sábado, 8 de noviembre de 2008

El 'Cristo durmiente' de Villasaya

'Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado la ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer: 'Los ojos verdes']

Recuerdo con toda claridad ésta campechana introducción que Gustavo Adolfo Bécquer dedicó a su fascinante leyenda 'Los ojos verdes'. También recuerdo que cuando la leí, era apenas un mozalbete que se impresionaba hasta con el vuelo de un gorrión. Han transcurrido muchos años desde entonces; tantos, que a veces dudo de la fidelidad de esa dama, caprichosa y casquivana, que se llama Memoria. No obstante, y para ser sincero, he de reconocer que doña Memoria y un servidor, hemos sido siempre un matrimonio bien avenido, aunque a veces -dado que nadie es perfecto, y el que piense lo contrario, se engaña a sí mismo- nos hayamos disputado algún que otro recuerdo. Por eso, para evitar rencillas, y teniendo en cuenta que yo también siento deseos de escribir, como Gustavo Adolfo Bécquer, me decido a consignar la presente historia, con la esperanza de que si no creen lo que lean a continuación, al menos consideren que su lectura no les haya dejado la pésima sensación de haber perdido el tiempo.
He aquí, pues, lo que aconteció aquél verano y el por qué del apelativo de 'Cristo durmiente de Villasaya' que da título a la presente narración. Y recuerden: cualquier parecido con la ficción, no es una simple casualidad...
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De niño me llamaba la atención hasta el vuelo de una mosca. Recuerdo que pasaba mucho tiempo asomado al alféizar de la ventana, mirando la calle con ensoñación. En realidad, no había mucho que ver, a excepción de la fachada del bloque de pisos situada enfrente de mi bloque, y un pequeño jardín rodeado de árboles, cuya naturaleza -al igual que ocurre con la de algunos perros, que no se sabe a ciencia cierta a qué raza pertenecen, pues están cruzados- nunca conseguí averigüar.
Al jardín lo cortaban bruscamente las baldosas de la acera; y a ésta, se unía el asfalto -desgarrado y hundido en varios sitios- de una carreterilla sin importancia que nacía al principio de la calle y moría a apenas unos metros más arriba, cortada perpendicularmente, por otra carretera más larga y en mejor estado de conservación, perteneciente a una calle más importante.
Rompían la monotonía de tan poco idílico paisaje, los coches aparcados a ambos lados del arcén, y no eran pocas las ocasiones en las que el butanero maldecía a gritos a los cuatro vientos, por no poder llegar hasta el final de la calle con su camión.
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jueves, 6 de noviembre de 2008

