viernes, 17 de octubre de 2008

Misterios de la Sierra del Almuerzo

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NARROS
Partiendo de Almajano, y a una distancia aproximada de 7 u 8 kms , una ermita -la de la Virgen de la Soledad- en la cercanía de cuya pradera se pueden apreciar numerosas crucetas de piedra, nos indica que estamos entrando en la población soriana de Narros. Al igual que en el caso de Suellacabras -distante seis kilómetros-, Narros fue en tiempos un pueblo de mesteros.
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jueves, 16 de octubre de 2008

Misterios de la Sierra del Almuerzo



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SUELLACABRAS

Población distante, aproximadamente doce kilómetros de Almajano y seis de Narros, mi presencia en Suellacabras resultó tan inesperada, como inagotable es mi sed de comprobar in situ, antiguas referencias a objetos y lugares de interés. En efecto, si hemos de encontrar algún culpable de ello, no se me ocurren mejores candidatos que un cronista soriano de nombre Antonio Ruiz Vega, y una publicación, dirigida por el ya fallecido Andreas Faber Kaiser, que causó verdadero furor allá por los años setenta y principios de los ochenta: Mundo Desconocido.
En efecto, corría el mes de noviembre de 1980, cuando éste excelente conocedor de la provincia -cuyo nombre resultará de sobra conocido a más de uno- publicaba un artículo excepcional, cuyo título -'La Sierra de los Siete Infantes'- descubría una ruta mágica y poco menos que desconocida hasta entonces para el público en general, que se adentraba en los supuestos 'misterios de la Sierra del Almuerzo', dando a conocer una serie de poblaciones -Renieblas, Omeñaca, Narros, Suellacabras, El Espino- y su curiosa vinculación con tradiciones y restos de arcaico y legendario interés.
Evidentemente, hace veintiocho años, no disponía de la independencia y los medios de que dispongo ahora, como para lanzarme a la aventura por esos caminos de Dios, aún a sabiendas de que me esperaban cosas realmente increíbles y de suficiente interés, como para hacer que los desplazamientos, por tortuosos y largos que pudieran ser, merecieran siempre la pena.
La casualidad -que a veces se disfraza de tal, pero que en mi opinión, pocas veces lo es- quiso que en el invierno, y mientras acometía una pequeña obra en casa, apareciera de entre el polvo y las telarañas que lo cubrían, ese viejo baúl de los recuerdos que, al abrirse, dejó en mis manos una pequeña colección de 'reliquias' cuyo valor se me antoja hoy en día inestimable.
De entre ese polvo primordial, comenzaron a surgir ejemplares de la revista anteriormente mencionada, así como algunos números de otra revista pionera en España -Karma 7- y cómo no, algunas joyas bibliográficas de considerable interés: 'El mito del eterno retorno', de Mircea Eliade; 'El misterio de las catedrales', de Fulcanelli; 'El Rey del Mundo', de René Guénon...También aparecieron, como por arte de magia, dada su inesperada oportunidad, algunas primeras ediciones de un auténtico erudito y pionero en la investigación de la 'España mágica', Juan García Atienza, la información de cuyos libros constituye un auténtico maná a la hora de visitar, investigar e intentar comprender esa fascinante multiculturalidad, que hace de España un lugar sorprendente, repleto de magia y tradición.
Embriagado, pues, por esa magia de los caminos, en la bolsa donde guardo con celo el equipo fotográfico, que no sin esfuerzo he conseguido ir reuniendo a lo largo de este tiempo, reposaban, también, la libreta de notas y el ejemplar de la revista Mundo Desconocido, con el artículo ya mencionado de Antonio Ruiz Vega.
Reconozco que, mientras devoraba los kilómetros poco menos que en solitario -cualquiera diría que como un vampiro que pretendiera echarle una carrera vital al amanecer- muchas dudas me asaltaban: ¿seguiría existiendo la losa medieval de Narros?. ¿Y los curiosos, incomprensibles grabados de la casa de Suellacabras?. ¿Seguirían existiendo, en la actualidad, referencias y devociones a ese extraño santo, San Caprasio, cuya ermita, y a juzgar por la fotografía del artículo, ya estaba completamente en ruinas hace veintiocho años?...
De cualquier manera, no era la primera vez que me ponía en marcha, siguiendo las referencias del artículo de Ruiz Vega, pues en agosto, aprovechando las vacaciones de verano, descubrí lugares relacionados de interés, como Tozalmoro y su espectacular iglesia románica de San Juan Bautista, así como la iglesia de Nª Sª de la Concepción, en Omeñaca, los arcos de cuya galería porticada corresponderían -siempre tomando como testigo a la leyenda- a los siete infantes de Lara y al lugar exacto por el que atravesaron con sus monturas huyendo de la persecución árabe. Renieblas no cuenta, porque ya la había visitado algún tiempo antes, aunque siempre gracias al referido artículo.
Llegué a Suellacabras pasadas las diez y media de la mañana -mucho antes los gallos ya habían cantado en Medinaceli, cuando me detuve a tomar café y a repostar- siguiendo una carretera comarcal que, a diferencia, por ejemplo, de aquélla otra termesina que conduce a Pedro, se encontraba en excelentes condiciones. Que yo recuerde, no me crucé con nadie durante el trayecto, aunque observé cierta actividad en los campos, donde algunos agricultores faenaban con el tractor.
