viernes, 9 de mayo de 2008

Ruinas gloriosas


Uxama, refinada, cosmopolita, precursora de Osma y el entorno de su Burgo.

Numancia, legendaria, estoica: un ejemplo de valor y amor a la libertad.

Tiermes, fantástica; una lección magistral de ingeniería.

¿Alguien da más?




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miércoles, 7 de mayo de 2008

De Tiermes y su entorno

Siempre que decido encaminar mi viaje hacia Tiermes y su entorno, me gusta hacerlo a través de Guadalajara, en una ruta que considero, cuando no mágica, al menos sí decididamente poética y llena de genuino encanto: Jadraque, con sus curvas cerradas como puños, sus bares llenos de cazadores y su castillo cidiano, asentado en la cumbre de un cerro, actualmente en rehabilitación; Atienza, medieval y tranquila, con sus iglesias-museos, los singulares contorsionistas del pórtico de la iglesia de la Virgen del Val, y el auténtico nido de águilas que es su castillo, dominándolo todo desde el lugar más elevado; Albendiego, mirando siempre con expectación hacia la Sierra de Pela y el Santo Alto Rey; con sus leyendas sobre el Temple y la inconmensurable iglesia de Santa Coloma, cuyo ábside, de una hermosura esotérica sin parangón, resplandece por sí mismo; Somolinos, un pueblecito tranquilo -de esos en los que nunca pasa nada y la vida discurre plácidamente- las aguas de cuya laguna constituyen un espejo en el que se acicalan por la noche las estrellas; Campisábalos y el importante ejemplar románico que constituye su iglesia de San Bartolomé, así como la anexa capilla del misterioso caballero San Galindo, cuya tumba se encuentra custodiada por las interesantes arpías con rostro humano de un cercano capitel; su enigmática Inmaculada Concepción, repleta de matices desconcertantes, que nunca dejan satisfecho al curioso; Villacadima, dominando, triste y en completa soledad, un pueblo condenado al olvido y hace tiempo abandonado por sus habitantes...
A tiro de piedra, apenas unas decenas de kilómetros separan las provincias de Segovia y Soria, continuando la aventura en ésta última hasta Noviales, donde el viajero intrépido -aunque ávido de soledad, historia y belleza- se arriesga a continuar viaje hacia Pedro por una carretera fantasma, cuyo asfalto desaparece de trecho en trecho, y en algunos puntos en los que permanece, lo hace a regañadientes, mostrando unas jorobas que quizás recuerden con nostalgia el paso de los invasores árabes por el lugar.
Pedro, un pueblo tranquilo, escondido entre valles; con pequeños rincones, como el nacedero del río que lleva su nombre, donde la pluma del poeta se alía con la magia subyacente en el verso; donde todavía en la actualidad, los arqueólogos desgarran afanosamente la tierra alrededor de la ermita hispano-visigoda de la Virgen del Val o del Valle, del siglo VII, en un intento -tal vez alguna vez generosamente compensado- por arrebatar parte de los secretos que la tierra guarda tan celosamente como la leyenda nórdica afirma que guardaban sus tesoros los temibles Nibelungos; Pedro, con el río desparramándose en vetas plateadas ladera abajo y ese misterioso agujero, hondo y perfectamente circular que apareció como por arte de magia de la noche a la mañana, y frente al que todavía los vecinos se preguntan el cómo y el por qué.
