lunes, 24 de abril de 2017

Soria vista desde el Mirón


'Recurso: en derecho, meter los dados en el cubilete para una nueva tirada'.
[Ambrose Bierce]

Lejos de sentirme como los legionarios romanos que se jugaron a los dados la túnica de Jesucristo, acepto el recurso de Ambrose Bierce, moviendo el cubilete y lanzando los míos, con la sensación de que, sea cual sea el número que obtenga en la jugada, constituirá, no obstante, un avance en ese misterioso juego de la oca, donde, quizás caído en la cárcel y esperando que otro jugador venga a sustituirme, el recuerdo sea, después de todo, el mejor y más solidario de los alivios. Dicen que los templarios recluidos en los calabozos del castillo de Chinon, empleaban parte del tiempo en el que no estaban horriblemente sometidos a tortura, en rellenar las frías paredes de su prisión con una profusión de símbolos y graffitis, cuyo significado lejos está de haber sido debidamente aclarado por los historiadores modernos. Hablar de un lugar tan especial como éste, me trae muchos y gratos recuerdos y el haber traído a colación esa, digamos, en teoría, pasión que aparentemente sentían los templarios por el simbolismo, me sirve de licencia literaria para comenzar a desenredar esta madeja de recuerdos, cuyo hilo -sírvame también Ariadna de inspiración-, ha de llevarme, necesariamente, a hablar de una de las mayores curiosidades de tan mágico laberinto, como es la capital soriana. Pero antes de eso, amigo lector, es necesario que te pongas cómodo, dejes tu mente en blanco durante unos minutos y confiando en el poder de la imaginación, pienses que puedes realizar un pequeño salto en el tiempo, hasta situarte en ese oscuro pero a la vez fascinante periodo histórico, que se conoce como la Edad Media. Supón, entonces, que estás en el siglo XIII; y para no pecar de dióscuro o extremista, permites, ambiguamente, que sea a mediados. Sabes, porque así te lo confirmo, que estás situado en uno de los lugares más altos y que al pie de la depresión, ves discurrir, con parsimoniosa lentitud, una esbelta serpiente, cuyas escamas parecen campanillas de plata al ser acariciadas por los rayos del sol: es el Duero, el viejo río que reparte dones y suerte a ambos lados de la ribera y desaparece en la distancia, haciendo una curva de ballesta -como dijera el gran poeta Don Antonio Machado-, sobre el promontorio rocoso en el que se levanta la emita de planta octogonal del saturniano Patrón de Soria. Verás, así mismo, con sólo girar levemente la vista a la derecha, un viejo puente de piedra, que lejos de tener un aburrido aspecto de cíclope, luce varios ojos, metafóricos, por supuesto, que agradecen la útil eficacia del arco romano. Y ya puestos a imaginar, imagina que en esa vertiente del puente, a uno y otro lado, ves las figuras de misteriosos porteros: a la izquierda, los caballeros hospitalarios, con su hábito negro y cruz blanca en el pecho, custodios de la mediática belleza de los arcos de su monasterio de San Juan; a la derecha, los caballeros templarios, con hábito blanco y la cruz roja a la altura del corazón, celosos guardianes, desde el monasterio de San Polo, no sólo de fructíferos huertos y extensos terrenos propicios para esa caza que tanto envidiaban los nobles de la ciudad –Bécquer dixit-, sino también del camino que conduce a esa entrada simbólica a los infiernos, que es, después de todo y simbólicamente hablando, la ermita de San Saturio.

Medita, antes de continuar ejerciendo ese fascinante poder de seducción que tiene la imaginación, sobre los nombres de los montes, que cual comparativas ubres de Diana, se elevan sobre uno y otro monasterio: el de las Ánimas, sobre el de San Juan y su nevero y el de Santa Ana –vocablo que viene a significar Agua y también Madre, no lo olvides-, sobre el de San Polo y piensa que por ese camino y dejando parte de su polvo y su sudor sobre ese viejo puente, llegaban oleadas de peregrinos procedentes de Aragón, no sin antes pasar por Almenar -en cuyo castillo naciera Leonor, la primera mujer de Machado- donde recogían como amuleto, una astilla del arcón de la milagrosa leyenda del cautivo de Peroniel, que junto con las cadenas a las que le tenía sometido el moro, conforman dos de las reliquias más veneradas que se custodian en el Santuario de la Virgen de la Llana