Entré en el pueblo, observando que el núcleo principal quedaba a la izquierda de la carretera, mientras que a la derecha, los esqueletos ennegrecidos de algunas antiguas casonas de piedra me hicieron temer que tal vez fuese alguna de ellas el malogrado objetivo de mi búsqueda.
En contra de lo que esperaba, observé cierta actividad humana -en otros lugares de mi ruta, no vi un alma siquiera- de manera que detuve el coche a un lado del camino, junto a la imponente mole dieciochesca de la iglesia de el Salvador, y con la revista en la mano, abierta por la página donde se mostraba la fotografía de la 'casa de los símbolos', interpelé al primer vecino que me encontré.
Venía éste acompañado de un perro perdiguero, de esos de caza que, al contrario que otros perros más acordes a un carácter nervioso y de ladrido fácil, apenas se inmutó por mi presencia, una vez olfateados los bajos de mis pantalones. El pobre hombre se rascaba pensativo la cabeza, mirando y remirando la fotografía. Al final, desalentado, se encogió de hombros, recomendándome que me acercara hasta el club social -situado, aproximadamente, a unos 50 metros de distancia, junto a la calle del Hoyo- y que preguntara allí.
Aunque el día había amanecido nublado, la temperatura, no obstante a pesar de algunas circunstanciales y molestas ráfagas de viento, era agradable. Tal vez por eso, y porque es tradición en pueblos y ciudades -posiblemente más en aquéllos que en éstas, pues las ciudades cada día se están deshumanizando más- me encontré con dos señoras que platicaban animadamente enfrente de la puerta del referido club, con las bolsas del pan en la mano. Cuando las interpelé, una de ellas negó enseguida con la cabeza; sin embargo la otra, observando con interés la fotografía de la revista, dijo:
- Puede ser la casa de 'la Julia'...No estoy segura, pero yo diría que es la 'casa de la Julia', aunque sé que la remodelaron hace algunos años.
Existía, pues, una esperanza de que la 'casa de los símbolos' -como ya la había bautizado- se conservara en pie. Ahora bien, ¿seguirían estos existiendo por encima del balcón, después de la remodelación?.
Pronto iba a averigüarlo, pues algunas personas más se unieron a nosotros, y aunque algunos se encogían de hombros, dubitativamente, otros abogaban a favor de la 'casa de la Julia'. Entre ellos, había uno que descendió la calle abajo, indicándome que le siguiera. Lo hice algunos minutos después, una vez manifestado mi agradecimiento a las señoras por su atención.
Casi al final de la calle, el señor al que me refería, me estaba esperando. Se le había unido una mujer, y ambos me observaban con cierta curiosidad. Reconozco que soy un poco despistado por naturaleza; y por culpa de dicha naturaleza, aunque de manera totalmente inocente, desvié mis pasos hacia la izquierda, cuando apenas estaba a unos veinte metros de ellos, metiéndome por una calle, en la que el balcón de una de las casas me recordó aquél otro de la fotografía.
No tardé en darme cuenta de mi error, cuando ambos -el hombre y la mujer- se acercaron hasta mi, y aquél me interpeló, ligeramente molesto:
- ¿Te has metido por aquí para no darnos los buenos días?.
Era evidente que no, y así se lo expliqué, disculpándome por haber dado lugar a tan inesperado malentendido. Una vez vueltas las aguas a su cauce, la conversación derivó por senderos realmente interesantes. Sin saberlo al principio, estaba hablando con los poderes fácticos del pueblo: la alcaldesa y el primer teniente de alcalde. Éste último, según me comentó, residente en Madrid.
Sin terminar de creerme mi buena suerte, he de reconocer que fue un auténtico privilegio, escuchar de tan primerisima mano, algunas anécdotas referidas al lugar. 'Cosas de pueblo', se puede llegar a pensar, pero bajo mi punto de vista, testimonios de gran importancia para encauzar una investigación.
Al poco de comenzar a escuhar lo que me contaban, enseguida me embargó cierta tristeza, pues -como ya había tenido ocasión de comprobar en otros pueblos de la provincia- tampoco en Suellacabras los vecinos habían sido nunca conscientes de la riqueza histórica, arqueológica y cultural que habían poseído, y asún seguían poseyendo, aunque en menor medida.
- Ni siquiera sabíamos que había un castro romano en las cercanías -comentó la alcaldesa, cuyo interés en hablar de su pueblo resultaba evidente-. Hace unos años, estuvo por aquí un catedrático de la 'Universidad de Madrid'; creo que se llamaba Fernando Gimeno -era uno de los que había estado realizando trabajos arqueológicos en las cercanas ruinas de Numancia- que nos estuvo dando algunas clases. También hubo gente que vino por aquí a comprar cosas viejas, por las que pagaban apenas dos perras y a las que nosotros no dábamos importancia. Ya sabes, calderos de cobre, muebles antiguos...Ahora sabemos un poco más del valor de estas cosas, pero entonces...La gente de por aquí siempre han sido mesteros.
