jueves, 27 de marzo de 2008

Monasterio de Santa María de Huerta


CUARTA PARTE

'La pintura románica'

Localizadas en muros, ventanales, sepulturas de nobles de la época y capillas; lo suficientemente deterioradas en algunos casos, como para no saber lo que inicialmente representaban; otras, por increíble que parezca, mostrando aún parte de su esplendor original. Pero todas ellas, sin excepción, auténticas maravillas artísticas, que ofrecen un extraordinario testimonio gráfico cuyo valor, en algunos casos (1), ha traspasado las fronteras del país originario, estando actualmente en manos de particulares o expuestas en Museos extranjeros, como The Cloisters, en Nueva York.
Muchas han sido descubiertas por casualidad (2), cuando se ha procedido a hacer obras de rehabilitación en numerosas iglesias de la época, detalle que puede dar una idea de la gran cantidad de pinturas que permanecen ignoradas en las paredes de estos antiquísimos templos, ocultas bajo varias capas de yeso. El monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, no es una excepción a ésta regla, como iremos viendo a lo largo de la presente entrada.
La primera huella de estas verdaderas guías evangélicas -recordemos que aún no se había inventado la imprenta y el nivel de analfabetismo era prácticamente del cien por cien entre la población, incluídos los nobles- la encontramos en el claustro, decorando los interiores de la sepultura de Don Pedro Manrique, segundo conde de Molina, y de su esposa, Doña Sancha, hija de Don García Ramírez, rey de Navarra, y para más señas, nieta de el Cid Campeador.
Consta de varias partes, en las que predominan, entre alegorías simbólicas y ángeles, los motivos vegetales. Llama la atención, según se observa hacia la esquina frontal de la parte derecha, la figura de un ángel que sostiene una trompeta, e induce a suponer una posible referencia al Juicio Final o al Apocalipsis. También es posible apreciar un elemento -la concha- cuya utilización, más propia del gótico, hace plantearse la cuestión de que posiblemente fueran realizadas en un periodo de transición, pues dicha tumba data, al parecer, de 1271.
Pero las joyas pictóricas más sobresalientes de la etapa románica del Monasterio de Santa María de Huerta las constituyen, sin duda alguna, aquellas que se pueden contemplar en la pequeña capilla dedicada a la persona -controvertida, infravalorada, incomprendida, y en algunos casos, menospreciada- de María Magdalena. No vamos a entrar en valoraciones sobre su figura, acerca de la cual, se han vertido verdaderos ríos de tinta, con más o menos acierto, pues no entra dentro de los objetivos de ésta entrada. Baste decir al respecto, sin embargo, que no es muy frecuente encontrar una capilla bajo su advocación, en un monasterio cisterciense.
Los motivos que decoran dicha capilla, magníficos, por otra parte, se ven encabezados por un Pantócrator que muestra a Cristo glorificado -a Cristo 'triunfat'- con los brazos extendidos, elevándose sublime por encima de la ojiva del estrecho ventanal.
Descubiertas por casualidad en el año 1970, cuando se procedía a realizar unas obras en los muros, se pueden apreciar en los laterales dos anunciaciones, varias figuras y escenas evangélicas, entre las que destaca, en la parte derecha, la figura de María Magdalena. Se halla ésta en posición erguida, frente a lo que, por su forma, podría considerarse bien un altar, bien un ataúd, encima del cuál es posible observar un cáliz, que bien pudiera hacer referencia al Santo Grial; esto es, la copa utilizada por Jesucristo en la última cena, cuyo original -se supone-, después de ser custodiado en el monasterio de San Juan de la Peña, en Jaca, fue trasladado a Valencia, donde se encuentra en la actualidad.
Por otra parte, se puede añadir la curiosa circunstancia de que el cáliz o jarrón -otra alegoría del Grial- forma parte del escudo o emblema del monasterio, con lo que nos encontraríamos con unas connotaciones simbólicas realmente interesantes.
Pero si éstas llaman la atención por su belleza y simbolismo, como decíamos -recordemos que están datadas en el siglo XIII- no deja de ser todo un enigma ciertamente desconcertante, el descubrimiento, en la pared situada a la izquierda, de un escudo en el que es fácil distinguir el oso y el madroño, elementos ambos que conforman el escudo de Madrid.
