martes, 18 de noviembre de 2008

El Espino

'Aunque el tesoro esté enterrado en tu casa, sólo lo descubrirás cuando te alejes'
[Paulo Coelho]


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La ermita de la Virgen del Espinar
Se encuentra situada a las afueras del pueblo, algunos metros por encima de la carretera general que, serpenteando entre montes y colinas, recorre un extenso tramo de la ruta denominada 'de los torreones'. A través de ella, se puede acceder a las cercanías de las ruinas de San Adrián -ruinas que se piensa pertenecieron a una encomienda templaria y que desde el pueblo de El Espino se localizan en una pradera rodeada de robles- así como a la necrópolis celtíbero-visigoda de los Castillejos. No muy lejos, se encuentra también el despoblado de Masegoso, del que, al preguntar en el pueblo, lo primero que sale a relucir acerca de él, es la leyenda asociada de la pérfida mujer que envenenó las aguas, matando a todos los habitantes. Esta leyenda, no deja de constituir un elemento curioso, pues, coincidencia sospechosa, se localiza también en otra zona eminentemente templaria: Ucero y el entorno del Cañón del Río Lobos. En éste caso, referida al desaparecido pueblo de Valdecea. Hay, como digo, elementos coincidentes demasiado sospechosos como para pensar en una simple casualidad; dichos elementos, a saber, son los siguientes:
1º.- Ambos están ubicados en zona templaria.
2º.- Un despoblado y un pueblo desaparecido, sobre los que se basa similar leyenda.
3º.- Dos ermitas -las únicas en la provincia, me atrevería a decir- que están bajo la advocación de un santo con evidentes connotaciones esotéricas y muy querido por el Temple: San Bartolomé.
Por supuesto, la ermita de la Virgen del Espinar, se halla permanentemente cerrada. Y tal y como ocurre con la ermita de San Bartolomé, ubicada dentro del pueblo, su acceso al forastero es un auténtico reto.
Tampoco, en este caso, existen marcas o simbología alguna, a excepción de un escudo -situado por encima del pórtico de entrada- en el que se perfila, con toda nitidez, a pesar de la pintura blanca que lo recubre, un águila bicéfala.
Por el nombre, es previsible imaginar la importancia que puede tener la imagen -caso de continuar alli, o estar custodiada en cualquier otro lugar del pueblo- de la Virgen del Espinar. Baso tal afirmación, porque como tuve ocasión de comprobar, la zona no ha estado a salvo de los robos.
Por otra parte, me resulta muy curioso -cuando no inconcebible- el detalle de que Antonio Ruiz Vega, en el artículo de la revista Mundo Desconocido mencionado en anteriores entradas, no mencionara esta ermita, pues tal y como se ha hecho constar en el prólogo relativo a la ermita de San Bartolomé, el detalle es sumamente importante.
Poco más se puede decir de ella, sin la oportunidad de poder ver y estudiar su interior -que con toda probabilidad, es muy posible que guarde detalles de interés- a excepción de la 'curiosa' distribución pentagonal -he aquí un dato de vital trascendencia- que se observa en su estructura. ¿Estamos hablando de otra casualidad?. Me temo que no, independientemente de la fecha de construcción de la referida ermita, la cuál, en este preciso momento, ignoro. Habrá que esperar, no obstante, a la consecución de nuevos datos que arrojen alguna luz con la que comenzar a hacer nuevas conjeturas.