En dirección a Montejo de Tiermes, se circula por otra carretera que, aunque en mejor estado que la anterior, no deja de tener su peligrosa idiosincracia, hace que el viajero tenga el primer atisbo de esa orografía termense, pura y dura, que debido al color característico de su piedra, semeja la carne desgarrada de un gigante, posiblemente similar a aquél Gargantúa descrito por Rabelais, en una historia que algunos consideran iniciática.
Montejo de Tiermes, pueblo tranquilo, de plácida melancolía y apenas doscientos cincuenta habitantes, que conoció, sin duda, tiempos mejores cuando fue parte fundamental de ese camino que Mío Cid recorrió en dos ocasiones. Punto de referencia hacia San Esteban de Gormaz y el yacimiento de Tiermes o Termancia, destaca la iglesia de San Cipriano, cuyos cimientos se remontan a finales del siglo XII y hoy en día se muestra como un híbrido, exhibiendo elementos conceptuales románicos, góticos y renacentistas, no exentos de interés.
A medio camino entre Montejo y el yacimiento, la Venta de Tiermes es lugar obligado de descanso, donde reponer fuerzas -para aquellos que huyan de la formalidad del comedor- con un consistente bocadillo de un elemento típico de la región: el lomo en aceite.
El nostálgico encontrará allí, paseando por las cercanías del aparcamiento, pequeños menhires y dólmenes en los que el artista moderno plagia innumerables símbolos de inequívoca ascendencia celtíbera. Si es valiente, se atreverá, también, a poner los pies -a riesgo de perder su alma- en el parque dedicado a Elpha, la pérfida serpiente -personificación del Mal en estado puro- que una vez liberada del encierro subterráneo a la que la sometió el héroe Álamos-Hércules, aparece mencionada en el Cantar de Mío Cid. Mencionada, también, en un beato de incalculable valor artístico -el de Liébana, siglo X- se la ve representada en numerosos capiteles románicos, entre los que destacan los de las iglesias de Nª Sª del Rivero y San Miguel, en San Esteban de Gormaz, así como en la iglesia de San Pedro, en la cercana y singular población de Caracena.
Alejándonos de la Venta de Tiermes, las trampas de la pérfida Elpha y el Centro de Interpretación -en cuyo Museo se pueden admirar algunas piezas arqueológicas de relevante interés- lo primero que sale al paso, recortándose su silueta como un faro en la distancia, es la iglesia románica de Nª Sª de Santa María, lugar imprescindible que merece un artículo aparte, y punto de partida hacia esa especie de mundo perdido que conforman el yacimiento y su entorno.
Tiermes, lugar de evocadoras, misteriosas resonancias, que aún mantiene a buen recaudo un gran número de secretos, muestra su grandeza sobrenatural a poco que uno se aventure en el vericueto orográfico de unos hogares hace tiempo vacíos, pero que, sin duda alguna, dejan más que suficiente constancia de un trabajo de gigantes.
Tiermes, la Agriza cidiana; con la magia de su ingeniería; su Puerta del Sol y su graderío; con sus termas y su Casa de las Hornacinas; su Puerta del Oeste, que conectaba con el resto de la megalítica ciudad; su acueducto y sus denominadas 'casas del acueducto', donde todavía los arqueólogos intentan arañar historia a golpe de paleta y azadón...
Tiermes, fantástica como sus leyendas, donde el viento que se cuela por sus cuevas y vericuetos, despierta sonidos que son lamentos; en definitiva, susurros que invitan a soñar.
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San Leonardo de Yagüe: la Virgen de la Vega

