viernes, 1 de agosto de 2008

El Embalse de la Cuerda del Pozo


'La luna en el mar riela,
en la loma gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul'
[José de Espronceda]

Algo más de dos décadas han pasado desde la última vez que acampé en sus orillas. Recuerdo perfectamente el día que llegué -1 de julio de 1987-, porque esa fecha figura en un libro que compré en Soria, y no me preguntéis por qué, pero por aquél entonces tenía la costumbre -algunos pensaran que machadiana, por referencia a aquellos versos relacionados con los árboles del camino de San Saturio, 'iniciales que son nombres, números que son fechas'- de escribir la fecha en la primera página. A veces, aún lo sigo haciendo; otras, no. Pero tampoco me preguntéis por qué, ya que, seguramente, no sabría qué contestar.
Reconozco que posiblemente era demasiado joven en aquél entonces, como para tener el nivel de conocimientos necesarios para llegar a entender el extraño universo esotérico que Editorial Planeta había puesto en mis manos, al módico precio de 850 pesetas. Os diré el título y el autor, y que cada uno saque conclusiones: 'El dominico blanco', de Gustav Meryrinck.
El autor de 'El Golem', 'La noche de Walpurgis' o 'El ángel en la ventana de occidente', no ha sido nunca un autor fácil. Demasiadas verdades entroncadas en oscuros conocimientos cabalísticos, no 'aptos' para todo el mundo. Tal vez su estatus de judío; la persecución que sufrió a manos de la Gestapo, o simplemente el aprovechamiento por parte de la editorial del boom de lo esotérico, así como el influjo que los escritores malditos parecían ejercer sobre el público -temas que en aquélla época hacían furor, independientemente de que continúen despertando interés hoy en día- habían conseguido que sus libros comenzaran a ver la luz en España. De manera que cuando lo vi en el escaparate de la librería -en esa librería compré hace unas semanas dos ejemplares de 'El santero de San Saturio', de Gaya Nuño-, sacrifiqué parte de mi escasa renta en aras de un disfrute de tiempo que sabía que en algunas ocasiones se me haría largo.
Mi tío no es muy hablador. En realidad, es una persona bastante introvertida y no muy fácil de llevar. Siempre he pensado que, de existir la metempsicosis, él hubiera sido, en una vida pasada, un perfecto pionero del lejano Far West. De manera que, con tales antecedentes, era de prever que nos instaláramos en el punto más apartado y lejano, por decirlo de alguna manera, de la civilización.
El lugar solía ser siempre el mismo: enfrente de la Playa de Pita, lo suficientemente alejado de Vinuesa y su entorno, como para no tener que cruzarnos con nadie. Eso sí, desde nuestra posición se escuchaba el jolgorio de los chavales que pasaban sus vacaciones en el campamento de verano; sus alegres chapoteos en las aguas del embalse, así como sus cánticos de hermandad por la noche.
Éstas últimas solían ser tranquilas, a excepción del cántico -a veces endemoniado- de grillos y cigarras, que solía comenzar al atardecer y a veces se prolongaba hasta altas horas de la noche.
Recuerdo que muchas noches solía sentarme en una roca, a la orilla del agua, y contemplar las estrellas. Siempre me ha gustado contemplar las estrellas, aunque, por alguna razón que no acierto a comprender, nunca se me ha dado bien identificarlas. Por esa época, recuerdo que había leído, en algún libro cuyo título supongo que se ha borrado de mi memoria hace mucho tiempo, que los antiguos cristianos pensaban que las estrellas eran las almas de los que nos habían abandonado. Con tales antecedentes, no debe resultar extraño si digo que solía escudriñarlas con atención, esperando una señal. Pero ésta nunca llegaba. A veces, alguna estrella parpadeaba; o daba la impresión de que lo hacía, y ese hecho tan simple, y posiblemente sin importancia, conseguía que mi perspicacia volara por las nubes: ¿será esa la estrella donde está la abuela Alejandra?. ¿O es, quizás, el abuelo Manuel quien está alojado allí?.
De alguna manera, tanto yo, como el protagonista de la novela de Meyrinck -el joven Christopher- nos iniciábamos en los avatares de la vida, con la única diferencia de que yo lo hacía inmerso en una naturaleza que en cierto modo se mostraba tal cuál, y él se veía envuelto en misterios cada vez más enrevesados e insondables, no siendo el más fácil desde luego, el del amor.
Reconozco, en comparación, que he sido enamoradizo, aunque -¡qué falta de memoria o de sinceridad¡, pensaréis- tampoco recuerdo si en esas fechas sentía atracción por alguna chica en particular -supongo que sí, porque, a fin de cuentas, ¿qué hombre está libre del influjo femenino?- y durante las horas de ocio que pasaba tostándome al sol, vivía con emoción los avatares exotéricos -los otros, como ya he dicho, no conseguía comprenderlos como debiera- del joven Christopher y su imposible amor por la bella Ofelia.
Sí recuerdo que por aquél entonces, tenía familia en Australia, y me carteaba, en plan amistoso, con una amiga de mi prima, de origen yugoslavo: Suzzana. Siempre me ha gustado escribir, y las cartas, por alguna razón sobrenatural que no alcanzo a comprender, me colmaban de emoción y de alegría. A Suzanna le gustaba mucho mi espanglis, limado a base de dinero en una academia privada de nombre Eurocentres Mangold, situada en la céntrica calle de la Gran Vía. El edificio que albergaba los Eurocentres Mangold era -supongo que todavía lo sigue siendo, ya que, se crea o no, llevo años sin pasar por allí- una especie de híbrido monstruoso -ahora, al pensar en él, me recuerda a la hidra de siete cabezas que suelo ver en numerosos capiteles románicos- que albergaba multitud de negocios, aparte, claro está, de la academia: bufetes de abogados, joyerías, prestamistas, una tienda de compra-venta de discos...y ¡cómo no!, el lugar desde el que durante muchos años, Joaquín Luqui copaba el mundo de las ondas con su programa 'los cuarenta principales'.
Como muchos edificios de la zona, éste edificio -el número 32, si hemos de ser precisos- ofrecía una doble moralidad, si es que tal cosa es posible en un edificio. Por el lado que daba a la Gran Vía, todo era de lo más respetable, como no podía ser menos en lo más céntrico de la capital. Sin embargo, por la parte lateral trasera, aquélla que daba a la calle del Desengaño, la marginalidad se daba cita todos los días, desde hora bien temprana de la mañana. Precisamente, las ventanas del aula donde intentaba aprender el difícil y fino idioma de las dinastías capetas, daba a la calle del Desengaño. Y un simple atisbo a través de los cristales, me ponía los pelos de punta en cuanto al número de mujeres desengañadas que permanecían de guardia en sus aceras.
Tal vez por eso, aquéllas cortas estancias en las que pernocté en las orillas del embalse de la Cuerda del Pozo, me daban una visión más dulce de la vida. Una visión en la que, sin gustarme, aprendí a pescar y a valorar en su justa medida lo que se conseguía con paciencia y esfuerzo. Si había suerte, la trucha estaba exquisita. Claro que, o bien éstas eran demasiado listas y evadían el anzuelo, y los black-bass, creo, demasiado tontos y cansinos, pues por cada trucha que picaba, picaban diez de los otros. Pero claro, aquéllo era lo que había, y entre éstos y el hastío, una buena loncha de panceta tenía siempre el efecto mágico de devolver la alegría a mi cansado estómago.
Para cuando ya me había tostado por el sol; acostumbrado a los black-bass y a no respirar por las noches, pues mi tío dormía con una mano cerrada sobre la empuñadora de su machete de campo, volvimos a Madrid. Poco podía imaginar, en ese plácido verano, que aquéllos pequeños escarceos de naturaleza y libertad, serían el preludio a lo que, a juzgar por la distancia, fue la aventura más espectacular de mi vida: el viaje a Australia. Pero claro, eso forma parte de otra historia.
Lo único que puedo añadir, es que pasar por el embalse de La Cuerda del Pozo -aunque sea sin ver la torre de la iglesia del sumergido pueblo de La Muedra sobresaliendo de sus aguas- me produce siempre una emoción especial. Aunque claro, siempre me hago el mismo lamento: ¡lástima de románico perdido!.