Llegados al punto de las tradiciones, aunque todos conocen a San Caprasio, apenas saben nada de él. Sobre este tema, reitero mi interés en volver y preguntar a los más ancianos del pueblo. Sí parece evidente, por otra parte, que este enigmático santo no gozaba de las simpatías de la Iglesia -tal y como afirmaba Antonio Ruiz Vega en su artículo- y que una vez echada a perder la antigua ermita donde se le rendía culto desde tiempo inmemorial, pronto contribuyó a la instauración del culto a la actual patrona del pueblo: la Virgen de la Blanca. Ésta se venera en la iglesia de El Salvador, y su festividad se celebra el domingo siguiente al domingo de Calderas.
- Sin embargo, -comentaron ambos a continuación- hubo otro Caprasio famoso en el pueblo. Emigró a Méjico, donde parece ser que hizo una gran fortuna. Montó allí una cadena de tiendas parecida a las antiguas Galerías Preciados de Madrid...
Al preguntarles sobre la época en que este curioso paisano emigró 'a las Américas', no terminaban de ponerse de acuerdo, aunque suponían que su éxodo debió de producirse en las postrimerías de la Guerra Civil, o en los años posteriores, cuando el hambre y la necesidad azotaba a una España que había quedado mortalmente herida después de la guerra.
- Compró tierras en el pueblo, -continuó explicando la alcaldesa- y una buena casa, donde vivieron sus padres. Instauró, también, la tradición, por Navidad, de dar un euro de aguinaldo a todos los niños del pueblo. Fíjate, que hasta mis hijos conocieron ésta tradición, que se ha mantenido vigente hasta hace unos pocos años...
Al parecer, éste Caprasio moderno, vivió y dejó de existir en Méjico. Los intentos de la familia por viajar a Méjico y verle, resultaron siempre infructuosos. Parece ser que vino una vez a Suellacabras, acompañado de una mejicana mucho más joven que él. Algunos pensaron que era su hija; otros, que era su amante. Pero lo que resulta evidente, es que se casó en Méjico y que después de su muerte, la familia política se quedó con toda su hacienda, cuidándose de hacer desaparecer todo rastro que pudiera conducir hasta él. De igual manera, pues, que el santo de la tradición, el rastro de este Caprasio se pierde, también, en la nebulosa noche de los tiempos.
Continuamos hablando de las 'vírgenes antiguas', esas veneradas estatuas de origen románico y gótico tan enigmáticas, a las que en los pueblos apenas se concedía valor material -que no espiritual, pues eran muy queridas y veneradas, dada su extraordinaria fama de milagreras- pero que para cualquier anticuario o amante del Arte, valen su peso en oro, y más de un anticuario sin escrúpulos ha hecho una verdadera fortuna traficando con ellas.
- Recuerdo que había una muy antigua en un pueblo de por aquí cerca. Pero se la robaron a los albañiles, mientras estaban trabajando en la iglesia...
No puedo evitar sonrojarme, ya que me acordé de una anécdota que me sucedió en verano. Recuerdo que venía de Renieblas, y al acercarme al pueblo de Ventosilla de San Juan, la iglesia, situada en lo más alto, me llamó la atención. Como no tenía prisa, y sí mucha curiosidad, decidí desviarme y echar un vistazo. La iglesia estaba abierta, y había albañiles trabajando. Estaban arreglando el tejado de una casa cercana y tomaban el punto de luz para su maquinaria en el cuadro eléctrico que se encontraba en el interior de ésta. Al pedirles permiso para echar un vistazo en el interior, me lo concedieron de buena gana, dejándome solo y a mis anchas. No había ninguna virgen románica en el interior, pero sí algunas piezas de cierto valor artístico, dada su antigüedad, entre las que destacaba una curiosa figura de época de San Antonio Abad, que mostraba una coloreada cruz en forma de Tau en su pecho.
Algo más de una hora después, y siguiendo las indicaciones de ambos, continué la búsqueda de la 'casa de los símbolos'. Al final de la calle, sin embargo, otra casa, que lucía un escudo nobiliario junto al que se encontraba una inscripción rodeada por algunos símbolos, me llamó enseguida la atención. En efecto, situado en medio de la inscripción, de manera inocente como un símbolo piadoso más, un círculo encerraba una perfecta cruz paté, que puso inmediatamente en guardia a mi ya de por sí desvelada suspicacia. Dadas las experiencias anteriores en Renieblas, apenas tenía duda alguna de la presencia de la Orden del Temple en la zona. Ahora bien, frente a mi se levantaba un misterio cronológico de difícil solución.
Según la fecha que se apreciaba en la inscripción, aquélla casa había sido levantada en 1747; es decir, algo más de cuatrocientos años después de la disolución 'oficial' de los templarios, cuya historia, a grosso modo, es de todos conocida. Me encontraba, pues, frente a un nuevo reto; otro enigma que hacía de Suellacabras -a nivel comparativo, por supuesto- un pequeño Rennes-le-Chateau español.
La inscripción completa, decía lo siguiente:
'AÑO DE 1747 y cuatro símbolos a continuación: signo de exclamación con el punto hacia abajo; dos círculos concéntricos, similares a los que se podían apreciar en algunas estelas funerarias; el anagrama de 'viva Cristo Rey, y al lado de éste, una punta de lanza o una paleta.