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Porque de apariciones marianas, de lugares estratégicos, telúricos, antiguos y milagrosos, entenderás pronto que va la cosa, una vez que te sitúes a esta otra parte de la ribera e imagines ahora las sólidas murallas que circundaban en aquél tiempo esta ciudad -que vio celebrar sus nupcias al rey Alfonso VIII en la iglesia de Santo Domingo-, pegada a las cuales, había una iglesuela, cuyo nombre, cristianizado per secula seculorum, ha de ponerte en guardia sobre esas curiosas criaturas orientales, los jinas, generalmente representadas con cuerpo humano y cola de serpiente, cuyo poder y sabiduría ha llegado hasta nosotros, en forma de hermosos mitos y leyendas: San Ginés. Date ahora media vuelta, e imagina, desde ese mismo lugar en el que te encuentras, una pequeña casita, poco menos que una choza, situada al lado de un campo que un humilde campesino intenta labrar con una pareja de bueyes que, llegados a cierto punto, se niegan, con severa obstinación, a seguir avanzando. A continuación, intenta ver una luz blanca, intensa y sobrenatural, en cuyo interior el desconcertado labriego ve un hermoso aunque severo rostro, que le dice que es la Virgen y que su deseo es que se le haga una ermita en ese lugar, dejando como prueba, precisamente ahí, en el sitio donde los bueyes se negaban a avanzar, una curiosa talla mariana, que pasaría a ser conocida desde entonces, como la Virgen del Mirón.

Poco o nada queda de la primitiva ermita, aunque sí un edificio muy remodelado con el paso de los tiempos y los gustos arquitectónicos, en cuyo interior, se conservan cosas, desde luego que interesantes. No sólo cuadros de época que detallan los milagros realizados por la Virgen desde el momento de su aparición hasta épocas más o menos actuales, sino también, una auténtica reliquia cultural, que se transmitía oralmente de pueblo en pueblo, como son los romances mudos y al menos una persona, Iluminada Mozas, posiblemente la última persona capaz de interpretar ese ameno conjunto de símbolos que lo conforman y a quien os animo a escuchar en directo –por aquél entonces, mi equipo videográfico no era gran cosa-, como testimonio de esa España mágica que aunque bosteza con cansancio, todavía se niega a dormir el más eterno de los sueños. Hay, también, otra curiosidad añadida en esta iglesia: una de las pocas, casi exclusivas imágenes que muestran a San Saturio de cuerpo entero. Barroco, como la mayor parte de la remodelada iglesia, un rollo que hay en el prado, enfrente de la iglesia, muestra, no obstante, el busto de San Saturio.

La última vez que estuve –días antes del solsticio de invierno y por cierto, comiendo en el antiguo Parador, que lleva por nombre Leonor-, pude percatarme de un detalle, cuando menos curioso: San Saturio, impasible y casi diríase que nostálgico, mira hacia el Oeste; hacia ese lugar, situado en los confines de la tierra donde muere el sol todas las tardes, para volver a nacer, rejuvenecido, todos los amaneceres. Muerte y resurrección, pues, como todo buen descenso ad ínferos.

miércoles, 12 de abril de 2017

Embalse de la Cuerda del Pozo: recuerdos de juventud


Hay quien opina que no tengo recuerdos. No es verdad, aunque siquiera sea para salvaguardar parte del orgullo de ese complementario que siempre camina conmigo, diré, en mi descargo, que coincido con la aseveración de Ambrose Bierce, de manera que yo también considero el recuerdo como el mayor lujo de los desafortunados (1), y recurro a él sólo en caso necesario. Por eso, y porque tengo también un objeto que lo prueba, puedo decir que la última vez que estuve acampado aquí -en ésta mortaja líquida, cuyas aguas pintan estrellas por encima de pueblos anegados, como el de La Muedra-, fue el 1 de julio de 1987. Esa es la fecha que figura en la primera página del libro de Gustav Meyrinck, El dominico blanco, diario de un hombre invisible, que compré, por ochocientas cincuenta pesetas, en una librería de la calle del Collado, cuando todavía en el ambiente se dejaban sentir ecos resacosos del sábado Agés, del domingo de Calderas y del lunes de Bailas, que con tristeza repetían aquél estribillo de adiós, adiós, San Juan...