A diferencia de su homónima y Patrona de Salamanca que, expuesta en el Altar Mayor de la catedral vieja, se la puede ver cubierta de piezas de cobre, bronce, oro, así como por ornamentos de piedras preciosas y adornada con joyas donadas como ofrenda por los feligreses a lo largo de los años, la talla de la Virgen de la Vega que puede contemplarse actualmente en la parroquial de San Leonardo de Yagüe, destaca, no tanto por su sencillez, como por su extraordinaria pequeñez -a ojo de buen cubero, unos 30 cmts. de altura, aproximadamente- que la equipara con otras relevantes tallas románicas, siendo la talla de la Virgen del Pilar, el ejemplo más significativo.
También, al contrario que nuestra entrañable Pilarica, la Virgen de la Vega mantiene una posición sedente, con el Niño sentado sobre la pierna izquierda. Tal vez por equiparación con otras tallas de veneración fervorosa, tiene una imponente corona sobre la cabeza y un velo blanco que, cuál velo inmaculado de novia, le cae desde la cabeza hasta la espalda. Se aprecia, así mismo, un largo rosario de cuentas blancas -semejantes a perlas- que mantiene enroscado con una vuelta sobre la muñeca izquierda; justamente esa muñeca, cuya mano sostiene un símbolo o atributo característico de este tipo de tallas: una bola o un pomo que, dada la calidad del color que destaca en todo el conjunto, hace como buena la suposición de una no muy lejana restauración. Con respecto a este elemento en particular, no es un secreto que tiendo a identificarlo como una fruta; en concreto, el melocotón, símbolo celestial y representación simbólica de la inmortalidad.
La mano de la Virgen, y es éste otro detalle que llama poderosamente la atención, tiende a la exageración, con lo cuál, a la hora de intentar ofrecer una interpretación, el investigador se encuentra con dos factores singulares a tener en cuenta: posibles rasgos de gigantismo, comunes, por otra parte, a numerosas tallas localizadas en Navarra -provincia con un gran potencial histórico mariano- o bien, como me comentaba una entrañable amiga mientas charlábamos plácidamente sentados en una terraza, refrescándonos con sendos 'acuarius' -que aunque no dan alas, apagan sin embargo la sed y dejan buen sabor de boca- como una señal dejada con todo el sentido por el artista para señalar algo que él consideraba de importancia. En este caso, se puede argumentar con el objeto.
Curiosamente, y en esto difiere de las numerosas tallas de vírgenes románicas y góticas que he podido observar en diversos lugares de la provincia, el Niño no sostiene en su mano izquierda el tradicional libro -abierto o cerrado, según sea el carácter esotérico o exotérico inferido por el artista tallador- sino otra bola o pomo -o melocotón- de color rojo, idéntica a la que sostiene la mano de la Madre.
Sí difieren un poco en los colores, pues, como en el caso de la Virgen del Castillo de San Esteban de Gormaz, destaca el dorado con ribetes rojos, lo cuál, bajo mi punto de vista, no deja de ser un dato significativo, en cuanto a la simbología de los mismos se refiere.
La base del pedestal sobre la que se asientan, de geometría hexagonal, muestra al frente motivos florales, que se ven 'escoltados' en los lados, por dragones alados, de color dorado, también. Otro dato significativo y único, por lo que a mi respecta, vuelvo a decir que en las tallas románicas que he tenido oportunidad de ver y observar hasta el momento.
Y por supuesto, podemos encontrar, también aquí, el detalle de la poca consonancia entre los rostros de la Madre y el Hijo. Concordancia que se deja entrever, de una manera clara y contundente, en el color -aquí, por ejemplo se cambian los papeles con la Virgen del Castillo de San Esteban de Gormaz, por continuar con el ejemplo citado- donde el cabello de la Madre es rubio y moreno u oscuro, el del Hijo.
Por supuesto, apenas existen referencias sobre tan magnífica talla, aunque, por la forma de los rasgos -que me recuerdan a los de la Virgen del Val o del Valle, de la encantadora población soriana de Pedro- yo tendería a situarla en los siglos XI-XII. Un velo de misterio, pues, se cierne sobre ésta Virgen que, a modo de colofón a la presente entrada, me parece, por sus características, sencillamente sensacional y digna de un estudio en profundidad.
Sólo me resta añadir, como anécdota, que la conocí gracias al 'atambor' o buena suerte que -al contrario que a Almanzor en Calatañazor- parece que me acompaña últimamente en mis desplazamientos por la provincia. Sobre ello, decir que siempre he pensado en el caprichoso proceder que puede llegar a tener algo tan subjetivo como la suerte o la fortuna. Si no fuera así, ¿cómo es posible, pregunto, que me tropezara en una esquina precisamente con la persona que tiene la llave de la iglesia -además de don Felipe, el párroco, que yo sepa- y que ésta accediera amablemente a franquearme el umbral?.

