miércoles, 23 de abril de 2008

Obras de rehabilitación en San Esteban de Gormaz


Dentro del Programa de Rehabilitación de Monumentos Históricos que está llevando a cabo la Junta de Castilla y León, se está procediendo, actualmente, a la rehabilitación de las dos iglesias decanas de San Esteban de Gormaz: las iglesias de San Miguel y de Nª Sª del Rivero. Ambas, en contra de lo que se pudiera pensar en un principio, permanecen todavía abiertas, aunque la mayoría de los objetos de que eran receptoras, se encuentran en la parroquia de la ciudad. No obstante, se pueden apreciar, con cierta comodidad, las excelentes muestras de frescos románicos, que aún sobreviven en las dos, con el aliciente añadido, en el caso de la segunda, de poder observar de cerca la hermosa y venerada talla de la Virgen del Rivero y el Retablo Mayor en el que se encuentra.
En la fotografía se muestra el estado actual en el que se encuentra la zona del ábside y el altar, de la iglesia de San Miguel.

martes, 22 de abril de 2008

Caminos de Ensueño 1: Tierras de Berlanga


'La vida es un viaje, es sólo un único viaje; a lo largo de ella hay sólo un camino, un bosque oscuro, una colina, un río que cruzar, una ciudad a donde llegar; un amanecer, un anochecer; sólo que uno encuentra, muchas veces, cada uno de esos hitos: lo aprehende y lo comprende, lo describe y lo olvida, lo pierde y lo vuelve a encontrar'
[John Crowley: 'Aegypto' 1]