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lunes, 17 de noviembre de 2008

El Espino

'No desestimes, por tanto, la advertencia que hacíamos al inicio del libro, y recuerda: al introducirte en nuestro cuaderno de bitácora -a fin de cuentas, eso es este libro- te estás adentrando en un terreno desestabilizador. Muchos de tus dogmas serán puestos en la picota, al tiempo que algunas de tus sosprechas recibirán la confirmación que tanto tiempo llevabas esperando. Si decides acompañarnos, no te saltes ningún tramo, pues todos encierran alguna enseñanza. Y cuando termines de leer, no dudes ni un instante: prepara un equipaje ligero, un buen cuaderno de notas y lánzate a recorrer un país lleno de pistas que te llevarán hacia aquéllos ("los de arriba") que manejan nuestros hilos.
Será entonces cuando descubras las claves de nuestra España extraña.
Palabra.'
[Javier Sierra y Jesús Callejo: 'La España extraña', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, febrero 2008]


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La ermita de San Bartolomé

Esta curiosa ermita, que por su estructura y orientación, puede recordar algo más que vagamente a la vecina ermita de San Caprasio, se encuentra situada al final del pueblo, anclada profundamente en un alto del terreno, desde el que se domina el contorno a su alrededor. Este se compone, básicamente, de parameras y alguna que otra pequeña extensión de tierra de labor, convenientemente señalizada por los surcos del arado. Algunos metros la separan de las casas más postrimeras y adosada a ella, por su lado orientado hacia el este, el pequeño recinto funerario local, con cuyos deudos la muerte se ha llevado, seguramente, el mejor testimonio oral que pudiera encontrarse acerca de la historia y los misterios del lugar.
Al contrario que su homóloga en la provincia, aquél pozo de belleza y misterio enclavado en pleno corazón del Parque Natural del Cañón del Río Lobos, la ermita espinense de San Bartolomé, no revela nada -al menos en el ámbito de su estructura exterior-, que asegure la importancia que tuvo la zona en aquéllos oscuros tiempos de la Reconquista, en los que los cascos de los caballos de la caballería templaria hendieron orgullosos su tierra, estableciéndose en ella.
Como pude comprobar al visitar las ruinas de la ermita de San Caprasio, en Suellacabras, aparte de estar bajo la advocación de otro santo poco grato -o suavizando algo la cuestión, incomodo- a la Iglesia, la ermita de San Bartolomé no tiene ninguna simbología; ninguna señal -siquiera una simple marca de cantería- sobre la que especular y aventurar algún comentario, por muy hipotético que éste pudiera resultar. Los canecillos de su ábside están completamente lisos; completamente mudos. Se echa de menos en ellos la vida que el cantero medieval, seguramente por encargo expreso, decidió no insuflar, impidiendo, de ese modo, que la piedra -al contrario que la gran mayoría de construcciones de índole románica- hablara.
Tal vez en el interior, exista alguna referencia, algún detalle que establezca la relación entre el lugar y esos frates milites, que tanto ansía encontrar el investigador interesado. Pero, por el momento, se trata de una tarea ardua y difícil, cuando no imposible, pues la desconfianza hacia el forastero -no diría yo que injustificada- está a la orden del día.
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El Espino


'Este pueblecito se halla actualmente en trance de despoblación. Nos ofrece dos enigmas: el primero es su mismo nombre: El Espino. Nos dice Charpentier que las encomiendas templarias se situaban en Francia muy a menudo en las proximidades que se llamaban, o pasaban a llamarse, la Espina o el Espino. Este símbolo parece tener un origen alquímico aunque su más inmediato antecedente lo tendríamos en las leyendas celtas de Irlanda. La cercanía de las ruinas de San Adrián -de muy posible adscrición templaria- podrían confirmar esta idea. El otro dato interesante es la existencia de una ermita de San Bartolomé. Santo éste perteneciente a la nómina de los santos mistéricos. Se sabe que predicó en la India y que los cátaros lo adoraban en los montes cercanos a Montsegur. En la misma Soria existe otra ermita dedicada a San Bartolomé que es uno de los elementos mas inequívocos de la arquitectura esotérica de la provincia de Soria. Este otro San Bartolomé, en el valle del río Lobos, fue encomienda templaria'.
[Revista Mundo Desconocido, Nº53, noviembre 1980. Antonio Ruiz Vega: 'La Sierra de los 7 Infantes', página 42]