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lunes, 5 de mayo de 2008

Despoblados notables: Arganza

El siguiente objetivo de mi ruta el viernes, una vez 'recargadas' las pilas -y nunca mejor dicho, pues mucha gente que acudió a San Bartolomé, se arrodilló con esa intención sobre la 'losa de la vida' que se encuentra situada en el suelo de la ermita, enfrente de la Virgen de la Salud, y quizás por mimetismo se me pegó algo- era San Leonardo de Yagüe, una población que, aunque moderna en su origen, aún conserva algunos elementos interesantes, como los restos de un castillo y alguna que otra puerta de relativa antigüedad. No obstante, y atraído como por un imán, no podía dejar pasar la ocasión, sin detenerme unos minutos en el despoblado de Arganza, situado apenas a un kilómetro escaso de San Leonardo, siguiendo la carretera que, rodeando el Cañón, lleva hasta Santa María de las Hoyas.
Sin duda, fue una decisión acertada, porque esta segunda visita me brindó la oportunidad de conocer a algunos 'arganzanos', y aprovechar el tiempo con una agradable y didáctica conversación, de la que obtuve algunos datos verdaderamente interesantes.
Manolo, César y Angel -sigo el orden en el que se ven en la fotografía que encabeza la presente entrada, de izquierda a derecha- residen actualmente en San Leonardo de Yagüe, aunque no pierden ocasión, cuando su tiempo libre se lo permite, de darse una vuelta por el sitio que fue su hogar durante muchos años, y al que recuerdan con un cariño especial, no exento de nostalgia.
Al contrario que hace unos cinco meses, en el transcurso de mi primera visita, la afluencia de vehículos por la carretera que atraviesa el pueblo, era notable, no respetando muchos los límites de velocidad. En constraste, los tres amigos paseaban sin prisa por el puente; despreocupadamente; comentando, quizás, 'esas pequeñas cosas' a las que se refería el Poeta en sus versos y que, seguramente por orgullo o frío márketing editorial, no figuran en ninguna guía turística, por muchas estrellas de calidad que ésta tenga.
Es difícil hacerse una idea del carácter de una persona, cuando apenas recién acabas de conocerla. Pero no creo errar mucho, cuando, poniendo en orden los recuerdos de la jornada, me atrevo a decir, por ejemplo, que Manolo es, bajo mi punto de vista, el más inquieto de los tres y también el más dicharachero, en contraposición a César -callado e introvertido- y a Angel, que, como un motor diésel, necesita un pequeño calentamiento antes de arrancar.
Sin duda es precisamente éste, Angel, quien más cosas parece conocer del lugar, así como de otros lugares de la provincia, por lo que agradezco lo oportuno de su información.
Dado mi interés por el románico, no podía dejar pasar la ocasión de preguntarles si existía alguna manera de poder visitar el interior de la iglesia de San Juan Bautista Degollado.
Fue Manolo quien dijo que había un vecino que tenía la llave, pero que, aunque había estado en Arganza en el transcurso de la mañana, ya se había marchado.
- También puedes hablar con don Felipe, el párroco de San Leonardo, -intervino entonces Angel.
Había leído en alguna guía del románico de la región, que el párroco de San Leonardo siempre mostraba una gran disposición a enseñar la iglesia, pues también era un enamorado de este peculiar estilo arquitectónico religioso. Me confirmaron que se trataba de la misma persona, pues la guía en cuestión fue editada hace algunos años y existía la posibilidad de que hubiera habido un relevo de párroco.
Los pormenores de la conversación se fueron desarrollando por varios derroteros, y pronto comencé a explicarles la ruta que estaba realizando ese día. Cuando les hablé de la ermita de San Bartolomé, que estaba abierta y la gran afluencia de gente que, como hormigas, se desparramaba por los increíbles vericuetos del Cañón, Ángel otra vez, sin duda el más enterado de todos, me confío que el pueblo de Ucero estaba de pleitos con el Obispado, en cuanto a la apertura y 'explotación' de un lugar tan emblemático como la ermita de San Bartolomé. Indudablemente, y aún siendo a un euro la entrada, el año pasado me confirmaron que simplemente con su apertura de mediados de julio a mediados de octubre, se había recaudado la nada despreciable cantidad de dieciséis mil euros; es decir, cerca de tres millones de pesetas.
Hablando a posteriori de los pormenores que hacen de la iglesia de San Juan Bautista un elemento de interés, y dada mi curiosidad, encaminada a saber por qué se había cegado la galería, Ángel me comentó que se había hecho a principios del siglo XX, en previsión a los robos. Una lástima, porque sin duda esa galería, despejada y original, como debía de ser en su época, confirmaría la gran belleza e importancia de este sacro lugar.
- Las figuras de sus capiteles son idénticas a las que hay en la iglesia de Centenera de Andaluz -continuó explicando Angel, aunque aquí se han encontrado pinturas debajo de la capa de yeso y cal que cubre las paredes...
Aquélla, sin duda, constituía una información relevante, realzando, aún más, el valor artístico de la iglesia, así como su interés cultural.
Como no podía ser de otra manera, la curiosidad hizo que la conversación se desarrollara también por los senderos de la nostalgia, cuando les pregunté por los motivos de un despoblamiento que no terminaba de entender, dado que, a mi juicio, veía un bonito pueblo enclavado en un hermoso lugar:
- Había muchos problemas para traer el agua y la luz al pueblo -continuaron explicándome los tres-. Después de la Guerra, el gran promotor de San Leonardo, fue el general Yagüe, quien hizo construir numerosos pisos. La gente se fue trasladando poco a poco, y el pueblo fue quedándose paulatinamente sin vecinos.
- También había una ermita muy antigua -continuó diciendo Ángel-. Pero la derribaron y en su lugar construyeron el cuartel de la Guardia Civil. La ermita de la Virgen de la Vega, aquélla que se ve al principio de la carretera, apenas tiene uso ya. Tenía una talla románica, muy bonita, de la Virgen de la Vega, que ahora está en la parroquia de San Leonardo...
Enterado de aquél dato, y dado que siento una gran pasión por este tipo de tallas, tampoco podía desaprovechar la oportunidad de intentar ver y fotografiar, para su consiguiente estudio, aquélla talla mariana que, dada su procedencia y cercanía a un lugar de cierto misterio como Arganza, seguro que merecía la pena.
Y en efecto, así fue, como veremos en la siguiente entrada.