En la línea de abajo, especificaba lo siguiente:
ESTA CASA (a continuación una cruz paté encerrada en un círculo) HIZO ANTONIO CASADO Y JOSEPHFA LAPEÑA'.
Pero había otra particularidad, que al principio me pasó desapercibida: todas las aes, estaban escritas en mayúscula -como el resto de las letras-, pero con la particularidad de que la línea pequeña de separación entre uno y otro palo, formaba un pequeño ángulo cuyo vértice apuntaba al suelo, ofreciendo, de esa manera, un curioso símbolo cantero observado en numerosos templos románicos y adoptado posteriormente por la masonería: la escuadra o el compás.
Al final de esa misma calle, al pie de la carretera, se alzaba la 'casa de los símbolos'. Y en efecto, tal y como habían asegurado las vecinas, dicha casa había sido por completo remodelada. Hasta tal punto se había cambiado su aspecto, que lo único que permanecía igual que en la foto del artículo de Ruiz Vega, era el pequeño balconcillo y los símbolos que tanto le habían llamado la atención a éste hacía veintiocho años.
Constituían estos un pequeño enigma, formado por una cruz o custodia, a la que escoltaban, a ambos lados, dos aves. Dado que todo lo relacionado con el fascinante mundo de la simbología, se mueve por caminos de subjetiva apariencia, el principal inconveniente se hallaba en identificar a las aves en cuestión.
Tal vez la pista se encontrara en el único elemento, a mi juicio, que podía ofrecer una pista: su largo pico. ¿Se trataba, pues, de dos cigüeñas escoltando a la cruz o custodia?. Si esto era así, ¿señalaban el posible origen oriental de sus constructores?.
Dado que el nombre de 'Josephfa' visto en la casa anterior evidenciaba una indudable etimología hebráica, tal suposición no parecía en absoluto descabellada. Pese a la expulsión de los judíos -llevada a cabo en 1492 por los Reyes Católicos- y su posterior persecución, tampoco sería de extrañar su continuidad y supervivencia en la sombra. ¿Símbolos de identificación entre ellos?. Pudiera ser. No obstante, si ese fuese el caso, las aves, necesariamente, debían de pertenecer a otro linaje, pues entre el pueblo hebreo la cigüeña -como el águila, el buitre, el cuervo, etc- era considerada como un ave impura, al menos en cuanto a alimento se refiere. El misterio, pues, se acrecentaba.
Sin embargo, como pude comprobar momentos después, la simbología en Suellacabras invitaba, sin duda, a una interminable especulación.
Junto al club social de Suellacabras, aunque situada algo más adelante y haciendo callejón con éste, se encuentra la calle del Hoyo. Se levanta allí una casona grande, de piedra, tosca en apariencia, como la mayoría de las existentes en el pueblo. No obstante, y en vista del enorme escudo nobiliario que adorna la fachada -cuál mascarón de proa del buque insignia de una flota de galeones- cabe suponer que en el pasado sirvió de residencia a una figura importante del pueblo.
Aparte del escudo, también es posible vislumbrar una inscripción fundacional. Inscripción, para más inri, en la que de igual manera que en el caso anterior, una cruz paté templaria denota la posible existencia de un enigma: ¿existió una masonería neotemplaria en Suellacabras?. Es una posibilidad a tener en cuenta.
La inscripción, para más señas, reza lo siguiente:
'AÑO DE (ave, cruz paté y ave) 1750'
Las letras, como era de esperar, conforman simbolos de cantería bien conocidos, siendo el compás el más evidente. Ahora bien, si dicha inscripción mantiene vigente la existencia de un enigma en Suellacabras, la simbología figurativa asociada al escudo no le va, ni mucho menos, a la zaga.
Se observa, en la parte superior, una cimera con unos pendones recogidos en ambos laterales, que indica la existencia de un linaje de caballeros. Debajo de ésta, y dividiendo el cuerpo del escudo en dos partes, se observan un macho cabrío -recordemos a San Capra-sio, así como el propio nombre del pueblo Suella-cabras- y un león en actitud rampante o enfrentados. De manera simbólica, bien se podría pensar que nos encontramos frente a una alegoría que representa la eterna lucha del Bien y del Mal. Ahora bien, ¿en cuántos escudos nobiliarios de la provincia se representa al macho cabrío en actitud rampante o en cualquier otro tipo de actitud?.
Dicha figura, asociada simbólicamente con la figura del Diablo -recordemos los famosos aquelarres brujeriles, donde según la leyenda éste aparecía como tal- contrasta con ésta otra figura del león, la cuál sería su contrapartida, representando, en éste caso, a Cristo. ¿Se trata, tal vez, de una referencia a un antiguo linaje de guerreros?. ¿Tal vez templarios?. No resultaría una idea descabellada, teniendo constancia de su presencia en la región y su activa participación en la Reconquista, siendo Soria, como era, la frontera del Duero.
Hasta aquí, y a faltar de continuar la investigación, sólo algunos de los muchos misterios que se preveen asociados a un pueblo en teoría poco conocido, pero que, por las huellas que aún hoy día se vislumbran, esconde numerosos enigmas que bien merece la pena intentar desvelar.