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El pueblo

Situado entre montes y colinas batidas constantemente por el viento, en las postrimerías de la Sierra del Madero y a 4 kilómetros escasos de Suellacabras, parece mentira que éste pequeño pueblecito, El Espino -al que hace 28 años Antonio Ruiz Vega en su artículo, como vemos, ya vaticinaba un cercano despoblamiento- continúe todavía en pie, aunque también es cierto, que con mínimas señales de vida. Éstas se reducían, cuando llegué -pasaban algunos minutos del mediodía- a varios perros que rondaban servilones alrededor de un enorme tractor americano -marca John Deere, para más señas- cuyo motor estaba y el conductor permanecía de espaldas en la cabina.
Entonces no lo sabía, pero aparqué el coche junto a la puerta de la que había sido la vivienda del hombre más rico del pueblo, y ahora era una casona desvencijada, herida por el tiempo, cuya fachada -para no ser menos que algunas casas de Suellacabras- mostraba algunos símbolos interesatnes, entre ellos -¡cómo no!- una cruz templaria o paté.
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domingo, 16 de noviembre de 2008

Suellacabras: el Arroyo Malo y la Cueva Molino


'Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua'.
[Jorge Luis Borges]

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Suellacabras: ermita en ruinas de San Caprasio

'Hay algo también en los sencillos y austeros rasgos del paisaje español, que imprime en el alma un sentimiento de sublimidad. Las inmensas llanuras de las dos Castillas y de la Mancha, que se extienden hasta donde alcanza la vista, llaman la atención por su auténtica aridez e inmensidad, y poseen, en sumo grado, la solemne grandeza del océano...'.
[Washington Irving: 'Leyendas de la Alhambra']