Las crónicas se remontan al año 1211, cuando Alfonso VIII -recordemos que históricamente, fue este rey quien puso la primera piedra del monasterio, el 20 de marzo de 1179- preparó en Madrid una expedición contra el reino de Murcia. Un año después, en 1212, se produce la batalla de las Navas de Tolosa, siendo las huestes del Concejo de Madrid quienes iban en vanguardia a las órdenes de Don Diego López de Haro, señor de Vizcaya. Por aquél entonces, las huestes madrileñas ya ostentaban la figura del oso, sobre campo de plata, en sus enseñas y pendones. Puede suponerse, entonces, que dicho escudo figurara como una especie de recompensa en recuerdo al valor demostrado en la batalla. Ahora bien, ¿por qué, precisamente, en una capilla dedicada a la figura de María Magdalena y al Evangelio, y no en cualquier otro sitio o lugar, más acorde, como por ejemplo, el claustro, donde reposan los restos mortales de grandes señores de la época?.
No obstante, y con el fin de añadir un poco más de leña al fuego de la gran hoguera que resulta ser el simbolismo en general, comentar -aunque sea un poco por encima- los cambios producidos en este escudo, antes de llegar al actual, dispuesto por el Ayuntamiento de Madrid, en sesión plenaria realizada el día 28 de abril de 1967, y que, a grosso modo, serían los siguientes:
- en sus inicios, un oso en un campo de plata.
- con posterioridad, se añaden siete estrellas (número 'mágico' por excelencia) de ocho puntas, en el lomo del oso u osa, representando la constelación de la Osa o el Carro, añadiendo alguna crónica que la última estrella, la que está en la cola, simbolizaría la Estrella Polar.
- después de un largo pleito, que duró aproximadamente 20 años (existe cierta ambigüedad con referencia a las fechas) entre el Concejo y la Clerecía por el disfrute del monte y las tierras de pasto de los alrededores de Madrid, hace acto de aparición un nuevo elemento: el árbol. En este punto, la Tradición y los científicos no se ponen de acuerdo, insistiendo la primera en el madroño y los segundos en la poco menos que inexistente presencia de éste árbol, optando por árboles autóctonos más comunes, como el almez o lodón.
- cuando el árbol aparece, el oso/a se representa erguido, en señal de posesión de pie de árbol.
- sí existe exactitud temporal cuando, en 1554, el emperador Carlos I de España y V de Alemania, distinguió a la ciudad de Madrid, otorgándole la corona real en el escudo.
Visto lo anterior, y si consideramos que el árbol es un elemento bastante posterior en el escudo de Madrid, no deja de sorprender su presencia en el escudo que se halla en la capilla del monasterio. El enigma, pues, está servido.
Por otra parte, y continuando con nuestro rastreo pictórico dentro de la iglesia, aún podemos vislumbrar algunos indicios en los elementos decorativos de los dos ventanales del coro, encontrándonos con sencillos motivos florales en el ventanal exterior, e intrincadas formas geométricas en el ventanal interior, tapiado, donde se aprecia, también, un escudo con un árbol indeterminado en su centro.
Cabe suponer, que significativas hubieran resultado posiblemente aquellas otras muestras de pintura que hoy día, semejantes a un borrón en las maltrechas paredes situadas al comienzo de la parte posterior del monasterio, apenas sirven para orientar al que las contempla en relación a su originario mensaje o representación. Es en ésta zona, por añadidura, donde la pervivencia de singulares marcas de cantería, obliga al curioso a preguntarse por el gremio o hermandad compañeril que levantó, hace cientos de años, al menos aquélla parte del monasterio. Pero claro, esto forma parte de otra historia, cuyo enigma, por añadidura, está muy lejos todavía de ser resuelto.
(1) Referencia a las pinturas de San Baudelio de Berlanga y a las de la iglesia de San Martín, en Fuentidueña, Segovia.
(2) Sirva como ejemplo, las pinturas murales descubiertas en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en la localidad de Castillejo de Robledo.