Por aquél entonces, solía viajar a Soria con cierta frecuencia. Iba siempre con mi tío Cele. El tío Cele, era como la reencarnación de Daniel Boone. O quizás, apurando aún más lo inapurable, como David Crocket. Aunque claro, a diferente de éste, el tío Cele no practicó la política -por lo menos, no lo hizo más allá de votar al PSOE, hasta que comprendió que no era, sino la parte blanda de esa cabeza de Jano, y por lo tanto de dos caras, que bajo la marcha triunfal del esto son lentejas, habían pactado el blanco y negro de los solsticios electorales de este país, per secula seculorum-, ni tampoco murió en El Álamo, aunque sí lo hizo en un hospital cuyo monárquico nombre -Infanta Leonor-, le hubiera dado alas para volar, de haber podido, como si se hubiera tomado un chute de Red-Bull. No murió en El Álamo, como David Crokett, pero sí sirvió en la Legión y tuvo sus más y sus menos con los moritos de Ceuta. Todavía no existía el ISIS -me pregunto qué diría Plutarco, por utilizar el nombre de la Mater en vano-, ni el DAESH y hacía ya por lo menos una veintena de años que Lawrence de Arabia, el último templario -si alguien no se lo cree, que lea el prólogo de Los siete pilares de la sabiduría-, se había roto el cuello a lomos de su motocicleta, a la que había bautizado con el nombre del caballo de Alejandro Magno: Bucéfalo, pero a veces, cuando se apagaban las últimas luces del campamento juvenil que teníamos enfrente, en la Playa de Pita, y la Osa Mayor sacaba los pies de las nubes para hacer de farol al peregrino, el tío Cele decía que había que tener cuidado con aquellos que colgaban de sus cuellos la Mano de Fátima, mientras sus corazones soñaban con recuperar Al-Andalus. Me pregunto qué hubiera dicho o cómo hubiera reaccionado de saber que algunos años después de su muerte, los vecinos del piso de enfrente iban a ser precisamente marroquíes, que a diferencia de los guarretes occidentales dejaban sus zapatos -que no babuchas- en la alfombra, que eran unos vecinos encantadores -menos cuando discutían el morito y la morita, anda jaleo, jaleo, aunque eso siempre ha pasado con el Vicente y la Clementina, con el Paco y la Pepa- y que la matriarca era una buena mujer, humilde y servicial, que se desvivía a besos cuando veía a su hermana Teodora y que antes de que el ictus -siempre me he preguntado por qué el nombre griego que identificaba el pez o el símbolo de los primeros cristianos, para definir una enfermedad tan mala y cruel- la hubiera dejado pensando que es una inútil, tiempo la faltaba para cogerle y subirle a casa las bolsas de la compra. Pero tal vez la explicación a fenómenos tan extraños -quien compre los periódicos todos los días, verá que política y parapsicología son un hecho más que probado, pues cuando no hay muertes misteriosas, desaparecen ordenadores o los OVNIs abducen a los principales testigos-, figure adecuadamente en el manual del usuario del choque de civilizaciones que nos quieren vender, como los krispis de Kellogs en el Alcampo. Menos intransigente, desde luego, resultaba el tío Cele con una caña de pescar: menos truchas, cualquier bicho mordía su anzuelo, sobre todo esos pecezucos con nombre a juego de casino -black bass, creo- que importados de los Estados Unidos, parecían mantener la fea costumbre de meterse en todos los charcos; de manera, que supongo que por eso eran tan fáciles de pescar y a la vez, tan difíciles de digerir. Algo similar, dicen que ocurrió con las carpas del Retiro, que fueron un regalo que Hitler le hizo a Franco y por eso no las comía ni Dios. El caso es que, como el protagonista de la novela de Meyrinck -o la fascinante aventura espiritual de un joven en busca del amor y de su destino-, los días acampados en el pantano solían ser largos, ideales para dejarse llevar por la ensoñación y también para comprender, después de intentar dormir recostado contra el tronco de un pino, por qué las hormigas, más que cualquier otro bichejo del campo, han mantenido siempre vivo el mito de ser las verdaderas aguafiestas del picnic.

Por esto, y por algunas anécdotas más, de cuyos pormenores, como Miguel de Cervantes,yo tampoco quiero ahora acordarme, es difícil que cada vez que pase por aquí, no me detenga unos instantes, y contemplando el vaivén de las olas, no me deje llevar por la nostalgia y me acuerde del tío Cele; aquél al que, según fuentes de las más allegadas a mi persona, me voy pareciendo más cada día. Yo no estoy muy de acuerdo, pero eso tampoco importa. Aunque claro, es en momentos y circunstancias como estos, cuando no dejo de preguntarme qué son, en realidad, las cosas importantes de la vida. Yo no lo sé. O sí lo sé, pero prefiero disimular, pues se vive más cómodo disimulando. A fin de cuentas, y como dice Bob Dylan, la respuesta, amigo mío, flota en el viento. ¿Y quién soy yo, para ir en contra del viento?. Así que, How, Gran Jefe Blanco: the answer is blowing in the wind¡.

P/D: el SOS que me encontré en una de mis paradas, no es mío. Espero, eso sí, que quien lo hiciera, esté a salvo y fuera de peligro...si es que alguna vez lo estuvo.