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Como el protagonista de ésta esotérica novela de John Crowley, confieso que a veces yo también tengo la sensación de vivir, en una aparente realidad, dos historias diferentes. Me ocurre a veces, cuando visito un lugar, y regreso al poco tiempo. Percibo la nueva realidad, y al tratar de compararla con los recuerdos anteriores, siento que me falta algo. Que hay un añadido o una infinidad de detalles nuevos, que hace que vea las cosas de forma diferente.
El sábado pasado, mientras recorría parte de la comarca y tierra de Berlanga, apenas me abandonaba un instante la curiosa sensación que tenía de que estaba viendo esos lugares, que he visitado tantas veces, por primera vez.
Berlanga de Duero, señorial y tranquila; protegida, desde los tiempos en que fuera frontera y vanguardia de la Reconquista, por unas sólidas murallas y un castillo enclavado -cuál nido de águilas- en lo más alto de un promontorio cuya parte trasera, recortada a pico diríase que por el hacha de un gigante, vigila, también, el paso sempiterno y susurrante de las aguas del río Escalote.
Solitarias y tristes, las ruinas del monasterio franciscano de Piedras Albas, situadas en un pequeño promontorio al pie de la sencilla y estrecha carretera local que atraviesa el pueblecito de Ciruela; deja atrás Casillas de Berlanga, y antes de llegar a Caltójar, enlaza con una pequeña arteria que desemboca, ascendiendo entre colinas, en la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga.
¡San Baudelio!. Como buen gourmet, es difícil no saborear intensamente los ingredientes que conforman este genuino y auténtico plato fuerte.
Trato, por un instante, de imaginarme esos cerros pelados; esas colinas, con sus solitarias quebradas que se extienden hasta el infinito, y por un instante -posiblemente igual de breve que el tiempo de vida de una cerilla- el paisaje se transforma en un bosque tupido; inconmensurable; sobrenatural. Hay una estrella -posiblemente la estrella Polar- que señala el lugar donde hombres santos y eremitas buscan la Luz de Dios en lo más recóndito de su corazón.
Después, imagino ver, en la parte más baja del cerro, aproximadamente donde ahora se encuentra la carretera, una senda forestal, por la que huye despavorida la caballería sarracena, derrotada por el empuje incontenible de los reinos cristianos en expansión: entrechocar de espada y cimitarra; relinchos de caballos; gemidos de agonía; enfrentamiento fratricida de culturas...
Un ruido de pisadas en la gravilla del camino, convierte mi ensoñación en frágiles pompas de jabón, que no tardan en estallar y desaparecer al entrar en contacto con la realidad. Se trata del guarda de San Baudelio, que se acerca cansino, a desgana, con su rostro adusto y aburrido, posiblemente hastiado de abrir la puerta de la ermita a gente que -en su opinión- no valora en realidad semejante maravilla. Tal vez sienta celos de compartir con alguien una obra de arte que en su momento, algunos vecinos no supieron conservar, y hoy languiden de nostalgia -cuál emigrante- al otro lado del Atlántico.
No son pocas las veces que me he acercado a San Baudelio y siempre me ha llamado la atención este señor, un caso atípico de introversión en la provincia; tan poco complaciente a la hora de permitir la subida de los escalones que llevan al coro, como acceder a consentir la utilización del 'flash' en la cámara, que poco o ningún daño puede hacer ya a unas pinturas que no existen; tan buen buscador, sin embargo, de excusas formales, en las que siempre tiene la culpa el 'director', y que me recuerda el fósil antediluviano que continúan siendo los organismos oficiales de este país, y que apenas han cambiado desde los tiempos de Mariano José de Larra y su famosa crítica del 'vuelva Vd. mañana'. Su parquedad de palabras, así como la ausencia de cualquier gesto de benevolencia que, en lugar de hacer la visita un acontecimiento digno del lugar sublime en el que te encuentras, consigue que en el fondo -y por respeto al espíritu sagrado del lugar- humilles la cabeza hacia el suelo como los bueyes, acortando el tiempo que pensabas permanecer en el interior, impregnándote con la esencia del lugar, sabedor que, un minuto más en su compañía, puede significar una retirada de puntos en el carnet particular de tu educación.
De retorno a la arteria principal, con un agridulce sabor de boca, el camino continúa hasta Caltójar, distante apenas un par de kilómetros del oasis de San Baudelio. Parten de este punto, otras dos pequeñas arterias: la de la izquierda, lleva a Bordecorex y los restos de una atalaya islámica; la arteria de la derecha, se adentra en el corazón de Caltójar, donde se yergue, sólida y espléndida como una montaña, la iglesia románica de San Miguel Arcángel.
Este paladín celestial, guerrero y juez, ángel psicopompo equivalente al Anubis egipcio, preside el pórtico de entrada de este interesante templo románico, quizás uno de los más importantes de la región, habida cuenta de que los que existían en Berlanga, constituyen hoy día el armazón fundamental de la Colegiata de Nª Sª del Mercado.
La arquitectura de Caltójar -común a la de muchos pueblos de la provincia- combina las tosquedad añeja de las casonas de adobe y piedra con sabor a tradición, con esa otra fría idiosincracia que tienen las edificaciones rurales modernas, que tienden a elevarse en varias plantas, estrechas y cubiculadas como juncos, aprovechando hasta el último centímetro de terreno. Por eso, no resulta extraño ver conjuntado un estilo con otro, como si de las piezas de un irregular puzzle inmobiliario se tratara.
Dejo atrás Caltójar, cuando las primeras gotas de lluvia comienzan a caer, sin cruzarme con nadie en mi camino de regreso a Berlanga, y aún me queda ruta por hacer. Atrás quedan, también, el castillo y las murallas, así como el desvío hacia el mundo pétreo, espectacular y fantástico de Tiermes.
Unos metros más allá, y antes de llegar al rollo gótico o picota donde antiguamente se llevaban a cabo los castigos populares, me desvío por un camino rural, sin asfaltar, que, atravesando extensas llanuras donde en ésta época del año predomina el color verde esmeralda de la hierba en pleno desarrollo, conduce hasta el pequeño pero interesante pueblo de Aguilera.
El trayecto es relativamente corto, aproximadamente dos kilómetros, durante los que nunca tienes la sensación de encontrarte aislado -sensación común a otros lugares de la región- pues incluso en la distancia siempre tienes como referencia el espectacular promontorio bajo el que se asienta, así como el obelisco -enhiesto como un mástil- de la iglesia románica de San Martín, un curioso exponente de la arquitectura religiosa y rural del siglo XII.
Se comenta que Aguilera fue tierra de templarios, aunque sea difícil encontrar evidencias claras que así lo demuestren, si exceptuamos, como reseña, la curiosa estructura cubicular de la iglesia, que pudiera tener alguna relación.
Visto desde el elevado lugar sobre el que se asienta la iglesia -cuando no a través de los arcos de ésta, lo que garantiza, además, la visión de un paisaje espectacular- el pueblo conforma una piña de casas agrupadas que, de alguna manera, recuerda la distribución de los antiguos castros celtíberos. Por supuesto, pasado y presente se hacen el relevo, siempre y cuando no lejos de algunas casas en ruinas, se levantan los cimientos de nuevas construcciones que, a no tardar mucho, irán sustituyendo la morfología de un pueblo con genuino sabor a tradición.
Son de destacar, por otra parte, sus bodegas, que, en forma de cuevas o subterráneos, se adentran en el corazón de la colina.
Con la grata sensación del humo proveniente de una chimenea -sobre todo ahora que la lluvia comienza a caer con más intensidad- que me recuerda el calor entrañable de un hogar, abandono un lugar que, con o sin templarios, aún mantiene vivo un añejo e involvidable sabor a tradición. Con un agradable sabor de boca, pues, dejo atrás la Tierra de Berlanga, y sin importarme la lluvia que cae, me dirijo hacia la Tierra de Osma, y más allá, aún, a San Esteban de Gormaz. Pero claro, eso forma parte de otra historia.
1. John Crowley: 'Aegypto', Editorial Minotauro, 1ª Edición, diciembre de 1990.