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Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta


TERCERA PARTE

'Caminando sobre símbolos'

Universales, indivisibles, vínculo entre lo terrenal y lo divino o incognoscible, el mundo de los símbolos ha acompañado siempre a los hombres desde que estos tuvieron conciencia, por primera vez, del entorno en el que vivían. Desde el artista que grababa sus percepciones en lo más profundo de las cavernas que habitaba, hasta el nacimiento del márketing y los logotipos empresariales actuales, el hombre ha utilizado la simbología como medio de expresión y vehículo para consignar unos objetivos determinados.

Estos, lógicamente, difieren en cuanto a las intenciones y fines a conseguir. Pero todos, en el fondo, parece que ejercen una curiosa fascinación en la psique humana.

Fascinación, por otra parte, que está presente a nuestro alrededor y no hay lugar, por lejano e inaccesible que resulte, donde el hombre no se tropiece alguna vez con ellos.

En el caso que nos ocupa, el Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, los símbolos están presentes donde quiera que uno pose la mirada. Desde las marcas de cantería talladas en la piedra, hasta la riqueza expresiva y oculta en el trasfondo de pinturas, murales y retablos de diferentes épocas y estilos artísticos que han ido marcando la historia del monasterio.
No obstante, donde más evidentes se hacen -quizás porque el monje paseaba y meditaba en silencio con la cabeza gacha- es en el pavimento de su espectacular claustro de origen gótico.

En Santa María de Huerta, el visitante se encuentra con estilos que se corresponden a diferentes épocas y modelos de expresión: desde el románico de sus orígenes, al gótico de transición, pasando por el barroco y el renacentista, hasta llegar a elementos de reciente actualidad, conformando las piezas de un auténtico museo, que se han ido perpetuando desde la fecha de su fundación, aceptada oficialmente como en 1172.

El pavimento actual del claustro, fue diseñado por el Padre Tomás Polvorosa, en el periodo comprendido entre los años 1960 y 1963.

Cada nave del claustro, tiene una dedicación y una simbología determinadas, que recuerdan al religioso en todo instante, el lugar en el que se encuentra, así como el compromiso ineludible de su advocación espiritual. Éstas dedicaciones, con sus correspondientes simbologías, quedarían estructuradas de la siguiente manera:

* Nave Sur: dedicada al monaquismo cisterciense. Sus símbolos serían 'Pax', 'Ora et Labora', la medalla de San Benito y el báculo de San Martín.

* Nave Oeste: dedicada a Cristo. Sus símbolos serían el Anagrama, el pez, los instrumentos de la Pasión y el Cordero Pascual.

* Nave Norte: dedicada a la Liturgia. Su simbología estaría formada por el Altar, las alianzas esponsales de Cristo y la Iglesia, el símbolo trinitario y la paloma representando al Espíritu Santo.

* Nave Este: dedicada a la Virgen Madre. Compuesta por los símbolos 'Ave', el nombre, la estrella y el áncora.
Como vemos, por tanto, el simbolismo está tan profundamente arraigado en el monasterio, que una visita a sus instalaciones puede resultar también, aparte de sus connotaciones lúdicas, una interesante lección sobre la que meditar y sacar conclusiones.
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domingo, 23 de marzo de 2008

Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta


SEGUNDA PARTE
Los interiores de Santa María

'Dios dispuso todo con peso, número y medida'
(San Bernardo)

El viaje había sido largo desde Molesmes, y a pesar de todos los obstáculos y de todas las dificultades habidas y por haber, el hermano Roberto las aceptaba con complacencia, sabedor de que los designios del Señor, al igual que sus caminos, son y serán siempre imprevisibles. Como imprevisible es, así mismo, el lugar en el que el corazón -independiente y tozudo como un asno- se detiene un día, negándose a continuar viaje.