Enigmático y querido San Saturio

'Tres fechas marcan la devoción a San Saturio: el 12 de octubre de 1628, que la ciudad lo recibe como su patrón y abogado, el año 1703 en que se termina la edificación de la actual ermita y el 31 de agosto de 1743, día en el que el Papa Benedicto XIV aprobó solemnemente el culto y patronazgo de San Saturio'.
[Don Carmelo Enciso Herrero, Abad de la Concatedral, en la presentación del libro de Don Javier Herrero Gómez, 'Ermita de San Saturio, 1703-2003', Edición de la Excma. Diputación Provincial de Soria, año 2003]
Tuve el gusto de conocer a Don Carmelo Enciso Herrero, en Garray, en la misma puerta de la iglesia de San Juan Bautista, de la que es -aparte de su cargo de Abad de la Concatedral de San Pedro, y de San Saturio- párroco titular. También recuerdo perfectamente la fecha de éste, nuestro primer encuentro: sábado, 1 de diciembre de 2007.
De ese día, resulta imposible hablar y no precisar que, a pesar de que la mañana amaneció soleada, hacía un frío que calaba hasta los huesos. Buena prueba de ello lo teníamos -y digo teníamos, porque ese día me acompañaba una amiga, cuya moquera, pues estaba resfriada, estuvo a punto de costarla un disgusto y hacer que los goterones que caían de su nariz se quedaran congelados como las gotas de agua en los grifos de la cercana fuente- en el empinado camino de subida a la ermita románica de los Santos Mártires -antiguamente, bajo la advocación de San Miguel- cuyo empedrado, completamente helado, hacía el trayecto sumamente resbaladizo, y por lo tanto, peligroso.
Otra prueba de la tremenda helada de la noche anterior, la teníamos en el manto blanco que cubría los campos de alrededor, entre los que destacaba la colina donde se asientan las ruinas de la mítica ciudad de Numancia, así como el aspecto de entrañable estampa navideña que ofrecía el tejado del ábside de la mencionada ermita. Por si esto fuera poco para hacerse una idea de cómo puede llegar a ser un invierno en aquella parte de la 'extremadura soriana', conservo de ese día algunas fotografías, que muestran un curioso efecto que, localizado en el espacio existente entre el camino y los árboles cercanos a la ermita, bien pudiera pasar por una entidad fantasmal que se negara a ser engullida por la luz del sol.
Lejos de todo fenómeno parapsicológico o sobrenatural, me estoy refiriendo a eso que se conoce con el curioso nombre de 'dorondón', y que en invierno es fácil que se deje captar por el objetivo de una cámara cuando la temperatura ambiente, como digo, es de notable frialdad. El nombre me lo proporcionó otra amiga cuando vio las fotos -que nadie se asuste con las referencias a tales amistades, que aunque realmente no son muchas, su amistad al menos es de calidad y aunque lo llevo en el nombre, me consta que José Zorrilla no pensó precisamente en un tipo como yo cuando imaginó a su Don Juan- y si quedó grabado en mi memoria, es simplemente porque tiene un gran parecido semántico con Borondón; es decir, y para ser más precisos, con la 'isla de San Borondón o de San Brandán' (1), a la que aluden algunas de las maravillosas leyendas irlandesas.
Soportando, pues, el frío de aquél sábado, estuvimos esperando a Don Carmelo, hasta aproximadamente las doce menos cuarto del mediodía. Él ya sabía de nuestra visita, gracias a mi extraordinaria amiga Teresa -para evitar cualquier suspicacia al respecto, me suscribo al comentario anterior- y estaba al tanto del interés que teníamos por ver y fotografiar la imagen románica de la Virgen de Numancia que, según la información de que disponíamos en aquél momento, se encontraba guardada en la sacristía. En la actualidad, se encuentra en situada en uno de los retablos laterales de la nave principal de la iglesia, donde puede ser vista por todo el mundo. Huelga toda referencia histórica a ella, porque incluso el nombre es prestado, y se basa en el hecho -bastante interesante, por otra parte- de que fue encontrada en las cercanías del yacimiento, aunque, dada la cercanía, cabe la posibilidad de que perteneciera a la ermita de los Santos Mártires. Aunque esto, por supuesto, es tan sólo una apreciación personal.