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lunes, 21 de abril de 2008

Almazán, iglesia de San Miguel: el enigma de la Virgen y la Estrella


'Resulta totalmente inexplicable que la mayoría de nuestros arquitectos se hayan preocupado tanto de lo ornamental y tan poco de la geometría, lo más esencial de la arquitectura'
[Christopher Wren]
La 'Virgen con Niño' de San Miguel
Se halla situada en una hornacina que se encuentra en la pared frontal derecha del ábside, según se entra en el templo, probablemente no demasiado lejos del lugar donde -se ignora cuándo, por qué y por quién- fue enterrada. Aunque no se trata de una Virgen Negra, propiamente hablando, conserva ciertos aspectos y atributos de éstas, incluido, lógicamente, el subyacente en el misterio de su aparición, siquiera sea para cumplir con una de las tradiciones a ellas asociada.
Se la data en el siglo XIII, y en cuanto a su estilo, se le supone de transición al gótico, como así parece demostrarlo la suave serenidad de sus rasgos, en contraposición al aspecto severo y mayestático de sus antecesoras eminentemente románicas. Como se desconoce absolutamente todo acerca de Ella, la refieren -más que nada para saciar la curiosidad del visitante inquisitivo, en mi opinión- como la 'Virgen con Niño'.
Fue encontrada enterrada antes de estallar la Guerra Civil española, hecho que probablemente sea significativo, cuando no determinante, a la hora de entender el terrible estado de conservación en el que se encuentra, y que corrobora también el estado de conservación en que se halla el Cristo articulado del siglo XVI, que se exhibe debajo del coro. Éste se encontró sepultado debajo del altar, el día 2 de diciembre de 1998.
Probablemente a causa de ello, se observa un desperfecto en la nariz de la Virgen, apreciándose, así mismo, la falta de parte de su brazo derecho, detalle que impide argumentar acerca del objeto que portaba y comparar su simbolismo con los objetos que portan otras vírgenes de similares características, y que varían, según el simbolismo o mensaje que pretendiera darles el artista.
Tampoco se aprecian posibles rasgos de 'gigantismo', que pudieran situar el origen de ésta talla en siglos anteriores al XIII -lo más común-, o bien que pudieran ofrecer una pista acerca de su influencia -son caracteristicos, sobre todo, en la zona de Navarra, donde existen multitud de tallas que así lo demuestran-, si bien es cierto que mantiene en vigor los colores tradicionales: rojo, verde o azul.
Otra de las características del rostro de la Virgen, es que los ojos los mantiene ligeramente entornados hacia arriba, como queriendo denotar una cierta arraigambre celestial. No obstante, si se observa la talla de perfil, no resulta difícil apreciar que el ojo izquierdo parece conservar una ligera nota de estrabismo, que pueda o no, ser intencionada, o tal vez constituya un defecto sin importancia, detalle en el que en modo alguno creo.
Por otra parte, el Niño se mantiene sentado sobre la pierna izquierda de la Madre, mostrando un libro abierto entre las manos, detalle bastante significativo, aunque común, en este tipo de representaciones.
Es de resaltar, sin embargo, el rostro del Infante, donde se aprecian unos rasgos poco menos que de adulto, que cumplen -por así decirlo- otra de las condiciones sine qua num de este tipo de tallas, misteriosas, tradicionales y sobre todo, garantes de un fervor popular que se ha mantenido a lo largo de los años: el aparante desapego que existe entre Madre e Hijo.
Se trata de un detalle que ha levantado numerosas suspicacias entre los investigadores, siendo no pocas las teorías al respecto.
Significativo resulta, también, el detalle de que el Niño -al contrario de muchas otras representaciones de ésta época- tiene los pies descalzos. Detalle, para terminar, que no parece coincidir con la Madre, cuyo pie izquierdo -los pliegues de la túnica ocultan el derecho- parece calzar una especie de sandalia.
La Estrella de Ocho puntas
Por su perfección y originalidad, se trata, sin duda, del elemento cumbre de la iglesia de San Miguel. Elemento que, resulta oportuno destacar, atrae todos los años a numerosos curiosos y visitantes, acrecentando la fama de la iglesia principal de Almazán.
Para Gaya Nuño, ésta cúpula -uno de los pocos elementos que conserva de sus primigenios orígenes románicos- 'desciende directamente de las cúpulas laterales que preceden a la del mihrab de la mezquita de Córdoba', encontrándose similitudes en el esquema compositivo con las bóvedas de Armenteira, Torres del Río, San Millán y la capilla de Talavera, situada ésta última en la catedral vieja de Salamanca.
Cronológicamente hablando, se tiende a situar la cúpula de San Miguel, a fines del siglo XII.
Resulta curioso, cuando no impactante, observar el juego geométrico desplegado en su elaboración, advirtiendo cómo el cuadrado del crucero se convierte en octogono -para soportar así la cúpula- mediante la utilización de cuatro trompas de cinco arcos abocinados, de indudable influencia persa.
Como características fundamentales, no está de más añadir que la cúpula está realizada en base a ocho arcos de medio punto que, lejos de cruzarse en el centro, lo hacen en los laterales, consiguiendo en su interior un ojo o polígono.
Los arcos de medio punto, lisos y de sección rectangular, dibujan la estrella de ocho puntas, recuerdo típicamente morisco.
En base a la proyección inicial de los arcos y posterior de los plementos, algunos investigadores, como Martínez Frías, tienden a observar una influencia constructiva típicamente francesa.