'Tal vez los hermanos tengan razón en el fondo y sea este un lugar terrible', -pensó Roberto, echando una ojeada a su alrededor.
Ante sí, como esos áridos caminos de Palestina que un día hoyaron los pies de Cristo portando la Luz del mundo, un agreste infinito se extendía a todo lo largo y ancho del horizonte, sin otra señal de vida que el planeo ocasional de alguna ave rapaz oteando la tierra en busca de cualquier presa que se pusiera al alcance de sus garras. Los rayos del sol lamían las faldas de las numerosas quebradas y farallones, aplicando un tinte dorado a las laderas de los valles, moteadas de arbustos y matorrales, que atraían al olfato aromas de jara, tomillo y yerbabuena. Tierra de nadie, frontera entre reinos moros y cristianos, el hermano Roberto tuvo conciencia, quizás por primera vez después de cruzar los Pirineos, de que allí, precisamente allí y no en otro lugar, se hallaba el omega de su largo viaje y el alfa de su misión.
Fray Roberto mira a sus hermanos, arrebujados entre las mantas y sonríe con conmiseración. No es la primera vez que intenta hacerles comprender que es imposible detener a un hombre cuando tiene una sagrada misión que cumplir. Y él, sin duda, tiene una. Tal vez por eso, aquél endiablado viento que los aldeanos denominan 'cierzo', lejos de hacerle desistir, le anima aún más, si cabe, a continuar, sin importarle, siquiera, las veces que su gélido aliento le hacen estremecer.
Observa la aldea, apenas unas casuchas que sólo se tienen en pie por la infinita misericordia de Dios, y a sus gentes, que sobreviven milagrosamente en la precariedad de una tierra que apenas les da lo suficiente para sobrevivir. Entonces, tiene la primera de sus visiones: ante sí, tan real que casi puede tocarlo con las manos, se extiende, a todo lo largo y ancho de la vega del río Jalón, un prometedor vergel que proveerá de alimento a la futura comunidad, la cuál, por otra parte, será una prolongación del Císter en el lugar.
Incluso ve el sitio preciso donde ésta se levantará; en un pequeño valle a orillas del río que, casualmente o por intercesión de Dios, está siendo marcado en ese preciso momento por la luz del sol, que se encuentra alto y glorioso, liberando de sombras hasta el último confín de la tierra.
Sabe que no verá la obra terminada, pero de igual manera, reconoce que ese es un detalle sin importancia. Como buen campesino, él plantará la primera semilla, sabedor de que sus raíces se hundirán profundamente en la tierra, convirtiéndose, con el tiempo, en una hermosa planta. Del tronco de la planta, brotará una iglesia que estará dedicada a Santa María y alrededor de ella, en lo que constituirían las ramas o extremidades, el resto de edificios albergarían en su interior a una gran comunidad de monjes, que comulgarán con Dios en la pobreza, el trabajo y el silencio. Lejos de la rica aunque decadente opulencia de Cluny, siguiendo siempre los preceptos de la Regla de San Benito.
Extasiado, el hermano Roberto ve ante sí un conjunto arquitectónico extraordinario, cuyos cimientos se levantan en base a los fundamentos de peso, número, medida y austeridad que caracteriza el pensamiento cisterciense. De tal manera, que el pórtico de entrada a la iglesia dispondrá de esmeradas arquivoltas que estarán sustentadas por capiteles finamente labrados con motivos vegetales. Por encima de éste, ocupando el centro geométrico exacto, un hermoso rosetón será el símbolo de la Virgen María y se verá en la distancia, como la luz de un faro señalando el camino donde encontrará puerto y descanso el peregrino.
Dispondrá, así mismo, de varias capillas y una sacristía, que se verán bellamente iluminadas por los rayos del sol filtrándose a través del vidrio coloreado de las ojivas y ventanales, y a las que se podrá acceder desde el claustro, en cuyas galerías abovedadas los hermanos dispondrán de un lugar de recogimiento y meditación, que les acercará a la trascendente verdad de Dios.
Su visión también le muestra los aposentos de los monjes, descansando sobre los cimientos de éste, no lejos del coro, cuya sillería será primorosamente tallada por un hábil maestro escultor, posiblemente venido de Zaragoza o de Toledo. Habrá, de igual manera, otras habitaciones y otro claustro que acojerán a los numerosos visitantes y que se llamará, por tal motivo, de los conversos.
Desde luego, en la visión del hermano Roberto no podía faltar, por imprescindible, un lugar donde preparar los alimentos; y junto a él, un enorme refectorio, capaz de albergar a una floreciente comunidad, donde amplios ventanales se extenderán a los lados y al frente, garantizando la iluminación en todo momento. Se imagina, en uno de sus laterales, unos escalones de piedra que, escoltados por columnas, lleven a un púlpito desde donde se leerán pasajes del Evangelio, pues no es cuestión de olvidar nunca que esos dones son misericordiosamente dispensados por Dios.
Hacia semejante y digno lugar -la imaginación del hermano Roberto no tiene límites-, se volcarán las miradas de reyes y nobles, que después de finalizada su existencia sobre esta tierra querrán descansar eternamente allí, sin que su paz se vea alterada, a excepción del sonido de las suelas de las sandalias de los hermanos, caminando despacio por el claustro.
Es evidente, que en tal pequeño reino espiritual, no podía faltar la alegría de la pintura, cuyas alegorías de carácter evangélico, llenarían las paredes con la magia de las enseñanzas del Señor. Tal es la fuerza de su visión, que apenas le cuesta ver una pequeña capilla al final del extremo derecho de la iglesia, representando, con vivos colores, el viático de San Benito, con un pantócrator principal dominando el conjunto, donde no faltarán escenas evangélicas, las anunciaciones, el cireneo, la Magdalena y Cristo resucitado...
Sí, Roberto de Molesmes sabe que, una vez colocada la primera piedra, el monasterio que allí se levante, perdurará y será motivo de orgullo y admiración para las generaciones futuras. En cuanto a él, una vez reunido con el Señor, poco importará que su nombre, así como el polvo de sus huesos, sea llevado lejos, muy lejos por el cierzo, viento que, al fin y al cabo, dueño y señor en la región, es también enviado por Dios.

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