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miércoles, 15 de octubre de 2008

Visitando el Aula Arqueológica de Medinaceli

'Dentro de la provincia, se advierte cierto paralelismo con los mosaicos de Uxama, y fuera de ella, con los de Artieda (Zaragoza) y con otros de Mérida (Badajoz)'.
['Medinaceli:Guía Histórico-Turística', Junta de Castilla y León, 2003]

Situada en la Plaza Mayor, enfrente de esos soportales de influencia renacentista que durante unos minutos han alimentado mi curiosidad, sirviéndome, de paso, como parapeto frente a la lluvia, veo a dos personas que permanecen a cubierto en el portal, observando expectantes a su alrededor. Se trata de Yolanda e Ignacio, los guías del Aula Arqueológica de Medinaceli, los cuales, a medida que me voy acercando, desaparecen escaleras arriba, seguramente con la intención de prepararse para recibir al primer visitante de la tarde.
Apenas pasan unos minutos de las cuatro de la tarde, y a medida que asciendo los escalones del centenario edificio, observando con curiosidad las reproducciones de arcaicos grabados rupestres, cuyos modelos originales se hallan, por poner un ejemplo, en lugares tan emblemáticos de la provincia, como Valonsadero, Conquezuela o Miño de Medinaceli, siento que una vez dejada atrás la niebla que envuelve como un guante la plaza, acabo de penetrar en otro mundo.
Un mundo, por otra parte, que no por antiguo deja de ser fascinante y tan fantástico, si cabe, como los límites que cada uno quiera imponer a su imaginación.
Una vez en el piso superior, y desembolsada la simbólica cantidad de 2 euros correspondientes a la entrada, escucho interesado las explicaciones de Ignacio, a modo de introducción, concluidas las cuales y pasando a través de las cortinas que amablemente mantiene apartadas a un lado, me dispongo a dar un paseo por la Historia.
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El fantasmal encanto de Medinaceli

'LA LLUVIA ES UNA COSA QUE SIN DUDA SUCEDE EN EL PASADO'
[Jorge Luis Borges]
Mientras recorro en solitario las calles de Medinaceli, envueltas por la niebla, no dejo de sentirme, en cierto modo, como Gary Cooper en 'Solo ante el peligro'. Salvo que, en éste caso, el peligro consiste, precisamente, en dejarse hechizar por el encanto de una ciudad que atrae al visitante durante los doce meses del año.
Aunque la hermosa Plaza Mayor -de factura renacentista- está completamente desierta -no es de extrañar, pues aparte de la niebla, la lluvia persiste en su afán de aguar el paseo- no he dejado de cruzarme con visitantes de lo más diverso y variopinto.
Así, por ejemplo, no me ha extrañado ver a una familia de ingleses o norteamericanos, deambular como fantasmas entre la niebla que cubre el monumento a ese gran poeta que fue Ezra Pound, cuya memoria tan grabada quedó entre los habitantes de la ciudad. O cruzarme, detrás de la Colegiata de Santa María la Mayor, con un grupo de turistas japoneses, en cuyos ojos -no voy siquiera a insinuar la forma de éstos, para que no se me tilde injustamente de racista- he pretendido observar multitud de sentimientos, excepto aquél, correspondiente a la aprehensión o el miedo, que en muchas ocasiones he podido observar en sus compatriotas cuando caminaban por las calles de Madrid.
Y no es de extrañar observar a la gente que se siente como en casa. No en vano, Medinaceli fue en el pasado la 'ciudad de las tres culturas'. Una ciudad que albergaba y amparaba en su matriz a musulmanes, a judíos y a cristianos. Pero en la actualidad, y lo afirmo con conocimiento de causa, Medinaceli ha ampliado sus horizontes, convirtiéndose en una ciudad modelo; en una ciudad multicultural.

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martes, 14 de octubre de 2008