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Hubo una voz anónima que dijo en cierta ocasión, sin duda alguna sintiéndose sorprendido por uno de esos singulares e inesperados momentos de lucidez con que a veces la Diosa Razón nos obsequia, que 'los amigos de la verdad son aquellos que la buscan y no aquellos que presumen de poseerla'. Yo en modo alguno presumo de poseerla, pero sí puedo presumir, al menos, de buscarla. Y la busco, quizás siguiendo el consejo -sólo el tiempo dirá si acertadamente o no- de José Ortega y Gasset: 'quien quiera ver correctamente la época en que vive debe contemplarla desde lejos'. Porque, en efecto, no importa lo lejos que tenga que ir uno -incluso remontándose en el tiempo-, cuando sabe que el viaje merece la pena. Tan lejos de Madrid, que son necesarias al menos tres horas de viaje, Suellacabras -como ya apunté en una entrada anterior- es un pueblo que guarda tantos misterios, y todos envueltos por las sublimes nieblas del tiempo, que cualquier inversión de éste, en mi opinión, nunca será una inversión perdida.
No me cabe duda de que Soria es una tierra de misterios. Una tierra, por tanto, y a pesar de los pesares, que atrae. No en vano fue musa de escritores cuyos nombres constituyen hoy día parte de los pilares de la Literatura Universal, cuyos nombres todos conocemos; también de otros, actuales, tanto o más prolíficos en cuanto a obras publicadas, pero menos laureados que, como Juan José Benítez y en un periplo de sus más de cien mil kilómetros tras los OVNIs, situó parte del entramado de una de sus novelas más conocidas -La Rebelión de Lucifer- en el pueblecito soriano de Sotillo del Rincón.
Aún no he tenido el gusto de conocer este pueblo, situado al noroeste de Soria, en las cercanías de la llamada Sierra Cebollera y comprobar si el reloj de la torre del Ayuntamiento no ha dejado de funcionar desde 1984, año en el que Benítez escribió su novela, afirmando que lo hizo de una forma poco menos que milagrosa, pues llevaba muchisimos años estropeado. Pero estoy seguro de que si éste hubiera pasado por Suellacabras, tal vez hubiera cambiado el emplazamiento de su novela y lo hubiera situado en ese enigma de difícil solución que es la ermita en ruinas de San Caprasio, sustituyendo el reloj por el sonido de unas campanas inexistentes, y por lo tanto, fantasmales. También, porque en Suellacabras no hay Ayuntamiento, propiamente hablando, aunque sí una alcaldesa -Feli Gómez- cuya vitalidad y entrega ya quisieran para sí más de un alcalde de los pueblos de alrededor.
Sin duda, la mañana del sábado no fue una mañana ociosa para Feli. El día, a medida que avanzaba, se le complicaba por momentos, amontonándosele las obligaciones. Y si no fuera por ese valor, por ese empuje y esa amabilidad de cuya constancia ya tengo sobrada cuenta, una de dos: o se hubiera tirado de los pelos con desesperación o hubiera mandado a hacer puñetas a ese madrileño pesado que venía a molestarla en un momento tan inoportuno. Ni una cosa ni la otra: Feli pasó la prueba con una merecida nota de sobresaliente, que ya me hubiera hecho falta a mi en mis tiempos de escuela.
La vida de la alcaldesa de Suellacabras, como digo, es un continuo trajín. Sus múltiples ocupaciones, aparte de aquéllas consecuentes con su cargo, se basan en las tareas domésticas, el ganado caprino -que tenía en aquéllos momentos abandonado por el monte- y quizás la que mayor tiempo le resta, y en el fondo, posiblemente sea la menos agradecida de todas: atender el bar del Centro Social y suplir las necesidades de unos parroquianos desesperados por desayunar.
Situado enfrente de la iglesia de el Salvador, la fachada de éste aún conserva una placa y una fecha, 1869, que dan cumplida cuenta de su primigenia función: Escuela Nacional.
Cuando llegué a Suellacabras, aparcando el coche en la misma puerta del Centro Social, sito al comienzo de la calle dedicada a su ilustre vecino Don Juan Caprasio Ruiz González, el bar todavía estaba cerrado. La puerta, no bostante, estaba abierta, y en su interior un longevo suellacabrense manipulaba algunos sobres de correo con manos temblorosas. Después de los saludos de rigor, y vistas frustradas mis intenciones de tomar un café, le pregunté si aún quedaba algo en pie de la antigua ermita de San Caprasio. Dada su respuesta afirmativa, y recordando la fotografía aparecida en el artículo que Antonio Ruiz Vega escribió para la revista Mundo Desconocido hacía la nada despreciable cantidad de 28 años, le pregunté si aún se mantenía en pie la espadaña de la iglesia, pues se trataba del mejor símbolo, sin duda, para reconocerla.