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domingo, 20 de abril de 2008

Almazán, iglesia de San Miguel: un enigma gótico


'Se ha dicho de San Miguel que tiene influencia cisterciense en su disposición, catalana en el ornato del ábside y musulmana en los detalles ornamentales y cúpula'
[Gaya Nuño]


Muchos son los enigmas que invitan a visitar y a especular sobre la iglesia de San Miguel, en Almazán. Algunos son bien visibles de puertas para afuera, como el desvergonzado 'onanista' que hay labrado en uno de los ventanales del ábside; la curiosa cabeza humanizada de un erizo, que inmediatamente acapara simpatías, por su curiosa originalidad o aquélla otra, de un erizo también, que más pequeña, sale de una especie de cesta de mimbre. Pero los más interesantes, en mi opinión, son aquellos que se pueden observar de puertas para adentro, entre los cuales, no está de más citar los siguientes: la cúpula morisca que conforma una magistral estrella de ocho puntas y es, sin duda, la pieza estelar por antonomasia, frente a cuya visión lo demás deja de tener importancia; el Cristo articulado del siglo XVI, cuyo estado de conservación le da una nota ciertamente desgarradora, que fue descubierto enterrado cerca del altar mayor, el día 2 de diciembre de 1998, en el transcurso de las obras de restauración que se estaban llevando a cabo en el recinto; el trío de figuras góticas que conforman una Pasión, procedente del cercano pueblo de Bordejé, de cuya iglesia de San Antón expuse algunos enigmas en varias entradas anteriores; las dos figuras representativas de San Miguel, que merecen un estudio aparte por su simbología y singularidad; la representación de Santiago Peregrino, y la falta de su mano derecha que, unida a la falta del brazo derecho de una curiosísima Virgen datada en el siglo XIII, de la que se desconoce prácticamente todo -a excepción de que fue descubierta enterrada como el Cristo, antes de estallar la Guerra Civil- obliga a plantearse una serie de interrogantes acerca de su intencionalidad, pues impide llegar a conocer el símbolo o atributo que portaba; y algunos otros que, quizás por escasez de tiempo o falta de atención, aún permanecen incógnitos, aguardando pacientemente a que alguien -no importa quién, y posiblemente tampoco cuándo- les ofrezca una oportunidad de ver la luz.