Caltójar: iglesia de San Miguel Arcángel y Fiesta del Pilar

Alrededor de la una de la tarde, llego a Caltójar, con la curiosa sensación de haber penetrado en el corazón de otro mundo. Junto al pórtico de entrada a la iglesia de San Miguel Arcángel -la figura pétrea de éste ocupa el lugar central, semejando un Anubis o ángel psicopompo pesador de almas, de ahí, posiblemente, la severidad de su rostro sugerida por el artista medieval- algunas personas esperan nerviosas la salidad de la Virgen. Entre ellas, los músicos, con su elegante indumentaria blanquinegra y los instrumentos en bandolera, dispuestos a dejar sentir la magia de sus notas en cuestión de minutos.
No es tiempo de Romería en Caltójar, pero sí de fiesta. Súbitamente, recuerdo que estamos en vísperas de una de las principales festividades de carácter nacional: la festividad de la Virgen del Pilar.
En Caltójar no hay desfiles militares, pero sí una imagen de La Pilarica -pequeña y de color plateado ennegrecido, puede que a propósito o por el tiempo, aunque común a numerosas iglesias, y no sólo de la provincia- que es sacada a hombros por los feligreses y paseada por las calles que se aglutinan alrededor de ese centro primordial que es su iglesia románica.
Las nubes, persistentemente irritadas a lo largo de la mañana, deciden soltar parte de su carga, como queriendo rendir también su tributo a la Virgen, pues es conocida la relación simbólica que existe entre ésta y el agua.
Tentado estoy de seguir a la procesión y no perder detalle de su lento caminar por unas calles cuyo empedrado, mojado, comienza a refulgir como las escamas de un pez. Pero la puerta abierta de la iglesia es una atracción mucho más fuerte aún, que mi afición por los usos y las costumbres populares, y deseando ver esa auténtica joya románica por dentro, traspaso el umbral con la cámara en la mano. En realidad, el hecho de encontrarme en ésta ocasión en Caltójar, se lo debo a mi amiga Baruk, cuya página (saludyromanico) recomiendo a toda aquélla persona interesada por tan fascinante estilo arquitectónico. Gracias a ella, sabía que durante los meses de verano se había procedido a su apertura al público, y por las fotografías mostradas en su blog, enseguida supe que una visita bien merecía la pena.
Una vez traspasado el umbral, me encuentro, sin duda, dentro de un mundo fascinante; un mundo donde se mezclan elegancia y fantasía, como así demuestran la altura de las columnas y los motivos de sus capiteles, así como la bóveda de su ábside, a cuyo pie el Altar o Puerta del Cielo, constituye el nexo de unión con la Divinidad.
Casi todos los feligreses han salido con la procesión, incluido el párroco, por supuesto, entonando el tradicional himno a María. No obstante, permanece en el interior una pequeña guardia de corps, compuesta por mujeres de cierta edad, que custodian con devoción un templo que me parece, como ya he dicho, sencilla y llanamente, espectacular.
No es de extrañar la restauración llevada a cabo en su momento por la Dirección General de Arte, pues no en vano, la iglesia de San Miguel está considerada, con toda justicia, como Monumento Nacional, y como tal, desde luego, constituye todo un tesoro. Fechada en el primer tercio del siglo XIII, los expertos han observado en su elaboración influencias de origen catalano-lombardo, así como otras de índole cisterciense, cuyo foco principal y más evidente en la provincia, lo encontramos en el Monasterio de Santa María de Huerta.
Semejante tráfico de influencias, no debe de resultar extraño en una provincia que fue frontera durante siglos entre musulmanes y cristianos -recordemos, también, la cercana ermita mozárabe de San Baudelio- y repoblada cuando aquéllos se retiraban y estos últimos avanzaban.
Como es de suponer, siempre hay una persona que, en ausencia del párroco, se encarga de velar por la iglesia. Siguiendo dicha suposición, me acerqué al grupo de vecinas, e interrumpiendo sus cuchicheos, les expuse mi interés por sacar algunas fotografías del templo. No me costó mucho romper su reticencia inicial, alegando que me constaba que el templo había abierto sus puertas al público durante el verano, y que me harían un gran favor, puesto que venía de Madrid única y exclusivamente para poder admirarlo y llevarme un recuerdo que estudiar y valorar. Tras el diezmo simbólico de 1 euro -para la Iglesia- y bajo la condición implícita de no utilizar el flash de la cámara para no dañar las imágenes, me permitieron desenvolverme a mi antojo por el interior. Eso sí, debía de darme prisa, y hacer las fotografías antes de que volviera el párroco.
Dado que, como ya he dicho, disponía de unas espléndidas referencias, apenas tuve que dilucidar por dónde comenzar la exploración. No tardé, pues, en localizafr -en la pared izquierda del ábside- las genuinas marcas de cantería, cuyo diseño me trajo enseguida a la memoria las curiosas espirales logarítmicas mayas, cuyas referencias había leído hacía tiempo en alguna revista sensacionalista. De cierta obviedad, también, resultaba su semejanza -en algunos casos- con esas marcas localizadas en el Monasterio de Santa María de Huerta, que en su momento me llamaron, y mucho, la atención.
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lunes, 13 de octubre de 2008