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(1) Ambrose Bierce: 'El diccionario del diablo', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2007, página 400.

viernes, 7 de abril de 2017

Santo Domingo, una joya del románico soriano


Cambiamos de panorama, pero no para alejarnos de esa visión retrospectiva, artística, mítica y cultural, que hace de Soria un excelente caldo de cultivo para exigentes paladares hermenéuticos dispuestos a saborear complejos guisos de Arte, Historia y Tradición. Y nada mejor que hacerlo, que invitando a visitar la capital soriana y dejarse tentar, aun en la medida de lo posible, por este exquisito plato combinado que es, metafóricamente hablando, la iglesia de Santo Domingo, originalmente de Santo Tomé. Levantada con una cuidada maestría y un estricto control de los arquetipos básicos de la geometría sagrada –a saber, entre otros: número, mesura, equilibrio y proporción-, muestra un cuerpo consistente, en cuyos aderezos esculturales se aprecian esas vaporosas y aromáticas fragancias que los especialistas coinciden en situar allende los Pirineos, en las vecinas escuelas canteriles de Poiteau. De Poiteau, precisamente, era originaria la princesa Leonor Plantagenet –hija de una gran fémina de la Edad Media, Leonor de Aquitania, entre cuyas hazañas, que no fueron pocas y a cual más interesante, figura aquélla, según proclaman algunas fuentes, de ser precisamente la persona que le sugiriera a Chrétien de Troyes su maravilloso e incompleto Cuento del Grial, allá, en su espléndida Corte de Trovadores-, y entre su séquito, que atravesó a lomo de caballo y carretón, aquélla Soria medieval que durante siglos fue dura frontera entre moros y cristianos escoltada por caballeros hospitalarios –que entre algunas otras, al parecer, tuvieron una importante encomienda en Hortezuela, de la que apenas sobrevive la iglesia y aun así, muy modificada-, pudiera ser que figuraran, así mismo, maestros canteros aquitanos que tomaran como modelo la portada de la iglesia poitevina de Nuestra Señora, figura ésta de cierta ambigüedad, en la que, por ejemplo, comenzaba y terminaba la religión de los templarios, si Dios quiere.

Especulaciones aparte –que los mundos de la anécdota son como los mundos de la moda y los gustos, en ocasiones, dependen de cómo sea cada uno y por dónde le convenga más que sople el viento-, que habría de convertirse, y por defecto, pasar a engrosar las doradas páginas de la Historia, en la no menos metafórica entrada abierta al palacio cerrado del rey, parafraseando a Filaleteo. En efecto: ocurrió en el año 1170, cuando sus puertas se abrieron para celebrar los esponsales de ésta pálida princesita de la pérfida Albión –brexit medieval incluido, sobre todo, por cuestiones de dote (1)-, con un monarca en cuya protección, la Soria de espíritu noble y mosquetero se había cerrado toda a una: Alfonso VIII. No es gratuito, por otra parte, mentar a Filaleteo y hacer referencia, de paso, a ese aspecto cristiano de la alquimia medieval, si consideramos este templo como la retorta en cuyo interior se maceró, en aquellos albores del siglo XII, toda una auténtica cosmogénesis que abarca los aspectos supuestamente más relevantes de la historia de un grandioso mito, el de Cristo –la sombra que siempre me acompaña, no puede evitar recordar la desgarradora frase atribuida al papa León X, sobre lo bien que les vino el referido mito-, representando, con multitud de detalles, esos aspectos exotéricos encaminados a mantener en el redil de la doctrina a un rebaño convenientemente analfabeto, y por lo tanto, fácil de influenciar y manejar.

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Pero Santo Domingo –como no podía ser de otra manera-, tiene también una lectura más compleja, oscura y hermética que invita a dejar de lado lo aparente y literal para intentar bucear en esos insondables océanos que acompañan siempre a esos soberbios ballenatos que reinan en lo más profundo de los abismos del inconsciente, que no son otros que el arquetipo y el símbolo, siendo, seguramente, uno de los elementos más desconcertantes la presencia de una Trinidad Paternitas –pero digno de la más pura tradición semita, hasta el punto de que todavía queda en el aire la pregunta formulada por Sigmund Freud sobre el por qué, de todos los pueblos, fueron precisamente éste el que luchó con más ahínco contra la figura de la Mater-, representación que, dicho sea de paso y según los expertos, sólo se conocen cinco casos en el mundo. Dicho esto para aviso de navegantes, gratificante podría ser, si la anterior propuesta no resulta todo lo cómoda que sería de desear durante una visita lúdica, derrochar, cuando menos, unos minutos para perderse en los claroscuros de su interior y dejarse llevar por ese curioso árbitro que media entre uno y otro, que es el silencio, mientras se contempla con ojo crítico ese rosetón de ocho pétalos, en cuyos cuatro puntos cardinales se vuelve a representar esa mano creadora –dextra Deus- que también figura en el tímpano, o aquél, que puede que represente al propio Santo Domingo o quizás, yendo más lejos aún, sea una visión muy personalizada de la famosa escena de San Bernardo bebiendo la leche de la Sabiduría, con la salvedad de que aquí es una cruz florenzada la que le entrega el Niño, hay una estrella de ocho puntas dentro del nimbo que rodea la cabeza del santo y a los pies del trono se aprecia un elemento inusual, como es la figura de un perro –recordemos su carácter ctónico y así mismo, la forma en que se aparecía Mefistófeles en el Fausto de Goethe-, que porta una antorcha flamígera en su boca. ¿Una alusión a Lucifer?.