Hasta el momento, dos han sido las ocasiones en las que he permanecido algún tiempo en el interior de ésta sorprendente iglesia, disfrutando prácticamente con absoluta tranquilidad, de su contenido e idiosincracia, sin otra compañía que la de la mujer encargada de abrir y velar por el recinto. Y en las dos, las circunstancias meteorológicas me han hecho observar algunos detalles que quiero poner aquí de manifiesto, pues pueden constituir una nota de interés si cualquier persona que lea estas líneas se acerca un día por San Miguel, y se entretiene el tiempo suficiente, como para intentar disfrutar lo más posible de su visita.

La primera visita se produjo el sábado, 19 de abril, cuando venía de vuelta de una ruta que se había desarrollado por tierras de Berlanga, El Burgo de Osma, San Esteban de Gormaz y Garray. Cierto que el día no acompañaba para viajar, y las previsiones meteorológicas preveían abundantes lluvias prácticamente en toda la Península.

Contra todo pronóstico, y aunque el cielo estuvo cubierto durante toda la jornada -detalle que en mi opinión, dotaba a la aventura de un cierto carácter bohemio que saboreé a placer- no comenzó a llover hasta, aproximadamente, las dos de la tarde, hora en la que estacioné el coche junto a la puerta del 'Bar Goyo', en Garray. Allí permanecí por espacio de algo más de una hora, disfrutando de un café, así como de la compañía y agradable conversación de una amiga que se encuentra residiendo allí temporalmente.

Sí llovía, y en abundancia, sobre las cuatro de la tarde, hora en la que llegué a Almazán ý me encaminé hacia San Miguel, subiendo lo más rápido posible la Cuesta de Jesús, mientras el agua discurría velozmente hacia abajo, desembocando en la carretera, donde comenzaban a formarse los primeros charcos. Acababan de abrir la iglesia, y la penumbra precedente al encendido de los focos, dotaba al interior del recinto de ciertas connotaciones de misterio, caracteristicas de una novela gótica al estilo de 'El castillo de Otranto', de Horace Walpole, sólo por citar un ejemplo clásico. En modo alguno resultaba perturbador. Por el contrario, unida a aquél silencio, una curiosa sensación de paz se fue adueñando poco a poco de mi ánimo, hasta el punto de hacerme aprehender sensaciones hasta entonces desconocidas.

Cualquier sonido proveniente del exterior, se podía oir allí con una claridad absoluta, no dejando de ser toda una sinfonía, escuchar el sonido del agua caer. Durante unos minutos, tuve la impresión de encontrarme cómodamente instalado en mi habitación, escuchando el sonido relajante del agua a través de la música sensorial de Guillermo Cazenave. Este sonido, se hacía aún más receptivo en algunos lugares de la iglesia. Pero no fue, sino, en la zona del coro, en el lugar donde se encuentra la figura articulada y a tamaño natural del Cristo del siglo XVI, donde tuve la certera impresión de oir el agua deslizándose por el interior de las paredes. Fue una experiencia extraña, sin duda, pues -se crea o no- durante una fracción indeterminada de tiempo -relativo, como la famosa teoría de Einstein- tuve la sensacional impresión de encontrarme en el umbral de la puerta a otro mundo. La mente, a veces, juega también buenas pasadas; y la mía, en ese momento tan íntimo y particular, estaba dispuesta a permitirme 'ver' lo que realmente se ocultaba detrás de aquéllas centenarias paredes: una pradera de hierba fresca, verde, que desembocaba en un pequeño lago que se nutría del agua procedente de un manantial de montaña que caía a través de una maravillosa cascada. Se crea o no, fue una sensación extraña, pero sin duda sublime.

Más cercano en el tiempo, el sábado, 26 de abril, el día amaneció meridianamente despejado, acompañándome el sol, gratificante, durante toda la jornada. Al igual que la ocasión anterior, llegué a las puertas de San Miguel segundos después de que hubieran abierto. No puedo decir que disfrutara de una experiencia sublime, aunque sí me pareció interesante observar la nave del templo en penumbras, mientras la luz de los focos -tardan unos cinco minutos en encenderse completamente- mortecina al principio, conecta con la luz del sol que se filtra a través de los pequeños ojivales de la cúpula, formando una extraña luminosidad verdosa que, unida a la opacidad caracteristica de las sombras, consigue un curioso efecto de irrealidad y misterio accidental, difícil de igualar.

Constituyen, pues, dos datos de carácter sensorial que cualquiera puede comprobar por sí mismo. Hace falta, claro, que en el primer caso se den las circunstancias oportunas. No obstante, en el segundo, al menos, si la tarjeta gráfica de la cámara no falla, las fotos nunca decepcionarán.


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