El viejete sonrió ladino, y juntando la correspodencia que debía entregarle a la alcaldesa, se levantó de la silla, comentando irónicamente:
- ¿Es que piensas restaurarla tú?.
- Si pudiera, no me importaría, -le contesté, recordando, aún sin saber exactamente el verdadero estado en el que se encontraba la ermita -de la que no esperaba ver mucho, sinceramente-, que iglesias posiblemente más ruinosas se estaban levantando de nuevo. El ejemplo más significativo lo teníamos en la iglesia románica de Alcózar.
Bajando por la calle ya mencionada de Don Juan Caprasio Ruiz González, nos dirigimos a casa de la alcaldesa -el viejo con la correspodencia 'oficial' en la mano-, mientras me explicaba cómo llegar a las ruinas de la ermita, pues éstas se encuentran situadas a una distancia aproximada de 1 kilómetro del pueblo.
Con la confianza implícita a las pequeñas comunidades rurales, el viejo se coló en la casa de la alcaldesa a través del portón del garaje, mientras yo esperaba en el exterior, preguntándome si Feli me reconocería, pues mi aspecto había cambiado desde nuestro primer encuentro, cuando las greñas me conferían una imagen beatlemaniana cercana a la del desafortunado John Lennon.
- ¡Pero qué quiere!..., -escuché la voz de ésta, ligeramente alterada. Estoy poniéndole ahora el desayuno a unos invitados...
Reconozco que en un principio me sentí ligeramente cohibido. Sobre todo, porque soy una persona muy respetuosa con el tiempo de los demás y también perfectamente consciente de que éste precisamente no sobra en las pequeñas comunidades rurales. Mucho menos, desde luego, a esas horas de la mañana.
Feli me reconoció enseguida. Después de unos breves minutos de conversación, en los que le expuse mi deseo de visitar la iglesia de el Salvador, pensando que allí encontraría algún rastro del enigmático San Caprasio -el viejo me había comentado que las 'cosas' de la antigua ermita 'estaban en la iglesia', aunque no especifió en cuál- ésta, aún disculpándose por su falta de tiempo, accedió a mostrármela, citándome alrededor de las once, mientras yo aprovechaba el lapsus visitando la ermita en ruinas de San Caprasio.
- Tienes como unos veinte minutos andando, -me explicó. No tienes pérdida. Baja por aquí y sigue el primer camino que te encuentres a la derecha. Después de pasar un puente de piedra, sigue caminando y al poco verás la ermita.
Desde luego, el día se prestaba al paseo. Hacía fresco, sin duda, pero el calor que proporcionaba aquél sol, cuyos rayos se expandían entre medias de las ramas de los árboles del bosquecillo cercano, proporcionaba una agradable sensación de bienestar, que animaba a seguir adelante.
A la altura de la perrera -seguramente no exista en el mundo animal más fiel, pero tampoco más escandaloso y gruñón que el perro- el camino, llano hasta entonces, se prolongaba en un descenso, al final de cuya curva no tardé en divisar el primer puente -después comprobé que había otro- cuya sencilla estructura se levantaba peremne sobre las perezosas aguas del Arroyo Malo. Unos metros más allá de ese punto, donde el camino volvía a adquirir una pequeña pendiente, no tardé en divisar las ruinas de la ermita, situadas en la parte más alta de un pequeño promontorio.
Para ser sincero, la mole que apareció ante mis ojos me hizo pensar en lo equivocado que había estado, suponiendo que quizás no encontraría piedra sobre piedra, como así hacía suponer la foto aparecida en el artículo de Antonio Ruiz Vega. Desde luego, y aún visto en la distancia, aquél edificio religioso parecía más un pequeño priorato monacal, de relativa importancia en el pasado, que una simple ermita rural. Ahora comprendía las afirmaciones del viejo, cuando me comentó que hubo un tiempo en el que incluso acogió a una pequeña comunidad de monjas.
No hay un camino, propiamente dicho, para subir al promontorio donde se levanta la ermita. Dadas las caracteristicas del terreno, hablamos de una especie de pequeñas terrazas, donde la piedra hace de parapeto y en el firme formado por la arena, hierba y arbustos se disputan protagonismo a su antojo. Una vez situados en una pequeña pradera, donde la hierba -salvaje y alta- aún conserva el color albino de los meses de verano, llama la atención la placa situada sobre la puerta de entrada, que dice escuetamente: ermita de San Caprasio. Unos centímetros por encima de ésta, y grabadas en la piedra con letras mayúsculas, dos palabras superpuestas, recuerdan a nuestro personaje y el cargo que ostentó: 'Caprasio Abad'.