Explorando el Valle del Jalón: Somaén

Recortando el camino que separa Arcos del Jalón con Somaén, no puedo evitar comparar ese entorno de riscos labrados magistralmente por un escultor inmortal como es el viento, con esa orografía imposible y venerada de un lugar que, a pesar de los estudios, las excavaciones y las campañas veraniegas, continúa siendo un gran desconocido: Tiermes.
En efecto, observando el color rosado de los farallones -a veces rojo, como el color de la sangre- uno no puede evitar que un cierto sentimiento de asociación, hermane ésta parte de la provincia con aquélla otra que, de igual modo que Numancia, también sufrió los embites de las águilas rapaces de Roma.
No erró, en mi opinión, aquél que dijo una vez que el pueblo de Somaén era una bonita postal, a pesar de hallarse situado a la vera del Jalón, ese río al que los castellanos consideran 'traidor porque naciendo en su país, les abandona para ir a beneficiar a los aragoneses'.
No importa dónde nace, qué camino recorre y en qué lugar fallece un río, alcanzando la inmortalidad del mar. Desde la barandilla del puente, el río sobre el que me detengo unos minutos a contemplar, corre con prudente paciencia, deteniéndose en las riberas para besar la tierra de los huertos.
Son aproximadamente las tres de la tarde, y las nubes, abundantes hasta entonces, comienzan a dejar caer una carga que, arrastrada durante toda la mañana, comienza a hacérseles demasiado pesada.
Mi excursión se frustra, pues, a la mitad de esa tierra de nadie que es el puente, mientras la lluvia, que se acrecienta a medida que pasa el tiempo, difumina un paisaje que hasta entonces comenzaba a ser familiar.
Como faroles colgados del cielo, las casitas, de pinturesco aspecto y variada arquitectura, se arremolinan alrededor del castillo restaurado y convertido en vivienda particular, cuya torre, enhiesta y blanca como la arena de algunas playas del litoral levantino, actúa a modo de faro para las rapaces que dominan los riscos.
El día se va tornando oscuro y la lluvia arrecia. Inesperadamente, alguien enciende los farolillos del Centro Social, y una pareja de mediana sale alegremente al exterior, cubriéndose la cabeza con sendos ejemplares de El Heraldo de Soria, cuyos titulares, posiblemente, no hablen ya del nuevo cerco de Numancia.
La lluvia, más fuerte aún si cabe, me acompaña en el camino de regreso. Allá, en la distancia, y hábilmente dueña y señora del casco histórico de Medinaceli, la niebla, espesa y consistente, parece empeñada en invitar al viajero a pasar de largo.

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domingo, 12 de octubre de 2008

Otoño en la Tierra de Berlanga

'Creo que una hoja de hierba no es menos que el trabajo realizado por las estrellas...'
[Walt Whitman: 'Hojas de hierba' (antología)]

Otoño en la Tierra y Señorío de Berlanga. Camino de Caltójar, no dejo de observar, embelesado, un paisaje que, cuál espejismo, cambia constantemente, con independencia de la eterna inmutabilidad de sus colinas, valles y quebradas. La Naturaleza, sabia como siempre, utiliza el lenguaje de los colores para transmitir sus sentimientos. A través de él, el entorno se manifiesta y avisa de que es tiempo de cambio; de mutaciones, como en una jugada de ese milenario -y al parecer infalible- método de adivinación chino que es el I Ching. Un tiempo de transición, que despide la alegría del verano, y vaticina la severa seriedad del invierno.
Contemplando el color de las hojas de los árboles, cuya gran mayoría está terminando de mudar ese prometedor color verde esperanza que les ha acompañado durante la primavera y gran parte del verano, por este otro amarillento -cuál canas en el cabello humano, comparativamente hablando- o tornándose marrón en algunos casos, uno no puede, si no, dejarse influencia por esa invitación a la reflexión, que conlleva, también, cierto regusto clásico a melancolía.
Resulta imposible caminar por esas tierras, fronterizas y cidianas, y no dedicar, al pasar por el desvío, un pensamiento a ese corazón, sublime y de origen mozárabe, que late humildemente escondido entre los cerros de lo que una vez, hace siglos, fueron espesos e impenetrables bosques.
A la entrada de Caltójar, hacia la izquierda, un cartel apunta hacia un camino que, discretamente, sugiere al viajero la dirección de Bordecorex y su atalaya islámica.
Aquél que haya repasado un poco la Historia, sabrá que a Bordecorex llegó mal herido Almanzor, después de la batalla de Calatañazor, donde la copilla popular asevera tajantemente que perdió su 'tambor'. En realidad, no fue el tambor lo que perdió, sino el 'atambor'. Hay quien opinia que el 'atambor', la estrella o buena fortuna que acompañó al temible caudillo árabe durante gran parte de su vida, se apagó definitivamente en este pinturesco pueblecito de la serranía de Berlanga, desde donde se le trasladó a Medinaceli, ya cadáver, siendo enterrado -según afirma la leyenda- 'en la cuarta colina hacia poniente'. Jiménez de Rada, que fuera arzobispo de Toledo y uno de los protagonistas más destacados de la batalla de las Navas de Tolosa -acaecida el 16 de julio de 1212- era de la opinión, sin embargo, de que Almanzor fue enterrado en el patio del castillo.
Recordar episodios como éste, hace que no pueda evitar comparar a la Historia con el otoño: tanto una como otro, no dejan de proporcionar una genuina sensación de sentida nostalgia, que hace rememorar gestas y acontecimientos con un rancio sabor a pasado.
Curiosamente, ambos nos recuerdan el ciclo vital por el que se rigen plantas, animales, hombres, y por supuesto, toda gran civilización: nacimiento, desarrollo y muerte.
El mejor ejemplo de ello lo encuentro en esos campos de girasoles, que reverberaban a finales de agosto, sublimes, abriéndose al sol del mediodía como conchas marinas y ahora, despreciados incluso por la hoz del labrador, humillan la cabeza hacia la tierra, heridos sin remedio por la guadaña inexorable de la muerte.
Caltójar está de fiestas. Pero incluso las romerías en otoño parecen sentirse acompañadas por un velo de morriña y de nostalgia, que se acrecienta, tal vez, observando el lento desfilar de los cofrades -ancianos y jóvenes, aunque en menor número cada año- portando el balancín de la Virgen y paseándola con beatitud por los alrededores de la iglesia de San Miguel.
Llega el otoño, pues, y uno siente que es tiempo de recogimiento y reflexión; tiempo para la paciencia y la contemplación; para preparar nuevos proyectos que florezcan, allá por la primavera y maduren con la alegría del verano. En definitiva, tiempo para descansar.
En la Tierra y Villa de Berlanga, a 11 de octubre de 2008