Su situación, además, es de lo más interesante, pues situada en esa diagonal que actualmente es conocida como Avenida de Madrid, permitía, a los caminantes y peregrinos que venían de Aragón –dejando atrás los monasterios de San Juan y San Polo, la ermita de San Ginés, la concatedral de San Pedro y la defenestrada iglesia de San Nicolás-, acceder a los caminos que se adentraban en las provincias vecinas: Guadalajara, Segovia, Burgos y La Rioja.

(1) Aunque Leonor de Plantagenet había recibido como dote el condado de Aquitania, su regio esposo nunca pudo disponer de él.

martes, 4 de abril de 2017

San Caprasio in excelsis


Son apenas media docena los kilómetros que separan a Narros de otra antigua población mesteña, que como en su caso, va manteniéndose con mayor o menor holgura en base a los réditos de una sufrida agricultura y una ganadería quizás venida a menos, pero cuya antigua gloria late con fuerza todavía en su nombre: Suellacabras. De igual manera que Narros, Suellacabras mantiene también, en su conjunto urbano, esa ruda predilección por el encanto natural de la piedra y esa fidelidad –tal vez motivada adecuadamente en los siglos oscuros por la Santa Inquisición-, de aplicar a los dinteles de sus casas el santo sacramento de la bendición, con cruces monxoi, custodias, soles y aves, que paradójicamente y como en el caso de la estela funeraria de Narros, a la que ya hicimos referencia, también ocuparon alguna interesante reseña cuando fueron tímidamente sacados de su ostracismo original, allá por los felices años ochenta, en aquél referente de la España mistérica, que fue la revista Mundo Desconocido que dirigiera el ya fallecido, aunque polémico periodista y escritor Andreas Faber Kaiser (1). Pero de igual manera –o quizás mucho más acentuado aún que en Narros y otras poblaciones vecinas-, en los haberes de Suellacabras existe una imaginaria contabilidad de enigmas y misterios, que si bien en la actualidad no parecen inclinar la balanza de la cuenta de resultados hacia una notable expectación –referida, sobre todo, al ámbito del turismo de masas, como ocurre, por ejemplo, con el Cañón del Río Lobos y su emblemática ermita templaria de San Bartolomé-, sí asientan, sin embargo, los réditos y débitos de un pasado rico en historia, leyenda y tradición. Lo más interesante, y por defecto, lo que invita a la aventura, sirviendo, a la vez, como cebo irrechazable para el hermeneuta –como diría Mircea Eliade- o incluso para el aficionado que espera serlo algún día –como diría el que suscribe-, se localiza fuera del ámbito urbano, aproximadamente a kilómetro o kilómetro y medio de distancia, atrapado en el limbo del recuerdo, perdido entre montes, parameras y algún rebelde brote de tristes sauces, cuyas raíces se mal nutren, acaso, de las peligrosas aguas de ese arroyuelo, cuyo nombre, Malo –sirva de aviso para los intrépidos-, invita siempre a respetar, por mucha que sea la sed que se pase en el trayecto: la enigmática ermita de San Caprasio.

Certeras son, por otra parte, las manifestaciones de Sánchez Dragó (2) cuando, haciendo alardes de suficiencia naturalista, comenta el tipo de plantas que crecen con mayor profusión en una tierra aparentemente baldía: nuzas o tomatitos del diablo –posiblemente, las más abundantes y cuya identificación no genera dudas-, belladona, beleño, estramonio y cicuta. Contando con tales antecedentes –siglos antes de que Castaneda descubriera las virtudes del peyote de la mano del brujo yaki Don Juan o de que Aldous Huxley comenzara a ser un modelo para las futuras generaciones hippies con sus trabajos relacionados con esas puertas de la percepción, a las que antiguamente se accedía después del consumo adecuado de ciertos hongos, como la amanita muscaria, que generalmente recibían el glorioso apelativo de alimento de los dioses, y por la misma época, aproximadamente, en que el doctor John C. Lilly sorprendía con sus experiencias extrasensoriales en cámaras de aislamiento instaladas bajo control en la Universidad de Berkeley (3)-, podemos encontrar aquí, en un lugar cuya soledad vampiriza el alma, los agentes diabólicos –o al menos, una buena parte de ellos- que pudieron afectar decisivamente a la fama de brujerías y aquelarres mantenida a lo largo del tiempo, justificando, de paso, la presencia aparente de un santuario cristiano, cuyas características y advocación, no obstante y después de todo, huelen a heterodoxia a kilómetros de distancia. 

