sábado, 6 de septiembre de 2008

Ucero: ruinas de la ermita de Villavieja

Siguiendo el camino del cementerio, y situada en un descampado a pocos metros de éste, unas ruinas languidecen en soledad, mortalmente heridas por el tiempo y el olvido de los hombres. Se trata de la antigua ermita de Villavieja. Desde allí, y como puntos de referencia -entre los que no hay que descartar una hermosa panorámica del pueblo de Ucero- gravitan, cuál si fueran faros, la torre campanario de la iglesia de San Juan Bautista y la torre del homenaje del castillo, de cuya historia templaria nadie en el pueblo duda.
En el interior de su planta, sin techo que la proteja, una auténtica colonia de hierbajos se tuesta al sol al mediodía, mientras de noche contempla las estrellas, posiblemente rindiéndose ante la belleza de la Osa Mayor o el Carro, que tan bien se divisa desde la cercana ermita de San Bartolomé, que tanto interés despierta y a tantos estudiosos, peregrinos y curiosos atrae.
Según uno se acerca al lugar, observa que la madera del artesonado que conformaba el tejado al que nos referíamos en el párrafo anterior, se encuentra amontonado a escasa distancia de la pared este, y seguramente entre sus podridos entresijos, alimañas y serpientes se disputen el derecho a su posesión.
Llama la atención, sin embargo, pues no deja de ser paradójico, que en la puerta de madera de la entrada, una cadena oxidada y un cerrojo, impidan el paso, cuando ya no hay nada que a simple vista merezca la pena en su interior y lo único que se puede conseguir es, quizás, volver a casa con un desgarrón en los pantalones.
No obstante, a pesar de su rústica tosquedad, aún conserva algún que otro elemento, que induce a pensar que, después de todo, cierto misterio aún permanece allí, como esos antiquísimos y añejos fantasmas que, según se dice, dan un cierto puntillo de glamour a los antiguos castillos y mansiones de la pérfida Albión.
Resulta lícito, por tanto, suponer que parte de este misterio proceda del cercano castillo, ya que, en boca de alguno de los habitantes del pueblo, se utilizaron muchas de sus casi milenarias piedras en beneficio propio. De ahí, que no resulte necesariamente extraño, suponer que esa especie de metopa de forma circular que adorna una de las esquinas superiores de la ermita y muestra en su fondo, la mitad de una cruz de seis brazos (similar en estructura a la famosa cruz de ocho beatitudes), y que no parece encajar en el lugar, proceda, sin embargo, del expoliado castillo.
No obstante, también se puede afirmar que ni incluso el tiempo, con su infinito poder, puede hacer que todo se pierda, lo cuál no deja de ser una ventaja para el investigador y sobre todo, un alivio para el amante del Arte en general. Tal vez por eso, todo aquél que tiene la oportunidad de entrar en el interior de la iglesia de San Juan Bautista, se rinda ante el encanto de la Señora que un día presidió la liturgia y el culto en la antigua ermita.
Como suele ocurrir con la práctica mayoría de vírgenes románico-góticas de la provincia -resulta ésta una constante, a la que estoy de sobra acostumbrado, y posiblemente constituya un acicate añadido a la hora de intentar resolver enigmas y misterios- no tiene nombre. Por eso, los vecinos de Ucero se refieren a ella como 'la Virgen de Villavieja'. Y como tal, cumple con los requisitos de este tipo tan singular de imágenes, heredadas de un tiempo perdido, pero sublimemente veneradas. La 'Virgen de Villavieja' es, por tanto, otro misterio en sí misma: de madera policromada; unos 70 centímetros de alto; con una bola en su mano derecha; mater amantisima, que mantiene al Niño sobre su rodilla izquierda; coronada como una Reina y de mirada penetrante, capaz de profundizar incluso en el alma y los pensamientos de quien la contempla, sensación que, curiosamente, no dejo de experimentar cada vez que tengo ocasión de encontrarme con alguna de éstas imágenes.
Pero ésta hermosa Virgen, es sólo uno de los numerosos enigmas que se esconden en el interior de un templo, pequeño a simple vista, pero inconmensurablemente rico en testimonios del pasado, como se irá exponiendo en sucesivas entradas.

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jueves, 4 de septiembre de 2008

Campos de girasoles


Siempre me he sentido atraído por ellos; por su belleza, su elegancia y porque siempre me han recordado pequeños soles que nacen de la tierra, echando sus raíces en lo más profundo de ella. Todo un símbolo esotérico cuyo misterio, no me cabe duda, atrajo también en su día a un genio de la pintura como fue Vincent Van Gogh.
Ocurrió el pasado domingo, 24 de agosto, mientras conducía por la carretera CL-116 que une las poblaciones de Almazán y El Burgo de Osma, donde tenía una cita con la ermita de San Bartolomé y la romería de la Virgen de la Salud. Recién dejada atrás la población de Almazán por la zona del polígono industrial, no dejaba de observar los campos, curioso y gratificado a un tiempo. Y es que en este trayecto, los girasoles abundan. Su color, amarillo chillón se distingue a lo lejos, dotando al contorno de una alegría con la que sólo pueden rivalizar las amapolas en primavera, o incluso esas sabanas de pastos que, repletos de clorofila ofrecen un aspecto norteño, difícil de igualar.
Supongo que a consecuencia de una primavera tan lluviosa como la que hemos tenido este año, el aspecto de los girasoles eran tan genuinamente atractivo, tan vigoroso, que su sola contemplación causaba cierta sensación de alegría.
Naturalmente, recordando la información proporcionada por el amigo Juan Koborron, de Berlanga de Duero, con respecto a la iglesia de San Juan Bautista, iba con tiempo suficiente para detenerme unos minutos en Hortezuela y buscar ese escudo con la cruz de ocho beatitudes que atestiguaba la presencia en el lugar, en tiempos, de los caballeros hospitalarios de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. En efecto, no tardé en descubrirlo, coronando el pórtico de la iglesia. Fue allí, precisamente, donde tomé las imágenes que se muestran en el vídeo.
Sobre la pregunta de qué fue del antiguo monasterio hospitalario que se situaba en las inmediaciones, francamente no lo sé. Pero sí se me ocurre pensar que posiblemente sus restos descansen debajo de esos campos de girasoles. Y de ser así, mantengo la opinión de que no habría lápida más hermosa, ni tampoco símbolo solar más glorioso sobre la tierra.



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