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Nuevos Trucos de la Luz


Recuerdo que allá, por los años ochenta, con la música pop-rock en plena evolución, algunos cantantes introducían en sus álbumes, canciones con ciertas referencias, digamos, a la 'magia de la luz'. Así, tenemos, por ejemplo, a Belinda Carlyle -a finales de diciembre de 1987, recuerdo que escuchaba las canciones de su último álbum, felizmente asentado en las antípodas donde se encuentra esa espléndida ciudad que es Sidney- con su éxito 'Leave a light on for me' (Deja una luz encendida para mí), o a ese Mozart moderno, como algunos consideran a Mike Oldfield, dando a conocer al público títulos como 'Tricks of the light' (Trucos de la Luz) o 'Pictures in the Dark' (Imágenes en la oscuridad).
Mis primeras experiencias con lo que a partir de ahora denominaré como 'la Magia de la Luz', se remontan al pasado mes de mayo, siendo el primer escenario -como puse de manifiesto en mi anterior entrada- la siempre entrañable, simbólica y enigmática ermita de San Bartolomé. Como también afirmé, a esa primera grabación que ponía de manifiesto un singular desdoblamiento óptico de la pentalfa situada en la parte delantera del transepto de la ermita, siguieron otras. Siempre dentro del mismo ámbito -la pentalfa situada sobre la capilla del Santo Cristo de la Agonía- y siguiendo los mismos patrones y pautas de comportamiento, que la hacían un objeto dócil, fácilmente dirigido con el movimiento de la pantalla de la video-cámara.
Ayer sábado, sin embargo, y en el transcurso de mis aventuras por la provincia, el escenario, contra todo pronóstico, cambió. Y lo más curioso: las condiciones ambientales -este puede ser un dato importante-, también.
Alrededor de las tres de la tarde, la lluvia frustró mis deseos de iniciar una primera excursión por un pinturesco pueblo de la singular orografía del valle del Jalón: Somaén. Es cierto, que también estaba haciendo algo de tiempo para acercarme hasta Medinaceli y disfrutar con la visión de los extraordinarios mosaicos romanos que, aunque parezca mentira, dadas las veces que he estado, todavía -estúpido de mi- no conocía, y es algo digno de ver, que encarecidamente recomiendo a todo el mundo.
Con la Nacional II anegada por el agua, y extremando al máximo las precauciones al volante -en algunos tramos, las balsas de agua producían ese peligroso y a veces mortal efecto que conocemos como agua-planning- recorté la distancia -unos diez ó doce kilómetros, aproximadamente- que me separaban de la Ciudad del Cielo. Cuando llegué, ésta, sin embargo, se me antojó lo más parecido posible a ese Londres fantasmal que en el siglo XIX vivió las terribles secuelas de un mortífero asesino: Jack, el Destripador. En efecto, una densa niebla se abatía por el casco antiguo de la ciudad.
Lejos de sentir miedo, aprehensión o malestar, admito que fue toda una experiencia pasear, aún con la lluvia cayendo con fuerza, por sus estrechas, medievales callejuelas, intentando imaginar cómo sería la vida en ellas hace siete u ocho siglos. O quizás en la época romana, parte de cuya historia me disponía a contemplar en cuanto abrieran las puertas del Aula Arqueológica.
Fue después de visitar ésta, cuando decidí acercarme hasta la Colegiata. Y ya me iba, después de sacar algunas fotos de Jesús Nazareno, del Retablo Mayor, y por supuesto, de la imagen gótica de Santa María la Mayor, cuando al acercarme hasta una de las capillas laterales -de techo en lamentable estado y cerrada al público- decidí hacer la prueba con el ventanuco de forma octogonal, observando la claridad -curioso, pues como digo, en el exterior la niebla era espesa- que entraba a traves de su cristal.
- ¡Eureka!, -hubiera afirmado Newton, después del episodio de la famosa manzana. Yo, ajeno a su racionalismo científico, simplemente digo: ¡Bingo!.
Posiblemente, un profesional de la imagen y la fotografía, ofrezca una explicación perfectamente coherente y lógica acerca de las características y el por qué de éste fenómeno óptico. Pero eso no es argumento suficiente, en mi opinión, para que uno finja no ver la magia a través del objetivo de su cámara de fotos, o del pequeño monitor de su vídeo-cámara, y sienta deseos de compartirlo con los demás. Por eso, poniendo el vídeo como testigo, prefiero que sea cada uno quien opine y juzgue. Yo ni afirmo ni niego nada. A mi entender, la Magia existe, y puede ser tan espectacular o decepcionante; tan hermosa o tan horrible, como cada uno quiera entenderla.

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