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San Caprasio –nombre que ya de por sí debería sugerirnos la probable cristianización de unos cultos celtíberos anteriores, a la mayor gloria de oscuros dioses cornudos, como Pan o Cernunnos, pues no olvidemos, que después de todo, estamos en tierra pelendona-, resulta en Soria –o lo fue en el pasado-, un nombre relativamente corriente. No así, desde luego, en un devocional cristiano, donde, aparte de la presente ermita tan sólo existe otro precedente en la Península –al menos del que yo tenga constancia, desde luego, aunque campanillas me suenan por la zona del Maestrazgo, dato que habrá que verificar en un futuro-, en un sitio muy específico y no menos interesante, como es la ermita mudéjar de San Caprasio, situada en la población oscense de Santa Cruz de la Serós, a insignificante distancia de un lugar mítico, como es el monasterio de San Juan de la Peña, donde se ocultó durante siglos una de las reliquias más sagradas de la Cristiandad: el Santo Cáliz o Grial, que actualmente se custodia en la catedral de Valencia. Por otra parte, a tan misterioso personaje, podría encuadrársele dentro de esa categoría especial de santos renacidosrebautizados o reabsorbidos-, que quizás señalan lugares muy especiales, conservando unas devociones populares que han ido menguando con el paso de los años, entre los que podrían citarse, como ejemplo, aquél curioso San Veremundo –patrón de los peregrinos en Navarra-, o aquélla hercúlea gigantona, Santa Trahamunda, cuyo sarcófago de piedra –sólo identificado con una cruz ahorquillada y posiblemente de origen suevo o visigodo-, se venera en el monasterio pontevedrés de San Juan de Poio, en una capilla donde, curiosamente, comparte protagonismo con la copia de una Virgen Negra, con fama de muy milagrera y que todavía, en la actualidad, goza de una especial devoción popular: la riojana de Valbanera.

La ermita, de una rusticidad asombrosa, ha sido recientemente liberada de los escombros y hierbajos que prácticamente invadían la planta de la nave –iniciativa de recuperación de patrimonio histórico, que habrá que agradecer al Ayuntamiento de Suellacabras y a la Junta de Castilla y León-, detalle que permite apreciar, en su totalidad, el formidable –y casi me atrevería a decir que único, cuando menos en la provincia-, conjunto simbólico, que por sí mismo, constituye no ya una rareza, sino todo un tesoro que hay que saber conservar y apreciar. Lo más impresionante, quizás, sea el genuino laberinto que se aprecia en el suelo, enfrente de la puerta de acceso a la ermita. Una puerta, que ya no conserva la madera donde, según la leyenda, los cascos del caballo del Apóstol Santiago dejaron su huella cuando la golpearon, buscando refugio mientras huía de un terrible dragón (4). Aparte de anunciar algo sagrado y permitir el acceso a los iniciados –como reza el cartel explicativo-, el laberinto nos sugiere mucho más. Y como dice Joseph Campbell (5), es un símbolo que nos remite a la Diosa. De estas representaciones, el arte románico cuenta con un verdadero repertorio –se me ocurre citar, como ejemplo, el extraordinario capitel de la iglesia vizcaína de Délika-, si bien, general y erróneamente, se las suele interpretar, sobre todo en ámbitos académicos, como una representación de la lujuria. Existe también, la curiosa leyenda relativa a una piedra, situada en la nave de la iglesia –seguramente disimulada entre las numerosas hexapétalas representadas-, que afirma que el mozo que la pisa con fe encuentra pareja antes de finalizar el año, si bien, Sánchez Dragó va mucho más allá, en el libro oportunamente citado, alegando que se dice que la moza que la pisa da a luz, aunque no esté casada por la Iglesia. En definitiva: sea como sea, créase o no en los viejas historias y leyendas, de lo que no cabe duda es de que una visita a este enigmático lugar da cancha, cuando menos, a poder disfrutar de una más que curiosa aventura.
  (1)Polémico fue, por ejemplo, y todavía continúa dando coletazos, su libro ‘Jesús vivió y murió en Cachemira’, basado en las experiencias de un viajero ruso de finales del siglo XIX y principios del XX, de nombre Nikolai Notovich. También corrió bastante tinta en relación a si su muerte fue natural, accidental o interesadamente provocada. 
F(2) Fernando Sáchez Dragó: ‘Soseki, inmortal y tigre’, Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2009, páginas 74, 75.
 ((3) Posiblemente, de esas experiencias, recogidas cuando menos en una primera etapa y publicadas en España por la editorial Martínez Roca bajo el título de El Centro del Ciclón, se nutrieran los guionistas de Hollywood para hacer todo un clásico en la materia, Viaje alucinante al fondo de la mente, película interpretada por el actor William Hurt.
) (4) Estas leyendas, referentes a las huellas dejadas por el caballo de Santiago, bien huyendo de los moros bien de algún terrible dragón, como en este caso, son abundantes y casi todas ellas se enclavan, sospechosamente, en lugares de influencia megalítica, que además contaron con profusión de cultos precristianos, en algunos de los cuales, coincidiendo, también, con una presencia no menos misteriosa: la de los caballeros templarios. Tal sería el caso de la supuesta huella del casco del caballo de Santiago, dejada en una roca cercana a la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos. Idéntica tradición se recoge, así mismo, en otra roca situada en las inmediaciones de la ermita de planta octogonal de Santiago, enclavada en la cima del Monsacro asturiano.

