron mis ojos, no cumple otra de las funciones de un auténtico Santuario: la de ofrecer albergue y refugio al peregrino. Sea como sea, y a pesar de estar a punto de no poder salir con el coche al final de una endemoniada rampa helada donde lo había dejado -¡qué remedio!, la afluencia de visitantes fue ayer masiva- para nada me arrepiento, aunque posiblemente el coche tenga que visitar pronto el taller, pues a lo mejor quemó algo más que caucho. Esa afluencia de gente, unida a la larga ruta que tenía prevista para ayer, me hicieron volver por donde había venido, quizá de una manera un poco imprevista y algo precipitada. Son cosas del Camino. Desandando parte de éste, me topé con un cartel que indicaba una dirección de la que no me había percatado durante mi ascensión: Ágreda a una treintena de kilómetros.
Fue de ésta manera como, unos 20 kilómetros más adelante siguiendo una carretera en perfecto estado, pero con más curvas que una anaconda deslizándose a velocidad de crucero hacia su presa, me topé, inesperadamente, con Vozmediano.
Situado al pie del Moncayo, luciendo como referencia las imponentes, elegantes siluetas de su castillo del siglo XV y su iglesia dedicada a la Virgen del Puerto, no dudé un momento en hacer una pequeña pausa en mi ruta, aunque sólo fuera pasar sacar estas breves fotografías que, a modo de presentación, ilustran la presente entrada.
Mientras las hacía, recordé algunos detalles acerca del pueblo, que había leído hace tiempo. Como, por ejemplo, que a pesar de tener en la actualidad apenas una cincuentena escasa de habitantes, Vozmediano es un lugar con tradiciones antiquisimas, como pingar el Mayo, encender hogueras por San Antón o cantar la Aurora el día 20 de enero, festividad de San Sebastián, Patrono del pueblo junto con la mencionada Virgen del Puerto. Recordé, así mismo, que en sus cercanías se encuentra el nacedero del río Queiles, que ya más de un investigador apunta la coincidencia fonética con Kailas, la montaña más sagrada de la India.
En fin, de cualquier manera, y a pesar del día claro, prácticamente despejado, algunas nubes semejaban rayos; quizás lanzados por Júpiter, cuyo templo -aseguran también algunas leyendas- se encuentra en lo más alto del mágico Moncayo. No obstante, y por más que lo sienta, a veces los objetivos priman y ayer, como he dicho antes, mi ruta era larga y mis objetivos otros.
Quedo, pues, citado con Vozmediano en una próxima ocasión que, previsiblemente, no se hará esperar mucho.

video