Aún sin penetrar todavía en el interior del recinto, y más concretamente en la nave de la iglesia, uno no puede evitar preguntarse por qué se dejó perder ésta singular ermita. Después, una vez traspasado el umbral, y enfrentándose a la pequeña amazonia, que cuál ejército invasor, ha tomado el lugar donde una vez los bancos albergaron a multitud de fieles que acudían a rezarle al santo con esperanza y devoción, resulta imposible no sentirse como en el castillo encantado de la Bella Durmiente, donde las enredaderas parecen, incluso, haber detenido el tiempo en aquél preciso e infausto momento en que las sandalias del último monje se alejaron para siempre del lugar.
La nave no tiene techo. Hace años que el armazón de madera -sin duda, mortalmente herido por el tiempo y las termitas- claudicó al peso de las tejas. Resulta imposible, por tanto, precisar en qué momento el tejado dejó de albergar los frágiles nidos de unas aves, cuyo vuelo en la actualidad se remonta por encima de las copas de los árboles más altos, situados en la cercana arboleda, junto al curso serpentino del arroyo.
No obstante, cuando uno accede al lugar más sagrado de la iglesia, aquél determinado por el ábside, donde se levantaba un altar de piedra, desmoronado por completo hoy día, y contempla los muros semicurvados, la indignación no es, si no, el primero de los múltiples sentimientos que van recorriendo la escala de adjetivos hasta llegar al de la ira. Ira e indignación, no contra el tiempo, que al fin y al cabo siempre juega limpio y no engaña a nadie a la hora de ejecutar su trabajo, sino ira contra la barbarie humana y su profunda estupidez.
La bóveda absidal aún conserva, con cierto grado de lucidez, ese entretejido pictórico -posiblemente de origen mozárabe o quizás una imitación barroca de este estilo, muy posterior- que en tiempos debió de parecerse a un 'hogar' para la Divinidad que presumiblemente moraba en tan sagrado lugar.
No se aprecian evidencias de marcas de cantería que, cuál cheques firmados al portador, ofrezcan pistas acerca de la identidad de aquél maestro que, posiblemente ayudándose de su cayado y su compás como señas de identidad de su rango y profesión, tuviera mucho que ver en las construcciones religiosas de los pueblos de alrededor, pues, en mi opinión, no dejan de tener cierta similitud los ábsides de ésta ermita de San Caprasio y aquella otra de San Bartolomé, en el cercano pueblecito de El Espino.
Como en el caso de ésta última, los canecillos del ábside de la ermita de San Caprasio, están completamente lisos; mudos e intranscendentes, sin ofrecer esos característicos mensajes subliminales que en la actualidad nos resultan tan hipotéticos, pero que para el hombre del medievo constituían un auténtico catecismo que englobaba el pequeño universo en el que vivía.
Impresionado aunque desalentado a un tiempo, abandoné las ruinas de la ermita de San Caprasio, enfilando cuesta arriba el camino de regreso al pueblo. Dos perros me salieron al encuentro, ignoro si soltados a propósito o fugados por cualquier hueco de la verja de la perrera. No obstante, aplicando el viejo refrán de 'perro ladrador, poco mordedor', pasé por su lado, resollando cuesta arriba e ignorándolos por completo.
Faltaban cinco minutos para las once de la mañana, cuando llegué a las puertas del Centro Social. A los pocos minutos, apareció Feli, subiendo la cuesta acelerada, pues tenía desayunos que preparar, y una vez dispuestos éstos, debía atender a las cabras, que pacían sin vigilancia por el monte.
No obstante sus múltiples obligaciones, en la mano traía un libro, que me dejó ojear en el tiempo en el que los vecinos desayunaban, y del que obtuve algunas informaciones interesantes, así como alguna que otra fotografía de nuestro misterioso San Caprasio, cuya figura -ataviada con la mitra obispal y guanteletes negros en las manos- así como algunos otros elementos de la desafortunada ermita que lleva su nombre, se conservan en la cercana ermita de la Virgen de la Blanca. Desgraciadamente, y debido a la falta de tiempo de Feli, no pude completar el trabajo, visitando ésta. De manera que, agradeciéndole todas las atenciones que había tenido, quedé en telefonearla a primeros de diciembre para concertar la visita.
Hasta entonces, me despido aquí, momentáneamente, de Suellacabras y sus numerosos misterios.

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