miércoles, 22 de marzo de 2017

La fantástica estela medieval de Narros


Marzo, un buen mes para volver a retomar el camino y recordar las últimas aventuras en esa Soria pura, cabeza de Extremadura, mucha de cuya insigne riqueza histórica fue dilapidada en una metafórica partida de dados, desarrollada ten con ten, entre la voracidad humana y los arrebatos de furia de los cierzos que levantaban hogaño el vuelo desde las eternas cumbres del Moncayo. Tal sería el caso de Narros, antiguo pueblo ganadero, que reposa a mitad de camino –toque de campanilla de cuello ovino más, toque de campanilla de cuello ovino menos-, de Almajano y de Suellacabras, en esa paramérica llanada que podría considerarse como el comienzo de aquéllas indómitas Tierras Altas, que todavía hoy, y a pesar de los pesares, continúan cobijando el sabor amargo de antiguos misterios. Prácticamente nada queda, como se constata también en la cercana Renieblas –sede, por cierto, de uno de los campamentos romanos de Escipión, que participaron en el asedio de Numancia-, de esos cementerios medievales, cuya lapidaria –magnífica, hemos de suponer, en su rica y variada simbología-, parece haber trashumado de mano en mano con el transcurso de los años y las innumerables visitas trapaceras de anónimos arropieros convertidos ocasionalmente en vándalos saquea caminos. Nada queda, es cierto, a excepción de esa magnífica losa medieval –en los felices años ochenta, cuando Andreas Faber Káiser y su revista Mundo Desconocido comenzaban a sacar la España mágica y misteriosa de su ostracismo, todavía se encontraba situada en su lugar original, al pie de la carretera-, que con buen criterio los vecinos, cansados sin duda de verse impunemente despojados de su patrimonio cultural, tuvieron la feliz idea de anclar con cemento en la fuente o abrevadero de su Plaza Mayor. 

Una losa que, de forma rectangular y grabada en anverso y reverso, seduce y a la vez invita a especular; no tanto, quizás, con esa cruz patada que sugiere la presencia de cierta orden monástico militar –la de los templarios-, que no pareció ajena a la zona, como por ese indómito motivo de círculos concéntricos, perfectos, que se van expandiendo desde el centro, desplegándose como un mandala y que, en número de siete, resaltan y llaman la atención en el reverso. Siete, el número mágico por excelencia en casi todas las culturas y tradiciones: siete eran los pecados capitales, como siete círculos o rellanos tenía el Purgatorio descrito por Dante Alighieri en su Divina Comedia. Y así sucesivamente; es decir, se podría llevar la especulación y la fantasía hasta rincones infinitos.

Ahora bien, dejando a un lado tan suculento despliegue de concordancia y simbolismo, Narros llama la atención, sobre todo, por ser un pueblo que todavía mantiene ese tipo de arquitectura tradicional, que a falta de una descripción mejor, podría decirse que engolosina la vista. Sus casas, cuyos patios intiman unos con otros, y no obstante reformadas en su conjunto, continúan manteniéndose fieles a la más imperecedera de las Maters: la piedra. Una piedra que, metafóricamente hablando, como buena Mater, mantiene el calor del hogar en los crudos inviernos y ofrece, por el contrario, la dulzura del frescor en los cálidos, tórridos veranos, cuando el persistente canto de las cigarras acompaña a la calima desde los sedientos sembrados y los montes cubiertos de jara y espino. En su mayoría de nuevo, novísimo cuño, los escudos y blasones que gallean en algunas fachadas hablan, sin embargo, de aquellos tiempos, relativamente cercanos, en los que los Señores de la Lana inundaban la plaza con el poderío de sus rebaños.

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lunes, 19 de diciembre de 2016

Feliz Navidad


¿Qué más puedo añadir, aparte de unirme a los artísticos deseos de los Tres Tenores?. Pues en definitiva, que cada uno vivamos estas fiestas lo mejor posible; que el Nuevo Año nos colme de satisfacciones y sobre todo, que nos dé Salud para seguir disfrutando a tope de ésta, nuestra Soria pura, cabeza de Extremadura.