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jueves, 31 de julio de 2008

Ventosilla de San Juan: iglesia de San Agustín


'El antiguo estupor de la elegía
me abruma cuando pienso en esa casa
y no comprendo cómo el tiempo pasa,
yo, que soy tiempo y sangre y agonía...'
[Jorge Luis Borges: 'Antología Poética']

Quiso la casualidad -advierto que suele ser una constante a tener en cuenta durante mis desplazamientos- que de regreso de Renieblas sin haber conseguido entrar en la iglesia de la Virgen de la Luz, me llamara la atención aquélla humilde construcción románica que se observaba en lo más alto de un pueblecito cuyo nombre -Ventosilla de San Juan- me indujo a suponer que de aluna manera, las condiciones atmosféricas que debían desarrollarse en la zona -es de preveer que sobre todo en invierno- habían contribuído a que los habitantes de los pueblos de alrededor, hubieran decidido bautizar sus respectivos hábitats con alguna de estas características meteorológicas a que hago referencia.
En el caso de Ventosilla, el nombre le viene que ni pintado, pues arriba en lo más alto, en el lugar de emplazamiento de la iglesia de San Agustín, el viento tiene la suficiente fuerza como para mandar a una cometa a kilómetros de distancia. Cuando llegué, había algunos operarios trabajando en el tejado de una casa cercana, y aprovechaban el cuadro eléctrico de la iglesia para obtener la electricidad suficiente para sus herramientas, por lo que la puerta de ésta estaba abierta. Muy amablemente -he aclarar que no eran del pueblo, sino de otro pueblo vecino- me permitieron examinar a mis anchas el interior, detalle que agradezco y valoro.
Exteriormente hablando, la planta de la iglesia de San Agustín no tiene, a priori, nada de espectacular y resulta de un románico bastante tosco, si no tenemos en cuenta que, al parecer, en su constitución consta -como así pude entrever- con algunos elementos foráneos traídos, en opinión de los expertos, de la cercana población de Garray, y más concretamente del entorno de Numancia.
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