La generosidad y la excelente disposición de Don Carmelo, quedaron patentes cuando, una vez finalizada la misa, se prestó amablemente a enseñarnos, también, el interior de la ermita de los Santos Mártires, además de acompañarnos hasta el cercano pueblo de Tardesillas, abriéndonos la iglesia, de la que también es párroco.
Dado mi gran interés por la figura de San Saturio, así como el gran deseo que sentía por ver la famosa cabeza-relicario que de éste se conserva en la Concatedral de San Pedro, dos meses más tarde, y siempre gracias a la providencial amabilidad de tan carismático pastor, mis deseos se hicieron realidad. Una vez oficiada la ceremonia religiosa en la Concatedral, y despojado de su túnica roja de Abad, Don Carmelo salió de la sacristía con un manojo de llaves en la mano, entre las que se encontraban las de la verja que limita la entrada a la capilla del santo patrón, así como aquéllas otras que abren el mueble relicario donde se conserva su insigne cráneo. Éste, al menos por detrás, se halla en excelentes condiciones, como se puede apreciar en una de las fotografías mostradas en el vídeo, pues la calavera de plata que lo protege, consta en esa parte de una pieza desmontable, que Don Carmelo separó amablemente.
El cráneo, por otra parte, deja constancia de la existencia de un personaje histórico sobre el que, a pesar de las múltiples referencias existentes acerca de los pormenores de su vida, no existe, sin embargo, constancia alguna que certifique con absoluta seguridad que efectivamente se trata de aquél personaje carismático, visigodo de nacimiento y origen noble, que un día decidió consagrar su vida a Dios, en la soledad de las múltiples cuevas anexas al denominado Monte de Santa Ana, situado junto a la ribera izquierda del Duero. ¿En qué se basan, pues, para otorgar tal identificación?. Simplemente en la inscripción de una losa de piedra que cubría su sepulcro, donde, entre otras referencias, aún hoy día puede leerse la acepción latina: 'IN ERIT SEPULCHRUM EIUS GLORIOSUM'. Tanto el lugar donde reposaba el cadáver, como la mencionada losa que sellaba su sepulcro, aún se pueden contemplar en la ermita. Basta tan sólo con subir los escalones de piedra que parten de la sala cuadrangular conocida como el Cabildo de los Heros y acceder a la pequeña capilla de San Miguel, labrada en la misma gruta. Muy cerca de allí, se encuentran, a su vez, los escalones que, continuando la ascensión hacia la parte superior, conducen a la denominada 'ventana del milagro', correspondiente al episodio de la milagrosa salvación del niño de Carbonera que cayó de ella.
Si nos detenemos un momento a pensar en las características subyacentes de una visita a tan curiosa y carismática ermita, posiblemente no nos sea muy difícil llegar a la conclusión de que estamos realizando una especie de viaje subliminal, cuyas connotaciones esotéricas pueden resultar de cierta evidencia, sin abandonar nunca, claro está, ese complicado universo que es la especulación.
Un viaje que, como la aventura humana, comienza en ese espacio interior o útero materno, donde se va gestando y desarrollando hasta el momento de su madurez y posterior salida a la luz, o nacimiento. Durante el proceso, el nuevo ser va adquiriendo conocimientos, lo que en el caso humano, supondría la adaptación de los genes que van a determinar en el futuro su personalidad. Refiriéndonos a la ermita, estos conocimientos o genes, se encontrarían en todos y cada uno de los detalles anexos al viaje, los cuales, como iremos viendo, no son pocos.
(1) San Brandán o San Brendán, ambas etimologías son aplicables, fue un curioso santo irlandés, cuyas hazañas -comparativamente hablando- no tienen nada que envidiar a las de Gilgamesh, el héroe predilecto de la epopeya mitológica sumeria. Entre ellas, se cuenta que vio ésta fantástica isla evanescente en varias ocasiones, y también que doblegó, en el nombre de Dios, a Nessie, el monstruo del Lago Ness.