Feliz Navidad

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jueves, 17 de noviembre de 2016

Rastreando estelas funerarias medievales por la llanura soriana


A veces, cuando la Musa no acude a mi llamada al tocar suavemente los cascabeles que luce en su volátil tobillo, al contrario que el servil y dudoso genio de la lámpara de Aladino -en la que algún soriano residente en Castilfrío, creyó ver una referencia islámica al Santo Grial cuando interpretaba el papel de cronista de Gárgoris y Habidis y todavía quedaban numerosas huellas y vestigios de eso que una vez fue la España mágica-, suelo acudir al cinismo -en ocasiones, rozando ese sueño de la razón que produce monstruos, elocuente aforismo atribuido a don Francisco de Goya y Lucientes-, de un escritor norteamericano, contemporáneo de Edgar Allan Poe, de probables redaños demócratas y de estar vivo hoy en día, gato que posiblemente saldría huyendo del agua fría de los ultra populismos, llamado Ambrose Bierce. Asociaba éste la palabra espacioso (1) -hemos de suponer, que con conocimiento y causa a partes proporcionales-, con el Hades; y en consonancia, parte de su definición de cementerio (2), venía a decir aquello de: aislado paraje suburbano donde los asistentes al entierro compiten en mentiras, los poetas dedican sus versos y los picapedreros hacen apuestas sobre ortografía.

Pura y cabeza de Extremadura, Soria y su llanura son, metafóricamente hablando, una especie de Hades, cuyo suelo, abonado a la blanca palidez de infinitas heladas, va devolviendo, no obstante como dicen los románticos que hace la mar, numerosos restos escatológicos, cuyo destino, desgraciadamente, no siempre tiene un final digno, ni mucho menos feliz, como cabría esperar de algo que, en base a su naturaleza, habría que considerar sagrado, independientemente del grado de credulidad o agnosticismo de cada uno. Me refiero, a ese gran conjunto de arte y simbolismo, en el que los canteros medievales –que no los picapedreros a los que aludía Bierce, aunque sí, quizás, poetas, en el fondo, del arquetipo y psicólogos por vocación de su tiempo-, legaron un conocimiento ancestral, rico en matices, que constituye por sí mismo todo un compendio de sabiduría: las estelas funerarias. Pocas son, por desgracia, las que van sobreviviendo a la rapiña y el desapego de un mundo cada día más aferrado a su papel de prisionero voluntario de las nuevas tecnologías; unas tecnologías que han conseguido dejar obsoleta la píldora de la felicidad, el prozac, por un universo vacío de contenido, incapaz de sustituir, después de todo, a una experiencia real. Como experiencia, y muy real, jamás una pantalla podrá sustituir esa sensación de vitalidad que se constata, cuando uno se lanza a la aventura por unos caminos en los que no siempre se puede localizar esa miguita de pan que te ha de indicar que sigues la ruta correcta, aunque sea con la lluvia y el viento pegados a los talones y que esas referencias que teníamos, continúan en su lugar.

En ocasiones, la decepción forma parte también de la experiencia, y se echa en falta algún objeto referenciado, pero misteriosamente desaparecido, puede que en combate con el tiempo o tragado irremisiblemente por algún voraz Vietnam humano. Se echa en falta, por ejemplo, no haber tenido ocasión de pasearse hace muchos años por Narros y disfrutar del simbolismo de un cementerio medieval, del que sólo sobrevive una extraordinaria estela que piadosamente los vecinos arrancaron de las garras de la rapiña, adosándola con cemento a la fuente de la plaza mayor del pueblo. U observar, que las cuatro o cinco estelas funerarias sobrevivientes de aquél inmenso cementerio medieval que hubo en Renieblas –lugar donde por cierto, acampó una de las legiones de Escipión que asolaron la cercana Numancia-, todavía continúan en su sitio, aunque, por desgracia, más de una ha perdido la hermosura del simbolismo que la acompañaba. O ver, allá por la parte de Alentisque, que aquéllas otras que un día velaban almas y espantaban contertulios de aquelarre junto a las ruinas de una ermita románica dedicada a la gloria de San Pedro -¿ad Vincula o Encadenado, quizá?-, han ido desapareciendo progresivamente, aunque a poca distancia se descubra el rastro de alguna de ellas, plantada en la fachada de una casa como si fuera un escudo heráldico.  Y es entonces, sin que la experiencia deje de ser objetivamente real, que se siente una profunda decepción y uno, aunque le disgute, entienda y comparta la existencia de esos cementerios, de esos Hades artificiales, a donde se exilian humillados el Arte y la Historia, que son los museos.

Lo que no se comprende, es la actitud –y lo digo sin señalar, sino generalizando-, de los sorianos hacia un patrimonio rico, que deberían proteger, conservar y, como hacen en muchas otras comunidades –fiat lux- bien explotar.

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(1) Ambrose Bierce: 'El diccionario del diablo', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2007, página 195.
(2) Op. citado, página 117.