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domingo, 4 de mayo de 2008

Afluencia masiva de visitantes en San Bartolomé


El viernes, durante mis peripecias por la provincia, sentía unas ganas enormes de evadirme en naturaleza y no se me ocurrió mejor sitio para hacerlo, que el Cañón del Río Lobos y su entorno. En realidad, no pensaba para nada en el románico de San Bartolomé; ni en los templarios; ni en las curiosas singularidades y misterios esotéricos ligados a una y a otros. Debí suponer que, presentándose un tiempo excepcional, la afluencia de visitantes sería masiva, como de hecho así ocurrió. Lo que no podía suponer, es que la ermita de San Bartolomé estuviera abierta. Y claro, al encontrármela de tal guisa, no pude resistirme a su hechizo y entré.
Al parecer, y según pude leer en un cartelito, se procede a su apertura los sábados, domingos y días de fiesta, durante los meses de abril a junio. ¿Se abrirá en verano, como el año pasado?. Lo ignoro. Parece ser que, según me comentaron unos entrañables vecinos de San Leonardo de Yagüe -de los que hablaré más adelante- el pueblo de Ucero y el Obispado están de pleitos con el tema. Vaya pues, este aviso, a todos aquellos que sientan deseos de visitar un lugar tan interesante y emblemático, ahora que a tiempo están.

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Sendas con encanto: Cañón del Río Lobos, Senda del Río

'El agua es un reflejo de nosotros mismos, de nuestra mente'
[Masaru Emoto]

Esto no es un artículo, sino un pequeño viaje por una senda cuya belleza y encanto, espero que quede suficientemente demostrado en el vídeo que se expone, y que os seduzca como me sedujo a mi la primera vez que la seguí...
Por cierto, he de comentar, que a veces hay palabras que se meten en el cerebro. En ésta ocasión me ha ocurrido con la palabra 'agua', lo cuál no deja de ser curioso, teniendo en cuenta lo vital que es y el mal uso que hacemos de ella. En realidad, no se trata de la Senda del Agua, sino de la Senda del Río.
Y recordar, queridos amigos, si alguna vez váis por allí, seguir las recomendaciones que os dan en el Centro de Interpretación de la Naturaleza, en Ucero, y que vuestra mejor huella, sea no dejarla...
¡Buen provecho!


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