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domingo, 2 de noviembre de 2008

Medinaceli: Colegiata de Santa María la Mayor

'Nos basta con saber que las maravillas de nuestra Edad Media contienen la misma verdad positiva, el mismo fondo científico, que las pirámides de Egipto, los templos de Grecia, las catacumbas romanas, las basílicas bizantinas...'.
[Eugene Canseliet, 1923, para el prólogo de la 1ª edición de 'El misterio de las catedrales', de Fulcanelli]
Produce una extraña sensación de soledad, independientemente de que haya o no gente en su interior. Una verja de hierro, siempre cerrada -excepto en los días de misa-, protege el altar del acceso de los visitantes. Detrás de éste, y en ambos laterales, dos figuras atraen todas las miradas, produciendo en el observador un desdoblamiento afectivo, que va de la ternura a la piedad. Me refiero, obviamente, a las matizaciones figurativas de Jesús, 'el de Medinaceli', crucificado y expirando en la cruz de su martirio, y al otro Jesús, 'el Nazareno', inmediatamente anterior en la historia y a punto de ser traicionado y prendido en el huerto de los Olivos, cuya vistosa túnica -violeta y ribeteada con motivos dorados- posiblemente no haga justicia a la pobreza pregonizada en los Evangelios.
Algo más allá del altar y de ésta doble visión de Jesús el Cristo, costeado por los Duques Don Juan Francisco Tomás de la Cerda y su esposa, Doña Catalina Antonia de Aragón, un retablo de origen barroco expone en su centro -cuál estrella en el punto álgido de un árbol de Navidad- una imagen virginal que no deja a nadie indiferente.
Imagen y retablo pertenecen a siglos y estilos artísticos diferentes: gótica, fechada en el siglo XVI una, y barroco, colocado a finales del siglo XVII otro. Si nos dejamos llevar por las suposiciones, no costaría demasiado esfuerzo admitir que tan bella imagen de la Virgen, pertenecía, con toda probabilidad, a la antigua iglesia de Santa María, que se levantaba -a juzgar por los panfletos explicativos- en el lugar en el que actualmente se levanta la torre de la Colegiata.
Se trata, para más señas, de una hermosa talla que conserva la posición sedente de aquéllas otras vírgenes románicas que tanta admiración despiertan, y aunque su cabeza se ve limpia de coronas y otros adornos encaminados a ofrecer un concepto de regia idiosincracia -a excepción de un sencillo velo con el que el autor, supongo, quiso poner en evidencia el concepto de pureza asociado-, no me cabe duda alguna de que se trata de una auténtica Reina. Cuando le pregunté a la guía por la talla -reconozco que al principio, y dadas sus dimensiones, así como el hecho de no poder examinarla más de cerca, la tomé por Santa Ana- me contestó que se trataba de Santa María la Real y en el retablo estaban representados, de forma escalonada, los tres Misterios de la Virgen. No quedé muy convencido de su respuesta, aunque sí de su amabilidad al atenderme, pues en mi opinión, con ella sucede lo mismo que con la gran mayoría de imágenes marianas pertenecientes a los períodos románico y gótico: la falta absoluta de información fidedigna acerca de su verdadero origen y de las manos que las labraron, siguiendo el modelo de los primeros evangelistas, como San Lucas.
El Niño, desnudo, reposa en su regazo, y tal vez sea cuestión de resaltar el color rubio de su cabello, abundande y rizado, así como la manera en que Madre e Hijo se unen, estrechando sus manos; la derecha, en el caso de los dos. Con su mano izquierda, la Virgen sujeta al Niño.
A la izquierda del ábside, y en un pequeño retablo de madera descolorida por el tiempo e invadido en gran parte por un polvo que podría ser centenario, dos pequeñas figuras invitan a detenerse a reflexionar durante unos instantes: la Virgen del Pilar, pequeña, muy querida y milagrera, colocada sobre un pedestal que se eleva por encima de una media luna de color negro; debajo de ella, con su rostro severo y tocado con la mitra de obispo en la cabeza, San Pedro, piedra angular de la Iglesia católica, cuyo edificio como entidad -y para no dejar duda de tal afirmación- levanta simbólicamente sobre su mano derecha.
Algunos metros más allá de este punto, y en las capillas laterales -clausuradas así mismo con sendas verjas de hierro que impiden también el acceso al visitante- se contempla un mundo en el que gobiernan, indistintamente, candilejas y sombras. Es en ese punto, donde una vez situado, el visitante se da cuenta de que, independientemente del murmullo producido por la gente que pueda haber a su alrededor, el silencio impera con una fuerza tal, que llega un momento en el que puede llegar a producir un involuntario estremecimiento que le recorra el cuerpo de la cabeza a los pies. Tal vez influya en ello el detalle de que allí, posiblemente con más perentoriedad que en otros lugares, las paredes y el techo reclaman a gritos una restauración que lleva años proyectándose, pero que nunca llega.
Porque la Colegiata de Medinaceli está enferma. Sufre una cardiopatía estructural aguda, producida por años de descuido y una falta increíble de mecenas, siquiera del estamento eclesial, que la mimen y restañen sus múltiples heridas.
Erigida en el año 1563, mediante bula promulgada por el entonces Papa Pío IV, la Colegiata de Medinaceli no posee esa magnificencia y esa magia goética, que se pueden observar en otras construcciones contemporáneas, como la no muy lejana Colegiata de Nª Sª del Mercado, levantada en Berlanga de Duero, también a expensas de algunas iglesias más pequeñas, cuyo rastro, centenario y románico, aún puede seguirse en algunos elementos decorativos de su torre y su fachada.
Aunque la Colegiata de Santa María la Mayor carece de estos elementos, y posiblemente, dada su sencillez y austeridad ornamental, no acapare demasiado interés entre los seguidores de ese arte promulgado por Fulcanelli, no deja de ser interesante resaltar que estamos frente a todo un símbolo. Un símbolo atacado por el tiempo y el abandono, cuya torre domina una ciudad -la 'Ciudad del Cielo'- multicultural y musa de poetas, como Ezra Pound, y que allí, inmersa en una soledad destacada, pide a gritos una ayuda que nunca termina de llegar. De manera, visitante, si alguna vez pasas por Medinaceli y visitas su Colegiata, no te extrañe encontrar, justo en la entrada al templo, un cartel sencillo que reza así:
'¡Medinenses y visitantes!. ¿Quieres salvar de las ruinas tu Colegiata?. Tienes ocasión al iniciar las obras de urgente reparación, colabora y contribuye depositando tu donativo. ¡Que Dios te lo recompensará!'.

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